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Postales polacas, por Elsa Drucaroff

II

Auschwitz - Birkenau

l aire es oscuro en Birkenau. No consigo un pensamiento que sirva para algo, no salgo del silencio o de los lugares comunes: voy de la incomprensión estúpida (porque según lo que sabemos de este error que es la especie humana, Auschwitz y Birkenau son perfectamente comprensibles) a las explicaciones que ya sé y no me sirven para nada; voy del alivio porque esto ya pasó, se ha terminado, a la desesperación porque en este mismo momento, en varios lugares del planeta, mientras camino por esta tierra muerta, cientos de miles, tal vez millones de personas se preguntan en algún lado cómo puede ser que les estén haciendo lo que les hacen, se preguntan por qué el resto del mundo no lo impide, se preguntan dónde está dios, se preguntan si realmente están despiertos o en una pesadilla. Ahora, en este mismo momento, en otra parte, mientras yo camino acá donde ya no pasa nada.
    Me persiguen las caras serias de los niños judíos que vi en las fotos exhibidas en las paredes de los pabellones de Auschwitz (gente mía que no creció, posibles parientes de abuelos, o tíos abuelos): en una hay un bebé en brazos de su madre, parada entre tantos junto al vagón de tren. El bebé no llora, mira muy serio, sabe que lo que ocurre es grave y que no es cuestión de llanto porque su llanto empeoraría todo o, peor, su llanto no tiene posibilidad de expresarse; es como si creyera que el aire no será capaz de transmitir el sonido de su queja, que ni siquiera tiene sentido, lo mejor es disimularse, que ni se den cuenta de que él, tan pequeñito, existe ahí, radicalmente inocente e indefenso. Es un bebé con profunda mirada comprensiva, es un bebé con mirada monstruosa. Y hay otra foto que me persigue: un adulto de ocho o nueve años con sus hermanos menores; pequeño papá repentino, carga un bebé de meses y sostiene a una niña de la mano mientras mira el vacío con los mismos ojos preocupados. Es obvio que ya no tiene padres, es obvio que está solo entre cientos de judíos parados a su lado, tan solos como él. Nadie se lo dijo pero sabe que no va a poder proteger a sus hermanos menores. Acaban de bajarlo del tren, nadie le dijo que en un rato estará con todos encerrado en un simulacro de ducha y morirá aséptica, económicamente, en un lapso que va de 7 a 20 minutos gracias a los avances tecnológicos que permite el gas Ciclon B, eficiente para matar con gasto mínimo a un número máximo, tal como fue probado en Auschwitz, centro de investigaciones científicas para el beneficio de la raza aria. No se lo dijeron pero él sabe lo esencial, lo que importa.
    Qué transparente es la expresión de su cara, qué obvias son las expresiones de cada uno en cada foto que se exhibe en las paredes de Auschwitz. Son fotos que hizo un nazi voluntarioso y entusiasta, ansioso de dejar testimonio de los pasos históricos que estaba dando allí lo que él llamaba la humanidad.
    Me persiguen los pasos del niño que caminó llevando a sus hermanos, los tres solos a la muerte por el mismo camino que nos obliga a hacer la guía. Marcho con ella, obediente, marcho con otros turistas hacia las ruinas de las cámaras de gas de Birkenau. Quiero pensar que ya no ocurre, que no va a ocurrir nunca más, y sé que me estoy mintiendo.
    Hay muchos visitantes a mi lado. Todos avanzamos silenciosos mientras la guía parlotea, repite, habla de más. En sus discursos mediocres y aprendidos de memoria ha tratado cien veces de explicar que los polacos nada tuvieron que ver con todo esto, los únicos antisemitas acá son los nazis. Y contó tres veces que hubo un cura católico encerrado en Auschwitz y que Juan Pablo II lo hizo santo porque se sacrificó por otro prisionero. La escucho repetir a cada rato la palabra horror, engolosinarse con la palabra inocentes, y pienso que sus padres o sus abuelos polacos fueron muy probablemente como la mayoría, y cerraron muy probablemente los ojos como la mayoría. Mientras, detrás del muro del gueto, a minutos de sus casas, las personas que ellos odiaban en masa se morían encimadas, enfermas y hambrientas, los padres o los abuelos de mi guía habrán pensado que se estaba librando a su tierra de una lacra culpable de los males de Polonia, de una plaga extranjera que ocupó por siglos la tierra donde solamente ellos tienen derecho a llamarse polacos; registraron con placer que desaparecían los campamentos de los gitanos, cerraron los ojos cuando las partidas de esclavos judíos llegaban arreadas al centro de Cracovia para hacer algún trabajo, sombras famélicas en trajes a rayas cargando lastimosamente herramientas y cadenas; cerraron los oídos cuando los tiros resonaron en el gueto durante aquel 1943 en el que los nazis resolvieron “reducir el área” asesinando enfermos, niños y viejos, inútiles para trabajar; no escucharon entonces las voces de los chicos que sacaron de la escuela para fusilar contra un muro que todavía hoy tiene marcas de las balas, no escucharon los gritos de las madres, no olieron la mierda y el encierro detrás de la valla con que los nazis cercaron en su propia ciudad a sus propios vecinos. Cerraron los ojos después, cuando los trenes repletos, cuando el gueto quedó de pronto vacío. O los abrieron a medias, o no preguntaron mucho. O acusaron de exagerar al que se horrorizaba. O silbaron bajito. O dijeron y bueno. O ayudaron.
    ¿O acaso hoy es diferente? ¿Cuántos de los buenos turistas que caminan conmigo cierran los ojos o cierran los oídos? Yo no los cierro y sin embargo, ¿qué puedo hacer para evitar que en algún lugar del planeta (por ejemplo en Gaza), en este mismo momento, haya quienes se pregunten por qué, cómo se permite que ocurra, cómo pueden estar haciéndoles lo que les están haciendo? Acá está la hija o la nieta de algún sordo y ciego, trabajando: se gana honradamente el pan como guía de Auschwitz en la Polonia que felizmente ya no está invadida por los nazis, la Polonia de la Unión Europea y la hermosa Cracovia, centro turístico favorito de viajeros que ya fueron demasiadas veces a Praga o Estambul. Repite una vez más palabras que subrayan lo que no tiene subrayado ni palabra. Caminamos con ella por los campos de concentración Auschwitz 1 y Auschwitz 2 Birkenau, solcitados destinos para los que pueden pagarse viajes en el mundo entero, excursión que compramos por internet, unos 250 zlotys con micros de asiento reclinable y tremendo documental informativo durante el viaje de ida. En el de vuelta, la guía de la agencia nos recordará sonriendo que en Polonia no hay solo historias tristes y nos invitará cordialmente a no perdernos las minas de sal de Wieliczka. Sale justo una excursión esta misma tarde después del almuerzo, así que, como sorpresita que nos tienen preparada, la agencia nos pasará en este viaje de regreso un interesante video informativo sobre Wieliczka, , uno de esos mágicos lugares imperdibles que todo turista debe conocer.

Elsa Drucaroff (Buenos Aires)
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2 comentarios:

Alejandro dijo...

Estuve ahí en octubre del año pasado. Tuve ciertas sensaciones que no pude plasmar hasta días después. Pensé muchas cosas, y finalmente, escribi algunas escuetas líneas al respecto. Yo no llegué a deglutir esa rabia y espanto hasta canalizarla en el descontento social que percibo en este texto, sin embargo, fuera de ese sitio, en mi contexto cotidiano, constantemente estoy pensando cosas similares.
Estupendo post de reflexión.

Elsa Drucaroff dijo...

Gracias, Alejandro, hablé con otros que estuvieron en Auschwitz o en lugares por el estilo y sí, aparecen tarde o temprano estas "cosas similares"

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