ESCRITORES EN SITUACIÓN

El “diario” de Ángel Rama (1926-1983), por Miguel Vitagliano

En junio de 1973, mientras dictaba un curso de literatura en la Universidad Central, en Caracas, Ángel Rama supo del golpe militar en el Uruguay y ya no pudo regresar a su país. Así comenzó su carrera de profesor en el exilio, primero en Venezuela, después en EE.UU., y la escritura de un diario que llevaría hasta el año de su muerte, en la tragedia aérea en la que fallecieron también su esposa, la poeta Marta Traba, Manuel Scorza, y Jorge Ibargüengoitia. Una década en la que Rama habría de desarrollar las investigaciones de dos de sus obras mayores, Transculturación narrativa en América Latina (1984) y La ciudad Letrada (1984).
Llamaba al diario simplemente “cuaderno de notas”, temeroso acaso de cualquier engolamiento, o resistiéndose a la rigidez de lo que queda confinado a un solo lugar y a una sola “cosa”. Rama había construido su trabajo intelectual, y su vida, con el impulso de esa resistencia; es decir, proponiendo un diálogo constante entre lo particular y lo colectivo para que nada se encierre dentro de sí. Lo particular podría rastrearse en sus páginas bajo los nombres de “intimidad”, “yo”, un texto literario, la lectura y la relectura de una obra, el dictado de una clase; todas partes que presuponen un estrecho vínculo con un colectivo a veces denominado “historia cultural de Latinoamérica”, otras “sociedad”, o la literatura que permitía que cada texto fuera posible al mismo tiempo que la literatura se hacía posible con cada texto. De una palabra a la lengua; de un individuo a su comunidad, de una línea al sistema literario, de un silencio al bullicio, de la política del presente a la historia como proyecto transformador; y recorriendo esos caminos sin congelarse en un sentido único, desestabilizando antinomias y dogmatismos, incluso las que tendían a imponérseles como propias.

Lo mínimo en lo mayúsculo, y viceversa. Rosario Peyrou, en su cuidada edición de Diarios 1974-1983 (El Andariego/Trilce, 2008), comenta que los “cuadernos de notas” fueron manuscritos en dos libretas, una negra comprada en Caracas y otra roja comprada en EE.UU. Quizá no sea del todo aventurado leer ese detalle como un gesto más que señala ese tironeo productivo del proyecto intelectual de Rama. Pensado de ese modo acaso las páginas del diario no sólo puedan ser consideradas contrapunto de una obra realizada sino, y por sobre todo, un tester para los proyectos de los intelectuales latinoamericanos del presente. Ángel Rama es el profesor que se detiene a escribir sobre el entusiasmo compartido con sus alumnos ante los clásicos textos de Freud sobre la creación artística, al mismo tiempo que pergeña, junto con Leopoldo Zea, el monumental proyecto de la Biblioteca Ayacucho que reuniría más de 150 volúmenes de la cultura latinoamericana. La crítica atraviesa cada rincón, nada queda apartado del diálogo que tiene entre manos. Manifiesta la incómoda sorpresa de encontrarse en el ámbito académico estadounidense con profesores impermeables a la literatura, y no pierde la lucidez para reconocer lo que queda susurrando cuando, en una auspiciosa presentación pública en la Universidad de Harvard, se homologa su trabajo al de Frederic Jameson: se “estaba diciendo que ambos éramos ´outsiders´, respetables pero ajenos al movimiento central de los académicos que trabajan sobre literatura, quienes serían los que están realmente ´en la cosa´.”
En 1971, el “caso Padilla” lo había obligado a enfrentar el dogmatismo de cierta izquierda latinoamericana. La persistencia de esa “espina” -así la menciona en su diario- se le imponía en “los prejuicios que estos intelectuales ignorantes de la realidad social (…) provocan en las jóvenes generaciones que creen en ellos (porque son buenos escritores no porque sean políticos buenos) y están dispuestos a aceptar sus juicios.” Ese mismo año, 1980, se pronuncia a favor de la libertad del cubano Reinaldo Arenas, y se mantiene al tanto de su excarcelación y su vuelta a la escritura. Dos años después, cuando se le niega a Rama la visa de residencia en EE.UU. solicitada por la Universidad de Maryland, Arenas publicaría ya exilado en Nueva York dos artículos en su contra: “Á.R ´subversive agent´” y “Una Rama entre la delincuencia y el cinismo”.
Cortázar era para Rama el representante modelo de esos “intelectuales ignorantes”, aunque no por eso dejaba de leerlo. “¿Quién es hoy Gabo?”, se preguntaba sobre García Márquez en 1977, y no sin molestia, se respondía: “un animador o relacionador que opera entre los centros de poder político de la izquierda. Evidentemente eso le fascina, es su acción, y eso ha sido logrado con la literatura pero nada tiene que ver con ella.” De Cien años…, que releería para dictar dos conferencias en Maryland, apuntaba contra el “uso de los modelos lorquianos y nerudianos” que revelaba “un léxico imantado de surrealismo que se ha hecho convencional”. Consideraba que Los ríos profundos de Arguedas era la contracara perfecta de esa novela: “ilumina y no quema” y contiene “un don poético esencial, ríspido, original”. Aun así Rama no clausura sus perspectivas; lee en una noche “y sin soltarlo” el manuscrito de Crónica de una muerte anunciada: “Un fait divers admirablemente contado, con una precisión más austera que en los Cien años, utilizando los mismos recursos pero con más energía y concentración.”
La mudanza de Venezuela a EE.UU, a comienzos del 78, lo obligó a vivir entre dos ciudades, y constantemente en aeropuertos. ¿Qué hacer allí, se pregunta varias veces, sino fumar y escribir en las páginas de su libreta roja? Marta Traba, a menudo, permanece en EE.UU mientras Rama viaja a Caracas a concluir las obligaciones pendientes. Difícil les resulta a veces estar juntos, pero se mantienen unidos. Otra vez ella está en Bogotá y él en Texas, esperando un avión que se demora, y desesperado por la noticia de que Marta tiene un cáncer en el pecho y que resulta imperioso operarla de inmediato. Las comunicaciones han fallado, no es posible que posterguen la cirugía. “Escribir no me sirve de nada, y estar al borde de la borrachera tampoco”, anota: “Ella debe estar durmiendo, dopada, y debe haber pensado tanto en mí, debe haberme reclamado tanto.”
El año 81 ambos ya están instalados en Washington. Rama dicta clases en la Universidad Maryland. Sólo una vez escribió en su diario, dos páginas, a mediados de enero: “Estoy lejos de un diario. No siento necesidad de él, ni deseo”. Comenzó a utilizar su libreta roja como “un anotador” en el que redactaba cartas, compromisos de pago y algunos gastos. Ya no habría más libreta para el diario, lo que resta son hojas sueltas de otra libreta, aunque ninguna para 1982.
Imposibilitados de permanecer en EE.UU. y sin poder volver a Uruguay, aceptaron un trabajo en Francia. Vivir en tránsito.
Una nueva ciudad, una nueva casa. “Un nuevo disfraz”, escribió en una hoja incorporada a su libreta: “nuevos amigos, intereses, planes, nuevos libros y asuntos, nuevos gozos. No nuevo destino, para el cual no parece quedar tiempo; cumpliré 57 años el próximo 30 de abril.” Dificultades de trabajo de Marta Traba con la OEA por un artículo crítico sobre la tarea cultural de la institución.
No son más que tres páginas para 1983, antes del 27 de noviembre en que llegarían juntos por última vez a un aeropuerto.
Miguel Vitagliano (Buenos Aires)
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