RELATOS

Feliz cumpleaños, por Martín Greco


Está el día en que alguien cumple años y sin pensar invita gente a su casa porque cree que la va a pasar bien.
    Pero ahora los cumpleaños son bajar a abrir la puerta.
    Primero llegan los parientes. Después empiezan a llegar los amigos, y los parientes dicen que se van porque no quieren molestar. Para entonces el del cumpleaños pasó la mitad de la noche en el ascensor y en la puerta del edificio. Y como en total los invitados son unos veinticinco, entre bajar a abrir a los que vienen y bajar a abrir a los que se van, hay que bajar a abrir unas cincuenta veces. Y la fiesta va sucediendo mientras el del cumpleaños baja a abrir.
    –Qué lástima que no pudimos hablar más –le dicen los que se van.
    Los que todavía están arriba nunca vuelven a contar los chistes que él se perdió. Sólo oye las carcajadas desde el ascensor, cuando volvía de abrir.
    El del cumpleaños empieza a sentir que no lo invitaron a su propio cumpleaños. Tiene que ir a buscar más papas fritas, juntar las botellas vacías, llevar a otro lado los abrigos porque ahí no hay más lugar y limpiar el vino que le volcaron sobre el cajón con documentos, así que nunca puede sentarse.
    Cómo se va a sentar si hay que ir a lavar vasos. Quién sabe por qué en los cumpleaños cada persona usa de promedio siete vasos.
    –¿Este vaso era el mío? –dice uno olfateando con recelo–. Mejor servime en uno limpio.
    Al del cumpleaños no le resulta fácil lavar los vasos porque hay un par que se fueron a la cocina a estar en privado y lo reciben como a un intruso.
    Se aleja sin protestar. Pasó la tarde en el supermercado haciendo las compras para la fiesta, y de verdad le gustaría sentarse si hubiera una silla libre.
    Mientras va con las llaves y viene con los vasos, mira a la chica que le gusta, porque ese era el día en que le iba a hablar, pero ella está sentada con otro, los dos en la misma silla, y el otro con la excusa de la música fuerte ya le empezó a hablar al oído.
    Y cuando él se decide a hablarle por el otro oído, la música se calla de golpe, y todos lo oyen, y viene uno que lo arrastra lejos para darle el regalo. El del cumpleaños hace una sonrisa voluntariosa y mientras abre el paquete piensa: ¿Tan poco me conoce?
    Ahora que llegan las velitas va a poder sentarse, es el momento de que los demás lo agasajen. Pero como nadie sabe dónde está la torta ni de dónde se apaga la luz, no le queda más remedio que ocuparse él mismo.
    Entonces pide tres deseos: que se vayan, que se vayan, que se vayan. Y sus deseos serán satisfechos muy pronto, porque no hay nada que haga escapar tan rápido a la gente como ver apagar las velitas de la torta. No sé cómo en las carreras de atletismo para dar la señal de partida en lugar de un disparo de pistola no usan una torta con velitas.
    Hay algunos que amortizan el beso de felicitación y lo usan también como beso de despedida. De golpe todos quieren irse, pero no entran en el ascensor. El de cumpleaños hace varios viajes para bajar a abrir, y al volver siempre encuentra a uno que parecía que se iba a quedar más pero que ya tiene el abrigo puesto.
    Los fugitivos se esperan abajo para seguir la fiesta en otro lado. El del cumpleaños está tan cansado que al ver que ella se va con el que le hablaba al oído, sólo piensa: Al menos no tengo que bajar a abrir dos veces.
    Cuando al fin se sienta, solo, estudia los vasos que no se rompieron para ver si rescata aunque más no sea un fondito de cerveza tibia. Luego junta las servilletas con torta licuefacta y la empanada de carne picante que a alguien no le gustó y dejó a medio morder sobre la impresora. Si tiene suerte, no saldrá volando al pisar las aceitunas que rodaron hasta el pasillo.

Martín Greco (Buenos Aires)
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3 comentarios:

Nico Negrin dijo...

Buenísimo! cuántos hemos sufrido nuestros cumpleaños asi! creo que es un retrato perfecto...Nico

Gisela Alvarez dijo...

Muy bueno Martín. Me sentí tan identificada con el relato que puedo percibir el agotamiento de ese joven después de la velada. Por eso siempre me gustaron más los cumpleaños ajenos.
Gisela

dani cherey dijo...

Fascinante, una prosa exquisita.

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