PIES DE IMAGEN

El Club Hotel de la Ventana, por Luis Sagasti


El Club hotel de la Ventana tenía el aspecto de una estación de ferrocarril. Austeridad alpina y aromas de la belle époque amalgamados en una arquitectura que culminaba en una torre-mirador donde era posible admirar un paisaje desierto, es decir, autóctono, en espera aún de pinos y robles austríacos. Grandes ventanales permitían la entrada de luz y del oxígeno restaurador de cuanta enfermedad asolara los cuerpos. Recién empieza el siglo y ya es una de sus maravillas, se dice en todas partes. Poca confianza en el futuro: cada inauguración cancela los adelantos, por lo menos hasta el año dos mil. Al otro año se bota el barco del siglo y la Duncan es proclamada bailarina del siglo y más tarde pocos afortunados asistirán a la pelea del siglo: de una sola trompada Firpo saca a Dempsey del ring y se cree que es un iceberg. Por lo pronto, en el cabalístico once del once del once se abren las puertas del Club Hotel de Sierra de la Ventana. Palabras alusivas del Teniente General Roca y del embajador británico, Lord Barrington. Aplausos sostenidos e impacientes de los casi mil doscientos invitados. Monseñor Terrero, amigo íntimo de la familia Tornquist, bendice las flamantes instalaciones e invoca la protección de los santos. Se cortan las cintas celestes y blancas para dar por cerrada una ceremonia que deja en libertad de acción a los dioses griegos, exiliados desde que Cristo se hizo de Europa, para dejar a todos en claro que ciertas funciones gastronómicas y etílicas corren por cuenta helénica y no por la rígida sobriedad de los cardenales. El general Roca, el embajador Barrington y el ex presidente Uriburu son los primeros en ingresar. Los ojos no pueden detenerse ante nada. Cada detalle es demasiado: los pisos de mosaicos mínimos hexagonales, mármol de Carrara en las escalinatas, dos enormes cuadros prerrafaelistas, las ninfas parecen respirar, alguien comenta.


El sol que penetra por las ventanas saca lustre hasta el carbón. Los invitados caminan con el aplomo y la parsimonia de quien ha visto todo, y claro, no hay de ellos quien no haya estado en París. A la hora, después de haber recorrido las instalaciones, se dirigen al gran salón comedor donde se acomodan en mesitas redondas para cinco o seis personas. El menú de la jornada: galantina de pavita con salsa Waldorf, patitos al escabeche, langosta a la parisiense, soufflé de espinacas, cima de pavita a la rusa, salpicón de cangrejos, pavo nuit de noel, costillas de cerdo con lomo a la cerveza, peceto con salsa de guinda, pollitos a la ambassador, langosta a la americana, pasta de almendras merengadas, imperial ruso con helado y mermelada, gateau de frutillas, vinos de donde plazca -el maitre aconseja el Cliquod-, champagne Pomery, rhun, whiskys, cigarros doble corona. Y con semejante paisaje Monseñor Terrero no ha de conformarse con unas tiernas lechuguitas salesianas. Una noche es una noche aunque sean las doce y media. Monseñor se deja caer en la tentación, comenzando de entrada nomás, antes de sentarse a la mesa, con una copa de pinot y unos canapés de salmón rosado muy supinos. Se sienta junto a Maria Inés Larravide de Lezica Alvear y su marido Augusto y el matrimonio Tornquist (Clara Gowland de y Martín Eduardo), casi anfitriones. La conversación pasa de las bondades del hotel al invento del siglo: el cine. Los Lezica han visto en París las películas de Méliés. Incroyable, vraiment. Al pinot se le añade ahora un Rhin Riesling de cuerpo en terciopelo. La atención del obispo se concentra en otras telas: las que flanquean el cuello rosado de una dama sentada a su diestra en mesa contigua: María Luisa Moncada de Martínez Bunge, viuda prematura y aun así tan entera, se comenta en otras mesas. El almuerzo avanza sin pausa. La orquesta ejecuta un vals tras otro, unas danzas ligeras también, Brahms, sin duda. Sobre la pata de pollo, un garçon derrama una salsa de ciruelas en su punto exacto de espesor, lenta cae, lúbrica. Clara Gowland debe repetir su pregunta. Monseñor carraspea, se lleva otro trago a la boca y dice que dios sabe por qué hace las cosas, por supuesto. A la hora de los postres le han puesto delante unos pezoncitos de guinda sobre crema chantilly coronados por gotitas de almíbar. Monseñor se ha puesto colorado. Martín Tornquist levanta una ceja: sucede algo, pregunta. Algún pimiento, balbucea el hombre y toma un poco de agua. ¿Un pimiento? Al parecer, dice sonriente y no es eso lo que exactamente le pasa por la cabeza. Un ataque de sinceridad puede llevarlo sin escalas a una capilla perdida en otras montañas, más cerca de Bolivia que de Viena, a dar misa a unos collas de pachamama y coca todo el santo día. María Luisa gira su cabeza como ya lo hiciera otra vez, pero ahora sonríe. Un mozo retacón le sirve más vino, parece tentado. Con permiso, Monseñor, dice. Monseñor lo mira estupefacto: este hombre habló en griego. Nadie en la mesa parece haberlo advertido. Levanta la vista y se da cuenta de que otros mozos lo miran sonrientes. Uno de ellos levanta sus cejas traviesas y con el mentón señala a la mesa contigua. El obispo gira su cabeza, inquieto. Ruborizada, María Luisa baja sus ojos claros, necesita confesar algo que aún no ha hecho pero que desea hacer cuanto antes en una de las habitaciones más retiradas del hotel, que cuenta con ciento setenta y tres, todas con mobiliario y ropa de cama completa, vistas primorosas a las sierras nevadas, calentadas por un sistema de calefacción central de modernísima ingeniería inglesa que invita a quitarse el vestido negro de pana, las enaguas, a desprender la sotana botón por botón y a las apuradas antes de que termine el primer baile y alguno de los invitados tenga la inocente ocurrencia de preguntar por los ausentes sin establecer relación ninguna entre el purpurado y esta señora tan devota, joven y ya viuda, a no ser que el garçon de la salsa de ciruelas vuele de oído en oído para avisar que la habitación cuarenta y siete ha revelado antes que ninguna el verdadero fin para el cual fue construido el hotel, esto es la versión anglo pampeana del jardín de las delicias; confesión asombrosa para unos pocos ingenuos porque nadie en su sano juicio cree que semejante proyecto tiene como fin la saludable amalgama entre esparcimiento y cura de enfermedades respiratorias, tal la idea original del doctor Félix Muñoz cuando encontró en estas sierras un clima ideal para la cura de afecciones; por lo tanto, alertados los comensales de las manzanas que estos dos se comen, Monseñor ya puede adivinar, mientras María Luisa hace de su cuerpo un pantano, al General Roca, a Lord Barrington, al amigo Tornquist y a cuantas damas y caballeros se precien de tal abriendo la puerta de la habitación cuarenta y siete al grito de ¡Monseñor! y Monseñor, como discípulo que acaba de recibir un bastonazo del maestro zen, entra en satori grado nueve y ve: ve otra fiesta semejante, cinco años más tarde, la del Centenario de la Independencia, donde asisten casi los mismos apellidos y se conversa de los avatares de la Gran Guerra que supo anticipar la Virgen de Fátima a los tres pastorcitos, ve también el decreto que el presidente Yrigoyen promulga al otro año prohibiendo los juegos de azar que, al privar al hotel de su principal encanto, obliga a cerrar sus puertas definitivamente el 14 de marzo de 1920 dejando a la intemperie una cancha de golf de dieciocho hoyos, tres hermosas de tenis, una de fútbol de césped al ras, un picadero con todas las comodidades para la práctica del hipismo, una huerta fecunda en legumbres, la fábrica de ladrillos a máquina -una de las primeras implementadas en el mundo-, el parque de ciento veinte hectáreas, poblado de ligustrines alpinos, cedros y abetos, que en breve conocerá pastizales y malezas, dos piscinas de forma ovalada y un largo etcétera de anexos y comodidades cuyo progresivo deterioro angustia en serio a su nueva dueña, la señora Emilse Davis de Sangford, quien confía a Don Jesús Ochoa, lee el viejo en la página catorce del librito, el devoto cuidado del interior del edificio durante veinte años exactos, momento en que Sara Sangford, la hija mayor de Emilse, vende la propiedad al gobierno de la provincia de Buenos Aires en quinientos mil pesos fuertes lo que trae como consecuencia el despojo, por parte de funcionarios y amigos, de la bodega y parte del amoblamiento hasta que en 1941 los trescientos treinta tripulantes del Graff Spee, el acorazado alemán hundido en el Río de la Plata, sean alojados como prisioneros de guerra y custodiados como diplomáticos por el ejército argentino que aguanta con orgullo espartano las heladas de invierno en carpas de campaña sin disfrutar de los beneficios de las reparaciones y controles casi maníacos con que el espíritu germano mantiene la usina, las cámaras frigoríficas y la calefacción central durante los cinco años que estuvieron instalados allí sin robarse siquiera un cubierto de alpaca o una taza de Limoges que quedarán, ni bien abandonen el hotel, a merced de nuevos funcionarios y nuevos amigos cuya voracidad precipita un big bang mobiliario y de platería hasta entrados los sesenta cuando el antiguo Club Hotel se convierta en la sede del Centro de Estudios de Ingeniería Forestal, iniciándose así la reconstrucción de las paredes, los techos y el sótano, con un ímpetu que es soplo nomás porque el proyecto se queda sin sponsors y subsidios antes de publicar el primer paper; por lo tanto, superado este paréntesis, la tarea de desguace continua ahora de la mano de la Municipalidad: maderas, chapas y columnas son muy útiles para cumplir con promesas electorales primero y demandas de brigadieres después; sin embargo, en medio de esta bacanal, Monseñor atisba una luz de esperanza: en 1980 la Sociedad Anónima Comercial e Industrial Frigorífico Guaraní, de acuerdo con la autorización provincial correspondiente, inicia las gestiones para rehabilitar el casino con la intención de construir un polo turístico, pero tres años más tarde, y con las obras aún en veremos, en una fría madrugada, una chispa de salamandra toma contacto con la mampostería y el Club Hotel de Sierra de la Ventana se convierte en un monstruo ígneo inconsolable, dice el librito, y a los dueños del frigorífico no les alcanzan las manos para contar los billetes del seguro. Entonces, ante las ruinas humeantes y todavía calientes de lo que fuera uno de los hoteles más lujosos del mundo, Monseñor Juan Nepomuceno Terrero, Obispo de la Plata, íntimo de la familia Tornquist, se da vuelta y observa al teniente General Julio Argentino Roca, a lord Barrington, al ex presidente Uriburu y musita como para sí mientras se abrocha la sotana: sic transit gloria mundi, carajo.


Luis Sagasti
Bahía Blanca, EdM, febrero de 2012
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2 comentarios:

Fritz Lang dijo...

El Club hotel de la Ventana tenía el aspecto de una estación de ferrocarril. Austeridad alpina y aromas de la belle époque amalgamados en una arquitectura que culminaba en una torre-mirador donde era posible admirar un paisaje desierto, es decir, autóctono, en espera aún de pinos y robles austríacos. Grandes ventanales permitían la entrada de luz y del oxígeno restaurador de cuanta enfermedad asolara los cuerpos. Recién empieza el siglo y ya es una de sus maravillas, se dice en todas partes...

debo escribir, con el perdon del escribidor, que este comienzo dista mucho de ser literatura. ¿O tal vez no pensaba en literatura cuando lo escribio?

Fritz Lang dijo...

¿Cuales son los aromas de la belle epoque? como saberlo. ¿La construccion del edificio en el novecientos? triste recurso entonces. El oxigeno, que en la pluma del amigo parece todo un suceso, como si estuviera recordandolo en marte, restauraba la enfermedad asoladora de cuerpos ( segun el orden sintactico) o talvez, querido inocente, habra querido decir, restauraba la salud de los cuerpos enfermos.. Tristisimo

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