PIES DE IMAGEN

El anarquismo de Jesucristo, por Alcides Rodríguez


El mundo está firmemente dominado por un poder maligno y tiránico que posee una capacidad de destrucción casi ilimitada. La situación es insoportable. El sufrimiento de las víctimas, intolerable. Súbitamente suena la hora señalada. El diabólico poder que ha tiranizado a la humanidad desaparece, definitivamente derrotado por los santos de Dios, los elegidos, el pueblo santo, que surgen victoriosos para heredar el dominio sobre toda la Tierra. El nuevo reino supera en gloria a todos los anteriores, inaugurando la última, eterna y feliz etapa de una hermanada humanidad. Es el fin de la Historia. 


El relato apocalíptico comenzó a tomar forma a partir del 63 a.C., cuando Pompeyo convirtió a Palestina en una provincia romana. En ese nuevo contexto la antigua idea del Mesías liberador tomó una fuerza inaudita entre las diversas corrientes del judaísmo radicalizado de la época. El Fin de los Tiempos estaba allí, al alcance de la mano. Años más tarde comenzó a ser un problema para judíos y cristianos decidir qué hacer con los relatos apocalípticos a la hora de fijar el canon bíblico. A medida que el cristianismo se fue consolidando en la estructura imperial romana estos relatos se volvieron antiguallas incómodamente explosivas. La inclusión de un único apocalipsis en el canon cristiano fue una cuestión bastante debatida. El gran peso de la tradición apocalíptica lo salvó de quedar afuera. 


Si bien los textos bíblicos han legitimado infinidad de situaciones de desigualdad social, es cierto que también le han dado letra a situaciones revolucionarias. “Cuando Adán cavaba y Eva hilaba, ¿quién era el noble?” se preguntaba en sus discursos el clérigo John Ball, líder de la revolución campesina inglesa de 1381. El teólogo John Wyclif sostenía en su De civili domino (1374) que según la ley de Dios todos los bienes debían ser comunes. Los seres humanos son iguales, sostenía, por el sólo hecho de descender de Adán y Eva. Argumentos similares guiaron a numerosas rebeliones campesinas y urbanas de los siglos XV y XVI. La Biblia fue también la principal fuente de las corrientes más radicales de la Revolución Inglesa del siglo XVII. Gerrard Winstanley, por ejemplo, sostenía en La ley de la libertad (1651) que el mismísimo rey Salomón había dicho que el hombre trabaja para gozar del libre uso de la tierra y sus frutos. La verdadera libertad de la comunidad descansaba sobre el uso libre de la tierra. 

En el verano de 1904 los obreros de la ciudad rusa de Bialystok celebraron una asamblea con la finalidad de organizar un plan de lucha contra los grandes capitanes de la industria textil. En cuanto se escucharon los primeros gritos de “¡Anarquía!” y “¡Viva la socialdemocracia!” la policía irrumpió violentamente en el local, arrestando e hiriendo a decenas de asambleístas. Un anarquista de dieciocho años, Nisán Fárber, decidió encargarse de la venganza. Armó varias bombas y, tras probarlas en un parque local, colocó una en la entrada del cuartel central de policía. La violenta explosión hirió a varios oficiales y mató al joven terrorista. 

Miembro de la organización Chórnoe Znamia (Bandera Negra), Fárber se transformó pronto en una leyenda. El 1º de mayo de 1909 una gran manifestación obrera en Buenos Aires fue ferozmente reprimida por la policía. La represión fue dirigida por el más implacable enemigo de los anarquistas, el comisario Ramón L. Falcón. Hubo decenas de muertos y heridos. Esta masacre también tuvo su vengador. Siguiendo el ejemplo de Fárber, un joven ácrata de origen ruso, Simón Radowitzky, preparó una bomba y se la arrojó a Falcón cuando volvía en su carruaje del funeral de un policía. Falcón murió horas más tarde en el Hospital Fernández. Preso en el penal de Ushuaia, Radowitzky se convirtió, al igual que Fárber, en una leyenda. 

Más de uno renovó su fe anarquista tras el crack de la bolsa neoyorquina de 1929 y la crisis del capitalismo de los años treinta. En 1930 Radowitzky quedó en libertad gracias a un indulto firmado por el presidente Yrigoyen. Ese mismo año el golpista general Uriburu tomaba el poder por la fuerza e inauguraba un gobierno breve pero fuertemente autoritario. Toda manifestación de la izquierda política fue duramente reprimida. Varios anarquistas fueron encarcelados, y otros fueron condenados a muerte y fusilados. A pesar del clima reaccionario reinante en el país, la revista Claridad anunciaba en 1936 la publicación de Cristo el anarquista, del brasileño Aníbal Vaz de Mello. Bajo el título original de Cristo, o Maior dos Anarquistas, la obra era una respuesta a la biografía del escritor nacionalista Plinio Salgado, en la que Cristo aparecía como un precursor del fascismo. Como era de esperar, la obra de Salgado se publicó y la de Vaz de Mello fue prohibida por el gobierno de Getulio Vargas. 

 Considerar a Cristo un anarquista no era una novedad en el Brasil. Como señala Carlos Rama, ya en 1920 el poeta Sylvio de Figueiredo había escrito un soneto dedicado a Jesús, en el que decía 

“¡Grande Anarquista! O pálida figura 
 de rebelado que, entre gente insana, 
 ousaste erguer, como una durindana, 
 o ingente brado contra a escravatura 
 e que, em contraste à podridão 
 romana, 
 e do opulento à orgia asquerosa e impura 
 sonhaste um dia a universal ventura, 
 a libertade e a redenção humana.” 

El Cristo de Vaz de Mello es un consumado revolucionario anarquista de gran fortaleza física y “prodigiosa potencia intelectual”, capaz de asociar “el individualismo de los espíritus al comunismo de las manos”. En la tapa del libro el Redentor está a punto de lanzar, a la manera de Fárber y Radowitzky, una bomba que destruirá la ultramoderna ciudadela capitalista. La explosión resultante seguramente impulsará al proletariado mundial a cumplir su misión histórica de destruir al capitalismo opresor. Como escribía el anarquista italiano Erico Malatesta, de sus ruinas surgirá una nueva sociedad que, ya sin Estado, patrones ni religión, estará regida por la bondad natural del hombre. La explotación y el sufrimiento desaparecerán para dar lugar a la fraternidad, la igualdad y la armonía entre todos los seres humanos. La humanidad vivirá eternamente libre y feliz. Una vez más, será el fin de la Historia. 

Alcides Rodríguez, 
Buenos Aires, EdM, Agosto 2012
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4 comentarios:

rubias19 dijo...

Gracias por la informacion me a sido de gran ayuda aunque uviera preferido que estuviera mas detallada pero es muy util para el proyecto que estoy realizando.

Anónimo dijo...

Buen día, Es un libro de cabecera, lo tuve y lo estoy buscando, si alguien me lo oferta. este es mi correo: escomar18@yahoo.es
Saludos

imgenes de jesus dijo...

bien dia, tambien estoy buscando el libro

Serginaz dijo...

https://cristoanarco.blogspot.com/

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