APUNTES

El juguete rabioso, por Fermín A. Rodríguez


1. El juguete rabioso

La imagen es una fábula muda. El animal de juguete tiene una cabeza muy grande con forma de jarrón, fuertes mandíbulas y hocico aplastado, más esa mirada opaca y misteriosa que John Berger encuentra en los ojos de un animal no domesticado. Como es un anfibio, las fosas nasales, los ojos—dos puntos negros--y las pequeñas orejas están casi sobre un mismo plano, apenas inclinado, lo que le permite, en su hábitat natural, sumergirse en el agua durante horas sin dejar de respirar ni de acechar. El cuello es corto, robusto y arrugado; el cuerpo liso y enormemente grueso, con forma de barril, como una figura de Fernando Botero. Pero es un juguete realista, plantado firmemente sobre cuatro patas cortas y regordetas, mirando inexpresivamente por encima del hombro a una maraña apretada de siete mil soldaditos amontonados unos junto a otros en un bloque compacto y rectangular, como un Leviatán aplastado, sin cabeza.


    Todos, sin excepción, lo están apuntando. No hay entre los muñequitos ningún orden, nada que se asemeje a una formación militar o a un pelotón de fusilamiento. Parece un nido hirviente de insectos, encuadrado por paredes invisibles. Forman un enjambre, un amontonamiento, una multitud hormigueante erizada de fusiles diminutos, como si fueran antenas.
    La diferencia numérica entre las dos figuras es absoluta: de un lado, una extenso plano rectangular de miles de cuerpos minúsculos enredados unos con otros, como una bestia de mil cabezas; del otro, un solo punto, gordo y voluminoso sobre el que converge una escena donde la jerarquía humana sobre la vida animal aparece espectacularizada. Sin embargo, el todo no carece de equilibrio. Es menos un campo de exterminio que de batalla, un duelo entre cuerpos que se enfrentan por encima del abismo interespecies, un cruce de miradas que excede la simple objetivación del animal por parte del hombre. Un animal va a morir acribillado, pero retengamos nuestras lágrimas: la vida es el precio que generalmente se paga por sobrevivir.

La instalación pertenece al artista plástico Camilo Restrepo Zapata y se llama “Bloque de búsqueda”. (1) Fue montada por primera vez en el año 2010, en Medellín. El animal en miniatura es un hipopótamo africano, pero no está allí posando en representación de la especie. Se trata de Pepe, uno de los narco-hipopótamos del zoológico privado de Pablo Escobar, el narcotraficante más famoso del mundo acribillado en 1993 en una azotea de Medellín. Dieciséis años más tarde, Pepe terminó como su dueño, asesinado por los disparos de un grupo de soldados que posaron triunfalmente alrededor de la bestia muerta en una foto que en 2009 indignó a la opinión pública colombiana.

El título que eligió Restrepo refuerza precisamente la identificación de Pepe con el narcotraficante más famoso del mundo: “Bloque de búsqueda”—explica el texto que acompaña la instalación--, era justamente el nombre del grupo de élite creado por el ejército y la policía colombiana “para dar caza a Pablo Escobar”.

La muerte del hipopótamo Pepe fue un acontecimiento mediático que movilizó a la sociedad civil colombiana. Pepe era un macho joven de cuatro toneladas, descendiente de una de las seis parejas originales de hipopótamos que Pablo Escobar Gaviria, en un gesto soberano de exceso y de derroche, se había hecho traer ilegalmente de África para poblar el parque de la Hacienda Nápoles de jirafas, gacelas, cebras, canguros, leones, tigres, elefantes, cocodrilos y hasta réplicas de tamaño real de dinosaurios. (El dato repite la correspondencia que John Berger encuentra entre el realismo de los animales de juguete y el establecimiento de los primeros zoológicos públicos, surgidos en la misma época). En compañía de su pareja, Pepe abandona su condición de objeto de lujo y huye de la hacienda y del mal humor de Pablito, el hipopótamo alfa de la horda, un viejo cacique de casi cinco toneladas, violento e impredecible como su antiguo dueño. Afuera de las leyes de su clan, el animal encontró una salida y, en condición de renegado, llevaba viviendo más de dos años en el río Magdalena, a ciento cincuenta kilómetros del parque diseñado por los paisajistas de Escobar a imagen y semejanza de las sábanas africanas. Ni las autoridades provinciales ni los ambientalistas sabían muy bien qué hacer con los hipopótamos, una especie invasora que, según los especialistas, sin predadores naturales, amenazaba multiplicarse sin control en un ecosistema ya lo suficientemente quebrado por la guerra entre carteles de droga, la violencia de los grupos paramilitares, las masacres y desplazamientos forzados de poblaciones campesinas.
    Pescadores de la zona del Magdalena Medio habían denunciado haber avistado en el río a un monstruo parecido al del Lago Ness, pero en general los habitantes de la región aseguraban que el animal era manso y que no hacía nada, más que matar alguna que otra vaca o destrozar alguna cerca. Pero había que hacer algo, y el estado decide intervenir en defensa de la propiedad privada y de la vida de los ganaderos y pescadores que no comprendían el peligro al que estaban expuestos(2). Décadas de guerra sucia contra la guerrilla le habían enseñado al estado a ponerse al margen de la ley para matar sin cometer asesinato. La pena de muerte no se hizo esperar. Los significantes siguen girando, y un funcionario de Medio Ambiente llamado también Escobar otorgó un “permiso de caza de control” que autorizaba a dos cazadores alemanes, altos ejecutivos de la multinacional Porsche en Colombia, a ir tras los pasos de Pepe y familia para sacrificarlos en nombre de la seguridad ecológica de la región. En compañía de un brigada del ejército colombiano, el Bloque de búsqueda salió tras el rastro de Pepe. Sus horas estaban contadas: es un animal y, por lo tanto, incapaz de mentir, de fingir fingir, de borrar su rastro, de ocultarse disimulando sus propias huellas. Pepe muere poco después de varios disparos de rifles de larga distancia limpios y precisos al corazón y a la cabeza, pastando tranquilamente en el vacío jurídico creado a su alrededor.
    La protesta de instituciones ambientales y la reacción y movilización en la calle y en Internet de la clase media conmovida por el sacrificio de Pepe impidió que su pareja y su cría corrieran la misma suerte. Al grito de “Salvemos a los hipopótamos de la Hacienda Nápoles”, cientos de manifestantes–muchos con máscaras de hipopótamo–marcharon hacia el Ministerio del Medio Ambiente en nombre de los derechos sagrados de la vida, exigiendo la revocación de la sentencia de muerte. Sensibilizado por la crueldad del ejército y por el destino de víctimas de los inocentes animalitos, el capital privado no dejó pasar la ocasión de exhibir su rostro humano. Una de las cerveceras más grandes de Colombia, Bavaria (obsérvese que el rasgo alemán insiste en la anécdota), se ofreció a financiar las tareas de captura y traslado de los animales de regreso a los estanques artificiales de la hacienda Nápoles. Un periodista calcula que el costo de la operación ascendía a 40 mil dólares por cada hipopótamo, una suma más que considerable en un país fracturado por el crecimiento explosivo de la división y la exclusión social.
    Pero el hipopótamo de la instalación de Restrepo excede la lógica referencial, desbordada por un sentido indeterminado que reenvía a otra cosa. Detrás del muñequito de plástico se mueven otras figuras que habitan a Pepe como espectros. De hecho, Pepe nunca fue simplemente Pepe. Vagamente totémica, el cadáver del hipopótamo es una representación negada de Escobar, el narcotraficante muerto. Restrepo observa que los militares que participaron de la cacería descuartizaron a Pepe tal como los paramilitares suelen descuartizar a sus víctimas. “Fue como una venganza contra Escobar”, comenta Restrepo a propósito de un asesinato que repite como farsa la muerte del jefe del cartel de Medellín. Pero Pepe también es un “falso positivo”--las víctimas civiles del conflicto armado, simples campesinos que el gobierno hace pasar por guerrilleros o narcos, blancos indefensos de la represión estatal. (3) Sin pasar por alto que los narcotraficantes enemigos de Escobar, que colaboraron con las fuerzas de inteligencia colombiana en su captura, se hacían llamar “los Pepes”, los Perseguidos por Pablo Escobar. Juguete de la historia colombiana más reciente, el hipopótamo de Escobar es presa de una apretada red de sentidos sociales que lo recubre hasta volverlo invisible. Pero comencemos por el animal.

2. El retorno del animal a la política

En diálogo con las imágenes que circularon por la esfera pública, la instalación de Restrepo localiza un síntoma de nuestros tiempos: el retorno del animal al campo de la imaginación política y estética. Es curioso, pero en un sociedad donde el discurso de la seguridad asfixia la vida cotidiana y la llamada guerra contra la droga y el terrorismo se vuelve una relación social permanente, ¿por qué la muerte de Pepe toma relieves fabulosos? ¿Qué es lo que la vuelve excepcional, lo que convierte la muerte insignificante de un animal en el crimen que contiene todos los crímenes? ¿Qué tiene que pasar para que la muerte de un animal, esa muerte para algunos sin muerte que define al animal, quede elevada a la condición de antagonismo fundamental? ¿Un animal tiene que morir para que los mecanismos de la legitimación de la violencia se interrumpan y se vuelven objeto de crítica? ¿Qué lógica política produce y hace circular una imagen semejante, donde el poder se abate sobre una vida indefensa y desechable convertida en objeto de persecución criminal, eliminación física y abandono jurídico?
    Puesta en escena política y antropomórfica, la imagen de la muerte del hipopótamo de Escobar circuló por la esfera pública como una fábula en la que, por una productividad ética propia del género, la muerte del animal, en su precariedad y desamparo, se aplica a la vida humana. ¿Qué es lo que captura esa imagen? En principio, como parte de una larga tradición de iconografía del poder, la imagen fotográfica exhibe una jerarquía que se afirma en el uso de un poder tecnológicos avasallante abatiéndose sobre la naturaleza indefensa del animal, blanco de una dominación absoluta por parte del hombre que en nombre de la vida elimina a un animal. Pero la escena gira sobre sí misma: frente a la brutalidad inhumana y bárbara de la maquinaria militar, lo humano parece localizarse como un residuo en el cuerpo inerte de la víctima, que la vuelve objeto de compasión. En efecto, frágil y agonizante, la masa amorfa del cuerpo sacrificado del hipopótamo queda investida de valores que lo inscriben de manera más o menos transparente en un campo donde el derecho a la vida del animal se desliza de manera inquietante hacia el campo de los derechos humanos—esto es, el derecho a tener derechos o el derecho simplemente a sobrevivir, a estar vivo. Se trata menos de una oposición que de una declinación máquina-animal-hombre que culmina en el cadáver—un cuerpo muerto, inmenso y pesado, objeto de la cacería, donde la máquina, el animal y el hombre se humanizan y deshumanizan vertiginosamente a través de un umbral de indistinción.
    Lo que ha sido llamado biopoder, el poder que busca controlar la población y regular todos los aspectos de la vida, trabaja precisamente sobre ese umbral variable entre lo biológico y lo social, produciendo históricamente una serie de estriamientos sobre la superficie de lo viviente a lo largo de los cuales se decide qué vidas merecen ser vividas y qué muertes no valen la pena. Naturalizado por un poder que invade la vida cotidiana y coloniza la vida del cuerpo, el hombre parece ser hoy una especie amenazada, mera masa de carne y huesos, víctima de violencia y abandono u objeto de protección y asistencia humanitaria. La noche del cuerpo animal de la especie parece haber caído sobre el sujeto político libre y consciente del humanismo moderno, y hoy el hombre, en inquietante continuidad con el animal, solo puede concebirse como vida desnuda, deshumanizada, despojada de todo poder, incapaz de actuar políticamente o de articular una demanda de igualdad en un lenguaje que sea algo más que la mera expresión de dolor o sufrimiento.
    Una versión digamos “clásica” de la anécdota, hubiera mostrado a un Pepe politizado, lleno de vida y de furia, comportándose como humano, arriesgando la vida, buscando la libertad, apropiándose de un territorio, desafiando la autoridad, poniendo en tela de juicio la ley de la manada, etc.. Según la política de la fábula contemporánea, en cambio, Pepe es un animal lastimoso reducido a la condición de pura víctima, objeto de ayuda y compasión. La antropomorfización propia de la fábula y su política de las especies, que humanizaba a los animales y los dotaba de logos, queda invertida por un zoomorfismo generalizado que sólo puede concebir la vida humana en la figura de la vida desnuda de un animal indefenso expuesto a la violencia soberana. Así, en nombre de un humanismo despolitizado que reduce la vida a una inocencia que es impotencia, la compasión por la muerte de Pepe terminan siendo cómplices del poder deshumanizador que deja la vida al desnudo, después de haberla empujado y abandonado en el límite de su resistencia.
    El hecho de que el tableau de Restrepo disponga de un animal todavía vivo, a punto de morir pero vivo, transforma la economía general de la escena, aunque el mecanismo de animalización de lo humano se mantiene intacto. En “Bloque de búsqueda”, el hipopótamo no es todavía un objeto cadavérico bajo la mirada de un poder soberano que se afirma en el dominio y la apropiación brutal del animal. Se trata de un encuentro que tiene tanto de enfrentamiento como de reconocimiento mutuo, de narcisismo, de complicidad, de fascinación especular. Son dos juguetes rabiosos frente a frente en un campo de batalla, dos soberanías en guerra, dos modos de estar afuera de la ley: por un lado el cuerpo ominoso del ejército, el “Bloque de búsqueda” estatal, maniobrando maquinalmente en el campo de la excepción al que, bando de por medio, había sido arrojado el hipopótamo por una decisión soberana; por el otro, el animal renegado ciego de furia que rompió con la ley de la comunidad de sus congéneres para convertirse en una fuerza descontrolada lanzada con violencia contra cualquier obstáculo que se le oponga. La soberanía se representa como una fuerza bruta desnuda, identificada con un animal salvaje y peligroso, detrás del cual se asoma el narcotraficante. Ambos “son gorditos, lampiños, extremadamente agresivos, no particularmente inteligentes pero muy fuertes, y todo lo que hacen es por territorio y por hembras”—observa Antonio von Hildebrand, director de Pablo’s Hippos, un documental que encuentra en la historia de los hipopótamos la repetición en clave de farsa de la vida y la muerte de Pablo Escobar. (4)
    En cualquier caso, como vida nuda e indefensa o como fuerza bruta avasallante, como violencia eafuera de la ley o como vida precarizada reducida a la condición de residuo eliminable, el animal ronda la estructura de un tipo de poder que, por encima de las leyes y en nombre de la seguridad y del mantenimiento del orden, está en guerra con la vida misma de ciertos grupos abandonados a su suerte en una zona liberada tanto de la protección como del control del estado. Ambiguo, el gobierno de la vida en las sociedades de mercado tiende a una política de la muerte que se inscribe en la imaginación pública bajo la figura inestable del animal feroz o lastimoso. Donde hay animales sueltos, hay miedo y necesidad de seguridad. Acusación más que descripción, la retórica del animal aplicada a un enemigo intangible y sin forma es una suerte de llamado que sirve para darle cuerpo a aquello de que el poder supuestamente nos salva: la droga, el extremismo, la corrupción, la inmigración ilegal. Arma apuntada contra lo no representado por la política neoliberal, el llamado animal sirve para producir vida desnuda, expuesta a un tipo de violencia que pisotea la ley y no respeta ningún límite. Palabra o imagen sin referente, usada como acusación más que como descripción, el animal es, paradójicamente, un mecanismo de legibilidad y de captura. Hay que evitar la tentación de llamarlos.

Fermín A. Rodríguez (Buenos Aires)


(1) Las imágenes de la instalación pueden verse en la página de Camilo Restrepo Zapata, http://www.camilorestrepoz.com/
(2) Ver José Alejandro Castaño, “¿A dónde van dos hipopótamos tristes?” Periodismo narrativo en Latinoamérica 5 Jun 2010. http://cronicasperiodisticas.wordpress.com
(3) Ver Emilio Ruchansky. “El pibe bazuco.” Página 12 [Buenos Aires] 31 Oct 2010.
(4) Ver Verónica Calderón, “Los hipopótamos de Pablo Escobar.” El País. Web. 1 Mar 2011.
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