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Hotel para dos lunas, por Nora Abadia


l Río de la Plata no nos sonríe, nos aluna cada tarde. Todos los días nos escapamos las dos a la terraza a contemplar la puesta del sol. Dejamos lo que estamos haciendo, no importa qué, para tomarnos las manos mientras el día nos promete que vendrá otro mejor y siempre nuevo. A veces, en los primeros tiempos, llorábamos de emoción, después nos ganó la costumbre o nos venció el amor propio, es decir el nuestro. Ya se va a cumplir un año y medio desde que mi Lady Escocesa y yo abrimos nuestro hostel en Colonia. Tenemos siete habitaciones. Mi Lady Escocesa, o Mi Esél como me gusta nombrarla, mantiene sus rulos rubios, los ojos claros y el corazón quieto, no duro ni rígido, temeroso cada vez que me oye decir que la amo para siempre o por toda la eternidad. Cree que las palabras tienen la obligación de los calendarios y no la intensidad que quiere burlarse de ellos, tal cual la luna no deja de confirmar.
   Mi Lady Escocesa, que no nació en Escocia como sus bisabuelos sino en un día de invierno cerca de Boston, aun tiene dificultades para hablar castellano, para no perderse cuando le hablan rápido, dice. Se molesta conmigo cuando me resisto a hablarle en inglés, dice que tiende miedo de no quererme fuera de la lengua en que nos conocimos, pero yo persisto, no me doy por vencida, hago honor a mi historia paraguaya y algún día, quizás, hasta nos encontremos también en guaraní. Al menos ya he conseguido que diga “castellano” y no “español”. Nos conocimos hace tres años a través de unos amigos en un bar de Brooklyn, donde yo vivía mi segundo año de expatriada. Creo no mentir si aseguro que diez días después empezamos a fantasear con montar un hotel; lejos de los Estados, sugirió ella, y yo lo interpreté a mi modo, Cerca de Casa. A pesar de que ella había estado una vez en América Latina le llevó un tiempo entender que Uruguay y Paraguay no eran dos modos de decir lo mismo aunque uno y otro fueran lo más Cerca de Casa que yo podría tener. Quiero decir: estaba por cumplir cuarenta años como para ignorar que no hay ilusión más triste que la pretensión de volver atrás. 
   Nos ocupamos las dos solas del hostal. Nos repartimos las tareas contables y la atención de los proveedores, ella se ocupa de la cocina y yo de la limpieza de los cuartos. La fuerzo a que sea ella quien trate con los clientes para que practique su castellano, lo que es un decir en realidad porque no hay uno que al abrir la puerta no se dirija directamente a Esél. La figura del propietario parece encarnarse mejor en una mujer rubia que en una mujer morocha, y más si me ven moverme con un lío de sábanas o entrando a acomodar los cuartos. Cuando hay gringos en el hotel ella siempre mecha palabras en castellano que los desconciertan, y yo me río de Mi Lady Escocesa, no puedo evitar verla a ella en mí con sus manos trémulas y sus enojos firmes. Descorchamos el vino que empezaremos a tomarnos en el atardecer. Tiene un poder mágico esa primera copa en la terraza, nos hace pensar que es lo mismo que las siete habitaciones estén ocupadas o vacías, y ella cierra los ojos por un instante y yo los míos para seguir encontrándonos.

Nora Abadia
Colonia, Uruguay, EdM, febrero de 2012
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