PIES DE IMAGEN

Siameses, por Miguel Vitagliano

Simplicio y Lucio Godino fueron los siameses filipinos –estaban unidos por un cartílago en sus espaldas- que en 1928 se casaron con las gemelas Victoriana y Natividad Matos en una boda a toda pompa en la ciudad de Manila. La foto parece evocar aquello que Sigmund Freud había escrito en una carta en los albores del psicoanálisis: “Empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas.” Desde luego que Freud no se refería a lo que la foto habría de mostrar sino a lo que toda historia de amor murmura mientras quiere creer algo diferente. Así lo entendió el novelista Lawrence Durrell cuando colocó la cita como epígrafe al primer volumen de Cuarteto de Alejandría, seguida de otra del Marqués de Sade, jamás leída por los siameses filipinos aunque les susurraba al oído: “Hay dos soluciones posibles: el crimen que nos hace felices, o la cuerda que nos impide ser desdichados”.
Nacidos en Filipinas en 1908, los siameses Godino viajaron a los 11 años a EE.UU y consiguieron trabajo en las ferias de atracciones de Coney Island. No siempre concitaban la misma atención que los lanzadores de fuego, el hombre bala o la mujer barbuda, es que su extraña manera de ser dos se parecía mucho a la triste figura de ser uno. Llamaron la atención, eso sí, de la Sociedad de Prevención a la Crueldad de los Niños que insistió para que Lucio y Simplicio estuvieran bajo la guarda de un adulto. Un acaudalado filipino de viaje por Nueva York, Teodor Yangeo, decidió a adoptarlos y los llevó de vuelta a Manila. La suerte de los siameses cambió notablemente en Filipinas; de la noche a la mañana los Godino se volvieron la más sorprendente atracción en los colegios y clubes de la elite, todas las miradas se dirigían a ellos para verlos nadar y patinar, pegados el uno al otro como si fueran la viva encarnación de Paolo y Francesca en el Inferno de Dante. El mundo se les imponía como una gran feria de atracciones y ellos eran sus estrellas. Una noche, regresando de una fiesta, Lucio iba al volante del auto y tuvieron un accidente. La policía ordenó cinco días de cárcel para el conductor, notablemente alcoholizado, pero enseguida la justicia lanzó la voz de alarma: no se podía condenar a un inocente, era Lucio el que había cometido la infracción y no Simplicio, por qué entonces debía recaer en él un castigo que le pertenecía a otro.
Día tras día los Godino descubrían que eran tan únicos que nadie jamás llegaría a entenderlos. Es más, aun cuando decían comprenderlos los pensaban separados, porque ellos eran uno siendo dos y dos siendo uno, igual que el plural de las palabras que hablaban en español, inseparables, y no como las cosas que son habladas. Teodor Yangeo era su protector, les había dado la mejor educación aunque sin haberlos entendido. Impulsados por esa convicción fue que decidieron casarse con las gemelas Matos, casi tan buenas patinadoras como ellos y tan parecidas para recordar y olvidar al mismo ritmo cuando empezaba el cuerpo propio y el ajeno. Imágenes dobladas para un amor multiplicado, la mujer que se escapa al otro lado de la cama y a la vez se queda de este lado, el cuerpo contemplado y el imposible cuerpo poseído, como en la novela de Durrell: “el deseo de estar junto al objeto amado no responde al anhelo de poseerlo, sino al de que dos experiencias se comparen mutuamente, como imágenes en espejos diferentes.” Después de la boda, la pareja de cuatro cortó los lazos con la buena fortuna de su protector y se fueron a Nueva York. No aceptaron llevarse ningún dinero, querían vivir con lo que ganaran como artistas. Pero ni siquiera tuvieron que decírselo el uno al otro, apenas si conversaban Simplicio y Lucio entre sí. Durante un tiempo hicieron furor con su número de baile y patinaje; eran una pareja de amantes y sus fantasmas sin que jamás quedara en evidencia para el público a quiénes les correspondía cada papel.
Lo difícil para los Godino era soportar lo que sucedía antes y después de cada actuación. Querían estar a solas y no podían, Natividad o Victoriana siempre estaban rondando por la casa, si no era una era la otra la que se acercaba a interrumpirles la conversación que la mayoría de las veces estaba repleta de silencio. Salían solos para estar juntos pero no resultaba la mejor solución; cuando regresaban debían responder preguntas para las que ellos carecían de respuestas. Ir a nadar, en cambio, los dejaba a resguardo, y libres. Los Godino nadaban a diario, a veces dos o tres horas seguidas sin importar las temporadas del año. En el invierno de 1936 Lucio contrajo una pulmonía. Durante las dos semanas de internación, mientras la enfermedad se tornaba cada vez más grave, no dejaron un instante de hablar, caso curioso. Se dormían y se despertaban hablando, como nunca antes lo habían hecho. Quizás fuera la manera que encontraron para no descubrirse pensando en la separación que aproximaba. Lucio murió a fines de noviembre. Simplicio fue operado y sobrevivió apenas doce días, en ese tiempo apenas si balbuceó alguna queja; la mayoría de las veces, según dicen, hacía muecas de dolor pero sin emitir sonido.
Miguel Vitagliano (Buenos Aires)
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