RELATOS

«Ropero», por Ariel Magnus


El problema ─la idea─ se le vino a la pantalla un día de lluvias y le estuvo dando vueltas por allí un buen tiempo. En una ventanita que mantenía abierta paralelamente a su sofocante tarea de programador, Cintio fue planteando preguntas y regándolas de respuestas. Los domingos, día en que se obligaba a salir de su encerrada rutina, la desplegaba de par en par sobre el cristal líquido y nadaba en ella a sus anchas. En algún momento notó que le faltaba oxígeno, y una oportunidad imperdible en ebay, centro de sus excursiones nocturnas, lo puso en posesión de una Mac último modelo. Decidió tomarse unas breves vacaciones para intimar con su nueva compañera y completar su proyecto conjunto.
La idea ─el programa─ era resolver el trance más difícil de hombres y mujeres al momento de trascender la puerta de su hogar: qué ponerse. Esto implicaba combinar el clima exterior y la sensibilidad interior, los datos más disímiles de la experiencia humana. En un principio, Cintio lo pensó desde un punto de vista estrictamente práctico. Conectado vía internet con el servicio meteorológico de la región, el software debía estar en condiciones de elegir el vestuario que más se ajustaba al pronóstico del día. Para que el consejo no se quedara en lo meramente ideal, era preciso que la máquina conociese el guardarropa de su dueño. Mediante el código de fábrica y un escaner, o mediante una simple numeración hecha a mano, el usuario debía meter su ropero en el programa, que ya contaría con los patrones correspondientes para su clasificación. Puesto que las prendas pasan de ahí al canasto de ropa sucia, a la máquina de lavar y en algún momento también a retiro, el programa debía asimismo mantener una visión de conjunto sobre el movimiento indumentario de la casa. Una serie de escaners, o nuevamente el más precario y fatigoso data entry manual, resolvían el problema del movimiento ─el más difícil para los estáticos números─, a la vez que ofrecían la posibilidad de utilizar la información en estadísticas y promedios tendientes a cuidar la ropa. En una etapa posterior, las mismas empresas de ropa se ocuparían de aliviar el proceder dotando a sus prendas de un chip, mientras que las computadoras y las máquinas de lavar ya tendrían los lectores adecuados y funcionarían en red.

El programa ─la Mac─ le indicó a esta altura de su desarrollo que debía renovarse, y no sólo cambiando de hardware. Nada tenía de práctico un software que no involucrara, en lo externo, las diversas coyunturas, y en lo interno, el aspecto estético y aun sentimental. Así como el pronóstico meteorológico no servía si en él no se contemplaba dónde se pasaría la jornada, qué tipo de movilidad se usaría para desplazarse y qué grado de formalidad o informalidad correspondía a cada una de estas geografías, tampoco el detalle del color, la forma y la composición textil de la ropa decía gran cosa si a ello no se le agregaban datos más íntimos y subjetivos, como ser el grado de cariño que el usuario tenía por cada una de sus prendas, sus supersticiones respecto a los colores, su sensibilidad al frío, etc. Lo hecho era un juego de niños para un hombre que se dedicaba todo el día y desde hacía años a pensar de forma analógica. El verdadero desafío para Cintio y su nueva Mac consistió por lo tanto en desarrollar el complicado sistema de tests psicofísicos y coeficientes personalizados que establecieran los estándares del gusto, ese sector tan escurridizo y aleatorio del sistema humano. Esforzando al máximo su imaginación, buscó todas las variables que influían en la elección de la ropa, desde el secreto deseo de poder quitársela rápidamente en algún oscuro zaguán hasta el temor de manchársela en una cena de negocios.
La Mac ─Cintio─ respondía arrojando una serie de opciones contradictorias entre sí, igual que un hombre o una mujer ante su armario. Eso reproducía el problema en el programa, y la idea era que la Mac lo solucionase. Subordinando estándares a estándares, en maratónicas jornadas, Cintio logró reducir el número de opciones a cinco, luego a tres, a dos. Al fin, una noche en que la pantalla volvió presentar rayitas y pequeños cortocircuitos, Cintio llegó al resultado unívoco y concluyente. Había ingresado todas las variantes posibles para su propia persona, y la Mac respondió en cada caso con la invariable recomendación de ponerse el pantalón de joging azul y la remera amarillenta que usaba todo el día, todos los días, hacía años.

Ariel Magnus (Buenos Aires)

Su último libro es Un chino en bicicleta, novela ganadora del Premio Norma La Otra Orilla 2007

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