ESCRITORES EN SITUACIÓN

Montaigne y una declaración de amor, por Juan Manuel Chávez


El ensayo no nació en París, sino a unas horas de allá a caballo, cerca de Burdeos. Eso no es poca cosa, porque en París surge hasta la vida: ¿no creen algunos que de esa ciudad vienen los niños?, sin caer en la cuenta de que casi todas las cigüeñas del mundo pueblan el norte de África, anidando con sus tamaños de adolescentes en los techos anaranjados de los palacetes y mezquitas de esa ciudad caliente que es Marrakech.
    Cuando en el Diccionario de la Lengua Española se define la palabra ‘ensayo’; podría parecer que, a su vez, se empobrece el concepto. Decir que el ensayo es un “escrito en el cual un autor desarrolla sus ideas sin necesidad de mostrar el aparato erudito”, se me hace provocadoramente insuficiente.

    Si un ensayo tuviera que ser, en stricto sensu, lo que la definición hispánica apunta, quizá el primer y mayor escritor de este género, Michel de Montaigne, no podría ser reconocido como ensayista. En sus textos, las citas, tan doctas e ilustradas, no parecen un antojo de exhibicionista ni un afán de excéntrico; sino, una necesidad estructural. Y es que, en el cauce de su prosa entretenida, de cierta anarquía por el gusto de entrar y salir de un tema, despreocupada incluso, como quien se sube a la cuerda floja con las palabras sin el objetivo de llegar al otro lado, solo bambolear paso a paso, la irrupción de lo erudito descoloca al lector.
    La maestría del ensayo, en el caso de Montaigne, radica quizá en la convivencia dosificada de lo lúdico y lo sabio, y todo, arropado de sencillez. El estilo es el vehículo para sus opiniones, conjeturas, dudas, relatos, pasiones, los que tienen por soporte, como si fueran la tabla rasa de una mesa, a las citas latinas de Séneca, de Plutarco, de Horacio… Montaigne, refinado lector, se vale de la erudición para construir textos que, precisamente por el contenido de estas referencias y la elección de unas frente a otras como su ubicación en la maraña discursiva, no se toman por eruditos. Como pasa con la persona culta que, por el hecho de serlo, no hace esfuerzos excedidos ni impostados por parecerlo.
    Pero el carácter paradigmático de Montaigne también desborda las fronteras del diccionario, pues el desarrollo de ideas no suele ser su norte ni es lo esencial en sus textos. Vistos los ensayos de Montaigne como un viaje, lo importante es recorrer en vez de llegar; aunque, a menudo, la partida se prolongue tanto como el vagabundeo. Montaigne no suele desarrollar sus ideas, es decir, “exponerlas y explicarlas con amplitud y detalle” (En http://clave.librosvivos.net/); prefiere solamente presentarlas, insertas en el corpus reflexivo-narrativo y sabrosamente anecdótico de sus ensayos. Y es que, a veces Montaigne ni siquiera brinda ideas, creo que ofrece pulsiones a sus lectores. Montaigne, como muchísimos grandes escritores, no compone sobre lo que entiende; por el contrario, escribe sobre lo que supone e intuye. Sus dardos, por tanto, tienden a caer fuera del centro de la diana. Y esto no ocurre por descuido y menos a propósito, como el que finge ignorancia para engañar, agradar o atraer; caen fuera ya que sus textos son tentativas del genio por encima del ingenio. No se lee a Montaigne para alcanzar el conocimiento a raíz de sus postulados. Ante sus textos somos como niños pequeños que se trepan al alféizar de una ventana atiborrada de macetas: hace falta cierto esfuerzo, una cuota de precaución, cierta ubicación y un creciente sentido de la oportunidad porque al frente se encuentra un paisaje colosal, ese conocimiento al cual es más fácil acceder gracias a sus páginas, como una plataforma para lo demás.
    En el párrafo anterior escribí que “creo” que Montaigne “ofrece pulsiones a sus lectores”. No estoy seguro si el sentido que le atribuyo a la palabra ‘pulsión’ sea el mismo que usted, amable lector, tiene en mente. Probablemente es distinto, porque quizá no haya sentido adecuado en ese término para lo que quiero decir; no obstante, me inclino a considerar que ese vocablo es el más idóneo para delimitar mis sospechas sobre la obra del gran escritor francés. O sea, confío en la sinrazón con que utilizo una palabra para explicar a Montaigne. Será por eso que estoy ensayando. Asimismo, qué importante es la palabra ‘creo’, como ‘me parece que’, ‘quizá’… para ensayar; pues el ensayista va averiguando aunque no logre averiguar, a partir de sus certezas de algodón. Redactar un ensayo para exhibir convicciones es traicionarlo.
    Montaigne, que no escribía panfletos ni manifiestos, sabía bien que tentar la posibilidad de llegar a la cima no es lo mismo que intentarlo. Él no aplicaba todo su raciocinio para desentrañar el tema que abordaba; procuraba estimular su amplitud, su existencia. Quizá, por eso, un árbol es más árbol en la prosa de Montaigne, aunque en buena parte deje de hablar de él.
    A propósito de la palabra ‘prosa’, hace falta un acto de justicia: la versión digital del Diccionario de la Lengua Española enmienda el artículo dedicado a la palabra ‘ensayo’ y muestra el cambio que figurará en su próxima publicación: “escrito en prosa en el cual un autor desarrolla sus ideas sobre un tema determinado con carácter y estilo personales”. Asoma el carácter y el estilo, para mayor reconocimiento del arte de los ensayistas.
    Pero el acto de justicia es todavía mezquino, ya que pretender que cualquier diccionario desentrañe una cosa, un animal, una cualidad, es no comprender su valor y exigirle más allá de sus fines. Una definición debe aspirar a ser clara luego de precisa, no absoluta o universal. Se da el caso en que nada de eso consigue: a la mesa se le ha permitido durante veintidós ediciones del diccionario ser un “mueble, por lo común de madera, que se compone de una o de varias tablas lisas sostenidas por uno o varios pies, y que sirve para comer, escribir, jugar u otros usos” . “Pies”, decía “pie”, que son las extremidades de los miembros inferiores del sur humano. “Pies” (1).
    El ensayo que idealiza el diccionario impreso no es el que escribe Montaigne, De Quincey, Unamuno, Reyes, Borges, Paz, Magris o Iwasaki; sin embargo, está abarcado por las obras de cada uno. Y es que, este género ampuloso y versátil se apropia de los otros, desde la autobiografía hasta los pliegues de la ficción, desde la memoria hasta el tanteo argumentativo; optando por la belleza en el estilo hasta la fealdad en lo temático… O al revés. Parece anárquico pero es proyectado; así, escribir un ensayo es más que ensayar: su propósito y ejecución incuban su sentido.
    Y la novela, ¿no ha sido siempre o es cada vez más un género ampuloso y versátil que se apropia de los otros?
    La ficción, la reflexión, la memoria literaria, la irrupción del verso y el discurso histórico, pueblan las páginas de novelas ejemplares, como La muerte de Montaigne (Tusquets Editores, 2011) de Jorge Edwards. Y de tal modo que, la multiplicidad de registros impulsa a autores como yo, amable lector, a discurrir por senderos poco convencionales dentro de los patrones tácitos de una reseña.
    Lo que he escrito sobre Montaigne en los párrafos precedentes no lo aprendí en la novela de Edwards, pero si lo reaprendí con él, que es como conocer de nuevo (en clave de ficción) lo que se creía recordar. Acaso, tal vez lo estoy plagiando. En tal sentido, el primer mérito de La muerte de Montaigne es el efecto proactivo y creativo que sobreviene con su lectura, estimulado por la figura literaria que protagoniza la obra como el quehacer literario que sirve para bosquejar el protagonismo; porque en esta novela se recrean los últimos años del gran escritor francés, en contrapunto con las dificultades que supone para el narrador la composición del mismo libro; todo, anclado en dos contextos que dialogan entre sí: la Europa renacentista y el Chile contemporáneo.
    En medio de un panorama literario en el que abundan las narraciones trepidantes, llenas de sucesos cada vez más explosivos o inusitados; o, sencillamente, plagado de triviliadades, es confortante y sugestivo encontrar una novela como la de Edwards, con un tono intimista que susurra palabras donde otros las gritan. Una ficción plagada de conjeturas, de tribulaciones; incluso, estimulada por contradicciones. Un gran libro con el que uno, amable lector, puede sentirse a gusto: sabe dudar frente a lo trascendente como usted o yo dudamos, en ocasiones, ante lo importante. A contracorriente de aquellas publicaciones que en vez de incubar preguntas en su público le bridan un listado de respuestas generales, La muerte de Montaigne es un libro que cobra su cabal sentido gracias a la participación eficaz del lector, cuestionando las reflexiones, dudando de la veracidad de lo narrado o complementando con su enciclopedia e indagaciones lo que se cuenta. La muerte de Montaigne no es una novela, es una plataforma a partir de la cual se va más allá. Por eso mismo, quizá, probablemente este libro tenga pocos lectores.
    El narrador de la novela relata que en 2009 vio el monumento a Montaigne en la entrada de Facultad de Letras de la Universidad de Burdeos. No lo menciona como nota al vuelo, como una curiosidad de anecdotario, amable lector (2), lo cuenta como relata el peregrino su visión del templo que tenía como destino desde que inició su romería. En cierto modo, confrontar esa efigie (al igual que la torre que usó como estudio el gran escritor francés) podría haber servido como pasaje de cierre para el libro. A fin de cuentas, esta novela memorística que da cuenta de algunos de los libros que se leyeron para hacerla, las dificultades en torno a la documentación personal del autor o allegados y las propias pasiones a la hora de escribirla, a mitad de camino entre la fidelidad histórica y el vuelo literario; a fin de cuentas, decía, amable lector, pudo terminar con la visión actual del legado material y una manifestación de ornato en torno a Montaigne. Un final en el que el presente es espejo muerto del pasado. Pero no, la novela supera ese escena y va más allá, delineando el derrotero de otros personajes, ramificando su espectro. La novela termina lejos de la raíz de su asunto mientras circula alrededor de él.
    La muerte de Montaigne, deliciosa en mucho sentidos, compleja en otros, sencilla sin ser simple en varios pasajes, parece una novela para escritores. O para aquellos que disfrutan del oficio de escribir; o, mejor dicho, para quienes la escritura es una manera ardiente y hermosa de comunicarse. Es un libro en el cual el amor (apasionado, arrinconado, entregado, dúctil, sublime ante todo) por el arte literario cobra un protaganismo que supera al de la figura francesa que recrea. Por esta razón, acaso las más honesta entre las que arriesga el autor (y tal vez la menos popular entre las que pudo elegir, amable lector… O me equivoco. O me equivoco mucho, amable lector), la novela supera su propio género para convertirse en otro, luego de fagocitar varios: sin serlo en el plano formal, se me antoja que este libro de Edwards es una carta extensa y pausada, pormenorizada y arbórea; una carta en la que, como en las cartas memorables, se lanza una declaración con el corazón.
    La muerte de Montaigne, que en resumidas cuentas es una carta de casi trescientas páginas, querido lector, también es una misiva para usted.

Juan Manuel Chávez
Lima, EdM, diciembre de 2011

(1) La versión virtual del diccionario, que pronto será la edición 23, ya enmienda el artículo: se habla de “patas”, en vez de “pies”. En http://buscon.rae.es/draeI/
(2) Meses atrás, cuando vi esa estatua en la ciudad de Burdeos, no reconocí a Montaigne en la efigie. Caí en la cuenta de que, a diferencia del rostro de Cervantes o Shakespeare, que tanto se repite en libros, nunca había visto un retrato suyo. Las facciones que tenía de Montaigne en mi mente correspondían a cómo lo había configurado a partir de sus escritos: su visión de la política aportaba un rasgo en la nariz, sus apuntes sobre la condición humana, las marcas de la frente; su visón de lo erótico, la forma de sus labios, etc. Para mí, quizá, era un hombre de palabras; literalmente. Y ese monumento me contradecía.
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