ESCRITORES EN SITUACIÓN

Inmoralidades, por Guillermo Korn


La tapa de este libro bordea lo cursi. Se titula Este pueblo necesita… y tiene una ilustración con un hombre y una mujer “en una de esas actitudes que la gente llama equívoca y que no dan lugar a equivocaciones”, al decir de Ignacio B. Anzoátegui.
    Tal conjunción supone una novela erótica. Es llamativo. Se sabe que Manuel Gálvez, el autor de este libro, era un escritor católico. No tan sacrílego como para proponer, en el año del Congreso Eucarístico, que este pueblo aumentara los índices poblacionales o tuviera más sexo.

Unas páginas alcanzan para darse cuenta que algo no cuaja. Los capítulos son: ser joven, patriotismo, un sentido heroico de la vida, una reforma moral, ideales e idealismo, orden y disciplina, jerarquía, realizaciones y no política, practicar la justicia social y autoridad. Por si no alcanzara, de yapa, “Posibilidades del fascismo en la Argentina” como apéndice.

Este pueblo necesita… permite postular a su autor como vocero de las voces silenciadas: “Yo advierto la catástrofe y doy un grito…” Su combate contra el mal requiere dar el paso a la acción. Pero duda: ¿habrá un número significativo, cien mil personas, “que hagan circular estas ideas y quinientos mil” que las pongan en práctica? Gálvez propone un patriotismo verdadero, no meramente retórico, como el que se envanece del país de rastacueros ignorantes y audaces, que creen que la grandeza se consigue sólo con vender carnes y cereales. Un eco lejano del Sarmiento que denunciaba una “aristocracia con olor a bosta”, cuya respetabilidad provenía de la “procreación espontánea de los toros alzados en sus estancias”.

La vehemencia de la conclusión final nos deja sin aire, nos ahoga: “…será urgente la mano de hierro del fascismo, violenta, justiciera, salvadora.”

Algunos de estos artículos habían aparecido en La Nación, hasta que unas líneas –mochas– provocaron el enojo del autor de Nacha Regules. El diario tenía sus antecedentes: a Carlos Alberto Leumann, por mencionar a la virgen, lo habían echado unos años antes. Gálvez, malicioso, dice sobre Eduardo Mallea, a quien responsabiliza por el tronche de su texto: “¿Recordará él ahora el haber experimentado alguna vez simpatías por el fascismo?” Y aunque machaca con Mallea, será ecuánime con el cupo femenino. Incorpora, en sus memorias, a Victoria Ocampo y a María Rosa Oliver como parte del tandem de escritores que abjuraron de esas simpatías. Manuel Gálvez aparece en este libro menos como escritor que como un formador de opiniones, con definiciones generales y vacuas: “somos un pueblo de gentes escépticas”.

El moralismo embebe estas páginas, como aquellas otras de veinticinco años atrás. Las de El diario de Gabriel Quiroga. Allí el tango era sinónimo de cosmopolitismo, de “música híbrida y funesta”, acá lo elogia por colorido y sentimental. No falta el correspondiente pedido para que se evite que los jóvenes conozcan esas letras que hablan de “vicios, de ‘orgías’, de los más bajos placeres”. Semejantes a la imagen que ilustra la portada del libro. No la original, claro. Sino la que se usó cuando alguien, fundida la editorial, quiso tentar al incauto lector con una inmoralidad que no era, precisamente, la sugerida en sus páginas.

Guillermo Korn (Buenos Aires)
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1 comentario:

laura podetti dijo...

Si es cierto somos un pueblo de escépticos, los descendientes de inmigrantes porque sus padres vinieron a hacer la América y se vieron frustrados. Otros, al contrario, se enriquecieron y nunca debieron trabajar, claro no creen en nada que no sea dinero. Los criollos e indígenas no creen en los blancos. Rodolfo Kusch lo explica muy bien. Pienso que Gálvez, el 1er. escritor argentino que vivió de su obra, animador cultural, creador de revistas, una como Ideas, emprendimientos editoriales, candidato argentino al Premio Nobel. Gálvez, cuya mujer Delfina Bunge fue echada del periódico catolico El Pueblo por elogiar el 17 de Octubre, merece otra crítica, más contextual.

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