APUNTES

Música acuática, por Ana Ojeda


A propósito de Las ostras, de Martín Cristal
Caballo Negro editora, Córdoba, 2012, 232 pp.


Somos madeja esponjosa en las garras de un gato cruel. Y no tenemos escapatoria. Más tira él de la hebra suavemente peluda, más se adelgaza nuestra respiración, que adelanta desgracia: el derrumbe final de Franco, hombre bueno que pugna por establecer un vínculo con el hijo de su mujer y darse un lugar en su nueva familia. Así, con esa tensión, trabaja Martín Cristal la materia de su historia en Las ostras, publicada con cuidado y elegancia por Caballo Negro (www.caballonegroeditora.com.ar), joven proyecto editorial cordobés: sobre la cornisa del suspenso. Su narrador, alfarero hábil, moldea el abismo de la tragedia como una pieza de cerámica húmeda. La modela con paciencia y arte, dándole forma, perfeccionando sus ángulos, su orientación; aprieta y ajusta hasta lograr situaciones que tanto pueden resolverse sin dificultad como desplomarse en la más amarga de las desgracias. El lector, aferrado a la baranda, sigue las derivas de los personajes con los ojos secos a falta de pestaña enmovimentada, intentando en vano anticipar lo que vendrá sin por eso poder hurtarse al correr de las páginas.
De entre el conjunto de voces que reúne la novela, Estela es un hallazgo notable. Por su construcción y porque monta a contrapelo del lugar común. Irrumpe en la novela con el deseo de quitarse los implantes mamarios que veinte años atrás, en 1985, Berna –su ex marido– adquirió para ella, que lo dejó hacer como si no se tratara de su cuerpo, de su ser. Ahora, en lo que parece el después de su vida, con un hijo muerto en un descuido doméstico y Jimenita estudiando en Nueva York, quiere sacárselos, quitar de sí la impronta de un ex marido que no atiende sus llamados y la incluye en la lista de visitantes no deseados que maneja el vigilador a la entrada de su nuevo country. Porque “mi cuerpo envejece pero mis tetas no”: sencilla constatación que basta para dar por tierra con el trompe-l’oeil trabajado con tesón por la American Way of Life, en la que el parecer desplaza al ser para entronarse en soberano supremo y absoluto.
El destino de las gotas: perderse o volver a ser charco o estanque, hilito o corriente, río o mar, siempre algo distinto y siempre agua.” El agua, en todas sus presentaciones, entreteje las historias que se (des)cruzan en Las ostras. Todas suceden –en primer lugar– durante una lluvia torrencial que castiga Córdoba durante 48hs. Bajo el agua duda Perla de su vocación de médica y recuerda a su padre anticuario, recientemente fallecido; bajo esa misma agua su hermano menor, baterista, rompe con el líder de su banda para poder convertirse en cantante de grunge; son esas gotas, en fin, las que provocan el resbalón que deja a Alberto Ishikawa con un tobillo fracturado, todavía viudo, todavía solo. Pero por más comparsa que haga desfile, en esta novela los protagonistas son dos y fascinantes. Está Berna, acaudalado personaje del ambiente inmobiliario, que lo mismo se preocupa por una actividad filantrópica que golpea a su mujer o pergeña la instalación de cañerías de menor diámetro en el tendido hídrico de un barrio residencial para quedarse con la diferencia, dejando a cientos –¿miles?– de personas con un abastecimiento de agua insuficiente. Y está, también, Franco: personaje entrañable que con dedicación y paciencia pugna por bajar de peso. Ambos compran casa nueva y se mudan a ellas con lo que tienen. En el caso de Berna, una novia vedette con show en Carlos Paz. En el de Franco, mujer con hijo de otro padre. La nueva casa de Franco fue en algún momento de Berna, escenario trágico que vio morir a su hijo, ahogado en la pileta del patio, mientras él y Estela se daban al amor y a las turgentes posibilidades de los implantes mamarios. La nueva casona de Berna, en un barrio privado, también tiene pileta, rectangular y angosta, con agua climatizada. La distancia que va del piletón funcional de Franco a la estilización design del ocio pagada por Berna es la que los separa a ellos como personas.
Berna destruye y Franco construye: son opuestos exactos, los dos polos de una moneda. El primero mata –porque sí– al único pececito sobreviviente del accidental corte de suministro eléctrico en su pecera última generación. Un pececito vistoso, de navegar elegante. Berna posee cosas bellas, que no puede evitar destruir: tampoco es capaz de retener a su novia, que desaparece luego del desfogue golpeador que le destina, furioso con ella por haber revoleado el almohadón responsable de la desconexión del enchufe de la pecera. Franco, en cambio, tiene a Rita, que lo cuida con inteligencia, que lo ayuda a resolver –como si de algo sencillo se tratara– el acuciante brete (con cara de remate judicial) en que se ha metido por distraído, por no mirar. Y tiene, también, una pileta llena hasta la mitad con agua de lluvia y en ella, chapoteando por su vida: una rata. Crónica de una muerte anunciada, si no fuera porque en mitad de la noche, como sonámbulo, Franco sale al jardín escoba en mano, se arrodilla junto a la pileta y tiende un puente inaugurando un futuro. La salva para salvarse él. Porque él es esa rata atrapada, que lucha con desesperación por sobrevivir, el hocico apenas sobre la línea de flotación, pataleando incansable contra el designio incomprensibles de fuerzas mayores.
Las ostras, novela de Martín Cristal, deja en el lector la misma sensación que debe haber sentido la rata al llegar a tierra firme: lo mejor está todavía por llegar. Sed de segunda parte es lo que queda.


Ana Ojeda 
Buenos Aires, EdM, noviembre de 2012
Imprimir

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada