Abril/14

Escriben este mes: / Baudoin  // Consiglio /
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PIES DE IMAGEN

Adelanto: Visión del Posadas, de Jorge Consiglio


“Visión del Posadas” es un fragmento de la novela que Jorge Consiglio (Buenos Aires, 1962) tiene en preparación. Cuatro momentos narrados en presente; y nada tiene más filo que el presente para abrirse paso. Un hombre que dice yo va en un auto y suelta: “La persona que maneja se queda callada unos segundos. Sé dos cosas de su vida: 1) Está casado con la mujer más fea del mundo. 2) Es cornudo.” Sí, Consiglio escribe con el filo de las palabras. En 2013 recibió el Segundo Premio Nacional de Novela por Pequeñas Intenciones (Edhasa, 2011)


Momento primero

Dejo de escucharlo. Giro la cabeza. Miro por la ventanilla. Es un edificio de tres cuerpos que parece un ministerio. Esa es la sensación: un ministerio. Voy en un coche gris que se adelgaza con la velocidad. Maneja alguien que habla sin sacar los ojos de la ruta. Nos conocemos poco. Por eso engancha un tema con otro. Casi no respira. Es su forma de esconderse. Una de las muchas que hay. Circulamos por el acceso Oeste en dirección a Merlo. A la derecha, el Hospital Posadas. Enorme. Plantado en la escena como una postal. Estamos en El Palomar. No en Ciudadela, como creía hasta hace poco, en El Palomar. En el 76, el ejército y la aeronáutica se disputaron este territorio. Santiago Meyer contó que hubo un grupo de tareas metido en el hospital. Los llamaban SWAT. Los tipos practicaban tiro en los jardines. Perdí la cuenta de los años que hace que conozco a Santiago Meyer. El Posadas me quiere decir algo. Estoy seguro. No es la primera vez que lo siento. Tomo una bocanada de aire. Me gustaría poder fumar. La persona que maneja se queda callada unos segundos. Sé dos cosas de su vida: 1) Está casado con la mujer más fea del mundo. 2) Es cornudo. Da el perfil de un tipo que tiene posición tomada sobre todo. Ahora me ofrece una DRF. Me extiende el paquete sin agregar nada. Enseguida entiendo que se trata de un convite. Tomo una pastilla. Le doy las gracias. Espero que él saque otra y se la meta en la boca. No es lo que sucede. Devuelve las DRF al lugar en el que estaban. La secuencia me dice más de él que todo lo que habló hasta el momento.
Segundo momento
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ESCRITORES EN SITUACIÓN

Escritorio: La sala de máquinas de Sylvia Plath, por Miguel Vitagliano



Una placa recordaba que en esa casa de Fitzroy Road, en Londres, había vivido el poeta W.B.Yeats (1865-1939) durante una temporada. En cuanto Sylvia Plath la leyó no tuvo dudas de que esa era la que debían elegir con su esposo, el poeta Ted Hughes. La casa ya no estaba en las mismas condiciones que en los días del Premio Nobel, estaba partida en dos, la planta baja era una vivienda y los dos pisos restantes conformaban el dúplex alquilado por el matrimonio con dos hijos, un varón recién nacido y una nena de dos años. Pero ella confiaba en la maquinaria invisible contenida en esa casa, casi tanto como Yeats en la religión. Era 1962 y el matrimonio se había entregado a vivir su final. También Silvia Plath sabía qué era estar partida en dos, lo que ignoraba era cómo dejar estarlo. Había estado internada en una clínica psiquiátrica y desde hacía varios años sobrellevaba con medicamentos lo que sabía. En esos días escribió en un poema: “Agonizar/ es un arte, como todo lo demás./ Y yo lo hago excepcionablemente bien.” En enero de 1963, cuando Hughes ya había dejado la casa para irse con la poeta Assia Wevill, se decidió a publicar una novela de relente autobiográfico bajo el seudónimo de Victoria Lucas y un mes después se quitó la vida.
   La campana de cristal (The Bell Jar) era mucho más que una novela en contra del ex marido, buscaba descorazonar el papel que la sociedad le exigía cumplir a las mujeres. Un hogar con tantos hijos como cortinas floreadas, el silencio y el recato obedecido, la sonrisa ajustada, el olvido propio, los pisos brillosos y la comida lista. El suicidio siguió esa dirección: abrió la llave de gas de la cocina y, como si fuese un manjar a preparar, reposó la cabeza dentro del horno. Serena, exceptionally well, por eso antes encerró a los hijos en el piso más alto y tapó con trapos los bordes de la puerta para dejarlos a salvo.
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El ruido que hago al escribir, por Natalia Zito


o me gusta escribir sobre la escritura. Una especie de cliché parecido a un psicoanalista haciendo una intervención de consultorio en medio de un asado con los amigos de su pareja. Alguna vez, todos caemos.
    Empezaba nuevo taller de novela. Era mi regreso a las tertulias literarias después de una mudanza complicada que me había robado un año. No puedo escribir sin ese vaivén entre la soledad y la compañía. Llegué media hora tarde. Estaban sentados alrededor de una mesa con mantel negro, en el primer piso de una librería. Una de las voces leía. Pedí disculpas inaudibles, gesticulando mucho la o. Me senté en el extremo vacío de la mesa, no tenía a nadie enfrente. Eran seis o siete, cada uno con su pantalla y su celular al costado. Salvo por la voz estaban en completo silencio, no había papeles ni biromes, nadie se movía, excepto yo. Me distraje con eso. Desembolsé mi netbook como si la escena llevara diecisiete o dieciocho años repitiéndose. Con la voz del que leía, la voz y no su contenido, se me ocurrió algo para sumar a mi novela. Algo nuevo, puro producto de esa escena. Quise anotar. No tenía cuaderno. Ni siquiera se me había ocurrido llevar uno. Tengo un cuento entero escrito durante una clase en los tiempos en los que sí llevaba cuaderno. Lo escribí desaforada por dentro, con cara de tomar apuntes por fuera, con el goce extra de lo prohibido. Ese cuento es el envés de aquella escena en otro grupo en el que también hablábamos de literatura. La libretita que va siempre conmigo había quedado en el cambio de cartera. Tengo lista de espera de libretitas. Diferentes modelos que compro o me regalan van formando una pila por orden de llegada, en un hueco de la biblioteca, a la espera del final de la que esté en uso. Debería implementar un sistema de suplentes. Hubiera podido anotar en la netbook, pero cuando hago ruido al escribir, no puedo parar. El sonido del teclado es el whisky. Escribo para escuchar ese sonido y porque lo escucho, escribo. Prefiero el papel para leer y las teclas para escribir. Con el surco de la idea sin anotar, descubrí una botella de vino sobre la mesa. Era elegante verla erguida en medio de las pantallas que le daban la espalda. Las ganas de que me convidaran me hicieron sentir una más del grupo que casi no había reparado en mi presencia.
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NOTICIAS DE AYER

La época en que Júpiter estuvo más cerca que la Luna, por Pablo Rosi


Pablo Rosi (Avellaneda, 1975) estudió la carrera de Ciencias Biológicas en la U.B.A. En 2002 llevó a cabo estudios de posgrado en Aplicaciones Tecnológicas de la Energía Nuclear en la C.N.E.A. - Instituto Balseiro. Realizó su doctorado en el área de Química Bioorgánica, en la Facultad de Farmacia y Bioquímica. Es docente e investigador de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de su universidad de origen. En la actualidad se encuentra dedicado a la simulación computacional de sistemas químicos y a la cristalografía, área de rápido crecimiento en la Argentina. Ha realizado colaboraciones en este campo en Francia y Brasil. Además de numerosas publicaciones especializadas (la última aparecida en 2013 en la revista PLOS ONE) en 2010 publicó Introducción a la Representación Molecular editado por el INET y destinado a la enseñanza media.

Fue durante la década de 1950. Pasó desapercibido para el gran público pero no para la élite científica y tecnológica de EE.UU. A principios del siglo XX Albert Einstein había predicho que la materia se podía convertir en energía a una tasa extremadamente favorable, eso es justamente lo que dice la fórmula matemática más famosa del mundo: E=mc2. Apenas un gramo de materia transformado íntegramente en energía alcanza para abastecer el consumo máximo de todo nuestro país durante una hora, 23793 MW. Quizá esto no impresione demasiado, salvo que se considere que con casi nueve kilos de materia se mantendría a la Argentina funcionando a plena potencia durante un año seguido, día y noche. Abrir esta caja de energía que encierran los átomos, sí, los mismísimos átomos, fue tecnológicamente posible a partir de 1945. La primera vez que se abrió esa caja su brillo opacó el del sol. Había nacido la bomba atómica.
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ESCRITORES EN SITUACIÓN

La escritura como política, por María Pía López


Durante el Salón del Libro de París 2014, que tuvo a Argentina como invitada de honor, María Pía López realizó la siguiente intervención en un panel que llevó como título “Cultura y Política”. El texto está atravesado por una pregunta que es un desafío incesante: ¿Es posible narrar con la misma lengua que nos fue expropiada y que definió el horror?

Camino por un cementerio de una ciudad que me es ajena, entre tumbas que rezan epitafios en una lengua que comprendo bastante poco. Una caminata ociosa, sin búsquedas específicas. En algún recodo aparece la secuencia de monumentos funerarios para recordar a aquellos cuyos cuerpos no están: los deportados a los campos de concentración nazis, los condenados a trabajos forzados, los que fueron a Dachau o a Auschwitz. También recordatorios de los caídos en la resistencia a la ocupación. Si una sigue caminando, como lo hice, se topa con el muro que conmemora a los caídos en la Comuna de París, a los insurgentes que intentaron asaltar los cielos de una vida redimida y una sociedad igualitaria y fueron derrotados y masacrados. Me pregunto: ¿dónde están las tumbas de los colaboracionistas de Vichy, dónde las de quienes firmaron las órdenes de fusilamientos, dónde las de los policías o militares encargados de las razzias? La memoria debe ser incompleta para serlo, debe ser selectiva y esa selección es una afirmación. Si al lado de esos monumentos estuvieran los que conmemoran a los verdugos, la supuesta equidad restaría la conmoción de que en un hecho ominoso hay quienes son víctimas. Tal la lección dominical del cementerio Pere Lachaise.
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APUNTES

Sobre Giovanna Rivero y el poder del “margen, por Magela Baudoin


Giovanna Rivero es, sin exageración, la más poderosa narradora boliviana del presente y su fuerza radica, como lo veremos en breve, en su definitiva y axiomática peculiaridad. Una peculiaridad a la que llamaré “voz propia” y que a estas alturas ya ha probado que no solo es “exportable”, como lo demuestra su imparable conquista de nuevos territorios (geográficos y simbólicos), sino que se presenta con el augurio de una larga permanencia. Y no es mi intención hacer aquí una valoración sentimental: Giovanna Rivero es, y sospecho que seguirá siendo, difícil de olvidar porque su literatura se te queda como un escozor, como un aguijonazo dado por su oficio limpio y sin concesiones, del que se elevan una perturbadora inteligencia y una rara —cuando no incómoda— belleza. Veamos.

¿Por qué poderosa? La fuerza narrativa de Giovanna proviene, por una parte, de la calidad de su pluma. Eso es indiscutible. Su potencia mana de una concienzuda técnica, lograda al pie del trabajo disciplinado y puesto al servicio de la modelación de un estilo, que más que un estilo es una búsqueda permanente. Esta preocupación por la perfección, si podemos llamar así su autoexigencia, está unida, sin embargo, a su vocación aventurera, lo que se traduce en los riesgos artísticos que toma en cada giro, en cada desafío, en cada exploración. Para ser más gráfica recurro a una imagen prosaica que pudiera ser descrita en términos de las horas-silla que Giovanna dedica a leer y a escribir. Horas que por supuesto son evidentes en su evolución y en los tremendos saltos entre un libro y otro y entre un género y el siguiente.
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Palabra: “Moda”, por Dardo Scavino


i Charles Baudelaire y Thomas Hobbes hubiesen podido encontrarse, no habrían logrado ponerse de acuerdo acerca de un punto preciso: para el inglés, el “hombre artificial” era el Estado; para el francés, la Mujer. Aparte de esto, ambos percibían el “hombre natural” como una criatura abominable. Porque la naturaleza, decía el poeta, incita al hombre “a matar a su semejante, a comérselo, a secuestrarlo, a torturarlo” y nos “ordena acogotar” a nuestros parientes pobres o inválidos, en vez de asistirlos, como nos lo enseñan la religión y la filosofía. Baudelaire concluye entonces que el crimen es natural y la virtud artificial, es decir, cultural o “sobrenatural”, lo que explicaría no solamente por qué esta “humanidad animalizada” precisó siempre “dioses y profetas” que predicaran el bien, sino además por qué el poeta no identifica el “progreso” con el desarrollo de la técnica sino con “las disminución de las huellas” de este “pecado original” que es la naturaleza animal, o brutal, del hombre.
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NOTICIAS DE AYER

Gatillo fácil y causas armadas: sobre la influencia del lenguaje en el Gobierno de los letrados, por Vanina Pasik


Policías impunes y pibes pobres presos. El Poder Judicial, esa caja donde mandan los códigos secretos de la facultad del derecho. La idiosincrasia que sostiene un sistema de policías impunes y presos sin condena.
   Los primeros dos puntos hablan sobre el juicio de la Masacre de José León Suárez, en el que quedó en claro que la distancia entre el lenguaje que se habla en los barrios y los códigos judiciales es un impedimento en el acceso a la justicia por parte de las mayorías.
   Los últimos dos puntos también son una muestra de la falta de acceso a la Justicia por parte de los humildes: la aplicación automática de prisión preventiva para pibes con vicera.
     Abogados, fiscales y jueces, casi sin darse cuenta, hablan un idioma incomprensible para el resto de los mortales.
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Verso a verso X: Gelman, por Liliana Lukin


Es porque acaba de morir que su escritura nace más? Versos que él escribió cubrieron siempre como una mancha de aceite la ciudad donde escribo. Imposible lavarla, ver su rastro era probable deslizamiento involuntario sobre la superficie de una contaminación.
    En todos sus libros hay versos que en la búsqueda para este texto, he dejado de lado, aún cuando fundaron en mí modos de pensar y de escribir.
    Y estos, del poema “Corajes”, en el libro Relaciones, escrito entre 1971 y 1973,
instalan, en una poética que podría definir como “de lo posible”, lo imposible entre los seres del mundo, cada uno en sí mismo destinado a sobrevivir más allá de sus fuerzas:

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NOTICIAS DE AYER

Entrada Triunfal, por Alcides Rodríguez.


La religión de los indígenas caribeños planteó a los europeos de finales del siglo XV un problema nada sencillo de resolver. ¿Cómo clasificar prácticas tan poco elaboradas, ídolos tan rudimentarios y sacerdotes que en realidad parecían hechiceros y brujos? ¿Qué significaban esos relatos delirantes que parecían sostener creencias tan extrañas? No se terminaban de ajustar las primeras descripciones cuando, al desembarcar en Tierra Firme, se encontraban nuevas religiones diferentes a las de las islas. Ante tanta variedad religiosa los conquistadores debieron recurrir a nuevas estrategias para entender lo que estaban viendo y oyendo. Los que eran analfabetos o muy poco cultos comenzaron a utilizar el vocabulario que tenían más a mano. Aquellas edificaciones que parecían ser templos fueron pronto catalogadas como “mezquitas”. Al fin y al cabo eran soldados que venían de expulsar a los musulmanes de España: todo templo que no fuera cristiano tenía que ser necesariamente una mezquita. Los extraños relatos que contaban los sacerdotes indígenas fueron clasificados como “fábulas”, porque parecían ficciones que combinaban, de manera muy desordenada, aventuras de hombres y animales. Los más cultos comenzaron a buscar herramientas en los conceptos del cristianismo renacentista y recurrieron al concepto de idolatría, ideal porque echaba sobre las espaldas del Demonio la responsabilidad de la existencia de estas creencias. Con el aporte intelectual del humanismo europeo las religiones de las grandes civilizaciones de México y el Perú fueron ubicadas dentro del modelo religioso grecorromano. Conceptos tales como “dios pagano” o “panteón” funcionaban a las mil maravillas para clasificar los sistemas de creencias de aztecas e incas. Fue así como los “dioses” indígenas se juntaron codo a codo con los dioses del paganismo antiguo y fueron ubicados en “panteones”. Sus estatuas e imágenes poblaban “templos” que estaban al cuidado de “sacerdotes”, organizados a su vez en jerarquías y encargados de dirigir el culto en elaboradas ceremonias basadas en aquellas “fábulas”, ahora más comprensibles gracias a lo que se sabía de los mitos del mundo clásico. Incluso en la iconografía los sacerdotes americanos comenzaron a vestir prendas similares a las togas grecorromanas.
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 Febrero-Marzo/14

Escriben este mes: / Andradi // Brindisi /
Espeche // Luzuriaga // Rivero // A. Rodríguez /
Trímboli // Vitagliano // Zito  
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PIES DE IMAGEN

Sandes, por Javier Trímboli


No hay muchos daguerrotipos como éste. Me refiero a la pose elegida, al torso desnudo. En cuero diríamos hoy, incluso descamisado. Hacia 1862 la técnica ya no requería de largos minutos frente al aparato, pero seguía siendo un punto alto de la modernización y su artificiosidad. Se sabe que lo nuestro nunca fue victoriano, no tanto porque no se lo pretendiera sino porque la agitada vida política y social del siglo XIX impidió el reinado de modales adecentados a gusto de la burguesía consagrada. Pero Ambrosio Sandes da un paso más allá. Él y todos quienes intervinieron en la realización de este daguerrotipo que se transformó en carte du visite, es decir, que se puso en circulación —moderada es cierto— y no se guardó en secreto como pornografía. Mira Sandes entre desconfiado y desdeñoso.
     En un folleto del mismo año, Sarmiento se refiere a este “retrato”. Quien sólo en algunas páginas fue cultor de buenos modales, eligió con cuidado cómo quedar guardado en las placas fotográficas. Conciencia de la posteridad y del significado de los atuendos. Ante el de Sandes, se rinde. “Su retrato, desnudo el busto, reproducido por la fotografía es el más extraño museo de la variedad de cicatrices que pueden dilacerar la piel humana. Tiénelas en cruz, paralelas, redondas, angulares y de todas las formas, como arabescos.” Quizás con el recuerdo de la sensualidad de las imágenes de santos, Sarmiento hace números: 49 heridas ornamentan el cuerpo de Sandes. Y agrega que es nuestro Cid Campeador. ¿Legajo? Con certeza sólo se sabe de él en los alrededores de esos años, los últimos de su vida. Oriental como tantos militares que fueron fundamentales en la avalancha mitrista, Sandes pelea en Pavón y sale herido; sin embargo, de inmediato participa del episodio de Cañada de Gómez que si a algo se parece es a una masacre y se une al ejército que desde Buenos Aires es lanzado hacia las provincias para que se adapten a la nueva situación. Ahí Sarmiento lo conoce. De ese momento breve es el daguerrotipo. Juntos llegan a Cuyo; uno gobernador de San Juan, el otro coronel.
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ADELANTOS

Un adelanto de la novela: el primer capítulo de 98 segundos sin sombra de Giovanna Rivero


En estos días la editorial Caballo de Troya ha comenzado a distribuir en librerías la última -y esperadísima- novela de Giovanna Rivero (Bolivia, 1972). 98 segundos sin sombra cuenta la historia de Genoveva, una adolescente boliviana de los años ochenta que sueña con volar hacia otro mundo, lejos, casi tan lejos como pueda animarse. Y Genoveva es capaz de animarse a todo.
   Giovanna Rivero ha publicado las novelas Las camaleones (2001) y Tukzon, historias colaterales (2008) y, entre otros, los volúmenes de cuentos Las Bestias (1997) y Niñas y detectives (2009).
   Ver un comentario de Edmundo Paz Soldán (Bolivia, 1967) aquí.

(Capítulo 1)

La mejor parte de mi vida son las mañanitas, cuando camino sola las dos cuadras que separan mi casa de la parada del autobús escolar. Siempre pienso en cuánto odio a mi padre y en cómo nuestras vidas, la de mamá y la mía, y claro, la de Nacho, podrían convertirse en algo fantástico, una fábula, tan solo si él tuviera la decencia de morirse. Si alguien me pregunta por qué odio tanto a papá, no puedo explicar las razones. No es malo, no exactamente… Lo odio por intruso. Es un extraño. Y sí, es cierto que él estaba antes de que yo naciera, por una cuestión de secuencia, pero tengo la súper certeza de que es un intruso. Inés entiende cuando digo estas cosas. Ella misma se siente una intrusa y dice que un día va a regresar al lugar donde realmente pertenece aunque descubrirlo, saber cuál es ese sitio, le tome la vida entera. Sin embargo, Inés dice también que todo pasará al ser jóvenes en serio, no «capullos», como nos llaman las monjas; por lo menos hace tres años que científicamente hablando ya no somos púberes, dice, y esa palabra me estruja el estómago. Púberes. Una esdrújula patética que comienza con «pu». Inés sospecha de todo lo que comienza con «pu»: pus, puerta, puerca, puñado, puta. Igual, me encanta cuando entrecierra los ojos y se pone a hablar como una poseída: Esta edad, dice Inés, es difícil, es dura, es patética, es un infierno. Todo cambiará cuando salgamos bachilleres y entonces tengamos que largarnos juntas a estudiar en alguna universidad del interior. Para eso falta un año y cuatro meses. Estoy de acuerdo, las cosas cambiarán, no sé cómo, no sé si algo verdaderamente importante le pasará a la mente, al espíritu, cuando se termina la esclavitud escolar.

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NOTICIAS DE AYER

El fordismo de la muerte, por Alcides Rodríguez


Cuando el escritor Vasili Grossman visitó, en plena Segunda Guerra Mundial, el puesto de mando de un ejército soviético, observó algo que captó poderosamente su atención. “A una persona que anteriormente hubiese trabajado en la industria, podría parecerle que se encontraba de nuevo en el despacho del director de una gran fábrica”, escribía en una crónica publicada en Estrella Roja, el diario del Ejército Rojo. Las formas de organizar la maquinaria para la guerra eran comparables a las que se utilizaban en la gran industria. “Cuando una persona ajena llega a una fábrica metalúrgica, el potente ruido del trabajo provechoso le parece caótico, como el bramido del mar. En el estrépito actual de nuestra artillería, una persona no instruida podía ver también el desencadenamiento de los elementos de la naturaleza, un caos. Pero era el ruido del trabajo de la guerra, un trabajo tan inteligente, complejo y grandioso como el de millares de ingenieros, delineantes, horneros, fundidores, laminadores y contramaestres de una fábrica metalúrgica”. Ningún jefe de fábrica, razonaba Grossman, puede dirigir bien una planta si no cuenta con equipos de trabajo coordinados y eficientes. El óptimo funcionamiento de todos los servicios de un ejército y la perfecta colaboración de sus diferentes armas eran claves para tener éxito en el “trabajo” de la guerra. De allí que a las unidades del Ejército Rojo se las llamara “economías”. Organismos enormes y complejos, dirigir cada una de estas “economías” exigía a sus mandos un gran esfuerzo y capacidad de trabajo. Todo demandaba una cuidadosa atención: las existencias de municiones y combustible, el estado de las rutas, el clima, la alimentación diaria de miles de hombres y mujeres, el enlace fluido entre las distintas partes de la “economía”, el transporte de las armas pesadas, los servicios sanitarios y los hospitales de campaña, los pontones y barcazas para cruzar los ríos, la sincronización de las operaciones con la fuerza aérea, la moral de la tropa… centenares de cuestiones a resolver para que miles de soldados fueran a la guerra de la mejor manera posible, para que lucharan con la máxima eficacia. Un esfuerzo enorme que se realizaba bajo la presión constante de un enemigo experimentado que trataba de quebrar el aceitado funcionamiento de esta gran maquinaria para tratar de imponer el ritmo de la suya. Un ocasional descuido, un cálculo inexacto se pagaba, inexorablemente, con la sangre de los combatientes.
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APUNTES

No hay más lugar para cínicos: tortura y rock, por Miguel Vitagliano



Los helicópteros vuelan hacia una aldea del Vietcong para bombardearla. De los altoparlantes adosados a sus carlingas se expande una música, “La Cabalgata de las Walkirias” de Wagner, el canto de las guerreras que protegen la morada de los dioses. Difícil olvidar esa escena de Apocalipsis Now (1979) y al artífice del ataque, el teniente coronel Kilgore con su sombrero de la caballería americana, convencido de que está librando una guerra de película contra “los pieles rojas”. Para él, todos esos otros son iguales. Francis Ford Coppola decidió que la música de Wagner se oyera potente también en las butacas de los cines, tanto como la de Hendrix y la voz de Jim Morrison cantando al comienzo, entre explosiones, This is the end / My only friend, the end/ Of our elaborate plans… La película era una crítica al cinismo del colonialismo en sus distintas facetas, y una ironía sobre su avance imperial en la sensibilidad colectiva.
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Dejarse llevar, por Esther Andradi


Cuando pronuncio la palabra Futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado
Wislawa Szymborska

as mañanas son vertiginosas. Saltar de la cama, cepillarse los dientes, levantar a los niños, asearlos, vestirlos, sacar el traje del armario, preparar el desayuno, hervir el agua, tostar el pan, untar la mantequilla, llenar la lavadora, funcionar y resolver sobre la marcha, correr y correr, con serenidad y soltura, sin perder un minuto ni un segundo, el vaivén de una puerta que no se termina de abrir ni se acaba de cerrar. Y descubrir azorada, perpleja, hipnotizada, que está en el agujero negro, que la nebulosa la envuelve, que se diluye todo lo que la rodea, que una fuerza irresistible la chupa, la arrastra, la lleva, la sumerge, su cuerpo tiene la consistencia de una hormiga en el water, es una mosca en la leche, la irresistible sensación de ser impelida sin mover ni un labio ni un músculo, se deja caer al vacío como una bailarina, está en el borde del agujero negro en el horizonte 24 de la Vía Láctea, en un amanecer permanente, o es un crepúsculo, pero no piensa ni siente, dejarse llevar, vuelta y vuelta, lo que devora también expulsa, el horizonte 24 es una ficción que se derrama como el jugo sobre el plato, ay hijo qué has hecho, el líquido sigue su recorrido por la mesa, se vierte sobre el piso, el niño lo impulsa con su cuchara, la niña sigue el fluido con su galleta, tomar una esponja, eliminar los últimos vestigios de lo que sea sobre la baldosa, secar la cerámica, liberar sus manos del trapo volador, correr a su trajecito recién planchado sobre la cama, se lo va a poner, se va a vestir, se va a convertir en la señora dueña de sí que dirige ese carrusel, que es restaurante, lavandería, spa, terapia de grupo y hasta psiquiatría si no hay modo, hotel cinco estrellas de día, burdel de madrugada, centro de rehabilitación.
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PIES DE IMAGEN

Un balde, un cuerpo, un mundo, por Natalia Zito


Uso mi cuerpo como si fuera mío. Lo es. Mientras funciona, estoy convencida de que tengo total soberanía sobre él, que puedo llevarlo adónde quiera. Cuando empieza a andar mal, revela lo que era grato ignorar: el usufructo no es garantía de nada. Las garantías no existen.
    Esta foto fue publicada en Clarín.com HD, en la sección “El día en fotos”, el 30 de diciembre de 2013, junto con un breve pie que decía que es un niño jugando mientras espera a su mamá, en Chennai, la capital de Tamil Nadu, al sur de la India. En mi mundo, el rosa es para las nenas. En la India los colores tienen, entre otras, connotaciones religiosas. El rosa no necesariamente significa femenino, puede significar suerte. Cuando pienso en otro mundo tal vez imagino la India. Otro mundo es que nada sea como naturalmente pienso que es. El mundo es donde suceden las cosas, es el cuerpo y el idioma. Si voy a otro mundo y entiendo rápido, es probable que esté llevando para mi terreno, haciendo equivalencia de signos, traducción, cualquier cosa que me evite el vacío de no entender. Conocer un mundo o dos, incluso tres, no es garantía de nada. La India es un lugar donde las vacas comen de la basura y luego duermen en la calle. Es el lugar donde las vacas son sagradas. Yo pienso que duermen como perros vagabundos. En mi mundo, sagrado es distante privilegio. En la India es común ver hombres que caminan de la mano por amistad, mucha gente vive en pequeños ambientes que son trabajo, casa y baño, todo junto; y nadie se sorprende si alguien come arroz con la mano.  
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RELATOS

El hermano mayor, por Ximena Espeche


Ximena Espeche nació en Montevideo en 1974 y vive en Buenos Aires desde 1982. Publicó el libro de poemas Cosa y sombra (Montevideo, Estuario, 2003). Fue parte del colectivo No Quiero Ser Tu Beto, una hoja de pura literatura y crítica que, a lo largo de los 90, se repartía gratuitamente en los lugares más disímiles, incluso en las universidades. En 2005 el grupo hizo una edición de esos escritos que publicó la editorial Santiago Arcos. También formó parte de Zapatos Rojos, que entre fines de los 90 y los primeros años de la década siguiente organizaba lecturas públicas de narradores y poetas de distintas generaciones y tendencias estéticas. Es difícil encontrar a algún escritor, de ambas márgenes del Río de la Plata, que no haya participado en Zapatos Rojos o que no fuese leído en No Quiero Ser Tu Beto.
   Estudio dramaturgia y es egresada de la carrera de letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente se desempeña como docente en la UBA y es investigadora del CONICET.


a Federico Scigliano

Un hermano mayor que se muere a los dos años, y que es un medio hermano ¿cómo sigue siendo un hermano mayor? ¿es un medio-hermano mayor? No importa: para mi viejo es mi hermano mayor y así se murió, antes de que yo naciera.

Mi viejo no se acuerda de los cumpleaños. Ni el de él. No sabe porqué. Nosotros tampoco hasta que se nos ocurre después de ver las fotos. Mi viejo no se acuerda de los cumpleaños porque, aunque después los festeja, aunque después viene y feliz te da un regalo (hasta lo piensa y lo va a comprar), no quiere acordarse de que cada cumpleaños no estamos todos. Y el que siempre falta es su primer hijo, Juan Eduardo, “Juane”; el primero que tuvo con su ex-mujer. Hablo de mi hermano mayor como si eso hubiera sido posible.
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APUNTES

Paul Cézanne, un marxista, por Pablo Luzuriaga


Alex Danchev, el reconocido biógrafo que en 2012 publicó Cézanne: a life, el año pasado editó y tradujo al inglés las cartas del pintor nacido en Aix-en-Provence. 252 cartas de Paul Cézanne (21 de ellas nunca editadas ni traducidas) que nos acercan como instantáneas a su vida entre 1858 y 1906. Escritas desde sus 19 y 20 años, las primeras cartas están destinadas a su más íntimo amigo del colegio, quien poco antes partió hacia Paris. “Cher ami, que Paris retient bien loin de moi”, con ese verso comienza una de las cartas dirigidas a un joven E. Zolá, quien recién diez años más tarde concebiría el proyecto de los Rougon-Macquart. En la biografía que A. Danchev escribe sobre el pintor sugiere que el impacto que su mirada provocó en nuestro mundo es comparable al de Marx o Freud. Julian Barnes, en una reseña sobre esta biografía en el TLS, responde a esta afirmación diciendo que parece más el comentario de un amante entusiasta que un argumento sostenible. Si bien la comparación parece un tanto forzada, vista con más detalle quizás, en lo que refiere al filósofo alemán, se sostenga más de lo que aparenta.
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