APUNTES

Un bucle en Vino, de Diego Fried, por Pablo Luzuriaga


Un hombre termina de arreglar su casa a la espera de una cita. Cambia de lugar las cucharas sobre la barra, se sienta y observa; todo en el ambiente está en perfecto orden. Pocos gestos evidencian la ansiedad que lo carcome. Así comienza Vino, el segundo largo de Diego Fried estrenado este año en distintas salas de Buenos Aires. Un plato se va haciendo a lo largo del film, mientras una relación fugaz se cocina. El deseo de comida y sexo se entrelazan copa de vino, tras copa.
    Protagonizada por el propio director y por la actriz española Marta Hermida, Vino tiene como única locación un ambiente con cocina integrada; si no fuera porque en la ficha técnica dice que el film dura setenta y cinco minutos, cualquiera se iría de la sala pensando que lo que acaba de ver fue un corto. Unidad de lugar, dos actores, unidad de tiempo: el que se tarda en preparar una carbonada y comerla. La promesa del guiso criollo y la de verlos desnudos sobre el sillón hacen que el tiempo se apriete.
    La crítica señaló que eran estas marcas “teatrales” en la película. Otros films de monoambiente: Sin testigos (1983) de Nikita Mikhalkov, Tape (2001) de Richard Linklater –mencionados por el propio director-, podríamos pensar también en Dogville (2003) de Lars Von Trier, al estar filmadas en un único ambiente incrustan, bajo la premoderna preceptiva aristotélica, al teatro en el cine.
    Pero el teatro ya no es eso y Vino, más que enredar las jerarquías del cine y el teatro produce un bucle extraño sobre la propia práctica de filmar, actuar y dirigir. Si bien Fried señaló en una entrevista que el hecho de que él mismo protagonizara el film había sido fortuito, escribió el guión pensando en otro actor, algo en esa decisión impregna toda la película.
    Bucles extraños señalados por Hofstadter: las manos que se dibujan a sí mismas de Escher; las novelas de tres autores: Z, T y E, en las que sucede que Z sólo existe como personaje de una novela de T, éste último como protagonista de la novela de E y, claro, E sólo existe en la ficción de Z; u otros bucles como el de “Continuidad de los parques” de Cortázar, también en Borges, Gödel, Bach. Vino enreda las jerarquías. Actor, director, cine, sexo y comida, edición y cortes refieren todos unos a otros.
    Gonzalo y Jimena, los personajes interpretados por Fried y Hermida, van calentando las escenas a medida que en sus labios aparece el color del vino. En determinado momento Jimena propone un juego: él tiene que decir qué es lo que quiere que ella haga y ella, sea cual fuera el pedido, lo va a hacer si luego cambian los roles y cumplen con la fantasía del otro. Los almohadones están en el piso, la carbonada todavía no está lista, tomaron suficiente alcohol. En este punto el film podría terminar, o volverse una híper estilizada película porno (el trabajo con los colores, los planos, los movimientos de cámara está cuidado hasta el último de los detalles); pero es Gonzalo, el personaje del actor que dirige el film, quien interrumpe el juego y se niega a terminar así de rápido, la excusa es la comida, el tempo del plato que dirige.
    A partir de allí no es posible sino pensar que cada corte de verduras, la escena en que Jimena desgrasa la carne, el tiempo de cocción, sus pocas palabras, conviven en una jerarquía cruzada con la del editor del film que corta, selecciona las tomas, ralentiza el conflicto, le da forma al tiempo. Otros films están protagonizados y dirigidos por la misma persona, en Vino eso pareciera volverse el asunto, bajo una sugerente reflexión acerca del deseo y sus grietas como motores del montaje cinematográfico.




Pablo Luzuriaga (Buenos Aires)

Otros films de Diego Fried: los cortometrajes, Fardo, Imposible, es, Epílogo y Flirt. El largo: Sangrita (2004)
Actualmente Vino puede verse en El camarín de las musas (http://www.elcamarindelasmusas.com/)
Más sobre el mismo director: http://www.myspace.com/diegofriedfilms
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