PIES DE IMAGEN

Parque Indoamericano, por Miguel Vitagliano

Cándido López fue oficial del batallón de San Nicolás en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), la guerra en la que Argentina, Brasil y Uruguay se unieron contra Paraguay. El resultado de la contienda no pudo menos que ser oprobioso. Lo vencedores creyeron terminar con el fantasma de una amenaza y celebraron el fantasma de una modernidad en ciernes; uno de sus magros atributos fue la profesionalización del Ejército Argentino. Lo vencidos se enfrentaron con la realidad de haber perdido la mayor parte de su población masculina y centenares de niños, niños soldados abatidos o que quedaron tullidos tras los combates.
En Argentina se la suele mencionar como La Guerra del Paraguay, como si de soslayo se hablara de un asunto ajeno; en Paraguay se la llama La Guerra Grande, la sombra de un gigante que nunca empieza a terminar.
Cándido López era pintor antes que soldado, aunque al perder su brazo derecho en combate creyó que ya no sería capaz de volver a sostener un pincel. Tenía 26 años. Sin embargo, como dijera el Coronel Garmendia, uno de sus camaradas de armas, Cándido López “adiestró durante años su mano rebelde para el arte” y en 1885 expuso sus cuadros por primera vez. Todas imágenes de la guerra, instantes reconstruidos a partir de recuerdos y croquis realizados en medio de la campaña. Cuadros que se leen como narraciones en dos direcciones: en un recorrido de lectura se registra el movimiento de las fuerzas, las columnas de soldados dispuestos de manera estratégica, el hombre grupal ofrecido en panorámica; en el otro refulgen los fragmentos de historias individuales, cientos de escenas desgarradas de la historia colectiva, el hombre individual más allá de la pertenencia a un bando nacional. Un caído alza su brazo, parece pedir clemencia a otro que lo apunta con la bayoneta; un soldado sentado, como si mirara sin comprender lo que sucede; otro camina erguido después de la batalla cargando unas ropas sobre los hombros; alguien aún dispara luego de finalizado el combate; prisioneros; camaradas que se socorren a otros; un hombre que deambula entre el humo, el fuego, y los caídos, muertos desnudos, muertos con uniformes; heridos que tambalean al ponerse de pie; otro que parece pedir agua o un lugar donde morir; brazos en cruz, cuerpos de espalda, cuerpos de frente, brazos al pecho; escaleras caídas que suben a ninguna parte; alguien que arenga en el combate; pertrechos del combate; otro que contempla agazapado como si pudiera decidir solo el rumbo de la contienda; uno que sangra y busca algo a su alrededor.
Cientos de escenas que todavía hoy dicen lo que podamos leer.
El Coronel Garmendia, En la cartera de un soldado (1889), destacaba “la verdad histórica” de esos cuadros, el registro del hombre grupal, al resto le reconocía “fallas en el dibujo”, aunque lo disculpaba moderando que “a la distancia, no se nota tanto ese defecto.” Celebraba la “verdad histórica” que, sin embargo, era menos real que los desprolijos fragmentos del hombre individual.
¿En qué piensan cada uno de esos individuos? ¿Qué han soñado la noche anterior? ¿Qué están diciéndose aquellos otros? ¿Qué busca el que se asoma a un costado?
Cándido López también fue fotógrafo.
Pero la fotografía que tenemos delante no es de su autoría sino de un fotógrafo de la Agencia TELAM. Es una imagen de diciembre de 2010 del Parque Indoamericano, un predio de 120 hectáreas en el “Bajo Flores”, cuando fue ocupado por más de 13.000 personas, alrededor de 1.500 familias. Ante la falta de respuesta de los gobiernos a sus reclamos para conseguir un lugar donde vivir, decidieron tomar esas tierras. En la fotografía puede reconocerse el intento de parcelar el terreno. Los vecinos de Villa Lugano y Villa Soldati se enfrentaron con los ocupantes para expulsarlos y comenzó una batalla campal que dejó, al cabo de una semana, un saldo de tres muertos. Unos buscaban un lugar para vivir; los otros decían defender el espacio público de indeseables inmigrantes asociados con el narcotráfico.
El Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires avivó el fuego de la xenofobia refiriéndose a una “inmigración descontrolada” proveniente de los países limítrofes. Ante las inmediatas protestas accedió a pedir disculpas “a los hermanos bolivianos y paraguayos.” La Presidenta de la Nación, del partido opositor al Jefe de Gobierno, anunció que el país no ingresaría “al club de los países xenófobos”. Eso fue cuando la situación tendía ya a normalizarse entre el hombre grupal, porque en los días previos el combate entre los hombres individuales se libró ante la mirada inoperante de los funcionarios. ¿Le correspondía al Gobierno Nacional o al de la Ciudad dar las directivas? Apenas se agudizó el conflicto el 10 de diciembre, el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, responsabilizó a ambos gobiernos de no asumir medidas efectivas antes la crisis: "Hay decisiones políticas que se tienen que tomar. Es preocupante esta situación, como las declaraciones de Macri (Jefe de Gobierno de la Ciudad) contra la inmigración. El Gobierno (Nacional) no tomó medidas".
El conflicto terminó el 17 de diciembre, con nuevas promesas.
Sólo a veces las palabras nos visten, lo que hacen todo el tiempo es desnudarnos. Porque es difícil llamar “parque” a esos terrenos sin quedarnos a la intemperie. Fue en 1993 cuando Carlos Louzán, por entonces concejal de Buenos Aires por la UCR, propuso bautizar con el nombre de Parque Indoamericano a esos terrenos que durante largas décadas habían sido un enorme basural, y ordenó su inmediata forestación. Los 4000 árboles plantados trataron de sobrevivir en una superficie que venía recibiendo a diario (La Nación, 3/8/1999) 500 contenedores de desperdicios. Al promediar los 70, el “Bajo Flores” ya se había convertido por su extensión, como sostiene Oscar Oszlak, “en el segundo basural del mundo después del de la ciudad india de Bombay”, ocasionando por las quemas de residuos “la difusión de enfermedades infecciosas y la contaminación del aire” (Merecer la ciudad, CEDES, 1991). En 1978 el intendente de la dictadura, Cacciatore, ensayó una solución global para la zona: proyectó la construcción de una suerte de Disneylandia en los alrededores que, además de un enorme parque de diversiones, contendría el Jardín Zoológico de Buenos Aires en lo que hoy es el llamado Parque Indoamericano. Del proyecto sólo quedó construido el parque de diversiones, Interama, y unos “piletones” que alimentarían las especies botánicas que nunca se plantaron; el intendente renunció en 1982 tras acusaciones de defraudación.
En El fiscal (1993), una novela de Roa Bastos escrita en torno a La Guerra de la Triple Alianza o La Guerra Grande, puede leerse: “La memoria del pasado es todo el futuro que nos queda”. Debería ser otro, debe ser otro el futuro.
¿Hacia dónde va el individuo que se aleja en el camino? ¿Quién dormirá bajo ese toldo naranja, o bajo el nylon celeste, no el primero sino el último que alcanza a divisarse? ¿Alguno de lo que están en la fotografía mira el tren que no deja de pasar junto al Parque Indoamericano?
Miguel Vitagliano (Buenos Aires)
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2 comentarios:

Federico dijo...

Muy bueno el texto Miguel, realmente me emocionó. Algunas sensaciones que me surgieron: hace poco me enteré de que varios investigadores del arte argentino afirmaban que Cándido López realizó muchos croquis en la guerra, sin embargo la gran inspiración para sus paisajes y las formaciones de las escuadras las tomó de varios de los daguerrotipistas y fotógrafos contratados para registrar el armisticio. Incluso se dice que hasta vio las imágenes tomadas por el primer globo aerostático que surcó suelo argentino (uno contratado por los brasileros) para el modelo de sus pinturas. Además él mismo era daguerrotipista como vos bien decís. Y sí, es cierto que la imagen que se encuentra al comienzo de este post parece de él. Incluso hasta la historia que narrás parece repetirse en el museo de Bellas Artes ya que los cuadros de nuestro Cándido se hallan entre medio de “Sin pan y sin trabajo” de Cárcova (imagen de la lucha por los derechos si las hay en Argentina) y los cuadros de Prilidiano (el de Manuelita Rosas sobre todo). Parece que a cada costado, las imágenes de la guerra en Argentina siempre se escoltan por la oligarquía y la lucha por los derechos que se reclaman justos. Por último, con respecto a Interama, ahora cerrado y abandonado, siempre me fascinó una historia que según los mitos urbanos fue pensada por los milicos: la famosa Torre de Interama (esa que se ve desde todos los wines de la capital y desde la cual se ve hasta la costa uruguaya) fue pensada como un símbolo de la lucha por el exterminio de la subversión: es la espada, el mosquete militar (también usado en el Paraguay) clavado en el centro de la ciudad que dice, que representa: Vencimos. En fin, no los veo tan simbolistas a estos tipos, pero la imagen de la torre desde que me contaron la historia nunca volvió a ser la misma. Un saludo Miguel y te felicito nuevamente por lo que escribiste. Nunca no nos fuimos.

Escritores del Mundo dijo...

Federico: Es cierto lo que señalás sobre la prolangación del relato en el museo de Bellas Artes. Lo de la torre de Interama no lo sabía y es impactante. Me gustaría tener más datos. Muchas gracias. MV

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