junio/16

Escriben este mes:  // Beccaria /
Korn /Luzuriaga // V. Martínez /
Ruiz // Vitagliano // Yemayel
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PIES DE IMAGEN

Antiquísimo arte contemporáneo, por Facundo Ruiz


Conversando con Hans Ulrich Obrist y Gregory Chaitin, Marina Abramović cuenta que ha tenido una visión sobre el arte del futuro. Quizá, pues no lo recuerdo exactamente, solo haya dicho “el próximo arte contemporáneo” o “el arte del siglo que viene”. En cualquier caso, dice que será un arte sin objetos, un arte que prescindirá de las cosas, un arte en el que las cosas habrán desaparecido. Se tratará entonces sólo de un artista haciendo circular energía a través del público. Sorprendente, la idea entonces me hizo pensar en una sesión de espiritismo, incluso en algún evento de Iglesia alternativa que, a simple vista, no parecía corresponderse con lo que Abramović había visto, entre otras cosas porque en ambos casos median objetos. Malentendido mediante, olvidé todo aquello hasta que, hace poco, leí Sobre el arte contemporáneo de César Aira.
    Entre otras cuestiones, guía buena parte del ensayo de Aira la idea de que la obra de arte siempre llevó implícita su propia reproducción pues “al proponerse a la percepción y la memoria, es inevitable que desprendan fantasmas en el tiempo y el espacio”. En este sentido, “la obra de arte es apenas el modelo de sus reproducciones”. Este primer momento o movimiento da lugar a un segundo: así, al surgir el arte contemporáneo (con mayúsculas), su singularidad se establece como “una carrera entre la obra de arte y la posibilidad técnica de su reproducción”, lo que lleva a que hoy la obra de arte sea la que “se adelanta un paso a la posibilidad de su reproducción” y también que la reproducción misma se vuelva “arte sin obra”. La tarea del arte contemporáneo por tanto, dice Aira, es mantener “un quantum de irreproducibilidad” que se logra incorporando “lo no-hecho a lo hecho”.
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A propósito de Fuera de lugar de Martín Kohan, por Miguel Vitagliano



Es una banda dedicada a la producción y venta de fotos para pedófilos. El cura del pueblo consigue los chicos en el internado que tiene a su cargo, otro encuentra las casas que sirven de escenario, una docente hace jugar y desvestirse a los pibes, todos varones de entre siete y diez años, un fotógrafo toma las imágenes y otro se ocupa del comercio. Cada uno se dedica a lo suyo, sin interferir en la tarea asignada a los demás. Y en esa especialidad se inventan moralmente a salvo y se justifican, porque los chicos –piensan- simplemente juegan desnudos sin que nadie los toque, porque nadie sabe qué hace el cura antes y después, porque ellos sólo fabrican lo que otros compran, no inventaron la demanda ni tampoco el valor que se le concede a las imágenes.
    No es la primera vez que Martín Kohan arremete en sus novelas contra ese tipo de justificaciones que embargan la buena consciencia de la sociedad argentina. En Ciencias morales (2007) la preceptora de un colegio espiaba a los estudiantes en el baño porque estaba convencida de que su deber consistía en vigilar y que no había otra razón ni moral que su deber, o en Dos veces junio (2002) donde un soldado en tiempos de dictadura se preguntaba a qué edad se podía empezar a torturar a un chico, muy preocupado por hacer bien su trabajo, no en discutir la maquinaria de la que formaba parte. Para ellos también el todo está exento de cuestión, se llame escuela, patria, iglesia, o lleve el nombre de cualquier otra empresa. El asunto estaría en preguntarse si la sociedad comparte algo de ese rigor, si estamos realmente lejos de seguir una disciplina semejante. A veces parecería que no, si pensamos en esos casos en que se da por sentado, por ejemplo, que cada uno aspira a vivir en un mismo tipo de país y que los escollos para lograrlo se resuelven “mirando hacia adelante”, como si todos nos enfrentáramos a circunstancias idénticas; o cuando se dice que lo que importa es que las cosas funcionen, no de qué manera ni a qué costos ni por qué. No es que impere la idea de que “el fin justifica los medios”, es mucho peor, están obturadas las discusiones sobre el “fin” y los “medios”, lo que impide pensar que podría haber otros.
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ADELANTOS

Adelanto de la novela: Mosca blanca, mosca muerta de Ana Ojeda



Una mujer suelta la lengua y habla hasta por los codos de su cuerpo y los hombres, pero también de su dentista, de Aqua Gym…, habla como si dijera todo. Así comienza la nueva novela de Ana Ojeda (Buenos Aires, 1979), Mosca blanca, mosca muerta, que la editorial Bajo la Luna está a punto de publicar, y por supuesto, con la boca abierta.


Señora. Me molesta. ¡Y lo repiten! No paran, es como una obsesión que tienen, un cáncer toti, potencial, poderoso: la oscura enfermedad de los falsos, amables. Porque yo, hija de mis siglos, me esfuerzo. El finadito me dejó y yo gestiono. El ph, el local, la cochera. Su pensión. Vivo bien, discreta. Mente activa para que no se empaste el disco de arranque. No me dejo estar. Hoy, un ejemplo, ya veo que Juliana me va a hacer la de llegar tarde a Pilates. Esta Juliana se impresenta todo el tiempo. ¡Pelotuda me tiene! ¡La voy a echar! Siempre me llega tarde, es su deporte nacional. Al final es una tarada del montón, como dice Gladys. Lo que es la gente: mala y contenta.
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District Six, el patio trasero del Cabo, por Luciano Beccaria



iudad del Cabo no es África”, me dijo un keniano una vez. Y más allá de que es una observación más cultural que geográfica –y con algo de pica internacional e interétnica–, algo de razón tiene. En todo caso, cabría preguntarse qué queda de las naciones africanas originales en ese continente partido y repartido por los caprichos coloniales. Pero es evidente que Ciudad del Cabo es exponente de la descendencia europea, que se ufana de su africanidad con un término matizado por el filtro neerlandés: afrikaaner. Además de tratarse de una ciudad subsidiaria de un cabo que durante muchos años había sido el principal escollo para la expansión colonial hacia las Indias. Probablemente no habría existido la ciudad sin el accidente geográfico.
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NOTICIAS DE AYER

La música de Nietzsche, por Alcides Rodríguez


En 1881 Friedrich Nietzsche le puso música a un poema de Lou-Andreas Salomé, lo mandó a imprimir con el título Himno a la vida y le encargó a su amigo Peter Gast que lo adaptara para coro y orquesta. Nietzsche compuso unas cincuenta obras musicales de distintos géneros: obras para piano solo, para piano a cuatro manos, para piano y voz, piano y violín y piano y coro, y numerosos Lieder. No sin sorpresa también se descubre que el autor de El Anticristo compuso música religiosa en clave cristiana: una Misa para solo, coro y orquesta, un Oratorio de Navidad y varios motetes de estilo católico. Buscando cierto reconocimiento para su modesta obra musical mostró sus partituras al círculo de Richard Wagner e incluso se animó a interpretar algunas de ellas. No tuvo mucha suerte, por decirlo de manera suave. El director Hans von Bülow, bien conocido en el ambiente por su mal genio, fue lapidario: “es lo más desagradable - escribió refiriéndose a sus Meditaciones de Manfred - y antimusical que he visto en mucho tiempo”. Wagner ni siquiera habló luego de escucharlo por primera vez: le bastó con levantarse de su butaca y retirarse de la sala mientras Nietzsche aún ejecutaba una de sus piezas. Tiempo más tarde, hojeando la partitura de una de sus composiciones para piano a cuatro manos, se declaró angustiado por no poder entender su música. ¿Era el catastrófico final de la breve incursión de Nietzsche en el terreno musical? En una carta de julio de 1868 se declaraba ansioso por iniciar una investigación que combinara música y filología. Quería escribir una música especial, una “que no está escrita con notas, sino con palabras”. Tiempo antes de empezar a trabajar en El nacimiento de la tragedia sostuvo en una conferencia que la palabra y la lógica habían vencido al pathos de la tragedia y su música. El canto había sido desplazado por la discusión filosófica y las palabras se habían emancipado de la música. Completamente desvitalizado, el hombre vivía desde hacía siglos entre enormes castillos de palabras construidos según la fría arquitectura de la lógica. La conferencia se cerraba con una esperanzada referencia al renacimiento de la tragedia griega. Si bien no mencionó a nadie en particular, ninguno de los presentes dudó que se estaba refiriendo a Wagner.
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El estado del arte y la conexión Tibol, por Guillermo Korn





"La ruta a México es: Antofagasta, Lima, Panamá, México y escala técnica en esos lugares.
Comuníquenlo al canciller Rabasa y díganle que cruce los dedos"
Telegrama del embajador de México en Chile, septiembre de 1973.

“Amigo don César: quiero darle una noticia maravillosa. Me voy a Méjico el lunes, de aquí 8 días.
Tomaré el avión en compañía de Diego Rivera”
Carta de Raquel Tibol a César Tiempo, Santiago, mayo 11 de 1953.

Una muestra se inauguró hace pocos días en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Dos ejes la recorren: “La exposición pendiente”, en la que se exhiben bocetos, pinturas de caballete y estudios preparatorios que pertenecen a José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros; y “La conexión sur”, donde se buscó tejer lazos de intercambios entre los maestros mexicanos y los argentinos Antonio Berni, Carlos Alonso, Lino Enea Spilimbergo, Juan Carlos Romero, Diana Dowek, Juan Carlos Distéfano, Demetrio Urruchúa y Juan Carlos Castagnino.
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Vidas de bolsillo: La carrera de Terry Felix, el futbolista indígena de Canadá, por Peter Mothe



Es el 10 de julio de 1983 y en el BC Place Stadium de la ciudad de Vancouver se palpita una atmósfera de final. Con cuatro partidos por jugarse en la temporada regular de la North American Soccer League, los Vancouver Whitecaps están en la cima de la tabla de posiciones, y se enfrentan nada más y nada menos que a su escolta, los temibles New York Cosmos de Franz Beckenbauer, Giorgio Chinaglia, y del paraguayo Roberto Cabañas.
    El partido todavía no empezó, pero ya hay más de 50 mil personas alentando al equipo canadiense. Mientras en las gradas todo es fiesta, debajo de una de las tribunas, los jugadores de los Whitecaps están esperando para salir a la cancha y el estadio cruje sobre sus cabezas. Los nervios de Terry Felix crecen en tensión, el delantero de 23 años está a punto de debutar en la primera de los Whitecaps. Respira con pausas profundas, pero le tiemblan las manos y las piernas. Está por cumplir el sueño que tiene desde aquel día en 1974, en que vio el primer partido oficial de los Whitecaps. Es que a pesar de todo—a pesar de la muerte de su padre ni bien Terry llegó a Vancouver, a pesar de las horas que pasó trabajando de guardia nocturno en el ferrocarril de la CP Rail, a pesar de todos los insultos racistas que recibió desde que llegó a la ciudad—, Terry está a punto de convertirse en el primer jugador indígena en jugar en la liga de fútbol más importante de Norteamérica.
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Un relato, por Mónica Yemayel


lueve y es un piso 7. Las ráfagas del viento le dan al agua formas onduladas. No hay con quien hablar. Todos han salido de viaje. Sobre la mesada de la cocina hay un solo plato y un único vaso. Abajo, las calles comienzan a inundarse. El cemento gris se va volviendo un charco y dentro de un rato será aún peor. Es enero. La soledad va acomodándose a medida que pasan los días en el piso 7. A un lado del balcón hay una maceta grande con una guayaba, un fruto tropical de color morado del tamaño de una uva. La brisa húmeda le hará bien. Mañana seguramente abrirán algunas de las flores que todavía son capullos. Al otro lado hay una mesa pequeña con una taza, un lápiz, un sacapuntas y un libro del periodista Daniel Titinger de tapas anaranjadas. Buenos Aires está quieta, cada tanto se ve algún auto; un colectivo pasa despacio con los faros encendidos. El libro sobre la mesa del balcón se llama Un hombre flaco; es un perfil del escritor Julio Ramón Ribeyro que posa fumando en la portada. Un relámpago, y otro. Los troncos de los árboles no se ven desde el piso 7, sólo las copas de hojas tupidas que parecen bichos amasados en plastilina verde; las ramas se mueven. En las primeras páginas, un epígrafe de Ribeyro dice: “Donde empieza la felicidad, empieza el silencio”; el cuentista peruano no creía en la felicidad como un “estado fructífero” para escribir. Suena el timbre del portero eléctrico y se siente como un rayo entrando por la ventana. No, señor, no es aquí. La guayaba se ve fresca, las hojas limpias. Se puede pasar la vida sin ver llover desde tan alto, sin ser feliz en completa soledad, sin desear sin pudor que el silencio siga durando. Así como están las cosas, al menos en este instante, al menos en el piso 7, la frase de Ribeyro se retuerce, se invierte, se lee en reversa, se impone a contramano: porque es en este silencio que empieza una felicidad indiferente al resto del mundo, caprichosa, egoísta, una felicidad -precaria, pero qué importa- que se olvida de las miserias, las violencias, los sobresaltos, los muertos, las faltas, las penas, que no piensa en nadie ni en nada más que en la lluvia, el libro de tapas anaranjadas, los capullos de la guayaba, un té, un té solo, otros libros y el silencio del piso 7.

Mónica Yemayel
Buenos Aires, EdM, junio 2016
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Favio y el gesto de transposición, por Victoria Martínez



Cuarenta años distan entre El romance del Aniceto y la Francisca y Aniceto, dos películas de Leonardo Favio que comparten un núcleo narrativo: relaciones signadas por la dupla traición-fidelidad entre un hombre, su gallo de riña y sus dos mujeres. Aún así, Aniceto parece hacer estallar todo lo que caracteriza a la película anterior, explosión que da que hablar y parece llamar a la búsqueda de una resolución, una respuesta. La sospecha crece: el despliegue del título de 1967 (Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más...) se condensa y parece dejarnos frente a una síntesis que concentra el recorrido del director bajo el nombre enigmático de su obra maestra. Sin embargo, no es eso lo que vemos, en tanto la película no alcanza ningún nivel de armonía o resolución. Lo que presenciamos es, justamente, la intención de ensanchar y el gesto de esfuerzo para hacer que los diferentes elementos del film alcancen su tope de expresividad.
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Alejandro Fernández Mouján y Samuel Fuller: cine y artesanía, por Pablo Luzuriaga


El investigador ordenaba cajas en los archivos del Museo de La Plata. En 2006 encontró un catálogo del antropólogo alemán Lehmann Nitsche que se creía perdido. El hallazgo permitió identificar el origen de piezas antropológicas que estaban numeradas y clasificadas, pero desprovistas de historia. Entre ellas, bajo una vitrina, ocultos pero frente a las narices de un público centenario, estaban los restos de Damiana rotulados con el número 5602. La joven, fallecida en 1907 por un cuadro severo de tuberculosis, había sido apropiada y desterrada de su pueblo natal, la comunidad Aché del Paraguay, diez años antes. En el bajo vitrina, con el número correspondiente, fue hallado su esqueleto. El cráneo estuvo perdido poco tiempo más, fue encontrado en la colección de piezas antropológicas del hospital Charité de Berlín, en 2011.
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 abril/16

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Reflejos de Carmen Miranda, por Guillermo Korn


Ningún brasileño sensato puede ignorar lo mucho que Carmen Miranda hizo por Brasil en el exterior, transportando este país en su equipaje, enseñándoles a los pueblos que jamás habían tomado conocimiento de nuestra existencia a cantar nuestras canciones y adorar nuestro ritmo.
Heitor Villa-Lobos

María do Carmo era el nombre que figuraba en su partida de nacimiento. Ese no fue el único cambio, aunque es probable que haya sido uno de los más importantes. En la lista se apuntan también sus zancos de veinte centímetros de plataforma para disimular la baja estatura, las numerosas pulseras, los aros de gran tamaño, las balangandãs y por supuesto, los exóticos vestidos y tocados con los que construyó una figura que conquistó al público.
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Palabra: “Red”, por Dardo Scavino


na de las marcas de fábrica del platonismo sigue siendo la identidad entre el ser y el deber ser. Cuando uno interroga a un platónico acerca de lo que es, por ejemplo, la política, nos responde lo que debería ser a su entender, y nos asegura que las demás formas de política –aquello que la opinión suele llamar “erróneamente” política– no son sino copias degradadas o fraudulentas de la política genuina: la verdadera esencia de la política se encuentra, para él, en la única política buena. Y cuando uno le pregunta si le gusta tal o cual texto literario, se precipita a contestar que no porque “no es literatura”.
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ADELANTOS

Adelantos: Versos de una..., César Tiempo y Clara Beter, por Solana Schvartzman


Este es uno de los últimos libros que la Biblioteca Nacional ha publicado bajo la dirección de Horacio González, una de las gestiones más notables que ha tenido en su historia desde su fundación en 1810 por Mariano Moreno y que finalizó en diciembre de 2015. Solana Schvartzman realizó la edición y el prólogo de Versos de una… , libro clásico en la literatura argentina, incorporando además un valioso apéndice con cartas y crónicas.
  Versos de una… expone problemas centrales de la literatura contemporánea: ¿Quién escribe en lo que se escribe y en lo que se lee?, ¿Hasta dónde puede llegar la potencia de la literatura?
    Solana Schvartzman ha escrito para EdM una presentación de Versos de una… , que no es sino una incitación a la lectura. El libro puede adquirirse en la BN, en Buenos Aires. Aún las nuevas autoridades no lo han distribuido en librerías.


¿Por qué leer Versos de una…, las confesiones poéticas de una misteriosa prostituta inmigrante de los años veinte? Además de la astucia y la ironía de esos versos, este libro es la puerta de entrada a su autor, César Tiempo, y a una época, la década del veinte en la Argentina.
    El ucraniano Israel Zeitlin llega a Argentina junto a su familia en 1906, y veinte años después elige cambiarse el nombre a César Tiempo: “En esa época yo usaba muchos seudónimos (…) Como me llamo Zeitlin –zeit quiere decir “tiempo” en alemán y lin es del verbo “cesar”– decidí llamarme César Tiempo (…)”. Autor de numerosos libros como Libro para la pausa del sábado, Sabatión Argentino y Sabadomingo, director de la revista Columna y del suplemento cultural del diario La Prensa, en 1927 publica su primer libro de poemas: Versos de una… Y en este libro esconde su autoría bajo el seudónimo de Clara Beter, joven poeta y prostituta rusa.
   Versos de una… se publica por la editorial Claridad, revista y editorial del grupo literario Boedo y con este libro Tiempo involucra a todo un grupo de escritores y se coloca en el centro de la escena cultural.
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Sobre Las citas, de Sebastián Hernaiz, por Florencia Angilletta


El 7 de abril, en Los Galgos, el bar notable de Callao al 500, fue presentado el último trabajo del autor de El prejuicio del sexo (2014). Sebastián Hernaiz que en Rodolfo Walsh no escribió Operación Masacre y otros ensayos (2012) reunió  una serie de artículos sobre literatura argentina, acaba de publicar, por la editorial 17grises de Bahía Blanca, Las citas; su primera novela.
    Esa noche de jueves, Florencia Angilletta y Diego Erlán compartieron sus lecturas con el público que asistió a la presentación. Reproducimos en este número de Escritores del Mundo el texto leído por Angilletta.


Todo chat no se sabe si es político

Se ha dicho que Mauricio Macri es el primer presidente de Facebook. Esta afirmación es efectiva menos por el uso prodigioso que él o sus asesores de comunicación hayan hecho de la plataforma y más porque el estado de la imaginación publica es Facebook. Facebook es nuestro calendario de cumpleaños, nuestra memoria demoledora que recuerda fotos publicadas años atrás, nuestra agenda de eventos –por ejemplo, esta misma presentación, que cliqueamos que asistiríamos–, nuestro placer voyeur de sugerir como contactos a quienes apenas conocemos, nuestro intento constante de viralizar alguna pequeña proeza personal, nuestro diario a medida del grupo de amigos y conocidos. El amor me ha enseñado que Facebook es una arquitectura. Y en un recorte más específico, puede que las parejas de nuestra generación sean las primeras parejas de Facebook.
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NOTICIAS DE AYER

De panópticos y celulares, por Alcides Rodríguez


Creados por los británicos durante la guerra anglo-bóer de finales del siglo XIX, los campos de concentración tenían como objetivo minar la lucha de los pueblos que resistían la colonización europea en África, Asia y Oceanía. Era una peculiar “táctica militar” que buscaba forzar la rendición de los rebeldes encerrando a sus mujeres, niños y ancianos, hacinados y con alimentación más bien escasa, sin preocuparse mucho por su integridad física y mental. Horribles padecimientos y un elevado nivel de mortandad fueron las obvias consecuencias de su implementación. Durante la Primera guerra mundial los países beligerantes importaron la idea a Europa para encerrar prisioneros de guerra y civiles. Algunas innovaciones tecnológicas como las ametralladoras, los barrancones portátiles y los alambres de espino baratos hicieron que fuera relativamente sencillo montarlos. Pasado el conflicto los campos no desaparecieron junto a las trincheras y el mortal ruido de las batallas. A pocas semanas de la asunción de Hitler como canciller de Alemania se inauguró Dachau, el primer campo de concentración nazi concebido como tal. Un exultante Heinrich Himmler, máxima autoridad de las SS, hizo el anuncio ante un enjambre de periodistas y lo presentó como una herramienta fundamental para conjurar toda amenaza a la seguridad del Estado. A pesar de los persistentes rumores que hablaban de feroces maltratos y asesinatos, el régimen nazi se esforzó por construir una buena imagen pública de los campos. La prensa ensalzaba su importante función y en los noticiarios cinematográficos se veía a severos pero justos guardias que obsequiaban un trato humanitario a grupos de prisioneros que trabajaban muy felices en labores decentes. Eran lugares de “reforma y reeducación” dirigidos por “expertos”, en donde se trabajaba con tesón para transformar a los internos en buenos alemanes. Más allá de lo denunciado por unas pocas voces críticas que pocos escucharon, la sociedad alemana en su conjunto apoyó la decisión de levantar campos de concentración. Los pobladores de los alrededores de Dachau, en cuya puerta se colgó en 1936 el primer cartel de hierro forjado con la leyenda “El trabajo nos hace libres”, estaba entusiasmada con el campo porque lo veían como un estimulante motor para el desarrollo económico de la región.
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Eisenstein y Disney en pose de futuro, por Miguel Vitagliano


Tan diferentes y tan cerca. Eisenstein y Walt Disney frente a Mickey Mouse, en Los Ángeles, a principio de los años 30. La pose los muestra amigos, pero sobre todo la pose nos los hace cercanos, tienen una parada difícil de encontrar en las fotos de esos años, un gesto de hoy, una parada típica en dos versiones según la contextura física, modos del juego cómplice y la satisfacción que podríamos reconocer en las instantáneas del presente, parecen dos adelantados del futuro, acaso por eso consigan treparnos sobre el pasado para que podamos mirar más lejos. En definitiva, en eso consiste su arte: hacer del presente un momento que desata al futuro de la carga del pasado al mismo que tiempo que lo carga de su energía renovada.
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Frontera Masacre, por Luciano Beccaria


a mirada se posa sobre la frontera. La única terrestre de las antillas que flotan como boyas sobre el Caribe. Haití y República Dominicana. Puede decirse que una frontera en una isla es una forma de aislarse un poco más. O mejor, de aislar. Pero desde la distancia cenital del Google Earth no se alcanza a advertir que su trazado es un tajo de machete, reguero de sangre y disputas históricas.
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POEMAS

Tesoro: Sobre Poesía Secular de Selomo Ibn Gabirol, por Yaki Setton


A mi amigo Sandro Barrella

A veces sucede como un hecho inesperado: un libro que brota de la nada y cae en nuestras manos: ¿es para mí?, ¿cómo se llama, ¿sobre qué trata?, ¿de dónde viene?
    Un libro que nos llega, enigmático, como un tesoro descubierto sin saber de su existencia porque no lo buscamos ni lo esperamos ni está oculto bajo ninguna falsa puerta o bajo tierra, al lado de un gran árbol. Un libro que se abre como una caja mágica y de la que no brota un conejo sino cientos de bellos versos mozárabes, hebreos y está entre nuestras manos. Un libro que nos amenaza como una caja de Pandora con muchos de los enigmas de este mundo: los de la bondad, los de la maldad, los del amor, los de la amistad, los de la fe y los del dolor.
    Eso me sucedió con Poesía Secular de Selomo Ibn Gabirol editado por Alfaguara en noviembre de 1978 en su colección de Clásicos con Prólogo de Dan Pagis, traducción y notas de Elena Romero. De 22 x 13 cm, con 532 páginas, tapa dura y sobrecubierta; Poesía secular es un libro inhallable en las librerías de Madrid, Granada, Barcelona o Buenos Aires. Sin embargo, en Librería Norte, en su misterioso sótano más exactamente, apareció el ejemplar que tengo en estos momentos entre mis manos.
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