APUNTES

Sobre La preponderancia de lo pequeño, de Daniela Rico Artigas, por Pablo Luzuriaga



El 9 de noviembre de 1989 fue tirado abajo el muro en Berlín. Ese mismo mes otro muro compuesto por ladrillos de ideas era levantado desde la capital de los Estados Unidos para los países latinoamericanos: la primera formulación del Washington Consensus elaborada por John Williamson contenía ya el paquete de medidas que reformaría las economías de Latinoamérica a la manera de una fatalidad. Disminución del gasto público, liberalización financiera, presupuestos sin déficit, apertura de barreras comerciales y de inversión, desregulación de los mercados, protección de la propiedad privada y privatizaciones; al otro lado de este nuevo muro, que ya no separaba zonas geopolíticamente enfrentadas, sino al pasado del futuro, quedaban cantidad de palabras que de inmediato se habían vuelto obsoletas: imperialismo, dominación, revolución, ideología, izquierdas y derechas. El muro del “consenso” caería años después junto a las Torres Gemelas en septiembre de 2001; en nuestro país, su caída estrepitosa llegaría tres meses más tarde. La crisis del 19 y 20 de diciembre fue un acontecimiento que también afectó a la sensibilidad, a la percepción, como si hubiera habido algo entre los ojos y las cosas que de golpe se hacía polvo como las torres y nos permitía ver el “en sí” del mundo. Esa sensación de pasaje, de vivir dentro de un paréntesis, que experimentamos los argentinos durante el verano de 2002 es la que compone la atmósfera de La preponderancia de lo pequeño, la obra escrita y dirigida por Daniela Rico Artigas que se encuentra en cartel actualmente en el Teatro Vera Vera.

   Decimos que de esa sensibilidad está compuesta la atmósfera de La preponderancia... porque las referencias concretas a la crisis, aunque pocas, son el punto de la trama. Germán (Román Melendrez), el personaje que estructura el relato, vivió el corralito del lado de adentro: el estallido lo encuentra empleado en un banco, observa de frente a los ahorristas enfervorizados golpeando las puertas de su trabajo, ve cómo sus compañeros estallan en crisis nerviosas y él mismo, a través de esa vivencia, sufre un profundo proceso de transformación. La obra comienza in medias res, Germán ya en plena crisis se encuentra arrojado sobre el sillón de la casa que comparte con Dulce (Mercedes Ferrería) su explosiva amiga de la infancia en Venado Tuerto. De esa ciudad al sur de la provincia de Santa Fé, está por llegar Nahuel (Gabriel Reich), el primo de Germán. Los tres van a compartir el mismo departamento a lo largo de la obra, en ellos toma cuerpo la atmósfera de incertidumbre y cambio que sucede afuera y de la que nos llegan pocos datos. “Afuera se está juntando gente, vamos a ver”: en Nahuel, ese nuevo mundo que hay “afuera” se traduce en su viaje de la provincia a la capital; en Dulce, el cambio crítico está cifrado a través del vínculo que mantiene con su madre con quien al principio de la obra no se habla por algún motivo traumático que no conocemos pero que se nos presenta terrorífico; en Germán, por último, la atmósfera de pasaje, la lógica del umbral o el paréntesis, el puente, la conexión, la vía de escape o el punto de fuga se va a traducir en su poesía, se asume poeta, impulsado por una necesidad.
    De empleado bancario a poeta que vende sus escritos en trenes y subtes, Germán afirma que de la escena puertas adentro del banco se vio impulsado a irse y escribir. Durante la obra va tomando notas en sus cuadernos Gloria, apuntes para futuros versos, ideas que toma del aire como mariposas que llevan un secreto: susurran algo sobre las cosas, lo hacen entrar en contacto con “la cosa”. Mientras Germán se encuentra en pleno proceso de metamorfosis aparece una artista española, Fernanda (Carolina Ferrer), quien de incógnito le toma una serie de fotografías que lo capturan en plena crisis nerviosa. Como si fuera una viajera naturalista que encontró en medio del descalabro social de aquel verano de 2002, escondida entre la selva de gases lacrimógenos y piedras que vuelan, una crisálida en pleno cambio metabólico y morfológico, una ex oruga-bancaria que está a punto de volverse mariposa-poeta. A través del personaje de Fernanda, la artista conceptual del siglo XXI que repite el gesto del viajero naturalista del siglo XIX, La preponderancia de lo pequeño transforma, en los términos de una reflexión, a la historia en naturaleza: ¿se puede ver la historia?
    Para insistir con la idea de estar en medio de las cosas, donde prepondera lo pequeño, in medias res también sabemos acerca de la escena donde fueron tomadas las fotos. Germán entra al estudio de Fernanda y se observa retratado en las imágenes, ella le pide sus escritos, allí dialogan sobre una imagen que está en la poesía de Germán y que Fernanda quiere encontrar para capturar con su cámara: se trata de un instante que Germán anotó mientras deambulaba por el conurbano, una pareja de cartoneros besándose con pasión sobre el carro, donde “el beso era tan beso” y “el cartón tan cartón”. Germán reúne poesía y verdad, ahora que se “cayó la pared”, el velo de la convertibilidad, de la desregulación y las privatizaciones, ahora que el sistema financiero dejó al descubierto su intrínseca falsedad, entonces él puede tener contacto con “las cosas”.
     Dentro del estudio de Fernanda, Germán se acerca a la pared invisible que se encuentra hacia donde está el público, la cuarta pared, y lleva su dedo índice hacia los espectadores. Fernanda lo detiene y le cuenta que esa es una obra suya que se llama “Las manos en la masa”, se trata de una imagen de la que nunca sabemos nada, pero que se presenta como un deseo de tocar imposible de no ser satisfecho, cuando el espectador de la obra de Fernanda pone su dedo sobre el objeto de deseo, de inmediato suena una alarma y se activa un mecanismo que dispara una fotografía y captura el rostro del espectador. Germán se queda un momento observando el artefacto invisible que está entre él y el público; no se nos dice más nada, es el momento en que “la masa”, “la cosa” se refiere al mundo que está fuera del escenario, más allá incluso del afuera que está dentro de las otras tres paredes.
     La preponderancia de lo pequeño pliega múltiples sentidos en variadas capas de su trama y los dispone al goce interpretativo: acciones, escenas completas, pequeñas líneas del texto que lindan el absurdo o apenas un cruce en algún diálogo, la figura metonímica entre las fotografías de Fernanda sobre el 2001 y la propia obra; en todas esas unidades de diferente medida esconde la problemática del carácter cognoscitivo del arte, “Son pobres, Germán” le indica Dulce cuando lo ve embelesado con su imagen de los cartoneros; “Ya lo leí, escribís contra mí” le dice Nahuel a Germán en otro momento, “no es contra vos, es sobre vos, sos vos y no sos vos”, responde el poeta.
     Al igual que en Bien bien, muy bien (2008), que contaba la historia de una familia decadente también en plena crisis, Rico Artigas en La preponderancia de lo pequeño intenta resucitar la atmósfera de un tiempo pasado, como si para hablar del estallido de 2001 fuera necesario primero recordar cuáles eran los aromas que circulaban por la ciudad de Buenos Aires, cuál era la sensibilidad que estaba en pleno cambio.


Pablo Luzuriaga
Buenos Aires, EdM, Septiembre 2012


Daniela Rico Artigas es dramaturga, directora y actriz, trabaja en dos obras que están en cartel: La manchada y Casi que no está). Bien bien, muy bien (2008), obtuvo una mención en el Concurso Metrovías de Guiones de Teatro.

La preponderancia de lo pequeño se puede ir a ver los días Jueves a las 21hs. en Vera Vera Teatro, Vera 108 (Almagro), CABA.
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