Diciembre/11
Escriben este mes: Andradi // Brindisi // Chavez /
/ De Santis // Graves /Korn // Liello // Luzuriaga /
/ Menstrual // Piñeiro // Rivero // A. Rodríguez /
/ Sagasti // Scavino /Vitagliano // 
Seguir leyendo
PIES DE IMAGEN

Bigote a contraluz, por Claudia Piñeiro


Sabe que las manos no se mueven para él, que no lo buscan, que no lo esperan, sino todo lo contrario.
    No siente celos, no puede sentirlos, es un animal que compite por la caricia.
    Empuja la máquina con el lomo, se rasca contra ella. Deja sus pelos desparramados por el teclado. Pero lo que quiere no es el teclado sino las manos.
    Va por el lado derecho, donde está la más activa. La táctica es siempre la misma: agacha la cabeza, la mete por debajo buscando espacio a fuerza de suaves golpes. Insiste. Pero los dedos siguen golpeando las teclas como si él no estuviera allí, lo ignoran, o pretenden ignorarlo, hacen de cuenta que no está aunque con su hocico húmedo el animal los moje. Manos que van y vienen sobre las teclas como si respondieran a una coreografía.
    Aún así, ignorado, no se rinde. Por fin el gato logra ubicar su cabeza en el arco que forman la palma de la mano y los dedos en actitud de escritura. Una vez allí, el animal cabecea. Jack-jack, así se llama el animal. Jack-jack cabecea una, dos, tres veces. Si las manos están de buen humor detienen el tipeo y lo acarician en ese espacio entre la cabeza y el pecho donde el pelo del gato es más blanco que en ninguna otra parte. Si no lo están, lo empujan, le expulsan, le niegan la caricia. Las manos trabajan, tipean, borran, corrigen, googlean. Buscan un poema de Borges, no saben cuál. Recorren varias páginas. El oro de los tigres. Se detienen en uno, se sorprenden por la coincidencia.


A un gato

No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.

    El poema hace que las manos sientan un respeto por el gato que antes no existía. Quedan en actitud de espera. El gato también. Por fin tipean: “Eres, bajo la luna, esa pantera”, y luego, “tuya es la soledad, tuyo el secreto”, y un verso más: “El amor de la mano recelosa”. El gato se acerca otra vez. Los dedos ahora se mueven con más lentitud; fingen tipear mientras lo esperan. Hacen una pausa que no es necesaria para que el gato se acerque un poco más, se agache, meta la cabeza en el arco de la palma de la mano, cabecee, una, dos, tres veces, los moje con su hocico húmedo. Las manos acarician la cabeza del gato y luego lo rascan sobre la garganta. El gato se deja rascar, cierra los ojos y se estira hacia arriba como pidiendo un poco más.
    Y por fin, con el deseo satisfecho, el gato se acurruca a un costado, sobre la luz verde de encendido de la computadora que le ilumina el bigote a contraluz.

Claudia Piñeiro
Buenos Aires, EdM, diciembre de 2011
Seguir leyendo
APUNTES

Biblioteca: El orden, por Gabriel Graves


Me gusta pensar que fue una epifanía, una chispa que se encendió en su cerebro y entonces entendió todo. Me gusta pensarlo así, como si hubiese mediado la intervención de un orden más elevado. Esa hipótesis me permite, como bibliotecario, darle cierta mística a la profesión. Por eso, no quiero interiorizarme demasiado en el proceso tortuoso que debió ser para Melvil Dewey crear y perfeccionar su Clasificación Decimal.
    La Clasificación Decimal de Dewey (CDD) es la base sobre la que se organizaron la mayoría de las grandes bibliotecas contemporáneas. En sí, un montón de documentos no constituyen una biblioteca hasta que no se ordenan. He ahí un gesto piadoso y humanitario que encierra, creo yo, buena parte del ideal bibliotecológico: pensar en un usuario y encontrar una forma para hacerle llegar el documento que busca.
    Melville “Melvil” Louis Kossuth Dewey tenía 22 años en 1873, cuando trabajaba en una biblioteca en Amherst, Massachussets. Allí empezó a pergeñar su sistema. Algo le dijo que todo el conocimiento humano entraba en una biblioteca y que ese conocimiento podía dividirse en distintas disciplinas. Por supuesto, dividir el conocimiento es una pasión antigua y Dewey conocía ya los esfuerzos que había realizado Sir Francis Bacon para llevarlo a cabo. Pero eso no nos importa, quedémonos un poco con la idea de la epifanía. ¿Cuántas disciplinas tiene el conocimiento humano? La revelación de Dewey es la siguiente: todo el conocimiento humano se divide en diez clases. Es decir que todo lo que el hombre hace, dice o piensa, entra en una de diez grandes categorías, a saber: o son obras generales (diccionarios, enciclopedias, obras de consulta, libros que hablan de libros, etc.), o pertenecen a la rama de la filosofía, o son cuestiones religiosas, o ciencias sociales, o temas de lengua e idiomas, o se trata de ciencias naturales y matemática, o son ciencias aplicadas, o son artes y deportes, o es literatura o es geografía e historia. Y se acabó.
    Diez categorías para dividir el mundo. Nada de lo que hagamos es ajeno a esas disciplinas. Toda la cultura entra allí. La soberbia de Dewey es inigualable: insisto, nos dice que en diez disciplinas entra el mundo. Y si en diez entra todo y, bendita coincidencia, diez son los números arábigos de los que disponemos, del cero al nueve, ¿por qué no asignar un número a cada disciplina? Así se crea un Sistema de Clasificación infalible. No hay documento que se escape. Lo raro es que Dewey ideó el sistema hace bastante más de un siglo. Desde entonces, nos gusta creer que el ser humano ha evolucionado. Y, si no lo hemos hecho, al menos es evidente que la tecnología ha cambiado y consiguió crear artefactos nuevos de todo tipo. Sin embargo, ninguno de ellos se escapa a la clasificación de Dewey. Instrumento milagroso, el número áureo con el que están hechas todas las cosas es, para Dewey, el diez.
    En 1876, Dewey publicó por primera vez sus 44 páginas de clasificación que cambiarían al mundo. Catorce de ellas eran introductorias y explicaban el funcionamiento del sistema. Había 12 páginas más de sumarios y esquemas que son el meollo de la cuestión, las tablas propiamente dichas y 18 de índices en las que se podía buscar en qué número entraba el tema que queríamos clasificar. Porque la gracia de las tablas de Dewey es que esos diez números se dividen en otros diez (y ya tenemos cien números) y esos otros diez en otros diez (y ya son mil las cosas que puede haber en el mundo) y así hasta llegar a disciplinas cada vez más precisas por una ley de subordinación. Así, un libro que hable de oceanografía estará en el número 551.46. El primer 5 es por Ciencias naturales, ese 5 se divide en 10 números más y el 55 es Ciencias de la tierra, nueva división en 10 y nos encontramos con que el 551 es Geología, el 551.4 Geomorfología y el 551.46 es Oceanografía. Esto nos permite también que las tablas vayan creciendo junto con el desarrollo de la humanidad. Siempre pueden actualizarse. Las categorías nunca están completas.
    Esto es la Clasificación, esa técnica que conocemos los bibliotecarios para organizar un universo de elementos o ítems en un espacio. Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. Todo tiene su número. En 1895, Paul Otlet y Henri Lafontaine conocieron la clasificación de Dewey y le escribieron preguntando si podían tomar su sistema y modificarlo un poco. Dewey accedió y así nació la Clasificación Decimal Universal (CDU), un sistema un poco más complejo y, quizás, un poco más preciso. Su diferencia más evidente con lo anterior es que no es, en sentido estricto, decimal. La categoría del cuatro, lengua e idiomas en Dewey, ha sido dejada vacante, sus contenidos mudados al ocho, por si en algún momento se genera una ciencia que merezca su propio número. Las sucesivas ediciones de las CDD y las CDU distan mucho de esas cuarenta y cuatro páginas, son varios volúmenes con números y materias, con indicaciones de uso y con un diccionario final para saber qué va dónde. Es la forma más segura de asignar una palabra a una cosa. Porque la biblioteca tiene ese norte de universalidad, de que un libro pueda ser entendido en distintas partes. El 551.46 es Oceanografía en CDD lo que indica que casi cualquier biblioteca puede saber de qué se trata el libro sólo con conocer ese número. Se cumple el ideal de ordenar objetivamente el mundo.
    Quizás nadie haya hecho una crítica más precisa a estos sistemas de clasificación que Jorge Luis Borges en “El idioma analítico de John Wilkins”. El idioma que propuso Wilkins, nos cuenta Borges, dividía el universo en cuarenta categorías o géneros, varias veces subdivisibles. Palabras que no sean arbitrarias, que indiquen una cosmovisión, un idioma que sea, a la vez, una “enciclopedia secreta”. Así trabajan también los sistemas de clasificación porque el que sabe que 523.9 es el Sol, siguiendo el camino de los números, sabe que el sol está en el sistema solar, sabe también que el estudio del sistema solar corresponde a la astronomía y que la astronomía es una ciencia natural. Pero Borges destruye esta hipótesis con su bendita enciclopedia china y luego se agarra de lleno con los sistemas de clasificación. Nos dice: “El Instituto Bibliográfico de Bruselas también ejerce el caos: ha parcelado el universo en 1000 subdivisiones, de las cuales la 262 corresponde al Papa, la 282 a la Iglesia católica romana; la 263, al Día del Señor; la 268, a las escuelas dominicales; la 298, al mormonismo, y la 294, al brahmanismo, budismo, sintoísmo y taoísmo. No rehúsa las subdivisiones heterogéneas, verbigracia, la 179: Crueldad con los animales. Protección de los animales. El duelo y el suicidio desde el punto de vista de la moral. Vicios y defectos varios. Virtudes y cualidades varias”. La conclusión de Borges es lapidaria: “cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay, falta conjeturar su propósito; falta conjeturar las palabras, las definiciones, las etimologías, las sinonimias, del secreto diccionario de Dios. (…) La imposibilidad de penetrar el esquema divino del universo no puede, sin embargo, disuadirnos de planear esquemas humanos, aunque nos conste que éstos son provisorios. El idioma analítico de Wilkins no es el menos admirable de estos esquemas”.
    El golpe de Borges es muy certero. La inmensa mayoría de la categoría del 2, religión, es cristianismo. El 20 es religión, el 21 teología natural, el 22 es la Biblia y del 23 al 28, sólo cristianismo. El 29 es “religión comparada y otras religiones diferentes del cristianismo”. Allí se ve clarísima la subjetividad de los sistemas de clasificación. No es que Dewey descubrió los secretos engranajes del mundo, sólo describió, lo mejor que pudo, desde su subjetividad, lo que había en su biblioteca. No es casualidad, en definitiva, que las categorías sean 10, lo mismo que los dedos de la mano. Vivimos en un mundo decimal y eso fue lo que armó Dewey.
    Poco que agregar, lo que Borges dice es cierto: no sabemos de qué va el mundo. Pero, creo, no es ese motivo para no intentar clasificarlo. Un tema no tiene una única materia. El matrimonio puede analizarse desde distintos aspectos. La música para ceremonias estará en el 781.587, las consideraciones éticas en el 173, la sociología del matrimonio en el 306.81, los aspectos legales en el 346.016. Y Dewey ya sabía esto y así nos lo advierten sus tablas. Además, nos dicen que el sistema es intrínsecamente falible: “es absolutamente imposible producir una obra perfecta, dada la dinámica misma del conocimiento y las diversas interpretaciones que se pueden dar a cualquier esquema que pretenda hacer una clasificación del conocimiento". La vida de Dewey nos muestra a una persona receptiva a ese mundo deforme al que nos enfrentamos a diario. Su candor es insuperable, yo creo. Por la medida de los retos a los que se enfrenta, uno puede conocer la grandeza de un pensamiento. Dewey se animó a ordenar el mundo entero. Un cosmos sin orden, caótico e indestructible. Y supo siempre que su esfuerzo estaba condenado al fracaso. Sin embargo, en el camino de esa cruzada clasificatoria ridícula, nos ha dejado a los bibliotecarios, nada menos, que una forma sencilla para hacer que un lector se encuentre con un libro.

Gabriel Graves
Buenos Aires, EdM, diciembre de 2011
Seguir leyendo
ESCRITORES EN SITUACIÓN

LO QUE QUEDÓ. Acerca de Christa Wolf (1929-2011), por Esther Andradi


Cuando cumplió 80 años, en marzo del 2009, quise entrevistarla. Pero ya para entonces hacía veinte años que se había retirado de la escena pública, después que su libro Lo que queda desencadenara la Literaturstreit en la Alemania Unida, la batalla (por) de la literatura. Y era muy pero muy tímida. Le escribí entonces una carta, contándole mi deseo de conversar con ella acerca de su escritura y de la repercusión de su obra en español. Justamente, en aquellos días de marzo de 2009 y con motivo de la publicación de su Poesía reunida, Diana Bellessi declaraba -estoy citando a Christa Wolf-, como Medea, soy vieja pero todavía salvaje. Me respondió amorosamente, podría decir, disculpándose porque se iba al campo para terminar de escribir su próximo libro, (La ciudad de Los Ángeles o el abrigo del Dr. Freud, Alianza, 2011 ) y que después, quizá, nos encontraríamos. Ahora ya no habrá un después. Christa Wolf murió el pasado 1ro. de diciembre.

    Lo que queda es el título del desafortunado libro que CW publicó en 1990. Desafortunado no por el libro en sí, sino por el uso que se hizo de él. Allí se relata la historia, escrita en 1979, de cómo Christa y Gerhard Wolf, su marido, también escritor, fueron reclutados como “informantes“ por la STASI, la policía secreta del Estado. Pero como no hubo tal información, al poco tiempo el matrimonio Wolf terminó siendo perseguido, vigilado las 24 horas del día. Pero ambos eran demasiado reconocidos a uno y otro lado del muro como para hacer un escándalo apresándolos. Cuando Lo que queda estaba a punto de salir a la venta, dos periodistas de dos diarios muy influyentes de Occidente, -Die Zeit y FAZ- se adelantaron con la difusión de la anécdota y destrozaron públicamente a la autora. Las acusaciones ocuparon la primera plana de los diarios. ¿Y por qué Christa Wolf se quedó en la ex RDA entonces? ¿Y por qué no reaccionó violentamente contra ese régimen autoritario y policial? ¿Y por qué siguió defendiendo al socialismo? Pocos meses después de la caída del muro, la batalla campal por la literatura había comenzado.
    El martes 13 de diciembre por la mañana CW fue enterrada en el antiguo cementerio de Dorotheenstadt donde están Bertold Brecht, Anna Seghers, Hegel (el filósofo, sí), Herbert Marcuse y otros notables. Y por la noche le hicieron un homenaje en la Academia de las Artes, que en una época fueron dos, como todo en Berlín, una del Este y otra del Oeste, ella perteneció a la de Occidente desde 1980, mucho antes que cayera el muro. Doce personas hablaron sobre CW, la mayoría escritores y escritoras, entre ellos Ingo Schulze, y el Nobel Günter Grass, dos de sus traductores (al francés y al italiano), y un periodista del occidente, de los (pocos) que se comportó con ella como gente. Todos hicieron mención a la -penosa- enfermedad de la que murió CW: el dolor del maltrato mediático, político, editorial, etc. durante estos últimos veinte años.
    Christa Wolf perdió la batalla por la literatura. Aunque su obra fue reconocida con los más importantes premios en lengua alemana, desde el Büchner, en 1980, el más prestigioso, cuando todavía la ex RDA existía, Christa Wolf no figura en la página del Intituto Goethe dedicada a la literatura alemana contemporánea en español. ¿No se le perdona que haya permanecido hasta último momento en la ex RDA? ¿Que haya querido transformar el socialismo, sostener hasta último momento la “República Democrática Alemana“? Imaginate: hay socialismo y nadie quiere irse. Dijo ella frente a la manifestación de un millón de personas reunidas en la Alexander Platz el 4 de noviembre de 1989, cinco días antes de la caída del muro, cuando aún había esperanzas de transformación de la ex RDA. Pero ahora todo eso es pasado. Sólo quedan las voces de Medea. Las que hablan de la extranjera que, engañada por amor, mata a su cría, su propia creación. La que es vieja pero sigue siendo salvaje.

Esther Andradi
Berlín, EdM, diciembre 2011

Foto de CW en la celebreción de sus 80 años, Peter Groth

Para leer a Christa Wolf en español

La ciudad de Los Ángeles o el abrigo del Dr. Freud, Alianza, 2011
Con otra mirada: relatos, Galaxia Gutenberg, 2010
Un día del año 1960-2000, Galaxia Gutenberg, 2007
Casandra, El País, 2005
En carne propia, Galaxia Gutenberg, 2004
Medea, Debate, 1998
El cielo partido, Círculo de Lectores, 1994
Noticias sobre Christa T., Seix Barral, 1992
En ningún lugar, en parte alguna, precedido de La sombra de un sueño, Seix Barral, 1992
Pieza de verano, Círculo de Lectores, 1992
Bajo los tilos, Seix Barral, 1991
Lo que queda, Seix Barral, 1991

Accidente: noticias de un día, Alfaguara, 1988
Muestra de infancia, Alfaguara, 1984

Seguir leyendo
MAPAS COMPARTIDOS

La palabra infundada, Por Pablo De Santis


uando tenía diez años me asomaba cada noche a las páginas de una enciclopedia llamada Lo sé todo. Los artículos no tenían ningún orden: a un episodio del Imperio Romano lo seguía la invención de los rayos X, del cultivo del tabaco pasábamos a los hombres de las cavernas desayunando un mamut. Yo elegía para leer los artículos sobre dinosaurios, sobre grandes batallas, sobre mitología. Allí aprendí que en los antiguos mapas había una leyenda que señalaba el confín del mundo conocido: Más allá hay monstruos. Y eso me interesaba como interesa a todos los niños: el momento en que la vida cotidiana cesa y llega la hora de los héroes, los científicos locos y los monstruos.

    Esa es la versión del mundo que siempre nos ha servido a los escritores: no la historia del mundo real, sino el mundo transformado por el mito y la leyenda. Y esto no es por gusto a las mentiras, sino por la convicción de que en las transformaciones, los resúmenes y las ilusiones de la memoria hay también una verdad escondida, más real que las fechas de las batallas o el número de naves hundidas. La leyenda no da precisiones sobre el mundo, pero da precisiones sobre los que estamos sobre el mundo.
    Nunca perdí del todo la afición por las noticias extravagantes, por los informes poco dignos de crédito, pero que tanto seducen a la imaginación. Uno de mis libros favoritos se llama el Mundo de lo insólito, y es una recopilación de noticias estilo Ripley. Allí se lee, por ejemplo, que la viuda del pirata Walter Raleigh llevaba a todas partes una bolsa con la cabeza de su marido conservada en sal. O que los verdugos no podían tocar las frutas en los mercados, y debían usar una vara de madera. O esta noticia científica, delicada como un haiku:
    Los erizos lo ven todo de color amarillo.
    Las palabras novela y nouvellederivan de la idea de noticia. Así comenzó la literatura: un rumor infundado, un temor exagerado, las palabras de alguien que repite lo que no ha visto.
    La literatura se ha presentado siempre como un modo de apoderarse de lo más lejano pero también de lo más cercano, de mundos remotos pero también de la vida cotidiana y de la infancia. Es como un lento rodeo que damos, por la historia y la inmensidad del mundo, para llegar a nuestra casa y nuestra vida. Una de mis historietas favoritas es Little Nemode Winsor McKay, que siempre me pareció una luminosa metáfora de la lectura. Cada noche Little Nemo viaja a mundos lejanos, pero no abandona su cama, que lo acompaña en sus aventuras. Así actúa siempre la literatura: para apoderarse de lo más lejano, nunca pierde de vista lo más cercano, lo más íntimo.


Pablo de Santis, 
Buenos Aires, EdM, Diciembre 2011
Seguir leyendo
NOTICIAS DE AYER

Todos somos la china, por Miguel Vitagliano


Ruoxiaoanl es la prostituta que más conmovió a China en 2011. Desde comienzos de enero había decidido contar las intimidades de su oficio –una actividad ilegal en el país-, que ejercía en la alta sociedad de la ciudad de Hangzhou. Apenas conseguía estar un rato a solas corría al calor de su laptop a postear las confesiones en su blog. A los 250.000 lectores diarios les contaba asuntos que los otros clientes, quizás, estaban menos interesados en escuchar. O tal vez no, resulta imposible probarlo. Que había perdido la virginidad en un juego infantil con una muñeca a la que disfrazaba de soldado, que entre sus amantes estuvieron los siete hombres más poderosos de la provincia de Zhejiang, que entre sus dones estaba la extraña capacidad de sus genitales que eran capaces de hablar una lengua extranjera que ella, juraba, no sólo jamás había aprendido sino que continuaba sin comprender. A veces escribía en su blog una entrada diaria, otras tres o cuatro, como si el oficio no dejara de alejarla para traerla tan cerca. Y esto último sí puede probarse: fueron 401 entradas las que tuvo su blog hasta que las autoridades de China lo cerraron a mediados de septiembre.
    Como suele suceder en los actos de censura, éste también propuso ser un remedio para la cura de todos los males; un truco perfecto para mantener a salvo la propia enfermedad: las confesiones de Ruoxiaoanl no eran verídicas sino escritos ficticios de un varón. El escritor, de apellido Lin, de 31 años, tuvo que pagar una multa de 80 dólares y realizar un mea culpa público para recuperar su libertad. Es decir: se lo acusaba de ejercer un oficio fingiendo que ejercía otro; ambos prohibidos en definitiva. El asunto de Lin-Ruoxiaoanl tiene sendas resonancias en la historia de la literatura universal. Basta con recordar la frase de Flaubert ante las acusaciones de tomar “una vida real” para convertirla en personaje de una novela y su respuesta “Madame Bovary c´est moi”; o los provocativos dichos de Baudelaire comparando a los escritores con prostitutas en tanto están obligados a actuar por dinero. Y en la literatura argentina, por ejemplo, es bien conocido el invento de César Tiempo: creó una prostituta poeta llamada Clara Beter y la convirtió en una entidad tan real que varios escritores de su generación, en los años veinte, trataron de localizarla en ciudades y lupanares como si se tratara del prístino ejemplo de la redención posible.
    Pero el episodio de Lin-Ruoxiaoanl encontró a fines de 2011 una noticia que resuena en otro compás aunque es parte de la misma circunferencia: la decisión de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) “de aplicar un canon a radios y televisión por derechos de autor colectivos por el uso de textos literarios” (La Nación, 30-XII, 2011). Sin duda se trata de un remedio de amplio espectro para dejar intacta la enfermedad de fondo: el 46 % de los adultos en el país lee entre 1 a 3 libros por año (informe de CEPLM, 2010). ¿De qué manera la “iniciativa de la SADE” podría ofrecer un aporte para resolver la situación? ¿De qué modo utilizaría lo recaudado por ese posible “canon”? ¿Para difundir la literatura nacional? ¿Para otorgar pensiones a escritores sin recursos o imposibilitados de trabajar? ¿Para clasificar y preservar de una vez por todas las cajas húmedas con manuscritos de Sarmiento, entre otros autores, que siguen deteriorándose en los sótanos de la institución, tal como fue denunciado por la prensa un año atrás?
    Difícil sería encontrar a un escritor argentino de menos de 60 que esté asociado a la SADE, difícil sería encontrar algún pronunciamiento de importancia para el trabajo de los escritores por parte de dicha asociación en los últimos cuarenta años; así todo se podría juzgar parcial o tendenciosa esta aseveración, pero lo innegable es que los diarios no han encontrado ningún escritor que estuviese al tanto de “la intención de la SADE” y que, sin embargo, afectaría a todos por igual, socios y no socios. Ante los trémulos trascendidos de “la intención SADE”, las emisoras de radio no han vacilado en sumar el suyo: si no pueden leer al aire un texto de ningún escritor argentino sin un pago previo, leerán autores extranjeros. En otras palabras: la mano invisible del mercado es una mano negra.
    Si algo desesperaba a las autoridades de China del diario de Lin-Ruoxiaoanl es que veían amenazado su control: hubo entradas en el blog que fueron repetidas más de 10.000 veces en la red china. En un tiempo donde la palabra padece el descrédito acerca de su influencia en la sociedad, los censores insisten en reivindicar que sigue manteniendo poder. Los escritores argentinos deberían estar preocupados por las buenas intenciones de la SADE, porque ya se sabe que Madame Bovary es Flaubert, lo que queda por aceptar es que la prostituta china somos todos.

Miguel Vitagliano
Buenos Aires, EdM, diciembre de 2011
Seguir leyendo
RELATOS

“Pinter Residence”, por Giovanna Rivero


He descubierto un secreto abominable, le dije a Pedro con una voz que más parecía de felicidad que de asco.
     Habíamos llegado hacía menos de un mes a ese pueblo en el corazón de Arkansas y la nieve se amontonaba en los balcones, en los umbrales, en los techos. Menos algodonoso, más texturado, me imaginaba a Marte, el planeta guerrero, pero de una blancura igual de siniestra.
     Un crimen en la nieve debía ser la tutti, algo para tener orgasmos inconfesables.
     Esto no le dije a Pedro, claro. Pero le hablé del secreto abominable.
    ¿Cometen incesto? Su imaginación me gustaba. Venía él de biología, pero ese detalle le sumaba un no sé qué carnal o carnoso a sus suposiciones. Le habían dado la beca para que investigara un modelo de clonación de llamas destinadas a mejorar la calidad de vida en los insondables territorios andinos de Bolivia. Pedro hablaba con pasión de ese proyecto animal y por su culpa yo había comenzado a experimentar pesadillas de tipo vanguardista, una mezcla de álgebra y naturalismo. La mayor parte de las veces una misma llama se multiplicaba exponencialmente generando una superpoblación incontrolable. Nadie podía matar a las llamas porque estas te desarmaban con esa mirada dulzona de pestañas a lo Marilyn Monroe.
     Mi beca era obvia: estudiaría literatura en febril búsqueda de una teoría con la que justificar mis inconsistencias, mis derivas, mi falta de “sujeción” en el género de la novela (la posmodernidad nunca fue una excusa suficiente y, a estas alturas, uno debería morirse de la vergüenza de usar semejante disculpa).
     No, no cometen incesto, dije. Ahora mi voz caía en picada hacia los tonos graves. Había tomado un par de copas de vino a escondidas. Jamás me imaginé que a mis treintaytantos yo iba a contrabandear una botella de vino bajo el abrigo. Pero, dicho sea en mi descargo, bebía para calentarme. A pesar de que eran ricos, controlaban el gasto en calefacción y, por supuesto, estaban enormemente más acostumbrados que yo a esa suerte de anticipo del pago karmático. Las gélidas temperaturas con que, según la mitología greco-católica, se castiga el pecado capital de la envidia ahora reptaban muy por debajo del temible cero. ¿Qué había envidiado yo con tanta fruición? Ni siquiera intentaba responderme, era pura indagación retórica. Uno siempre envidia algo.
     (Hubiera querido, por ejemplo, ser hermosa. Siempre creo que hay una mujer muy hermosa dentro mío, un Alien positivo y sensual).
    ¿Entonces?, preguntó Pedro con su morbo salivoso que también me gustaba. (Muchas cosas en Pedro me gustaban, pero ambos sufríamos. Él era viudo y había dejado tres hijos al cuidado de una tía. “Hoy estuve con mis fantasmas”, decía cuando yo le reclamaba que por qué se había quedado todo el fin de semana hibernando en su departamento. Nos necesitábamos. ¿No se daba cuenta de que nos necesitábamos de un modo patético? El hecho de que yo no hubiera aceptado que él me besara la espalda (solo quería besarme la espalda, solo eso) no podía ser un motivo de lejanía en semejante corazón helado y extraño. Ya no éramos adolescentes, pero nos comportábamos como tales. Sin hijos y rodeados de montañas y colinas donde los chicos malos de Truman Capote habían cometido sus imperdonables crímenes, volvíamos a ser ingenuos. No quieres que te bese la espalda porque soy aymara, decía Pedro).
     Es peor que eso. Es algo menos evidente, dije. Es… es como un agujero negro, expliqué. La nieve golpeaba suavemente el vidrio de mi ventana. Es un vacío absurdo.
     Me pones nervioso, dijo Pedro. Yo que tú hacía hervir unas hojitas de ruda y…
    ¿Y dónde demonios voy a conseguir ruda en estas gringas estepas, a ver?, me impacienté. Pedro tenía la facultad de desvincularse del plano real, de resistirse a las circunstancias, de imponer su propio eje existencial como quien esparce una capa de mermelada sobre el waffle (se iba enajenando mi lenguaje con una humildad vergonzosa). Pero además, agregué, lo que he descubierto no se arregla con ruda.
     Le describí entonces la mansión Pinter. Amplia, grande, abovedada. Los enormes ventanales entregaban sin pudor la sala de estar a una ladera oscura, donde recientemente había muerto Betty, la perra, atravesada por unas estacas que el propio Pinter había instalado ante la sospecha de un zorro que ya había regado sangres por el barrio. Lo único que me tranquilizaba de la mansión era la chimenea. Me sentaba a escribir de espaldas al fuego, sin temor de que una llama trepara por mi pelo y me cubriera en una caricia última y letal. Ni siquiera mi propia habitación de un tocador con espejos móviles y foquitos hollywoodenses como jamás había soñado conseguía apaciguar mis extrañezas. De hecho, en las noches de tormenta, prefería colgar mis abrigos en los espejos para que la electricidad no rebotara. Me faltaba, me falta, charme para ser una putita de camerino.
     De noche me levantaba a robar frutas, como si no tuviera derecho. Así lo sentía, robaba manzanas e higos que no siempre comía. Las manzanas tardaban veinte días en comenzar su putrefacción. Una no se rindió hasta los 28 días, como en un ciclo menstrual la muy perversa.
     La Pinter a veces me sonreía con los dientes manchados de un vino arkansense o arkanseño, vaya a saberse el gentilicio, y yo no me atrevía a pedirle una copita. Guardaba no sé qué estúpidas apariencias. Quizás el tercer mundo arreciaba con sus complejos en mi atormentada psiquis y no me atrevía a admitir que el shock cultural era demasiado, que me quebraba, que deseaba volver a casa en el primer avión, derrotada por la imposibilidad imperial. Buscaba entonces el sótano por si allí escondían lo que faltaba.
     Pedro me escuchaba con amor, como escuchan los especímenes en extinción a las últimas criaturas. Quizás por eso no podía cortar definitivamente con sus fantasmas, de auras tan poderosas, además, que habían conseguido brincar mares, bosques, manchas infinitas de tierra desconocida para instalarse con toda confianza en su departamentito. Qué te dicen, preguntaba yo. Me miran, decía Pedro, solo me miran mientras cruzan de la cocina al comedor (y esto me activaba el estribillo de la naranja asesinada, “no me mates con cuchillo, mátame con tenedor”). Ella nunca dice nada. No pregunta por sus hijos, no me reclama, decía Pedro con seriedad conmovedora. Es que vos no tuviste la culpa, respondía yo, sin saber muy bien por qué decía eso.
    ¿Y qué encontraste en el sótano?
     Nada. Nada, Pedro. O bueno, sí, una mesa de billar y juguetes.
    ¿Juguetes descuartizados?
     Ojalá, Pedrito, ojalá. Juguetes casi nuevos, plata botada.
     Oh.
     Por eso te digo, Pedro, yo de acá me tengo que ir. Me tengo que ir.
    ¿Y les preguntaste?
     Directo no, no me atreví. Me parece una falta de educación. Pero es que no puedo creerlo. No puedo creer que en una mansión como esta no tengan lugar para algo tan necesario, tan liberador…
    ¿Ni siquiera los niños tienen uno?
     Ni siquiera ellos, Pedrito. Yo tengo los míos, si no, moriría. Los niños viven enchufados a sus laptos, son unos androides totales. Esta gente es rara. Tenés que venir a visitarme para que lo comprobés.
     Pedro vino ese fin de semana. Me traía, bajo el abrigo, una botella de vino blanco (blanco, siempre, por el asunto de las huellas) y una ramita de ruda seca. Directo desde El Alto, me dijo en un susurro. Traficábamos energía para sobrevivir en la nieve, en la blancura invasiva. Me sentí alegre. Miramos al Pinter y sonreímos. El gringo andaba down por la muerte de Betty e intentaba ahogar su dolor, o su culpa, mirando un partido de fútbol americano en el que los cuerpos se inclinaban taurinamente para atacar.
     Acá tu fantasma se pondría muy triste, le dije a Pedro.
     Pedro asintió.
     Almorzamos unos sándwiches de tuna, especialidad de la Mrs. Pinter. Y cuando la oscuridad avanzó por detrás de esa capa esponjosa que cubría el cielo no eran ni siquiera las cinco de la tarde. Pensé en el índice de suicidios en Escocia durante los meses invernales. ¿Qué demonios hacíamos allí? Escocia, Arkansas, daba lo mismo, todo era de una agresión insoportable.
     Y bien, dijo Pedro, hazme un tours por la casa.
     Pedro halló que yo era afortunada. Su minúsculo departamentito daba a otro edificio, se perdía todo el espectáculo de los copos cruzando el aire casi horizontalmente. Él solo veía una mole de ladrillo con algunos graffitis encriptados, demasiados ajenos. También le gustaron los salones de juego y el hall de las cristalerías de Mrs. Pinter con su colección de angelitos Swarovsky. Un angelito tenía un ala desportillada y la fractura había creado un filo peligroso. Pedro tomó el angelito y lo lió en su bufanda. Ni siquiera temí que fuesen a culparme. Hay un ángel roto y lo tomás. Cosas naturales que se dan.
     El sótano estaba habitado por los androides machitos. (La androide hembrita era mi vecina y compartíamos un baño todo rosa). Un plasma gigante y un set de pistolas para jugar tiro al blanco eran los protagonistas de esa zona.
     Pedro aclaró que mi vecina no podía ser una androide, sino una “ginoide”. Demasiada fantasía en Animal Science, pensé con un poco de envidia.
     La inquietud comenzó a roernos las gargantas cuando atravesamos el jardín hacia el cuarto que los Pinter usaban como despensa. Quizás un repentino moho o uno de esos hongos importados a la Tierra por los meteoros que en Arkansas suelen encontrarse en las faldas de las montañas habían obligado a los Pinter a guardar sus preciados tesoros en el depósito.
     Pero no. Allí habían erigido el imperio de las latas. Frejoles, maíz, sopas, arroz, puré, suflés, carnes, fideos, chícharos y todo tipo de salsas se apilaban unos sobre otros en una taxonomía perfecta.
     Pedro me miró shockeadísimo. Hablan mucho del 2012, dije por toda respuesta, pues ahora no solo me parecía abominable el secreto, sino plagado de esa sustancia inerte y gelatinosa que es el terror religioso.
     Volvimos a la casa. Por suerte habían prendido la chimenea y la Pinter se tomaba una copa, hipnotizada por las llamas. Los televisores murmuraban noticias y del sótano subía el sistemático sonido de disparos inútiles sobre un mismo blanco. Los androides tenían mala puntería.
     Pedro se despidió nervioso. Lo acompañé a la parada del autobús, justo en la base de la colina. Bajamos haciendo equilibrio. Mientras el autobús se acercaba como un tanque de guerra rodando sobre gruesas cadenas antideslices, Pedro me dijo que ahora comprendía la fealdad de la ausencia. En la casa Pinter no había ningún fantasma. Ni de los silenciosos, ni de los resentidos.
     Cuídate, dijo Pedro. Y cuídate me hizo recordar un cuento de Vila Matas, una historia que espanté como a una mosca para no herirme más.
     Caminé en cámara lenta hacia mi nuevo hogar, mi hogar abominable, pensando que emigrar es siempre una mala decisión, pero una decisión que hay que tomar. Entonces, buscando con qué miga o papelito olvidado distraerme, manoseé los bolsillos hondos de mi abrigo, y a través de la lana de los guantes me di cuenta de que Pedro había olvidado su bufanda, y través de la tela de la bufanda de lana de alpaca sentí aun más, sentí el filo amenazante del ángel quebrado.
     La casa de techo rojo y cerca color chocolate, sin un solo libro en su interior, emergió con la colina. “Pinter Residence” se leía en el cartelito ajetreado por la nieve. Me quedaban seis meses entre las estanterías de porcelana. Decidí que no iba a poner el ángel en su lugar.

Giovanna Rivero,
Florida, EdM, Diciembre 2011
Seguir leyendo
PIES DE IMAGEN

A diez años, por Guillermo Korn


La malla metálica desnuda un vacío. Una estructura hueca: ni ramas, ni flecos ondulantes. El patetismo de la quema parece encerrar la impotencia del no hacer revolucionario. O cierto sinsabor réprobo. Algo hay de disgusto adolescente, como robarle la gorra al vigilante o pararse a mear la reja de la casa de gobierno. Puro gesto. Un manual mal leído, sin haber llegado a la página con el mentado pasaje que habla de la historia que se repite primero como tragedia, etcétera, etcétera.
     (Deberes para el año que comienza, diez páginas de una frase: No repetir burdamente un acto. No repetir burdamente un acto. No repetir burdamente un acto. No repetir…)
    No es necesario repetir para recordar. Las cercas metálicas de esa misma plaza se usan para la instalación de la Asociación de Reporteros Gráficos (ARGRA). Heredadas del 2002 y con años suficientes para jubilarlas, esas vallas sirven para contener otras imágenes. Más de medio centenar de fotos de grandes dimensiones se expusieron allí. Y en Plaza Congreso, también en la intersección de 9 de julio y avenida de Mayo. Los protagonistas de las imágenes son seres anónimos –ciudadanos habrá que decir para no dejarle el apelativo sólo a los que les gusta reivindicar su ira bajo esa condición– que tomaron las calles donde encallaba su desconfianza a la condición de representados. O mejor dicho, de sus representantes. Aquel momento fue la mezcla de angustiosos pedidos de comida, saqueos, asambleas, renuncias, riesgo país, caída de depósitos, cacerolas, fábricas recuperadas, bancos amurallados, un migrante en la azotea de la Rosada y miles desde Ezeiza, ahorristas indignados, crisis, default, fogatas, estado de sitio con cronómetro, piquetes, represión, depósitos bancarios retenidos, calles cortadas, sucesiones sucesivas, olor a caucho quemado, baja de salarios, club del trueque, motoqueros, corridas bancarias, corridas en las calles: casi cuarenta muertos. Mucho de lo que pudo verse en el excelente documental 2001. Relatos en primera persona, que Canal 7 produjo y emitió días atrás.
    Imágenes, entonces. Pero ese tiempo fue también el de otras lenguas que se pueden rozar en la babelia de voces que presenta La comuna de Buenos Aires. Relatos al pie del 2001, el último libro de María Moreno. Balbuceos y vacilaciones de palabras corroídas por la pátina de tiempo. El óxido, en apariencia, se acumula. Pero sólo en apariencia, porque al pasarle el dedo a sus páginas se ve que ni se amarillenta ni sus dispares voces carraspean. Aquel presente sirvió de estrado para que un coro amplio, con muchos solistas, mostrara las incertezas de un país en sombras. Relatos sin distancia de los hechos, con la premura del entonces ahora. Riesgos de la inmediatez. De todo hay, como en botica: desde un clochard ilustrado a un ex guerrillero devenido ecologista, de un párroco de barrio a una travesti militante. Profesores ofuscados, lúcidos, entusiastas y escépticos, periodistas con calle, y una impecable cronista que hilvana los distintos tonos sin neutralizarlos. La tapa es una foto que muestra una postal otra. Como escenario una calle semivacía. Diagonal Norte con el Obelisco al fondo, fantasmal. La fogata en primer plano y el humo que todo lo cubre. Un joven que se sostiene sobre una pierna, con su cuerpo ladeado después de haber arrojado una piedra. Un pañuelo le cubre el rostro. Su gesto solitario y desafiante tiene un parentesco a quien desde una de las fotos expuestas en la Plaza de Mayo, parece esperar el eco de aquel grito: “Cruz no consiente/ que se cometa el delito / de matar así a un valiente”.


Guillermo Korn
Buenos Aires, EdM, diciembre de 2011
Seguir leyendo
APUNTES

Los niños de Pedro Melenas, por Alcides Rodríguez


“La K es de Kate, golpeada por un hacha”

“La G es de George, asfixiado bajo una alfombra”
“La I es de Ida, que se ahogó en un lago”
“La F es de Fanny, completamente succionada por una sanguijuela”
“La L es de Leo, que se tragó unas tachuelas”
“La R es de Rodha, consumida por el fuego”


He aquí algunos ejemplos extraídos del alfabeto infantil que se lee en Los pequeños macabros (The glashycrumb tinies) del escritor, artista e ilustrador estadounidense Edward Gorey. Publicado en 1963, cada letra es la primera del nombre de un niño o una niña que, sin sospecharlo, será víctima de un particular tipo de muerte.




Las historias contadas en este alfabeto impactan sin necesidad de recurrir a maneras morbosas o asqueantes para contar el inevitable final de cada una de las criaturas. El aire decimonónico que hay en los niños dibujados por Gorey y su trágico destino recuerdan los que aparecen en un clásico de la literatura infantil del siglo XIX, Pedro Melenas (Struwwelpeter), del médico alemán Heinrich Hoffmann. Publicado por primera vez en 1845, el libro se hizo inmensamente popular. A lo largo de un siglo y medio conoció más de quinientas ediciones y varias decenas de millones de ejemplares en todos los formatos, incluido el digital. Se tradujo a numerosas lenguas de todos los continentes, encargándose el mismísimo Mark Twain de la traducción al inglés. En una carta publicada en 1892, dos años antes de su muerte, Hoffmann revelaba por qué se le había ocurrido la idea de crear Pedro Melenas. Durante la navidad de 1844 buscaba un libro para regalarle a su pequeño hijo. Su disconformidad con las historias de piratas y los libros moralistas que le ofrecían en las librerías lo llevó a escribir el libro que, según su entender, su hijo necesitaba. Convencido de que los niños pequeños no son capaces de comprender el sentido de los elevados conceptos morales que se les intenta inculcar, Hoffmann recurrió a la imagen impactante como estrategia formativa. “El dibujo - escribía en la carta – de un desarrapado, sucio, de un vestido en llamas, la imagen de la desgracia le instruye (al niño) más que todo lo que se pueda decir con las mejores intenciones”. Un editor amigo suyo, Zacharias Löwenthal, lo convenció de publicarlo. El título original, Historias muy divertidas y estampas aún más graciosas para niños de 3 a 6 años fue cambiado en su tercera edición por el de Pedro Melenas: Estampas muy divertidas y estampas aún más graciosas debido a la popularidad que se había ganado Pedro Melenas, el personaje que “asustaba” a los niños por tener el pelo y las uñas desmesuradamente largos. En 1890 otro autor, Julius Lüthje, publicó una versión femenina del personaje, Elisa La desgreñada (Struwwelliese).
    Pedro Melenas formaba parte de una galería de personajes a los que les sucedían cosas terribles por no hacer caso de las buenas recomendaciones de los adultos. Allí estaba el caso de Paulina, la niña que por jugar con fósforos terminaba incinerada y convertida en un montoncito de cenizas.


O el caso de Gaspar, el niño fuerte y saludable que rechazaba airadamente los deliciosos y nutritivos platos que se le ofrecían por no ser de su agrado. La sucesión de viñetas mostraban cómo la terca actitud de Gaspar lo conducía hacia una delgadez espantosa que terminaba, como es de imaginar, en su muerte por inanición. Como remate final de la historia su tumba quedaba coronada con una sopera.


Terrible era también el caso del Pequeño Chupa-Dedo. Haciendo caso omiso de los ruegos de su madre, el Pequeño Chupa-Dedo no mostraba ninguna intención de abandonar la mala costumbre de chuparse los dedos todo el tiempo. La historia terminaba con la súbita irrupción de un sastre que, provisto de una tijera gigante, le cortaba al pobre niño cada una de las puntas de sus dedos para que nunca más pudiera chupárselos. En la película Struwwelpeter (1955) el director alemán Fritz Genshow realiza una fiel representación de este episodio del libro de Hoffmann.


    La cinta blanca (2009), una película de otro director alemán, Michael Haneke, se centra en los extraños sucesos que ocurren en una pequeña comunidad campesina prusiana en vísperas de la primera guerra mundial. Extrañas muertes y maltratos teñidos de una sutil crueldad logran que el espectador vaya descubriendo, a pesar de que los protagonistas miren hacia otro lado o traten de ocultarlo, tenebrosos costados de la vida diaria de tan bucólico, alegre y aparentemente tranquilo ambiente. Los niños del pueblo no están de ninguna manera al margen de todo ello. Al fin y al cabo, de ellos surgirán los nazis del mañana.


¿Puede sorprender entonces que en un año tan decisivo como 1941 dos británicos, los hermanos Robert y Philip Spence, publicaran, tomando como modelo el libro de Hoffmann, una parodia del nazismo bajo el título de Struwwelhitler? Tanto en los relatos que conforman Pedro Melenas como en la historia contada en La cinta blanca respira toda una concepción decimonónica de la infancia. El enorme y sostenido éxito editorial de Pedro Melenas es un signo manifiesto de la vitalidad que esta construcción tuvo a lo largo de los últimos ciento cincuenta años. Quizás las “mejores intenciones” que Hoffmann plasmara en su libro terminaran constituyéndose en un lenguaje capaz de habilitar la aparición de otras “mejores intenciones”, como aquellas que en su momento supo narrar Ingmar Bergman. En este sentido, el alfabeto que Gorey dibujó casi veinte años después de la segunda guerra mundial tiene la virtud de brindar las letras que permiten leer un modelo de infancia en el cual hubo espacio suficiente para incubar, como sucediera con aquel bergmaniano huevo de la serpiente, buena parte de lo más terrible de la historia del siglo XX.

Alcides Rodríguez,
Buenos Aires, EdM, Diciembre 2011

Seguir leyendo
ESCRITORES EN SITUACIÓN

Montaigne y una declaración de amor, por Juan Manuel Chávez


El ensayo no nació en París, sino a unas horas de allá a caballo, cerca de Burdeos. Eso no es poca cosa, porque en París surge hasta la vida: ¿no creen algunos que de esa ciudad vienen los niños?, sin caer en la cuenta de que casi todas las cigüeñas del mundo pueblan el norte de África, anidando con sus tamaños de adolescentes en los techos anaranjados de los palacetes y mezquitas de esa ciudad caliente que es Marrakech.
    Cuando en el Diccionario de la Lengua Española se define la palabra ‘ensayo’; podría parecer que, a su vez, se empobrece el concepto. Decir que el ensayo es un “escrito en el cual un autor desarrolla sus ideas sin necesidad de mostrar el aparato erudito”, se me hace provocadoramente insuficiente.

    Si un ensayo tuviera que ser, en stricto sensu, lo que la definición hispánica apunta, quizá el primer y mayor escritor de este género, Michel de Montaigne, no podría ser reconocido como ensayista. En sus textos, las citas, tan doctas e ilustradas, no parecen un antojo de exhibicionista ni un afán de excéntrico; sino, una necesidad estructural. Y es que, en el cauce de su prosa entretenida, de cierta anarquía por el gusto de entrar y salir de un tema, despreocupada incluso, como quien se sube a la cuerda floja con las palabras sin el objetivo de llegar al otro lado, solo bambolear paso a paso, la irrupción de lo erudito descoloca al lector.
    La maestría del ensayo, en el caso de Montaigne, radica quizá en la convivencia dosificada de lo lúdico y lo sabio, y todo, arropado de sencillez. El estilo es el vehículo para sus opiniones, conjeturas, dudas, relatos, pasiones, los que tienen por soporte, como si fueran la tabla rasa de una mesa, a las citas latinas de Séneca, de Plutarco, de Horacio… Montaigne, refinado lector, se vale de la erudición para construir textos que, precisamente por el contenido de estas referencias y la elección de unas frente a otras como su ubicación en la maraña discursiva, no se toman por eruditos. Como pasa con la persona culta que, por el hecho de serlo, no hace esfuerzos excedidos ni impostados por parecerlo.
    Pero el carácter paradigmático de Montaigne también desborda las fronteras del diccionario, pues el desarrollo de ideas no suele ser su norte ni es lo esencial en sus textos. Vistos los ensayos de Montaigne como un viaje, lo importante es recorrer en vez de llegar; aunque, a menudo, la partida se prolongue tanto como el vagabundeo. Montaigne no suele desarrollar sus ideas, es decir, “exponerlas y explicarlas con amplitud y detalle” (En http://clave.librosvivos.net/); prefiere solamente presentarlas, insertas en el corpus reflexivo-narrativo y sabrosamente anecdótico de sus ensayos. Y es que, a veces Montaigne ni siquiera brinda ideas, creo que ofrece pulsiones a sus lectores. Montaigne, como muchísimos grandes escritores, no compone sobre lo que entiende; por el contrario, escribe sobre lo que supone e intuye. Sus dardos, por tanto, tienden a caer fuera del centro de la diana. Y esto no ocurre por descuido y menos a propósito, como el que finge ignorancia para engañar, agradar o atraer; caen fuera ya que sus textos son tentativas del genio por encima del ingenio. No se lee a Montaigne para alcanzar el conocimiento a raíz de sus postulados. Ante sus textos somos como niños pequeños que se trepan al alféizar de una ventana atiborrada de macetas: hace falta cierto esfuerzo, una cuota de precaución, cierta ubicación y un creciente sentido de la oportunidad porque al frente se encuentra un paisaje colosal, ese conocimiento al cual es más fácil acceder gracias a sus páginas, como una plataforma para lo demás.
    En el párrafo anterior escribí que “creo” que Montaigne “ofrece pulsiones a sus lectores”. No estoy seguro si el sentido que le atribuyo a la palabra ‘pulsión’ sea el mismo que usted, amable lector, tiene en mente. Probablemente es distinto, porque quizá no haya sentido adecuado en ese término para lo que quiero decir; no obstante, me inclino a considerar que ese vocablo es el más idóneo para delimitar mis sospechas sobre la obra del gran escritor francés. O sea, confío en la sinrazón con que utilizo una palabra para explicar a Montaigne. Será por eso que estoy ensayando. Asimismo, qué importante es la palabra ‘creo’, como ‘me parece que’, ‘quizá’… para ensayar; pues el ensayista va averiguando aunque no logre averiguar, a partir de sus certezas de algodón. Redactar un ensayo para exhibir convicciones es traicionarlo.
    Montaigne, que no escribía panfletos ni manifiestos, sabía bien que tentar la posibilidad de llegar a la cima no es lo mismo que intentarlo. Él no aplicaba todo su raciocinio para desentrañar el tema que abordaba; procuraba estimular su amplitud, su existencia. Quizá, por eso, un árbol es más árbol en la prosa de Montaigne, aunque en buena parte deje de hablar de él.
    A propósito de la palabra ‘prosa’, hace falta un acto de justicia: la versión digital del Diccionario de la Lengua Española enmienda el artículo dedicado a la palabra ‘ensayo’ y muestra el cambio que figurará en su próxima publicación: “escrito en prosa en el cual un autor desarrolla sus ideas sobre un tema determinado con carácter y estilo personales”. Asoma el carácter y el estilo, para mayor reconocimiento del arte de los ensayistas.
    Pero el acto de justicia es todavía mezquino, ya que pretender que cualquier diccionario desentrañe una cosa, un animal, una cualidad, es no comprender su valor y exigirle más allá de sus fines. Una definición debe aspirar a ser clara luego de precisa, no absoluta o universal. Se da el caso en que nada de eso consigue: a la mesa se le ha permitido durante veintidós ediciones del diccionario ser un “mueble, por lo común de madera, que se compone de una o de varias tablas lisas sostenidas por uno o varios pies, y que sirve para comer, escribir, jugar u otros usos” . “Pies”, decía “pie”, que son las extremidades de los miembros inferiores del sur humano. “Pies” (1).
    El ensayo que idealiza el diccionario impreso no es el que escribe Montaigne, De Quincey, Unamuno, Reyes, Borges, Paz, Magris o Iwasaki; sin embargo, está abarcado por las obras de cada uno. Y es que, este género ampuloso y versátil se apropia de los otros, desde la autobiografía hasta los pliegues de la ficción, desde la memoria hasta el tanteo argumentativo; optando por la belleza en el estilo hasta la fealdad en lo temático… O al revés. Parece anárquico pero es proyectado; así, escribir un ensayo es más que ensayar: su propósito y ejecución incuban su sentido.
    Y la novela, ¿no ha sido siempre o es cada vez más un género ampuloso y versátil que se apropia de los otros?
    La ficción, la reflexión, la memoria literaria, la irrupción del verso y el discurso histórico, pueblan las páginas de novelas ejemplares, como La muerte de Montaigne (Tusquets Editores, 2011) de Jorge Edwards. Y de tal modo que, la multiplicidad de registros impulsa a autores como yo, amable lector, a discurrir por senderos poco convencionales dentro de los patrones tácitos de una reseña.
    Lo que he escrito sobre Montaigne en los párrafos precedentes no lo aprendí en la novela de Edwards, pero si lo reaprendí con él, que es como conocer de nuevo (en clave de ficción) lo que se creía recordar. Acaso, tal vez lo estoy plagiando. En tal sentido, el primer mérito de La muerte de Montaigne es el efecto proactivo y creativo que sobreviene con su lectura, estimulado por la figura literaria que protagoniza la obra como el quehacer literario que sirve para bosquejar el protagonismo; porque en esta novela se recrean los últimos años del gran escritor francés, en contrapunto con las dificultades que supone para el narrador la composición del mismo libro; todo, anclado en dos contextos que dialogan entre sí: la Europa renacentista y el Chile contemporáneo.
    En medio de un panorama literario en el que abundan las narraciones trepidantes, llenas de sucesos cada vez más explosivos o inusitados; o, sencillamente, plagado de triviliadades, es confortante y sugestivo encontrar una novela como la de Edwards, con un tono intimista que susurra palabras donde otros las gritan. Una ficción plagada de conjeturas, de tribulaciones; incluso, estimulada por contradicciones. Un gran libro con el que uno, amable lector, puede sentirse a gusto: sabe dudar frente a lo trascendente como usted o yo dudamos, en ocasiones, ante lo importante. A contracorriente de aquellas publicaciones que en vez de incubar preguntas en su público le bridan un listado de respuestas generales, La muerte de Montaigne es un libro que cobra su cabal sentido gracias a la participación eficaz del lector, cuestionando las reflexiones, dudando de la veracidad de lo narrado o complementando con su enciclopedia e indagaciones lo que se cuenta. La muerte de Montaigne no es una novela, es una plataforma a partir de la cual se va más allá. Por eso mismo, quizá, probablemente este libro tenga pocos lectores.
    El narrador de la novela relata que en 2009 vio el monumento a Montaigne en la entrada de Facultad de Letras de la Universidad de Burdeos. No lo menciona como nota al vuelo, como una curiosidad de anecdotario, amable lector (2), lo cuenta como relata el peregrino su visión del templo que tenía como destino desde que inició su romería. En cierto modo, confrontar esa efigie (al igual que la torre que usó como estudio el gran escritor francés) podría haber servido como pasaje de cierre para el libro. A fin de cuentas, esta novela memorística que da cuenta de algunos de los libros que se leyeron para hacerla, las dificultades en torno a la documentación personal del autor o allegados y las propias pasiones a la hora de escribirla, a mitad de camino entre la fidelidad histórica y el vuelo literario; a fin de cuentas, decía, amable lector, pudo terminar con la visión actual del legado material y una manifestación de ornato en torno a Montaigne. Un final en el que el presente es espejo muerto del pasado. Pero no, la novela supera ese escena y va más allá, delineando el derrotero de otros personajes, ramificando su espectro. La novela termina lejos de la raíz de su asunto mientras circula alrededor de él.
    La muerte de Montaigne, deliciosa en mucho sentidos, compleja en otros, sencilla sin ser simple en varios pasajes, parece una novela para escritores. O para aquellos que disfrutan del oficio de escribir; o, mejor dicho, para quienes la escritura es una manera ardiente y hermosa de comunicarse. Es un libro en el cual el amor (apasionado, arrinconado, entregado, dúctil, sublime ante todo) por el arte literario cobra un protaganismo que supera al de la figura francesa que recrea. Por esta razón, acaso las más honesta entre las que arriesga el autor (y tal vez la menos popular entre las que pudo elegir, amable lector… O me equivoco. O me equivoco mucho, amable lector), la novela supera su propio género para convertirse en otro, luego de fagocitar varios: sin serlo en el plano formal, se me antoja que este libro de Edwards es una carta extensa y pausada, pormenorizada y arbórea; una carta en la que, como en las cartas memorables, se lanza una declaración con el corazón.
    La muerte de Montaigne, que en resumidas cuentas es una carta de casi trescientas páginas, querido lector, también es una misiva para usted.

Juan Manuel Chávez
Lima, EdM, diciembre de 2011

(1) La versión virtual del diccionario, que pronto será la edición 23, ya enmienda el artículo: se habla de “patas”, en vez de “pies”. En http://buscon.rae.es/draeI/
(2) Meses atrás, cuando vi esa estatua en la ciudad de Burdeos, no reconocí a Montaigne en la efigie. Caí en la cuenta de que, a diferencia del rostro de Cervantes o Shakespeare, que tanto se repite en libros, nunca había visto un retrato suyo. Las facciones que tenía de Montaigne en mi mente correspondían a cómo lo había configurado a partir de sus escritos: su visión de la política aportaba un rasgo en la nariz, sus apuntes sobre la condición humana, las marcas de la frente; su visón de lo erótico, la forma de sus labios, etc. Para mí, quizá, era un hombre de palabras; literalmente. Y ese monumento me contradecía.
Seguir leyendo
MAPAS COMPARTIDOS

Palabras: “Historia”, por Dardo Scavino


n el escudo que forjó para Aquiles, Hefesto representó dos ciudades, y en una de ellas a dos hombres que se disputan acerca de una indemnización. Uno pretendía haberla pagado, y el otro negaba haberla recibido. Ambos recurren entonces a un tercero para zanjar el diferendo: un istôr. Este vocablo suele traducirse, en este pasaje, por juez. El tribunal que se constituye a continuación, no obstante, está compuesto por ancianos (gérontes), y no por el mencionado istôr. El sustantivo istôr, en efecto, proviene del verbo eidô, ver, y significaba en griego testigo: el que sabe porque vio. De hecho, basta con restituir la digamma perdida de la antigua lengua griega para reencontrar una raíz más reconocible: *wistôr o *vistor. Pero como explica Benveniste, el istôr, por su carácter de testigo, puede servir de árbitro entre los litigantes y sería una traducción preferible en aquel pasaje de la Ilíada (el vocablo latino arbiter, de hecho, también significaba testigo y adquirió a continuación el sentido que le damos actualmente a “árbitro”).
    Es cierto que el sustantivo istórion –testimonio, declaración o alegato– va a pasar a significar a más tarde investigación o indagación, y que esta función podía cumplirla, eventualmente, un juez. Pero al juez que dicta la sentencia y condena al acusado, los griegos no lo llamaban istôr sino dikástês. No cabe duda, aun así, de que la pesquisa judicial se convirtió en el modelo de cualquier averiguación, y por eso durante siglos el vocablo historia se empleó como un sinónimo estudio o investigación en general, como cuando Plinio el Viejo escribió esa Naturalis historia en la que aborda cuestiones relativas a la geografía, la botánica, la medicina o la mineralogía, basándose en testimonios de otros autores.
    Desde sus orígenes, por consiguiente, la investigación histórica tiene dificultades para diferenciarse del testimonio y del proceso judicial. Si el historiador no estuvo ahí, ¿cómo pretende saber más que los testigos acerca de ciertos hechos? Y si se consagra a investigar esos hechos, ¿no es para decidir acerca de la inocencia o la culpabilidad de las personas involucradas? El hecho de que la escatología cristiana rematara la historia con un juicio en el que se distinguirían definitivamente los salvados y los condenados, contribuyó a acentuar seguramente esa dimensión judicial de la historia.
    Las investigaciones historiográficas se ven escoltadas así por dos narraciones afines: el testimonio de las víctimas y el proceso histórico contra los culpables. Y aunque muchos historiadores, y en especial los marxistas, hayan tratado de establecer una diferencia clara entre los factores históricos y los autores jurídicos, la tentación del arbitraje no cesa de acechar sus obras. Una pregunta se impone entonces: el hecho de saber si Moreno fue un traidor o no, Roca un asesino o no, Perón un revolucionario o no, ¿nos permite explicar los acontecimientos o los procesos históricos que protagonizaron?
    La propia narración literaria, en todo caso, tuvo que alejarse de la historia entendida como una reconstrucción unificada y coherente de los hechos para dejar de oponer a los héroes y los anti-héroes, los inocentes y los culpables, las fuerzas del bien y del mal. Y fue alejándose de estas historias que dejó de cumplir la función social del mito: esos relatos que, proponiendo modelos positivos o negativos de comportamiento, transmiten los valores de una comunidad.
    Tal vez aquella perseverancia de la dimensión judicial de la historia provenga de la función mítica de los relatos que apuntan a reproducir ciertos lazos sociales. Puede que un historiador sea perfectamente riguroso a la hora de establecer la inocencia o la culpabilidad de un personaje histórico, pero si orienta sus investigaciones en esa dirección, se debe a que pretende reproducir, a través de su narración, ciertos valores políticos o morales. Lo que nos sugiere hasta qué punto, e independientemente del estatuto ficticio o no de los hechos evocados, la historia nunca logra alejarse demasiado del mito.

Dardo Scavino,
Bordaux, EdM, Diciembre 2011
Seguir leyendo
RELATOS

Los Perros de Manuel, por Silvana Liello


Manuel, el mayor de mis hermanos, quiere verme, por eso nos movemos hacia el oeste. Es temprano. Hay una capa uniforme de nubes que le da al día un color blanco, lechoso. A veces se abre como un algodón que se deshilacha y quedan al descubierto retazos de cielo celestes. Entonces, creo ver, en alguno de ellos, la luna. Una luna muy delgada, casi transparente. Los vidrios de la ventanilla están empañados y hago dibujos con la uña. Una inicial, la de mi nombre, un árbol triangular, una casa. Luego largo el aliento y las figuras pierden nitidez, como un paisaje cubierto por la bruma. Desde que me fui, poco después de la muerte de Mario, no he vuelto a hacer este recorrido. Ya pasamos frente al estadio, el hospital y ese tanque enorme que hay en la ruta con un cantero en el medio. No tenía idea lo mucho que me había alejado de la casa. En este momento estamos atravesando el cruce de las distintas autopistas y Miguel, ahora, no habla, maneja con una concentración dolorosa, que no le recordaba.
    El timbre de planta baja sonó temprano esta mañana. Apenas atendí reconocí la voz del segundo de mis hermanos, me dijo: Manuel quiere verte.
    Ignoro como me encontró, hace años que me fui de la casa. Lo primero que se me ocurrió fue cortar sin responder. El aparato volvió a sonar. Levanté el tubo, otra vez la voz de Miguel: Apurate, te espero abajo. Eso fue todo. No pude oponer ningún tipo de resistencia. Mientras bajaba por el ascensor pensaba, no sin una mueca de terror y asco, en esas torres que, mediante un sofisticado sistema de explosivos, los expertos hacen implosionar. Los cimientos de mi nueva vida ahora se sacudían con la inminencia del derrumbe. Sólo que en mi caso no hizo falta tanto, apenas la voz de Miguel, surgiendo plana, sin fisuras, entre los circuitos.


    Miguel maneja uno de esos vehículos que, en el taller de la casa, confeccionan con restos de otros. No me atrevo a decir nada, mucho menos a preguntar por Nico. Mi hermano mantiene el entrecejo fruncido y los músculos de la mandíbula en tensión, como si fuera un perro mordiendo un trozo de madera, que alguien le ha dado para descargar su rabia. Esta imagen me recuerda los perros de Manuel. Manuel siempre ha tenido una cantidad imprecisa de canes. El dice así: “mis canes” y estira los labios tapados por los pelos duros del bigote, en una mueca que pretende ser una sonrisa. Una sonrisa finita que me hace pensar (vaya a saber por qué) en el filo de una navaja. Yo tengo presente sobre todo al Moro. Era un perro grande, negro, de ojos amarillo, que ya era viejo por la época en que yo vivía en la casa. El animal me seguía por todos lados, ignoro la razón, pero me había tomado ese afecto. Un día le empecé a dar parte de mi comida. También a acariciarle la cabeza o debajo de la barbilla que era donde más le gustaba. Todo esto, claro, sin que Manuel lo supiera. Una bronca suya podía tener derivaciones insospechadas. Tocar a los perros estaba terminantemente prohibido en la casa. No hay que malcriar a los canes, decía el mayor de mis hermanos, porque después no obedecen. De todas formas los perros tenían mucho de salvajes y no siempre acataban las órdenes. Pienso que ellos, los perros, eran, en cierta forma, más valientes que nosotros, los habitantes de la casa.

Salimos de la autopista y giramos en la rotonda. Hacemos tres cuadras antes de doblar a la izquierda. Luego a la derecha y otra vez a la izquierda. Este último tramo, antes de llegar a la casa, siempre me ha parecido el más intrincado. A los costados la vegetación es exuberante. Hay casas de chapa y madera, entre los árboles. Algunas, pocas, de material. Me cuesta memorizar el orden de las vueltas que vamos dando, dato fundamental para poder salir de la zona. Si lo hice una vez fue por la ayuda del Lacio, unos de los sobrinos de don Nicolini. Después el muy hijo de puta estacionó la furgoneta de la funeraria a pocos metros de la entrada de la autopista y apagó las luces. Se bajó el cierre y me señaló con los ojos la bragueta. Hice lo que quería y no nos volvimos a ver.
    A esta altura las calles son de tierra y avanzamos dando bandazos. Miguel sigue conduciendo con la misma concentración. La última vez giramos a la izquierda, ahora a la derecha. Algo en el ambiente, la luz, las marcas de la naturaleza. Esas ramas, por ejemplo, la forma de la esquina, el dibujo de las huellas por las que nos movemos, anticipan la proximidad de la casa. Volvemos a doblar a la izquierda y ahora sí, ya puedo distinguir el pino y la hoja del portón que se mueve, se abre de a poco. Nos acercamos unos metros y veo a un tipo que está parado en la entrada. Es Nacho, me dice Miguel. No puedo creer que sea mi sobrino. Le ha crecido el pelo y una barba oscura y espesa que lo hace parecer aún mayor. Cuando me fui de la casa apenas le empezaban a asomar unos pelos lánguidos debajo de la nariz. Tiene puesto un jean roto en las rodillas, manchado de aceite por todos lados y una camisa desabrochada. Me saluda levantando una mano y comienza a hacerle señas a Miguel para que entre el auto y lo estacione entre dos carrocerías a medio armar. Hay neumáticos rotos tirados en todo el terreno. Antes de salir del auto ya veo los perros. Salen de cualquier lugar, algunos vienen del fondo, otros del lado de la casa. Los hay de todo tamaño y color, no me atrevo a preguntar por Moro. A Miguel le mueven la cola y les hacen fiesta, a mí me ladran y miran con recelo. Distingo entre todos a un caniche blanco lleno de barro y a un labrador empapado. Se debe de haber tirado a la pileta, me dice Nacho, le encanta el agua. Doy unos pasos, me muevo con cuidado, entre animales. Ellos no dejan de medirme. Han dejado en paz a Miguel y ahora él y Nacho observan la escena manteniendo la distancia: en este momento me encuentro rodeada por los perros. Unos cachorros, poco más grandes que una rata, que apenas pueden moverse, se arrastran entre los yuyos y llegan a olisquear la goma de mis zapatillas. El caniche ha comenzado morder y dar tirones de mis botamangas y el labrador se me acerca de manera peligrosa, sin dejar de ladrarme. Intento mantener la calma pero siento la adrenalina crecer en todo mi cuerpo. Entonces escucho la voz de Manuel, desde el taller, espantando a los canes. Algunos acatan la orden y se van, otros persisten. Entre ellos el caniche y el labrador. Entonces Manuel vuelve a espantarlos, esta vez, además de gritarles, golpea unos fierros. Se van todos, menos el labrador. La bestia emana un olor nauseabundo. Me muestra los dientes, gruñe y de apronto apoya las patas delanteras en mis hombros. Gotas de baba caen en mi abrigo. Quito la cara y lo veo a Manuel salir del taller con una herramienta en la mano. Viene rápido, ya casi lo tengo encima. Siento el golpe de una patada y el animal grita antes de salir corriendo. Entonces mi hermano, como para enfatizar el dominio de su voluntad contra el instinto de la bestia, tira la herramienta en dirección de esa huida. La llave inglesa cae entre los pastos altos, con ímpetu sordo, sin ni siquiera llegar a rozar al animal que ya cruza el alambrado y se pierde entre las cañas. No puedo hablar, todavía siento que me tiembla todo el cuerpo. Manuel me acomoda la ropa y me da un golpecito suave, con la mano abierta, en la cara. Bienvenida a la casa, me dice.

Estamos reunidos frente a la parrilla. Manuel preparó pollo al disco. Nacho lo ayudó cortando los vegetales. Con mucho cuidado rebanó cebollas y morrones, con un cuchillo de mucho filo y mango de hueso que, según me han dicho, perteneció a mí padre. Mi padre murió poco después de mi nacimiento. Lo que sé de él lo supe juntando retazos de conversaciones de mis mayores. Sé que le gustaban los fierros, el vino, los cuchillos. Sé que cantaba tangos y le faltaba un ojo. Usaba una prótesis que mi hermano mayor guarda en un estuche de terciopelo negro. El estuche siempre lo lleva encima. Ahora mismo lo miro y pienso que el ojo de mi padre debe estar oculto en ese bulto que le sobresale del bolsillo de la camisa. Cuando le viene bien, mi hermano, abre el estuche y se concentra en ese vidrio: es como volver a encontrarse con la mirada del viejo, dice. También dice que mi padre murió por honor. La verdad no sé a que tipo de honor se refiere. Tampoco me interesó, debo confesarlo, averiguar más a cerca de la vida de ese hombre capaz de obstinarse en ciertos detalles, que alguien podría juzgar mínimos, pero que para él, intuyo, habrán tenido un significado especial, como elegir una misma inicial para el nombre de sus tres hijos varones: Manuel, Miguel, Mario, en ese orden.
    De mi madre sé menos aún, está terminantemente prohibido nombrarla en la casa.
    Mi cuñada y Sonia, en este momento, vienen de la cocina trayendo bandejas con las ensaladas. Alicia tuvo a mi sobrina de muy joven y cada vez se parecen más, a tal punto que cuesta, viéndolas así, de un golpe de vista, identificar de inmediato quien es la madre y quien la hija. Las dos son bajas, gorditas, con el pelo lacio y largo. Las dos tienen rasgos delicados de cerdito y dicen más o menos las mismas cosas. Ahora me dicen que se alegran de volver a verme en la casa.

Miguel y mi sobrino van hasta el taller y vuelven cargando los caballetes y las tablas. Arman la mesa debajo de la parra. Ayudo a tender el hule y a repartir los cubiertos. Manuel viene de la parrilla con el disco de arado y lo coloca en el centro de la mesa. Tiene la camisa mojada debajo de las axilas y el pelo pegado de transpiración en las sienes. Dice que ocupemos nuestros lugares. Los lugares son inamovibles, el mayor de mis hermanos y mi cuñada en las cabeceras, Miguel a la derecha de Manuel, luego vengo yo y a mi lado Sonia, mi sobrina. A la izquierda de Manuel, hay un plato y una silla vacía, inmediatamente después se acomoda Nacho, justo enfrente mío. Hace algunos años, antes de que yo me fuera de la casa, Mario, el menor de mis hermanos, desapareció todo un día. Al amanecer del siguiente lo encontraron en un terreno baldío. Era invierno, había helado durante la noche y los pastos estaban blancos. Mis hermanos cargaron el cuerpo hasta el taller. Yo era una pendeja entonces, pero pude espiar por las rendijas de las chapas: Miguel despejaba una mesa cargada de herramientas, las tiraba con desesperación al piso. Manuel sostenía el cuerpo como podía, apoyándolo en los bordes del mueble. Tenía las extremidades desgarradas y el cuello abierto. La ropa rota. Parecía haber sido atacado por un animal salvaje. En cuanto pudieron lo acomodaron boca arriba sobre las tablas y lo desnudaron. Manuel limpió cada parte del cuerpo utilizando trapos y algodones. Me sorprendió el empeño y la delicadeza que ponía en cada acción. Nunca había visto a mi hermano tan ensimismado, los ojos le brillaban y un rictus de dolor le desfiguraba la boca. Sin embargo sus movimientos, siempre precisos y resueltos, hacían pensar que de esa labor, la de componer la muerte, dependía algo fundamental para la vida. En cambio Miguel era una sombra, un animalito herido. Después de haber desparramado las herramientas en el piso, como si se le hubieran agotado las fuerzas, se quedó ahí, muy quieto, acurrucado en un rincón. De vez en cuando se ponía de pie, empujaba el palo que sostenía la hoja de la ventana y sacaba la cabeza por la abertura. Su cuerpo flaco y seco, se sacudía antes del vomito. Más tarde, esa misma noche, llegó don Nicolini con la furgoneta de la funeraria. Lo acompañaban el Lacio y otro tipo que no alcancé a reconocer. Mi hermano le había cortado varios autos al viejo. Me acuerdo que la madera del cajón era clarita y brillaba en la oscuridad. Lo enterraron al amanecer, debajo del eucalipto más viejo, junto a la tumba de mi padre. Desde entonces mi hermano mayor no ha dejado de guardar el lugar de Mario, a su izquierda, en la mesa.

Comemos ante los ojos ansiosos de los perros Hablamos de temas diversos. Manuel no deja de decir lo feliz que lo hace verme de nuevo en la casa. Sonríe mi hermano mayor y cuando lo hace siento el filo de una navaja insustancial cortándome la cara. Entonces se dice algo referido a la luna, a la madrugada y a un ruido en la puerta. Nadie menciona un nombre, nadie dice, por ejemplo, Nico (Manuel no soportaría admitir que algo anda mal en la mente de ningún miembro de la casa) pero todos sabemos que se habla de él, por lo tanto, tomo esta referencia como la primera vez en el día en que se menciona mayor de mis sobrinos. Retenemos la respiración. La sensación es como la de alguien que ha logrado frenar a tiempo justo antes de un precipicio. El silencio es difícil. Nos hundimos en él como piedras arrojadas en un barro blando. Es cuando ocurre algo inesperado: unos perros logran de hacerse de unas presas que Manuel, a último momento, ha decidido no agregar al disco. Se produce un revuelo de animales y gritos. Nos ponemos de pie. Los perros logran huir sin soltar los pedazos de pollo crudo. Manuel desiste de una persecución inútil y volvemos a la mesa. Alguien propone un brindis por mi regreso a la casa. Hacemos chocar los vasos. La conversación fluye, ahora, como un río delgado que se abre paso entre las rocas. Sonia me dice por lo bajo que Nico ha empeorado en el último tiempo, que no soporta que nadie lo vea, que antes de entrar a la casa hay que anunciarse y esperar. No puedo dejar de mirar para el lado de la casa. La ventana que da al patio y a la pileta, mantiene las cortinas corridas. Presiento la figura delgada y alta de Nico del otro lado.

En la casa se acostumbra a descansar después del almuerzo. La tarde se ha puesto agradable y Sonia tiró una lona en el pasto. Los perros se han tranquilizado. Los puede ver desparramados por todo el terreno. Algunos duermen, pero intuyo que la mayoría permanece alerta. Mi sobrina me cuenta cosas, ahora que la madre dormita en la mecedora de la galería. Me habla de los cuerpos que han ido apareciendo tirados como animales. Mario fue el primero pero no el último. Los cuerpos aparecen desgarrados, con la ropa rota y en madrugadas de lunas llenas. La gente de la zona murmura cosas a nuestras espaldas, me dice mi sobrina y su mirada cambia, se vuelve menos luminosa. Miro a Manuel descansar debajo de los Tilos, siempre con los perros cerca. Como todo lo que duerme ha perdido ferocidad. Y hasta me causa una ternura extraña su enorme cuerpo blando, manchado de sol, balanceándose como una morsa en la hamaca paraguaya. Esta leudando, digo. Mi sobrina se ríe y caigo en la cuenta de que he extrañado, sin saberlo, el sonido de su voz descompuesto por la carcajada. Le hago señas para que se calle. No quiero que se despierten, no todavía. Mi sobrina me dice que no me haga problemas, que sus padres tienen el sueño muy pesado y que Nacho y Miguel siempre se tiran en dos reposeras que hay en el taller, imposible que nos escuchen. Ahora me habla de los sobrinos de Don Nicolini y sus ojitos vuelven a ser luminosos. No parece tener el menor interés en querer saber como fue mi vida lejos de la casa. Me sorprende y me apena esta falta de curiosidad. Pienso que para ella el universo empieza y termina en la casa y la zona en la que se encuentra. Me confiesa que le gusta el menor de los Nicolini. Yo aprovecho y le pregunto sin mucho énfasis, como al pasar, por el Lacio. Es un misterio, me dice, desapareció un día y no se ha vuelto a saber de él.

Ahora mi sobrina parece también dormir. Me paro muy despacio y los perros no se mueven. Pruebo, doy un paso, doy dos y los perros quietos. Camino con decisión pero sin perder la calma hacia la casa. Paso frente a la pileta. La pileta es de fibra de vidrio y la trajo un verano Mario. En ella, Nico y yo, nos divertíamos bastante, en otras épocas. No son muchos los años que le llevo. Fuimos muy compinches hasta que empezó el gran cambio, eso de lo que nadie quiere hablar. Sigo caminando, mi cuñada duerme con la boca abierta. A un costado de la puerta de la cocina, echada sobre una cobija con los bordes raídos, me encuentro con una perra. Es una perra mestiza, marrón clarito, de patas largas. Parió hace pocos días y los cachorros famélicos y pelados se mueven como gusanos entre sus tetas. Abro el mosquitero y las bisagras producen un chirrido finito. Espero a que todo se aquiete y golpeo el vidrio de la puerta de entrada. Nico, digo, soy la tía. Silencio. Vuelvo a golpear. Nico, soy yo y voy a entrar. Mi tono no es alto ni bajo, simplemente hablo, digo, vuelvo a decir: Nico, mira que entro eh. El vidrio es grumoso y veo una silueta que pasa. Espero unos segundos más y entro. Como siempre todo reluce en la cocina. La tele está encendida pero sin sonidos. Veo una mujer llorando ante los micrófonos, la cámara cambia y muestran el derrumbe de un edificio. Sigo caminando. La puerta de la pieza de Nico esta entornada. No me detengo, llego al fondo del corredor y entro al baño. Luego de hacer mis necesidades abro la canilla de la pileta y me mojo la cara. El agua fresca en la piel me hace bien. Pienso en Nico, en su presencia tan cerca y a la vez tan lejos, ¿Cuándo, en verdad, empezó el desencanto?. Mi cara en el espejo del botiquín no parece haber cambiado mucho desde la última vez que me vi reflejada en él. Entonces escucho un ruido y pasos que se acercan. El picaporte se mueve. Intentan abrir la puerta. El corazón me late con fuerza, me pregunto si la luz del día alcanzará para protegerme. Tía, la voz de mi sobrina es apenas un susurro. Quito la traba. Es un alivio ver la cara de Sonia del otro lado. Es peligroso tía, me dice y salimos de la casa.

Poco antes del anochecer caminamos precedidos por nuestras sombras. Los álamos comienzan a pelarse. Las ramas más altas dibujan una ligera filigrana contra el cielo. El otoño avanza lento como un rumor de voces ocres. Osamentas de animales se pudren entre los pastos húmedos Un perro flaco nos sigue a cierta distancia. No hablamos. O hablamos muy poco y cuando lo hacemos, tengo la impresión de que nuestras palabras persisten en el aire como figuras de humo. El terreno es inmenso y a lo lejos, entre los árboles, se ven los techos negros de algunos ranchos. Aprieto el ramo de flores disecadas hasta sentir el dolor en mis dedos. Las flores son una labor de Sonia, a eso dedica mi sobrina el tiempo libre. Las copas vastas de los eucaliptos han adquirido una tonalidad levemente ocre en lo alto. Dejamos los ramos sobre las tumbas y volvemos. El perro flaco se me acerca y puedo reconocer en él, los ojos amarillos del Moro. Tiene una pata agusanada y camina con dificultad, pero esta vivo y me mueve la cola. La noche ahora es plena y una la luna inmensa ilumina las hojas secas que se pudren en la superficie de la pileta.
No creo que pueda volver a salir de la casa.

Silvana Liello,
Buenos Aires, EdM, Diciembre 2012
Seguir leyendo