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Irse, por José María Brindisi


entro de un par de semanas encaro mi mudanza número veinte. No exagero, ni soy impreciso: las conté. Si no me equivoco, lo hice la última vez, es decir hace cinco años. Para otros es un ratito; para mí, muchísimo tiempo, una estabilidad a la que no estoy acostumbrado. Con esa obsesión o rigurosidad que a veces ni me deja dormir, conté sólo las mudanzas que hice con muebles, o al menos con la mayor parte de mis cosas. Recuerdo que en los comienzos de nuestra relación, mi mujer y yo paseábamos en auto por Buenos Aires; yo le señalaba los distintos lugares en los que había vivido y ella pensaba, entonces, que se trataba de una broma. Floresta, Almagro, Once, Barracas, Caballito, Villa Crespo, Barrio Norte, Palermo, La Lucila, Saavedra, Abasto, Villa del Parque, Colegiales, otra vez Almagro, otra vez Floresta, otra vez Caballito. Después le señalaba las casas de los padres de mis amigos de la infancia o el comienzo de la adolescencia, ahí donde todo empezó, o todo empezó de nuevo.
    Decía que hice la cuenta hace cinco años. Nos veníamos a Parque Chas, con una hija de un par de semanas. Yo estaba recibiéndome definitivamente de adulto: compraba una casa, era padre, por esos días aprendí a manejar. Esa mudanza, o más exactamente esta casa que separa mi mudanza diecinueve de la veinte, no va a parecerse a ninguna. Esta es la casa de Franca, la que por ahora abarca toda su vida, y la mayoría de nuestros recuerdos como familia. Voy a arrancar las fotos que pegué en las paredes de mi escritorio -Franca en el campo, Franca sonriéndole a los elefantes, tirándome un beso desde su bañera, asomándose pícara entre los postigos, sacando músculos en una playa de Río, con casco de ciclista y una Barbie, con su madre protegiéndose del sol marplatense-, voy a sacar esas fotos, las voy a llevar conmigo, pero me pregunto hasta qué punto los recuerdos lucharán entre quedarse e irse, en qué medida se transformarán, hasta dónde dejarán que el tiempo se los lleve a donde quiera, incluso que los abandone en el desierto.
    Conté diecinueve mudanzas en aquel momento, pero en verdad sólo fui hasta donde mi memoria me lo permitía: el departamento de Mitre y Pasteur en el que viví como siete años, también una estabilidad desmesurada pensando en lo que vendría. Antes de eso, apenas tengo palabras o frases aisladas. Hay incluso un hotel, “el hotel de los gitanos” en el latiguillo de mi madre en la memoria, que como tantas otras cosas es parte de ese pasado remoto que incluso mis amigos más próximos desconocen. Supongo que ése es el límite de nuestra intimidad. Un límite que acaso yo mismo elegí, y que me permite ubicar los recuerdos donde prefiero, construir mi ánimo a partir de aquello que necesito, y no lo que el pasado me impone.
    De ese departamento de Once fuimos, con mis viejos, a otro en Paraguay y Pueyrredón, luego a otras casas que no podíamos pagar pero pagábamos durante un tiempo, luego a un departamento en Almagro, en la esquina de Díaz Vélez y Billinghurst, que fue el último en el que estuvimos todos juntos. Pasaron veinticinco años, pero los recuerdos llegan a montones. Por supuesto: la mirada perdida de mi viejo, las palabras que no encontraba mientras se lo llevaban en una silla, las palabras que ya nunca logró encontrar. Por supuesto: las peleas con mi vieja durante el año y medio posterior, antes de que también ella encontrara su fin.
    Después: el departamento de mi madrina que abandoné una madrugada en Caballito, el retorno a Floresta, el lujurioso exilio en zona norte, el salto a Barracas cuando me sentía cerca de convertirme en Lou Reed (o en Jack Kerouac). Alguna casa en la que tuve hambre y fui feliz, a veces todo junto y a veces por separado; otra en la que sólo fui feliz; otra en la que pasé muchísimas noches hablando solo, sin estar seguro de que no fuera una estación de tránsito a la locura, y al final renací. Otra en la que viví dos veces, y en el medio perdí toda mi biblioteca en un incendio.
    En algún momento, sin duda envalentonado por los viajes que había hecho al sur en los últimos años, imaginé una suerte de vida ideal allí, o en algún otro sitio en el que hubiese poco y nada. Hace tiempo que dejé de mentirme a mí mismo, de ver las imágenes de esa película. De alguna manera, todas esas mudanzas han hecho que la ciudad entera me pertenezca. Sé cuánto necesito pegarme contra las paredes, construir recuerdos y recuerdos que se amontonen, llenar mi vida de certezas que no puedan huir hacia donde la vista no alcance.
    En unas semanas dejo Parque Chas y me voy, o vuelvo, a Villa del Parque. Apenas a unas cuadras está Floresta, a la que vuelvo siempre. Otra vez me pregunto qué dejo en el camino, qué partes de mí mismo. Hacia dónde voy: qué es lo que estoy abandonando, qué es lo que deseo encontrar. Si los fantasmas del pasado y los del futuro podrán convivir en paz.

José María Brindisi (Buenos Aires)
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3 comentarios:

Anahí Flores dijo...

No te sorprendas si, los nuevos habitantes de tu casa de Parque Chas, la ven a Franca corriendo por el living aunque ustedes ya se hayan mudado a cualquier otro barrio.

Lo bueno de las mudanzas es que, aunque dan mucha fiaca, son excelentes para deshacerse de muchas cosas que sólo ocupan espacio...

¡Saludos!

Elsa Drucaroff dijo...

Bello texto, José María, triste y bello. Un texto sobre deambular, sobre la intemperie y los techos, sobre lo que vamos dejando mientras vivimos.

Andrea Ammassari dijo...

Lei "Cuando un amigo se convierte en un hermano" en clarin y quede impactada de similitudes de experiencias de vida...busque mas sobre ti y aqui estoy...identificada en las mismas nostalgias.
Creo que fuimos de la camada de almas que Dios soplo en Floresta, casi en la misma decada a vivenciar la orfandad recien a la veintena de vida. Tambien tengo a un hijo llamado Franco, en mi caso en honor a mi padre, y mudanzas que hoy me ha traido a Costa Rica desde donde te escribo...y entiendo de que hablas.." pegarme contra las paredes, construir recuerdos y recuerdos que se amontonen, llenar mi vida de certezas que no puedan huir hacia donde la vista no alcance"...
Puedo asegurarte que despues de 22años aun respiro en esas paredes, aromas y ruidos de Floresta donde creci, transcurrieron los juegos de mi infancia en la plaza, la plaza Velez Sarsfield...y me despedi de mis padres...
Has hecho de tu vida algo fantastico...un merito para tu historia que a la vez honra el amor a tus padres...


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