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Palabras: «Fascinación», por Dardo Scavino


odavía se lo suele ver balancéandose como si nada en algunas cadenitas: el cuernito rojo, coralino, parecido a un ají picante, amuleto eficaz contra la envidia, la invidia de los romanos, mirada o, mejor aún, visión maléfica, dañina, capaz de ojear de un pestañeo a la persona envidiada. Esos cuernitos, de hecho, existían ya en la antigua Roma aunque fuesen más bien satyrica signa: figuras de penes llamados generalmente mutonia o fascina. Y estas imágenes fálicas podían aparecer colgando tanto de la cuna del recién nacido como del carro del general vencedor, sin que nadie sepa a ciencia cierta por qué preservaban a sus portadores de la perniciosa fascinatio o, como dirían los italianos hoy, del occhio jettatore. Pero lo cierto es que, a falta de este amuleto, o para afianzar su eficacia, los romanos recurrían al impudicus o verpus (gesto procaz consistente en cerrar el puño y estirar el dedo medius) o a la manum ficum (con el puño cerrado también pero deslizando esta vez el pulgar entre el índice y el mayor).
    Lo interesante es que el fascinado fuese, en aquel entonces, el observado y quien lo fascinaba, el fascinor, su espectador, como si, para los romanos, Casio no hubiese quedado fascinado con la imagen envidiable de Julio Cesar, sino éste, con la mirada envidiosa del conspirador (la tentación de ser envidiado, a fin de cuentas, es mucho más fascinante que la de envidiar). Pero ni siquiera hacía falta la intervención ocular para que la fascinatio operase. Existía también una fascinare lingua, y los hechizados, o encantados, no eran tanto las víctimas de habladurías maledicentes como los destinatarios de elogios exagerados. Las palabras incantamentum y sortilegus sugieren precisamente que los hechizos estaban asociados con el canto y el discurso (legus). Los sortilegios o los conjuros se tiraban, además, y de esta jactare sortes proviene precisamente el vocablo jettatura que va a terminar refugiándose en nuestra lunfarda yeta (tanto como el latín sors, suerte, en el francés sorcier y el inglés sorcerer, brujo). Los franceses hablan todavía de jeter un sort, o un charme, sustantivo, este último, derivado del carmen latino: poema, sí, pero también fórmula mágica. Tito Livio llamaba carmenes, incluso, a las órdenes de los generales, las declaraciones de los magistrados o las sentencias del pretor.
    Los romanos ya sabían que podían hacerse cosas con palabras, y a esta dimensión performativa del discurso la consideraban mágica. Bastaba con que una autoridad pronunciara ciertas fórmulas rituales, para que un pueblo vecino se convirtiese en enemigo, un ciudadano en magistrado, una pareja en matrimonio o un edificio en templo o escuela. ¿No había algo prodigioso en el hecho de que una persona, una vez declarada esposa o senador, nombrado tribuno o ciudadano, ungido con la dignidad de cónsul o embajador, empezara a conducirse en acuerdo con la nueva investidura? ¿No obraba como si estuviese bajo el influjo de un hechizo? El vocablo mismo que los romanos empleaban para referirse al destino, fatum, era el participio del verbo fari, hablar: se trataba de lo dicho, lo predicho o lo augurado.
    Jean Genet conocía bien esa dimensión de la palabra. Cuando tenía diez años, cuenta Sartre, “una voz declara públicamente: ‘Sos un ladrón’” y el juez lo interna en un reformatorio. “Para sobrevivir a mi desolación”, escribiría Genet en su Diario de un ladrón, “yo elaboraba sin prestar atención una rigurosa disciplina”. Y ésta consistía en decirle sí a cada acusación, por más injusta que fuera: “Necesitaba convertirme en eso de lo que me habían acusado.” Convertirnos en el personaje que los otros nos edosan, encarnar el destino, o la suerte, que nos tiran: la fascinatio, a lo mejor, consiste en eso, en esa tentación de responder a una interpelación familiar o social, sin importar si está tachándonos de delincuentes o trabajadores, inadaptados o responsables, indolentes o formales, inteligentes o lerdos. Y por eso tienen razón algunos pueblos cuando piensan que el destino de una persona se explica por un conjuro que le lanzaron de chico. Tal vez esta jettatura no sea sino la condición inexorable del sujeto humano, por más que en ciertos momentos, y sobre todo a cierta edad, lleguemos a imaginar que basta, para preservarse de tan potentes sortilegios, con hacerle fuck you a la familia y la sociedad.

Dardo Scavino (Bordeaux, Francia)
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1 comentario:

Vanesa dijo...

tam te basia multa basiare
versano satis et super Catullo est
quae nec pernumerare curiosi
possint nec mala fascinare lingua

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