APUNTES

Entrevista a Claudio Peña, director de Arre!, por Alcides Rodríguez



Claudio Peña es cellista, director y compositor. Dirige el ensamble de cellos y contrabajo Arre! y es miembro de El fin del mundo, un trío de cello, batería y clarinete. Su obra está fuertemente atravesada por influencias provenientes del jazz y otros géneros musicales.

-En el ensamble Arre! dirigís un grupo de cellistas acompañados por una contrabajista que están improvisando todo el tiempo. ¿Cómo es esto de ponerle orden al caos?
-Bueno, en general el caos es una fórmula musical, o una búsqueda musical, que viene por lo menos desde los años ´20 del siglo pasado, sobre todo después de las guerras. Esta búsqueda parece caótica si la comparás con música más convencional, pero en realidad para nosotros se trata de un gran orden que hay que ir a buscar. Es como una composición en tiempo real. Cuando uno compone sobre el papel ordena un caos inicial, lo que se nos viene en ese momento lo escribís con los signos correspondientes, borrando o corrigiendo todo el tiempo, con fluidez o, lo más usual, con mucho trabajo. Y el músico tiene que interpretar lo que está puesto allí. Por el contrario, en la improvisación el músico toca en el momento de la ejecución lo que se le ocurre, no recibe órdenes, es otra la sensación. Es la irreverencia del que toca porque toca lo que quiere. Y el ensamble, que yo dirijo, pero que en realidad no lo dirirge nadie, produce un caos que es en realidad música.

-¿Cómo ha sido tu camino en el terreno de la improvisación musical?
-Hace aproximadamente veinte años que improviso, en diferentes grupos. De chico me gustaba la idea de cambiar las notas de las partituras; era como un juego que hacía con cosas de Bach o Beethoven, hasta que me fui metiendo más y más. Improvisar es componer música, y yo disfruto mucho el momento en que sale una nueva melodía. A veces se trata de partir de melodías conocidas, y desde allí improvisar libremente. Desde luego que en todo esto hay una influencia del jazz y de la música contemporánea. Y uno toma también de músicos como Stockhausen y otros la idea de interpretar la música con señas, sin partituras. Tiempo atrás participé con Santiago Vázquez en un proyecto llamado Colectivo Eterofónico, que combinaba varios instrumentos como saxos, violines, baterías, cellos… y allí me encontré con el problema de que las señas me resultaban incómodas. Por ello adapté al cello el sistema de Lawrence “Butch” Morris, tratando de combinar utilidad con una mayor comodidad. Es el que usamos en Arre!. De todas formas, con la improvisación está pasando algo que resulta difícil de manejar, y es el hecho de que pueda convertirse en un género académico. Parece ser que aquello que te libera, que produce alegría tanto al que toca como al que escucha, puede llegar a ser un estilo más. Esta música no es un producto para ganar dinero: la improvisación va en contra de lo económico. En la producción de música comercial no se improvisa: todo tiene que estar previsto. Para estos productores la forma tiene que ser previsible, de lo contrario no hay venta. Tiene que ser algo que más o menos pueda satisfacer el gusto de todos. Sería raro que incluyan en la forma algo que quiebre o sorprenda al que escucha. Eso sí, después vienen músicos como Bjork que se nutren de la improvisación, toman algunas cosas, las tornan previsibles y las incorporan a lo suyo.

-El cello es un instrumento que está estrechamente asociado a la música clásica. ¿Cómo conviven la improvisación y lo clásico?
-En Arre!, con cellos y contrabajos nosotros estamos todo el tiempo cerca de la música clásica, porque cuando no improvisamos tocamos música clásica o contemporánea. Las influencias y los grandes cellistas están, desde luego. Como Mstislav Rostropóvich, que era un gran intérprete de la música del periodo romántico, de la música del siglo XIX, el representante del calor y la fuerza del instrumento. O también Anner Bylsma, que me rompió la cabeza cuando lo escuché por primera vez. Con él me daba la sensación de que su cello estaba, digamos, “roto”. La razón de esto es que como en su escuela se busca menos “expresividad”, el cello parece otro instrumento, más íntimo, más real. La música clásica y sus intérpretes forman parte de nuestras raíces como músicos, por eso cuando improvisamos se oyen por allí cosas clásicas. Pero claro, junto a ellas, en el calor de la batalla, salen cosas nuevas. Y el hecho de que nos conozcamos es siempre mejor, porque es cuestión de saber esperar que salga lo nuevo de cada uno de nosotros. Al grupo y a mí nos gusta vivir situaciones que desconocemos. Y lo vivimos todas las veces que tocamos juntos. El nombre del ensamble, Arre!, quiere indicar que somos algo así como “animales” de la música. A pesar de que el cello es un instrumento rococó muy ligado a ambientes conservadores (nuestro grupo podría tranquilamente llamarse “Música excelsa” o algo por el estilo), las nuevas generaciones, más rockeras y abiertas a la música contemporánea, son bastante más extrovertidas que los cellistas de otras generaciones, más vinculados al mundo clásico y con formación rígidamente académica. Además, muchos de los grandes cellistas de hoy no llevan una vida como la de una persona cualquiera que sale a la calle todos los días o va a la cancha. En este sentido quise que el nombre del grupo marcara esta diferencia.

-¿Cómo es este proyecto de dirigir 100 cellos en el Jardín Botánico de Buenos Aires?
-En realidad hace rato que lo quiero hacer. Este año, cuando estuve en EE. UU. Y vi que allá hacen cosas parecidas y nadie objeta nada, me decidí a llevarlo adelante. Consulté con la gente del Jardín Botánico, nos pusimos de acuerdo, y aquí estamos, convocando cellistas para el evento que será el 24 de octubre. Lo divertido es que para anotarse propuse que cada cellista me cuente en qué nivel está haciendo un paralelismo con los cinturones del karate. Si está en primera fila, será cinturón verde, en cuarta fila, rojo. Entonces aparece fulanito de tal, se presenta, y a continuación dice: “cinturón rojo”… (risas). Si bien tenemos varios cinturones negros, estamos esperando que aparezcan algunos más. En total ya tenemos cerca de 45 cellistas; con 80 u 84 va a estar todo bien, pero lo ideal sería llegar a los cien. Si llegamos, prometo descorchar champán, porque 100 es una linda cifra.

-¿Cómo fue la recepción de tu propuesta musical en EE.UU.?
-El año pasado fuimos convocados con El fin del mundo para participar del festival New Directions Cello, organizado por el Ithaca College. El festival lo dirige Chris White, un gran cellista y jazzista que también compone. La consigna allí es no classic, es decir, nada de música clásica. Yo ya había ido como oyente en 2001, y ahora tuve la suerte de que me convocaran como intérprete. Y realmente me sentí muy cómodo. En EE. UU. Hay mejor recepción para el tipo de música que yo compongo. En una población que es mucho mayor existe ese pequeño gran porcentaje de gente que escucha con entusiasmo música “loca”, que está por fuera de los marcos convencionales. Suele ser un público bastante erudito y muy respetuoso del artista y su obra. Comparan lo tuyo con lo de otros compositores, investigan más lo musical. Pero, aún con todo esto, un artista como yo tampoco ganaría mucho dinero con su música. El riesgo del músico es el mismo allá y acá. En Buenos Aires tenemos menos cantidad de músicos y público para nuestro tipo de música. Hay menos posibilidades y más reservas hacia la novedad. Y en mi caso no favorece mucho el hecho de no estar muy influenciado por el folklore o el tango. Lo mío se liga más a una movida internacional, pero realizada por la banquina de la ruta, por los márgenes.

-Días atrás me comentabas que andabas “como loco” con vúmetros y cronómetros. ¿En qué consiste esta “locura”?
-Ahí se te presenta otro problema de composición, que es cuando uno quiere controlar todo, evitar toda improvisación. En este sentido quiero hacer piezas para cello que prácticamente “roboticen” al músico, en las que se indiquen los segundos exactos y la fuerza de arco que hay que darle a cada una de las notas. La idea es que todo fuertemente controlado.

-Estarías pasando de la amplia libertad del mundo de la improvisación a un universo meticulosamente pautado y estrictamente controlado.
-Súper pautado y robotizado. Hay que mirar la pantalla y ver la nota, el tiempo y la fuerza del arco con la que hay que tocar. Esta última información te la da el vúmetro. Lo que me seduce de todo esto es que ver qué pasa cuando se le saca lo “humano” al músico. Aparece allí como un fantasma, una cosa, e indagar sobre esto realmente me interesa mucho. Es como una música automática y a la vez peligrosa.

-¿Peligrosa?
-Sí, peligrosa para mí, en el sentido de que me pueda llegar a gustar demasiado. Quizá prefiera la improvisación a la mala composición. Incluso la improvisación tiene que ser controlada de alguna manera, a veces con no poco esfuerzo. Porque también hay buena y mala improvisación.

-En poco tiempo vas a participar de un espectáculo junto a grandes bailarines de los años sesenta y setenta. ¿Cómo será esta experiencia?
-Se trata de una puesta junto a grandes exponentes de la danza en nuestro país. En su momento ellos fueron grandes innovadores que hicieron buena parte de su carrera en Europa. Generaron rupturas muy importantes en los años sesenta y setenta, en espacios como el teatro San Martín. Siguen siendo interesantes, es gente que puede dar mucho aún. Y yo colaboro con el cello, improvisando. Esto me dio la idea de hacer algo similar el año que viene con los cellistas de los años sesenta y setenta, hoy retirados. Me gusta la idea de reunirlos y hacer improvisaciones. Y ya tengo el nombre para ellos: Los grandes del cello, por su calidad y su edad (risas). Sería volver a escuchar músicos que ya hicieron toda su carrera, que tocaron en todas las orquestas y tuvieron todos los alumnos. Todos en un espacio despojado, trabajando juntos en una buena improvisación. Quizá no sea fácil porque, al contrario que con los bailarines retirados, en general mucho más dispuestos, estos músicos son un poco más cerrados.

-Uno imagina que vienen de una formación muy clásica y académica.
-Súper clásicos, cuánto más viejos más clásicos. Pero son grandes figuras y además… ¡qué instrumentos tocan! Andan entre los sesenta y los setenta años y tienen “el” violoncello. Me gusta imaginarlos en los medios, con sus arrugas, improvisando y tocando cosas increíbles. Irían contra la imagen constante del “joven-lindo-y-exitoso” que está por todos lados. De repente aparecen unos viejos que se tocan todo.

-¿Ya los sondeaste?
-A dos ya los contacté. Los de los 100 cellos en el Botánico va ayudar a que se unan más. Seguramente algunos lo harán con reservas, porque yo represento una idea bastante liberal en el conservador mundo del cello. Pero si logramos llevar adelante la propuesta, ese sonido que hoy está sólo en sus casas va a salir a llenar los oídos de los espectadores. Sería fantástico que esto pasara.

Alcides Rodríguez (Buenos Aires)

Para escuchar Arre!http://www.myspace.com/arrecello
Para leer más sobre Claudio Peña: www.claudiocello.blogspot.com
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