APUNTES

Nuestra ópera 2D, por Facundo Ruiz



El cine no es 3D. Y si, circunstancialmente y por cuestiones técnico-comerciales, el 3D ocupa o intenta desenvolverse en las salas de cine, esperando el traslado a estadios y livings, tampoco habría por qué reducir el 3D a cine. El 3D no es cine.
    La sensación confusa, tras la proyección de Avatar, que impide resolver el dilema de si Tarzán entró a la Matrix o Neo fue a la selva, no expresa tanto lo paradójicamente idiota de un argumento (o el tendencioso, pero infinito, cliché de ciertas historias hollywoodenses), sino la ausencia de géneros, temas y recursos narrativos propios que todavía entorpece el 3D. Pero esa sensación confusa, inmediatamente, se transforma en un razonamiento reversible: ¿hay Woody Allen 3D? ¿Caetano 3D? ¿Almodóvar 3D? ¿Won-Kar Wai 3D? Escribo hay y no entiendo si existe, sino si es posible: cuántas D conciben sus historias.
    Aunque no únicamente, se trata de un problema de planos, y de las dimensiones de una historia en el espacio. Tentativa y esquemáticamente: el cine de Woody Allen va hacia atrás (la ópera y el teatro griego: comedia y tragedia) y hacia adentro (las novelas de Dostoievski, las películas que hicieron su cine: Hitchcock, Fellini, Mikhalkov); y si en La Rosa Púrpura del Cairo un personaje abandona la pantalla, o Robin Williams está fuera de foco en Deconstructing Harry, lo que sale del plano y enseguida señala los límites convencionales de un espacio técnico-narrativo, poco después, lo intensifica con rusa armonía de muñeca. Y así siguiendo: todo ejemplo es incompleto pero continuable.
    El 3D no parece haber descubierto una narratividad propia, un qué-cómo para su (también otra) ficción: ningún corpus calza aún esa malla tan vistosa, ni cómoda ni rítmicamente. Pero, ¿lo conocía el cine cuando empezó? ¿No aceleró la fotografía secuencial (o cronofotografía) de Muybridge? ¿No aprendió a hablar con las manos, como los mimos y prestidigitadores? ¿No hizo poesía y prosa? En cualquier caso, no importa qué sabe o qué es esto o aquello, sino qué puede hacer con todo lo otro: también el cine reinventó viejos géneros, despabiló sus temas, y sigue improvisando sus recursos.
    Es probable que el deporte y la animación sean reinventados por el 3D; es presumible (¿o inevitable?) que la política, o su escenificación pública, redimensione sus próximos estrenos por esos carriles; es prácticamente imposible que la financiación cinematográfica no mengüe (los productores, sin sobresaltos, distribuirán la crisis). Lo que parece seguro es que el 3D anuncia, o certifica, un cambio en la experiencia (que el 4D pulirá olfativamente: ¿siguen siendo “espectadores” los del 3D?). Y más aún, un cambio en la experiencia sensible (y vaya esta simple mención como homenaje a quien, además de fraguar ese concepto como novela, era hasta hace pocos días el mejor escritor argentino vivo; porque se sabe: el mejor no puede nunca ser un muerto. Los muertos se canonizan, no mejoran; y los cánones se discuten).
    En esa redimensión del espacio sensible, en esta redistribución de los planos de la experiencia, quedará siempre el cine, como quedó la ópera: con el gusto del siglo que lo convirtió en una de las matrices culturales de su vida pública, y en el andarivel compartido de muchas de sus vidas privadas.-

Facundo Ruiz (Buenos Aires)
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1 comentario:

PAblo Tunica dijo...

Acabo de leer esta noticia. Werner Herzog hace una película en 3D. Dejo el link:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-19295-2010-09-17.html

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