RELATOS

Meretrices, un perfil de Elena Reynaga, por Mónica Yemayel


“Si je comprends les motifs  d´ une action, comment la juger?
  Si je ne les comprends pas, comment la juger?”André Malraux


Sirve un mate amargo, apoya el termo sobre el tablón rústico y blanco, largo, con una docena de sillas alrededor. En la sala la luz es tenue, hay pizarrones, afiches, notas periodísticas enmarcadas, muchas con la foto de ella: el pelo castaño, los ojos profundamente oscuros, encendidos, y una elegancia que reposa en la espalda recta, en los hombros erguidos.
    Elena Reynaga, fundadora y Secretaria General de la Asociación de Mujeres Meretrices Argentinas, AMMAR se cambió el color de pelo hace poco. Antes, cuando todavía ninguna se animaba, ella lo usaba rojo. Hace unos días, en el viejo Café París de la esquina de Artigas y Bacacay, Flores, un habitué acodado en la barra le preguntó “¿Vos no sos la colorada?”. La conoció igual, a pesar del tiempo pasado y el pelo marrón. Dice que ese café fue la primera sede de AMMAR y esa esquina, su esquina preferida.

    -En un calabozo de la 16. Ahí empezamos, con otra revoltosa como yo, a pensar en crear una organización. De la calle nos levantaban los patrulleros de la 50 de Flores, pero después nos mandaban a las dos a la 16 de Caballito. Nos aislaban para que no habláramos con las demás.
    Empezaba a sentirse el calor de los últimos meses del año 1991, cuando la Corte Suprema confirmó la constitucionalidad de los edictos policiales –que habilitaban a la Policía a imponer sanciones por faltas que no llegaban a ser delitos. La decisión transformó radicalmente la situación de las meretrices en las calles de la ciudad. Entonces, comenzaron a juntarse en el Café París, para pensar cómo protegerse, defender sus derechos y enfrentar la persecución. Dos antropólogas, que las entrevistaban para un estudio, les hablaron de la experiencia sindical que se estaba gestando en Uruguay, y las conectaron con Teo Peralta, Secretario General de ATE Capital, que les ofreció un lugar donde reunirse. Pero la presencia de cien mujeres que llegaban a la sede con la ropa de trabajo- escotes y minifaldas, bucaneras y maquillaje pleno- distraía a los compañeros, dice Elena con una sonrisa venenosa. Después, mientras ceba un mate, vuelve a ponerse seria.
    -Imaginate cien mujeres sin ninguna formación política, tratando de hablar todas juntas, creyéndonos que por el sólo hecho de juntarnos las cosas iban a cambiar, que el abuso de la policía, la tortura psicológica, la discriminación iban a desaparecer de un día para otro ¿Sabés que pasó? Fue mil veces peor. Porque la policía vio algo que nosotras no habíamos visto: nuestra unión era una amenaza a sus privilegios, al poder que ejercían sobre nosotras. Entonces empezaron a reprimirnos más. A nuestro histórico patrón no le gustaba lo que estaban haciendo las chicas.
    La necesidad de “dejar de distraer a los compañeros de ATE” derivó en el acercamiento a Víctor De Gennaro, secretario general de la CTA (Central de Trabajadores de Argentina) y maestro político de Elena Reynaga. Era 1995 cuando AMMAR formalizó su relación con la CTA y se mudó a la calle Independencia 766. En el subsuelo de ese edificio antiguo y viejo que recién empezaba a reciclarse, las mujeres de AMMAR encontraron un lugar menos visible que el Café París y la sede de ATE para consolidarse políticamente.
    -AMMAR es lo que hoy es porque nos mudamos acá. Los compañeros hablaban de “conciencia de clase” en las reuniones, en los plenarios, y para mí era quichua. En este lugar empezamos a comprender, empecé a comprender, a tener conciencia política y de clase. Y eso es lo que nos diferencia de otras organizaciones y nos da el lugar que tenemos, y el reconocimiento de organizaciones internacionales como la ONU (Organización de las Naciones Unidas). Por supuesto que no todo fue color de rosa. Al principio, todos querían ser solidarios pero muchos no entendían; a muchos les sigue costando entender que pongas el cuerpo para ganarte la vida: mejor dicho, que pongas los genitales, porque el cuerpo lo ponemos todos.
    AMMAR es, desde el 2004, una organización gremial de hecho, no reconocida por el Ministerio de Trabajo. Tiene cuatro mil agremiadas aunque en la práctica atiende a veinte mil de las ochenta mil meretrices que, se estima, hay en todo el país, un número que representa el 2% del total mundial. Reclaman la regulación del trabajo sexual y su reconocimiento como trabajadoras autónomas, políticas públicas que diferencien entre trata de personas y trabajo sexual, y que regulen en lugar de criminalizar. Luchan contra el estigma, la discriminación y la violencia policial e institucional, contra la marginación que sufren por ser mujeres, mujeres pobres, mujeres pobres que ofrecen sexo: el 73% de las meretrices no tiene vivienda propia, el 93% representa el principal sostén económico del hogar, el 93% tiene de uno a seis hijos, el 96% no tiene cobertura de salud, el 51% no terminó la escuela primaria o no comenzó el ciclo secundario.
    -Dirigí AMMAR por tres años sin saber leer ni escribir.
    La escuela primaria la hizo en la CTA, a los cuarenta y siete años. Ahora tiene cincuenta y ocho y está enamorada, dice, de lo que hace en AMMAR: tratar de devolver la autoestima a cada una de las mujeres que se acercan a la organización como el primer paso de un proceso de empoderamiento. Algunas llegan, a otras Elena las sale a buscar. Se calza su mochila cargada de folletos, videos y condones y camina las esquinas de Flores, de Constitución, de la ciudad entera, del interior.
    -Si no hablo con ellas cómo voy a saber qué les está pasando, qué necesitan. Camino acá y camino las esquinas de todas las ciudades a las que viajo para hablar.
    Por eso es respetada por sus compañeras, dice, porque no se la cree, aunque sabe que ha llegado muy alto. Ellas no quieren que deje su cargo pero es importante preparar la transición, interesar y motivar la participación política de las meretrices más jóvenes. No es fácil, por eso se calza su mochila y sale a caminar las esquinas.
    Entre aquella mujer individualista, que asistía en el 91 a las primeras reuniones en el Café París, y esta mujer que hoy ejerce un liderazgo político en Argentina, y en Latinoamérica y el Caribe a través de su posición como Secretaria Ejeutiva de RedTraSex , hubo una profunda transformación.
    -Cuando empezamos, lo único que me interesaba era que mejoraran mis condiciones de trabajo. Quería hacer algo por mí, que la policía no me llevara, que no me tuvieran presa treinta, sesenta días. Después empecé a darme cuenta que lo que me pasaba a mí era lo mismo que les pasaba a ellas. Pero más fuerte fue llegar a la CTA. Mi cabeza se abrió, entendí que nosotras no éramos las más excluidas ni las más discriminadas, que éramos parte de una clase trabajadora excluida y discriminada.
    Es esa concepción la que aleja a AMMAR de otras agrupaciones, vinculadas con la defensa de los derechos de la mujer y contra la violencia de género, que no aceptan la naturalización de la prostitución como trabajo ni la posición de la mujer como objeto o mercancía. Ninguna mujer nace para puta(Lavaca, 2007), escrito por Sonia Sánchez y María Galindo, y La industria de la vagina (Paidós, 2011) de Sheila Jeffreys, dan cuenta de estas posiciones.
    Y también es esa concepción, la prostitución como trabajo sexual, la que origina el rechazo de AMMAR al Decreto 936/2011, que prohíbe la publicación de clasificados relacionados con la oferta sexual, el histórico rubro 59.
    -Las intenciones pueden ser buenas, pero no es prohibiendo que el problema de la trata de personas y la violencia hacia mujeres y niños va a ser resuelta. Nosotras pedimos que se diferencien e identifiquen las problemáticas para definir las políticas. En nuestra organización, las mujeres optamos por este trabajo voluntariamente: no fuimos tratadas ni obligadas ni secuestradas. Fijate que no digo elegimos: digo optamos. Optamos entre las escasas posibilidades que tenemos para poder sobrevivir.
    Elena Reynaga dice que ella fue una de las primeras en publicar en el rubro 59, que siempre fue hábil para trabajar sola, mantener una conducta y no apartarse de aquello que era su objetivo final, hacer plata, vivir bien, vivir mejor.

***

    Ceba un mate que, desde hace rato, está lavado y un poco frío.
    El piso de madera cruje. Un par de mujeres avanza por el pasillo hacia las oficinas del fondo. Dos, tres, cinco más.

***

    Elena Reynaga nació en Jujuy en 1953, a los seis años se mudó a un suburbio de Buenos Aires con su familia, a los quince se casó, al año siguiente tuvo a su primera hija, Elizabeth, y al siguiente al varón, Pablo, a los dieciocho se separó y se fue a vivir con sus hijos a la casa de sus padres. No estudió pero trabajó desde los trece años, en una fábrica, en una casa de familia, como cocinera. Elena dice que en ninguno de esos trabajos se sintió menos explotada o menos discriminada que como trabajadora sexual.
    -Una mañana, cuando tenía diecinueve años, dije basta. Era una negrita jujeña bastante atractiva, así que me fui a un cabaret, me senté, empecé a hacer copas, después a bailar.
    Casi siempre se las arregló para alejar a los buitres que andaban dando vueltas y veían que iba a trabajar todos los días, que tenía muchos clientes. Siempre fue despierta y no se dejó engañar.
    -Mi intención era hacer plata, plata y más plata.
    Su madre sabía lo que Elena hacía y de alguna manera la cubría. Pero todo cambió a mediados del 76. Para esa fecha ya había dejado el cabaret y optado por la esquina de Artigas y Bacacay, sin decirle nada a su madre. El 24 de marzo la policía la llevó presa por primera vez, quedó encerrada dos meses. Cuando la liberaron, la madre la echó. Una prima lejana la recibió en su casa, con sus dos hijos. Al tiempo, pudo alquilar un departamento, amueblarlo y contratar a alguien para que cuidara a los hijos cuando ella no estaba –siempre, cuando se enteraban de qué trabajaba le cobraban más cara la hora, dice moviendo la cabeza, como negando.
    Los recuerdos sobre el padre de sus hijos no se quedan en la charla, no le importan demasiado.
    -Al amor de mi vida lo conocí en el cumpleaños de una amiga, yo tenía veintiocho o veintinueve años. Apenas lo vi pensé “a este biscochito me lo como yo” –dice con la risa de un recuerdo bien presente.
    No tenía intenciones de establecer una relación formal pero el amor hizo que a los quince días estuvieran viviendo juntos. Él era empleado en una heladería, ella dejó de trabajar, los cuatro se mudaron a un cuarto de hotel. Demasiado chico, demasiado poco. Un año después, Elena habló y dijo que quería volver al trabajo, mudarse a un departamento, darles a sus hijos cosas que ella no tuvo, vacaciones a la orilla del mar, las zapatillas preferidas, comida rica.
    -Me pidió que llegara siempre a tiempo para ir buscar los chicos a la escuela, llevarlos a casa, quedarme con ellos. Y que nunca, nunca, nunca le dijera una palabra sobre lo que hacía.
    Al poco tiempo se mudaron a un departamento, él dejó su empleo en la heladería porque se enteraron del trabajo de Elena y permanecer se hizo insoportable. Fue taxista, cuidó a los chicos -que lo quieren como si fuera su padre y al que, todavía hoy, van a visitar a Mendoza. Vivieron juntos dieciséis años. Un día Elena llegó a su casa un poco antes de lo previsto, él estaba en la cama con la mujer que hacía la limpieza, ella lo echó, sin dudar.
    -No soy capaz de perdonar la traición. Siempre fui de frente.
    Solamente hubo un telón: el que usó para mantener a sus hijos al margen de lo que hacía; a su casa no entraba nada ni nadie relacionado con su trabajo. Recién lo supieron cuando fueron grandes y su figura se hizo pública. Elena cree que tal vez ellos lo intuyeron desde antes. La peor discriminación que se autoimponen las trabajadoras sexuales es creer que los hijos, al enterarse, las van a rechazar para siempre. Y no tiene por qué ser así, dice. La hija de Elena la acompaña a las marchas. La nieta de Elena, que tiene catorce años, la acompaña a las marchas.
    Dejó la prostitución hace diez años, cuando sus cargos empezaron a ocuparle todo el tiempo. Y aunque está el amor por los hijos y los nietos, y por lo que hace, nada reemplaza el amor de un hombre. Dice también que algo de ella impone cierto respeto desde que milita, como si las mujeres no pudieran ser bonitas y pensar al mismo tiempo, como si el mundo estuviese lleno de cagones. Mira el reloj. De pronto se da cuenta que se incluyó en el universo de las bonitas, se ríe y se disculpa.
    Una mujer entra a la sala, se acerca, saluda, le da un beso, le dice que las chicas la esperan en el fondo. Antes de irse Elena contesta:
    -No, no es un mito: nosotras no besamos en la boca. Es algo que transmitimos de generación en generación. Cuando hay sentimientos todo empieza ahí, las verdaderas emociones empiezan ahí, en el beso. Te lo digo de otra manera: para calentarme necesito besar. Por eso no besamos, para no involucrarnos.
    El termo está completamente vacío, el mate sin agua, pero Elena Reynaga, igual, le da una última sorbida que hace un ruido fuerte, largo.
    -Pero yo besé.


Mónica Yemayel (Buenos Aires)
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