APUNTES

Sobre Anna-Kazumi Stahl, por Francisco Cascallares


En la oralidad del castellano, la doble ene del nombre Anna tiende a desaparecer, y junto a ella su origen extranjero. En cambio, ¿a quién puede sonarle irremediablemente lejano un apellido como Stahl en ciudades tan marcadas por la inmigración como Buenos Aires o Nueva Orleáns? En el caso de Kazumi, aclaremos que no se trata de un apellido japonés (como a veces se tiende a asumir al citarla) sino de un nombre –uno la mayoría de las veces masculino. Será casual que ella se llame de un modo u otro pero no lo es la manera en que las tensiones sugeridas por su nombre se derraman a lo largo y ancho de su obra. Estamos frente a una escritura atravesada por la alteridad, por una experiencia transcultural de permanente entrada en contacto con lo Otro. Y también por la alteridad que surge de las relaciones entre lo masculino y lo femenino, en especial cuando están enmarcadas dentro de un contexto cultural al que se llega desde “afuera” (como en “Mujeres que viven en -o entre- dos mundos”; ver: No somos perfectas, editado por Mori Ponsowy, 2006).
Pero, sobre todo, una escritura atravesada por la experiencia de alteridad que provoca un lenguaje adquirido –y hasta inventado– por la autora, un castellano en general rioplatense a la vez natural y distanciado, que invita al lector a entrar “en contacto con lo poco familiar” –lo que define uno de los ejes de la obra de Stahl.
Anna Kazumi Stahl no tuvo ninguna relación con el castellano hasta visitar Buenos Aires por primera vez, en los años noventa, con una beca doctoral de la Universidad de Berkeley, California. El castellano fue para ella un lenguaje descubierto en la adultez y el que ha elegido para expresarse desde entonces. Su primer libro, Catástrofes naturales, es de 1997, y en su contratapa Stahl expone una bella explicación del modo en que se relaciona con esta lengua: “De ciertas cosas queda uno apartado cuando escribe en otro idioma, con el riesgo de caer en algunas peores, pero con la alegría de no saberlo”. En su primera novela, Flores de un solo día, Martín Kohan percibe “cierta rareza en el uso del español [...] paradójicamente ‘natural’, o naturalizado, casi podría decirse que espontáneo, que se vuelve posible gracias a la adquisición tardía del idioma”. Este enrarecimiento no se debe a la simulación artificiosa de una lengua de inmigrante, sino más bien a la búsqueda de una sencillez extrema porque “la sencillez es una manera de poder asegurar que la evocación tenga más fuerza que la explicitación” (en una conversación telefónica); así, se conjuga con misterio, con sutileza, con espontaneidad, un lenguaje cargado de una gestualidad muy personal. Porque el gesto, más que revelar como en una explicación, tiende a ocultar, según Stahl señala en su traducción al castellano de Gestualidad japonesa (Michitarō Tada: Gestualidad japonesa. Traduc. Anna Kazumi Stahl, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2006), a apuntar a “lo enigmático más allá de la mera función comunicativa”.
Y si el nombre Anna Kazumi Stahl es como un mapa de las tensiones que recorren su obra, no cabe duda de que su biografía también lo es. El curioso destino de Anna Kazumi Stahl es un itinerario que de ninguna manera resulta ajeno al proyecto general de su obra: “¿Cómo se explica,” se pregunta a sí misma, jugando a distanciarse, “que una persona de ascendencia japonesa-alemana, criada en Nueva Orleáns, EE.UU., termine siendo escritora en lengua castellana en Buenos Aires?” [1]. Desde sus personajes más memorables –“novias de guerra” japonesas que emigran a los EE.UU o hijas de madres japonesas que emigran a Buenos Aires o crecen en Nueva Orleáns– y desde los escenarios que imaginan o habitan (el Japón de la posguerra, el sur de EE.UU., la ciudad de Buenos Aires), Stahl recorre con libertad las posibilidades de destinos como el suyo. Desestabilizando las categorías que podrían definir convencionalmente la identidad de un escritor (su nacionalidad, su lengua materna, la geografía desde y sobre la que escribe), y en el regocijo de su inesperado destino, las historias que nos cuenta Anna Kazumi Stahl también son como mapas que nos llevan a recorrer otras tierras, a enfrentarnos con lo Otro en toda su magnitud –desde huracanes hasta el conflicto interno de dejar atrás hasta el nombre para insertarse en una cultura diferente. Buenos Aires es un escenario frecuente en su escritura, pero en general desde la mirada del Otro, que la transfigura en un espacio lleno de posibilidades nuevas para el lector. Y el lector termina siendo su cómplice, porque lo que la escritora plantea sobre Gestualidad japonesa vale para su propia escritura: “La explicación [de cada gesto] da paso a una energía autocrítica orientada a que el lector [...] explore sus propios gestos inconscientes y descubra el presupuesto escondido en ellos”.

Francisco Cascallares (Buenos Aires)

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[1] En Idea crónica: Literatura de no ficción iberoamericana, compilado por María Sonia Cristoff. Rosario: Beatriz Viterbo Editora; Buenos Aires: Fundación TyPA, 2006, p. 119.

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