ESCRITORES EN SITUACIÓN

La resistencia de los libros, por Alcides Rodríguez


MERIMÉE, PRÓSPERO (1803-1870): Escribió versos, dramas, novelas, siendo casi todas sus obras en alto grado perniciosas. No se contenta con ser deshonesto e inmoral; sino que trabaja por la incredulidad, manifestándose impío de la manera más perversa, sin perdonar a las cosas más santas, que condena al desprecio, manchando a las personas consagradas a Dios con el cieno de su alma inmunda y execrable. Pretende, en cambio, creamos en comediantas heroicas.

MONTALVO, JUAN (1838-1889): Del Ecuador. Se distingue por su impiedad y furor anticlerical. En su Mercurial eclesiástica (París, 1884), está furibundo contra el Ilmo. Sr. Obispo Ordóñez, impiísimo contra el Papa, curas y frailes y todo el catolicismo. Predica mansedumbre y delicadeza con una furia diabólica y en términos de lo más soeces.

SACHER-MASOCH (1835-1895): De raza judía, austrohúngaro. Novelista. Es inmoral y de malas ideas, llegando a atacar el mismo derecho de propiedad. No admite la otra vida.

SAND, JORGE A. (Aurora Dupin, baronesa Dudevant). (1804-1876): Casada, divorciada, mal acompañada, incrédula, irreligiosa, impía, socialista, perseguidora del matrimonio, defensora del amor libre contra todas las leyes y contra el mismo Dios, muy deshonesta. Se revela furiosa y lanza anatemas contra ciertas leyes fundamentales del orden social.

He aquí cuatro ejemplos extraídos de Novelistas malos y buenos, un olvidado libro destinado a sacerdotes poco leídos escrito por un igualmente olvidado jesuita español llamado Pablo Ladrón de Guevara. Cada reseña biográfica está acompañada de breves comentarios sobre algunas obras de cada novelista citado. La piadosa misión que se propuso nuestro jesuita fue, fundamentalmente, evitarle a todo católico (y no católicos, sospechamos) lecturas “perniciosas”. Del contenido de su libro uno podría deducir que la novela estaba pasando por un decidido mal momento, pues los novelistas malos ocupan la mayor parte del listado. Pero donde hay pena hay esperanza, porque el censor pudo incluir unos cuantos novelistas buenos que ofrecían obras “excelentes” y, sobre todo, muy pías. La mayoría de esos autores y obras duermen hoy día el sueño de los justos. Ladrón podría estar de acuerdo con ello, aunque por motivos diferentes.


    La razón del existir de libros como el de Ladrón se debe a los esfuerzos que la Iglesia Católica llevó a cabo en forma sostenida desde la Edad Media para controlar y prohibir la producción, distribución y lectura de libros considerados peligrosos para la ortodoxia. No tenemos espacio aquí para narrar esta larga historia, pero digamos que la censura de libros se profundizó notablemente a raíz de la Reforma protestante. El clímax del impulso censor fue la publicación en 1559 del tristemente célebre Index librorum prohibitorum, un importante listado de obras que la Iglesia romana prohibía en todo lugar en el que tuviese influencia. Este libro enemigo de tantísimos libros iba a ser permanentemente renovado y reeditado hasta el siglo XX. En el prefacio de la edición de 1948 aún podemos leer:
“Los libros irreligiosos e inmorales a veces se escriben con estilos cautivantes; a menudo son temas que acarician las pasiones carnales o halagan el orgullo del espíritu, siempre con estudiados artificios y artimañas de todo tipo para tratar de afianzarse en la mente y en el corazón del lector desprevenido; es natural que la Iglesia, como madre previsora, con sus adecuadas prohibiciones advierta a los fieles por qué no deben acercar sus labios a esas accesibles tazas de veneno”(1)

El furor de la censura no era patrimonio exclusivo de la Iglesia Católica. Casi todos los movimientos reformistas impulsaron con el tiempo medidas similares. También lo hicieron los nacientes Estados nacionales. Y es que ejercer la censura de autores y libros no fue mal visto durante la Edad Moderna. Más aún, hubo un consenso generalizado en considerar que el desarrollo de un sistema que controlara la producción, la circulación y la lectura de libros era de fundamental importancia para el logro de una sociedad organizada, armónica y feliz. Autores implacablemente censurados estaban paradójicamente de acuerdo con ello. En el siglo XVI Pier Paolo Vergerio, un humanista veneciano autor de innumerables libros y opúsculos prohibidos bien conocidos en toda Europa, creía que la censura previa era necesaria. No se discutía si se debía censurar, sino cómo era la mejor forma de hacerlo. Una cosa era que lo hiciera un fraile fanático y quizá algo ignorante; y otra que lo hiciera un letrado culto, sensible y respetable(2).
    A veces no se trataba de prohibir todo el libro. Bastaba con modificar el texto en aquellos pasajes considerados peligrosos o reñidos con las “buenas costumbres”. Ladrón de Guevara aseveraba que hasta el “muy estimado” Miguel de Cervantes Saavedra tenía en sus novelas “pasajes de mayor o menor peligro para la castidad de los lectores”. Por ello recomendaba ediciones en las que se hubiesen “corregido” esos “errores”, sobre todo si se pensaba en lectores menores de edad. Pero hubo casos en donde los “errores corregidos” produjeron un texto prácticamente nuevo. En una versión del Canzionere de Petrarca del siglo XVI, el fraile Girolamo Malipiero se propuso eliminar toda posibilidad de referencia carnal en el amor entre Laura y Francesco. Su celo fue tal que sólo el 17% de los sonetos y el 26% de los versos quedaron tal como los había escrito el célebre humanista. Otro ejemplo famoso es el Decameron “retocado” por el literato Leonardo Salviati: no sólo quitó del texto a mano llena sino que modificó totalmente significados, cronología e incluso el marco geográfico de los relatos. Quien paradójicamente llevaba el apellido del personaje copernicano de Galileo fue considerado por sus contemporáneos como el más perfecto “asesino” de Boccaccio.
    La aparición de la imprenta de tipos móviles permitió multiplicar en forma vertiginosa la producción y circulación de libros. ¿Era posible controlar todo lo que imprimía y vendía? Por fortuna las dificultades de los censores eran bien grandes. A la siempre creciente masa de libros e impresos se agregaban los conflictos de jurisdicción entre Iglesia y Estado. Y a ellos sumemos los que se daban entre las autoridades papales, la Inquisición, la Congregación del Índice (a partir del Concilio de Trento encargada de elaborar las listas del Index) y los obispos. Y también habría que agregar los conflictos entre algunos Estados católicos y Roma, como sucedió en más de una oportunidad con Venecia. La gran república del Véneto solía dejar sin efecto numerosas disposiciones romanas, permitiendo así lo que se prohibía en otras jurisdicciones. La división entre países protestantes y católicos, sumada a las siempre presentes posibilidades del contrabando, creaba grandes espacios para la producción y distribución de lo prohibido. Estas fisuras y conflictos solían ser bien aprovechadas por libreros e intelectuales.
    Se dice que nadie esperaba con más impaciencia la publicación del Index católico que los impresores protestantes holandeses. Sabían que bastaba con imprimir y contrabandear los libros allí incluidos para hacer pingües beneficios. Pero no sólo ellos lo hacían. El librero veneciano Roberto Meietti es un buen ejemplo: entre 1580 y 1640 imprimió en el mundo protestante alemán numerosos libros prohibidos y los hizo pasar para su venta en Italia de las maneras que nos podemos imaginar. Es más, para disimular su contenido, solía reemplazar los frontispicios originales por otros bien inocuos. Un recurso muy habitual entre libreros como Meietti era recurrir a los pies de imprenta falsos, muy útiles a la hora de esquivar situaciones comprometedoras. Y no nos olvidemos de las copias manuscritas, de amplia circulación por lo menos hasta el siglo XVIII. La lista de estrategias, a menudo muy ingeniosas, para producir, distribuir y comercializar libros y textos prohibidos es larga, clara prueba de que esta demanda era siempre grande. Ante las consultas de un embajador francés empeñado en formar una buena biblioteca, el humanista veneciano Paolo Sarpi le sugería que comprase todos los libros que aparecían en el Index.
    Hay libros que saben volver de la nada a la que tratan de condenarlo los autodenominados guardianes de la moral del estilo de Ladrón de Guevara. Como nos recordaba Claudia Piñeiro en la edición pasada de nuestra revista-blog (Acerca de la censura infantil: Laura Devetach, Elsa Bornemann, Ana María Machado y otros), la Dictadura Militar argentina prohibió en 1977 el libro para niños Un elefante ocupa mucho espacio, de la escritora Elsa Bornemann. En el Decreto 3155/77 se lee que entre sus numerosos “delitos” el libro “agraviaba” “a la moral, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone”; que tenía como finalidad el “adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica del accionar subversivo”; que iba contra el “derecho natural” de la “familia argentina” a “vivir con nuestras tradiciones y arraigadas costumbres” que, como todo el mundo debía tener bien claro en ese entonces, debían ser “occidentales y cristianas”. Treinta y tres años después, en una escuela de la ciudad de Buenos Aires, una niña de seis años leía en el aula junto a sus compañeritos las aventuras de este elefante que había logrado unir a todos los animales del circo tras un noble objetivo: obligar al dueño a devolverlos a la libertad de su selva natal, poniendo punto final al encierro, al maltrato y a la explotación. Hermoso ejemplo de que los libros también saben resistir a patéticos como Ladrón de Guevara, a persistentes enemigos del libre pensar como los censores romanos, y a monstruosidades como los dictadores argentinos.



Alcides Rodríguez (Buenos Aires)



(1) Index Librorum Prohibitorum, Typis Polyglottis Vaticanis, MDCCCCXLVIII, pág. IX. Traducción nuestra. En un agregado de 1961 se incluyen autores como Alberto Moravia, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Nikos Kazantzakis.
(2) Buena parte de los datos han sido extraídos de Infelise, Mario, Libros prohibidos. Una historia de la censura, Nueva Visión, Bs. As., 2004.

Otras notas de Rodríguez en EdM: http://www.escritoresdelmundo.com/search/label/Rodríguez
Imprimir

2 comentarios:

María Martínez dijo...

Alcides, qué bueno poder seguirte a través de estos artículos. No hago más que aprender.
María Martínez (ex-´sub´)

Anónimo dijo...

IDOLOOOO ALCIIIIII

Publicar un comentario