PIES DE IMAGEN

Sacrificios tenebrosos, por Dardo Scavino


Por ella, o por él, como prefieran, ningún sacrificio parece demasiado grande, ninguna prueba demasiado dura, ningún desafío suficientemente peligroso. Lo sabía el caballero que combatía al dragón que custodiaba la torre del castillo, lo sabía el adolescente que tomaba el subte, el tren y un colectivo hasta algún barrio alejado para acompañarla durante el trayecto desde la escuela a la casa, lo sabía la mística ardiente que renunciaba a los placeres mundanos esperando unirse con él en alguna celda austera, lo sabía la estudiante que se internaba en una selva americana armada con su fusil y su compromiso político-amoroso. Por ella, o por él, como prefieran, por la causa del deseo, a fin de cuentas, ninguna empresa parece demasiado agobiante, ninguna pena demasiado ardua, ningún reto lo suficientemente aventurado. ¿En qué momento, no obstante, la dama de los pensamientos se convierte en una bruja cruel que le exige a su enamorado esfuerzos intolerables? ¿En qué momento el príncipe azul se transforma en el déspota despiadado que le inflige a su amante tareas inhumanas? Difícil saberlo. Una cosa, no obstante, es segura: la causa no pierde su belleza porque estas obras nos resultan demasiado espinosas; resultan demasiado espinosas porque ella ha perdido su belleza.

    Las penurias de los cubanos no fueron menos graves durante los años ’60 que durante el llamado “período especial”, cuando la U.R.S.S. se hizo pedazos. Por aquel entonces, no obstante, ellos habían enfrentado este desafío en nombre de la Revolución, mientras que a partir de los ’90 ella dejó de despertar los mismos entusiasmos. Quienes afirman que Fidel siempre fue un dictador disfrazado de líder revolucionario, olvidan sencillamente la lógica de cualquier historia amorosa, como la olvidan quienes acusan de oportunismo a los antiguos adoradores del mandatario que denuncian hoy al monstruo desalmado.
    Pero los cubanos no fueron los únicos en acostarse con Rita Hayworth y despertarse con Boris Karloff. Algo similar le sucedió a los europeos: ningún sacrificio de la soberanía nacional parecía excesivo, ningún esfuerzo presupuestario exagerado, ningún reto histórico invencible, si la recompensa consistía en integrar la Unión Europea. Hoy, en cambio, los políticos se la pasan invocando a Europa para justificar su impotencia: no pueden proteger los servicios públicos porque Europa impuso el principio de la libre competencia, no pueden subvencionar ciertos sectores de la economía porque Europa exige la reducción del déficit público, no pueden promulgar ciertas leyes porque Europa ordena el respeto de los acuerdos, valga la redundancia, europeos. Hasta hace apenas unos años (hasta la instauración del Euro, tal vez) Europa era el nombre de una promesa. Hoy es el nombre de un grupo de tecnócratas llamados –lo que no deja de ser inquietante- “comisarios europeos”, y de una banca central independiente de cualquier control parlamentario aunque dependiente de esas especulaciones financieras que andan haciendo estragos en las economías mundiales. Comisarios y banqueros se encontraban ahí desde el principio, claro, pero por aquel entonces formaban parte de los sacrificios que era preciso aceptar, junto con la competencia comercial, la deslocalización de las empresas, los retrocesos en los derechos laborales, las restricciones presupuestarias, la integración a la OTAN o la renuncia a algunos aspectos claves de la soberanía popular, si se pretendía alcanzar el objetivo deseado.
    De pronto, todos aquellos medios que este fin justificaba, se convirtieron en las exigencias inadmisibles de una “dictadura europea”. Y por eso encontramos a los jóvenes griegos quemando este símbolo de la sujeción política y del imperialismo financiero que apenas unos años antes se enarbolaba como una bandera de libertad y prosperidad. Para ellos, Europa había sido el señuelo agitado por la burguesía para que sus padres aceptasen aquellos sacrificios, el beneficio fabuloso que el estafador hace ondular en las narices de su víctima para que ésta le ceda la suma, comparativamente pequeña, que va a lamentar más tarde.
    Pero esta fotografía podría percibirse también como el fotograma de una película cuyo desenlace ignoramos aunque sospechemos que no va a ser afortunado: a menos que un Deus ex machina tuerza el rumbo de las cosas, la decepción amorosa de estos manifestantes griegos se dirige hacia un repliegue nacionalista, esa pasión que en otros tiempos –no tan lejanos, después de todo- impuso en estas regiones sacrificios tenebrosos.







Dardo Scavino (Bordeaux, Francia)

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