RELATOS

Los viejos, por José María Brindisi


Todo había terminado. Tenía dieciocho años y era preciosa y estaba perdida”.
Jack Kerouac, En el camino.

La notaba triste y cansada: verla de ese modo se me hacía insoportable, y entonces me esforzaba por recordar que apenas tenía diecinueve años – dos menos que yo-, y que si bien le habían ocurrido ya demasiadas cosas, todavía le quedaba mucho tiempo por delante.
    Íbamos camino a Roma a encontrarnos con tía Isabel, y mi sensación era que ya nada podía conmovernos. Un tren en medio de la noche; abriéndose paso, solitario, como si viajara de una dimensión a otra. Esa imagen me había fascinado desde que era chico, pero ahora nuestro universo se había vuelto desoladoramente relativo: Lucía y yo habíamos perdido toda noción del tiempo. Cualquier ansiedad respecto de las cosas, cualquier deseo de descubrirlas o guardar alguna reminiscencia de ellas nos era ajeno. Incluso recuerdo que llevaba conmigo la cámara, en la mochila, lista para ser disparada, pero hasta el momento no había sentido el impulso de utilizarla ni una sola vez.
     Nada nos inquietaba, aunque supongo que de algún modo así queríamos que fuera, como si desplegáramos una especie de cerco alrededor de nuestros sentimientos, en especial de aquellos que pudieran surgir imprevistamente (acaso para protegerlos de nosotros mismos).
Habíamos recorrido un sinfín de ciudades en apenas tres semanas, pero aunque podía recordarlas a la perfección no hallaba ningún rasgo en mi memoria que se impusiera con cierta naturalidad sobre los otros. Ahí estaban Barcelona, París y Estrasburgo; y luego Bruselas, Amsterdam y Berlín, y Weimar, y Praga. Cada una era hermosa, a su manera, y a su manera eran todas infinitamente tristes.
En menos de un año y medio, nuestra familia se había desintegrado por completo.
Primero fue lo de papá. Conversábamos en la cocina, de pie, con unas primas que habían venido a visitarnos, hasta que de pronto le fue imposible emitir sonidos (es lo primero que recuerdo): se sostuvo contra una pared, asustado, y como pudo llegó hasta su cuarto. Por supuesto que nadie sabía qué le estaba ocurriendo, y de ahí que tardáramos unos segundos en reaccionar. Al fin fuimos a verlo, y estaba como petrificado; sentado en la cama, con los ojos abiertos, tomó mi mano y se aferró a ella con la fuerza que le quedaba. Se lo llevaron en una silla, en la engañosa pose de un rey mudo, y esa noche supimos que se trataba de un derrame.
   Lo operaron. Visto con una mayor perspectiva, quizá lo peor haya sido eso: la esperanza. Lucía y el recuerdo de su mirada, en la camilla, segura de que había vuelto a reconocerla, y más aun, de que se había anclado en sus ojos como quien huye de un mal sueño. Pero a eso siguió un segundo derrame, y luego el final. Todo el proceso había durado treinta y tres días, y empecé a preocuparme por mi hermana cuando creyó encontrar en ese número, el de Cristo, un símbolo de algo que por el momento no era capaz de desentrañar. ¿Pero qué podía ser importante, qué podía tener sentido más allá de la muerte?
   Cuatro meses más tarde, en diciembre, murió el abuelo. Es cierto que no lo veíamos seguido - vivíamos demasiado lejos-, pero el vínculo que nos unía a él era irremplazable. Para mí representaba, además, con su metro noventa y pico y su apariencia invulnerable – pese a que acababa de cumplir ochenta y nueve-, un símbolo: cada mirada, cada palabra y cada silencio, eran algo así como la encarnación de nuestra propia tierra prometida, un lejano y ostentoso reino de Bulgaria que por supuesto jamás había existido en los términos desmedidos en que yo me lo imaginaba. Cuando lo veía moverse por su jardín, erguido y con el paso seguro, o escuchaba el eco de su voz que llegaba desde lo profundo (de las profundidades de su alma), en realidad estaba viendo una fotografía: me la habían enseñado a los cuatro o cinco años, y en ella el abuelo y otros dos hombres estaban subidos a una ballena. La habían cazado ellos mismos, y era tan inmensa que apenas se los podía distinguir. Cuando hablaba con él, era como si su voz surgiera cada vez del fondo del mar. Era el sonido del mar, de hecho; pero se trataba de un mar que no conocía, y que ahora, sin su presencia, había dejado de interesarme.
   Un cáncer de pulmón acabó con él en poco tiempo, y un año más tarde mamá tuvo el mismo final, aunque las circunstancias eran bien distintas: ni Lucía ni yo la queríamos realmente, y recordábamos las discusiones que provocaba por cualquier cosa y la manera en que se pasaba el día quejándose por lo que fuera y haciéndole la vida a papá, por momentos, insoportable. Quizá exagero un poco, a la distancia otra vez; no quiero decir que no fuéramos felices ni tuviéramos nuestros buenos momentos, pero la verdad es que con demasiada frecuencia sobrevolaba el ambiente una sensación de fastidio que todo lo deformaba. Era inevitable tener la sensación de que mamá era una persona que se había visto frustrada en muchos aspectos, y que se había dado cuenta de ello muy tarde, cuando ya nada podía hacer al respecto. Solía lamentarse en voz alta y hacerle recriminaciones a un otro yo imaginario, sólo para que la casa le devolviera su propia voz, pero el destinatario de su furia era papá, y cada vez más seguido se desahogaba en persona con él. Papá no le hacía caso, y sin embargo a Lucía y a mí nos quedaba la sensación de que todo eso lo hería profundamente, y que nada más disimulaba para que nosotros no sufriéramos, o no le tuviésemos compasión, o lo que fuera. De cualquier modo, Lucía y yo guardábamos con ella una distancia enorme, mucho mayor desde que papá no estaba (en alguna medida, él hacía de nexo entre nosotros). Supongo que no es extraño que, en ese contexto, al principio no creyéramos en sus ostensibles muestras de dolor. Pero mientras yo prefería mantenerme al margen, mi hermana le manifestaba – aun en su economía casi total de gestos y palabras- su desprecio, resultado de la desconfianza y el rencor que mamá le inspiraba. No hubo tiempo para remediarlo. Tía Isabel decidió internarla casi a la fuerza, y entonces supimos lo que de seguro mamá sabía hace rato y que, movida por el temor, no había querido convertir en algo preciso.
   Recuerdo que entró en terapia intensiva un domingo, por la noche. El jueves siguiente perdió el conocimiento, y tres días más tarde todo había terminado.

Aunque Lucía no se apartó de su cama, y fue evidente que en esos días habían recompuesto, o más bien reinventado, una relación que quizá nunca habían tenido, yo sabía que la culpa debía estar devorándosela. Claro que no lo demostraba: era muchísimo más fuerte que yo. Siempre lo ha sido. Traté de hablarle, de todos modos. Pero enseguida intuí que estaba perdiendo el tiempo: era imposible llegar hasta ella si no me lo permitía (y estaba seguro de que no iba a hacerlo).
   No sé en qué momento se revirtieron las cosas. Pero poco después fui yo el que empezó a necesitarla. Y aunque las palabras seguían sin ser su hábitat, ella sí supo cómo hacerlo.

No podía dormir, aunque la verdad es que prefería estar despierto. No es que fuera del todo consciente, ni que realmente lo disfrutara. No en esos términos. Nada más empezaba a sentirme cómodo, a balancearme en el sonido monocorde del tren y en la manera en que nuestro viaje parecía estar suspendido en el tiempo. Dentro y fuera del tren era la misma cosa: la misma oscuridad, casi, excepto por los espaciadísimos postes de luz y algún que otro foco aislado. Ese paisaje me tranquilizaba. Supongo que me hacía sentir seguro. Hasta que repentinamente se me ocurrió que era extraño que no hubiésemos visto pasar a nadie por el pasillo, ni siquiera al guarda. Tenía la sensación de que ya habíamos entrado en Italia (luego comprobaría que estaba en un error); nadie nos había pedido nuestros pasaportes, ni habían venido a ver si estábamos vivos o a ofrecernos el servicio de comedor o cualquier otra cosa. Me acerqué a mi hermana, y sin pensar en lo absurdo de mi acto comprobé que estuviese respirando. Todo estaba bien, y sin embargo tuve miedo. Un temor estúpido, y sobre todo difuso. Ahora la oscuridad parecía invadida de malos presagios.
   Volví a mi asiento y traté de calmarme. En mi bolsillo había un folleto; busqué, en vano, el horario en que debíamos llegar a Venecia. Después recordé vagamente una melodía que le había escuchado silbar a un hombre la tarde anterior, en la estación. Intenté reconstruirla, pero sólo el principio acudía a mi memoria. El resto se desdibujaba, y lo único que lograba con eso era aumentar mi ansiedad.
   Como si hubiese acudido a mi ruego, un viejo abrió la puerta, entró y se sentó a mi lado. Me saludó con un gesto de la cabeza y le contesté del mismo modo. Seguía estando nervioso. El viejo se sentó como si fuera un robot, apoyando las manos rígidas sobre las rodillas. Empecé a sentirme incómodo; no buscaba imitarlo, ni mucho menos, pero sin querer adopté su misma pose. Enseguida sacó el diario del interior de su pequeño maletín, y yo recordé que en mi mochila cargaba el ejemplar de Moby Dick de mi abuelo. Era lo único que había querido llevarme de su casa.
   Lo tuve en mi mano un largo rato, pero otra vez no podía empezarlo. Ni siquiera lo abría, en verdad. Era como si me intimidara, aunque no se trataba exactamente de eso. Quizá se asemejara más al respeto, o bien a una especie de ceremonia que tal vez no quisiera iniciar porque entonces ya nunca habría una primera vez.
   Más tarde, el viejo salió al pasillo y a los cinco minutos regresó con dos vasos de chocolate caliente. Le agradecí en alemán, sintiéndome por ello bastante ridículo, y la sensación empeoró cuando él contestó “por nada” en perfecto español. Ambos nos reímos, sin embargo. Preguntó si Lucía era mi novia. Pareció complacido ante mi respuesta; dijo que no había nada mejor que viajar con una hermana, que era incluso la mejor combinación posible: un balance sumamente provechoso entre libertad y pertenencia. Supongo que sí, respondí, aunque sin demasiada convicción. Me encogí de hombros, y él volvió a reírse. El chocolate estaba muy bueno; era espeso, contundente, casi un desayuno completo en sí mismo. Debió ser eso lo que me empujó al sueño.

No vemos a nuestro hermano mayor desde hace cinco meses. Vino de Chile por unos días, cuando mamá estaba en el hospital, y luego del entierro regresó a Santiago a continuar con su vida. No lo culpo. No podía solucionar nada, en definitiva, y hace mucho tiempo ya que dejamos de necesitarlo. La verdad es que estuvo con nosotros todo lo que pudo, y si prefirió no visitar el hospital fue – imagino- para quedarse con la imagen que tenía de mamá y no tener que distorsionarla cruelmente con la devastación a la que tuvo que someterse los últimos días. Nadie podía culparlo por eso.
   Entre él y los tíos decidieron que sería bueno que Lucía y yo hiciéramos un viaje. De todos modos, era algo que estaba planeado de antemano y nuestra familia podía hacerse cargo del gasto sin ningún problema. Lucía dijo que prefería ir sola conmigo, pero a mí me daba igual: mi cabeza estaba en todas partes y en ninguna al mismo tiempo; olvidaba con frecuencia dónde estaba, por qué hacía las cosas, qué deseaba en realidad. Viajar no podía estar mal: tener mucho que observar implicaba no abrir casi la boca, cruzarse a cada paso con desconocidos, dejar de responder por lo que uno hacía o dejaba de hacer, o más allá, por la manera en que nuestros corazones se incendiaban en silencio.
   Al final, acordamos hacer un trayecto solos y reunirnos en Roma para continuar el viaje (tía Isabel había planeado, en principio, recorrer el sur de Italia en auto una vez que hubiese terminado con sus ocupaciones).
   Ahora habíamos atravesado ya un tercio de Europa; resolvimos pasar por alto Venecia y Florencia, y seguir hasta Roma, porque sabíamos que con Isabel tendríamos de seguro una sobredosis de arte y de historia y no queríamos saturarnos. Hasta ese punto la desidia se había convertido en el motor de nuestras vidas. Normalmente, todo eso nos habría fascinado, pero ahora cuidábamos con celo cada cosa que había sobrevivido. En ese sentido, quizá había sido un error hacer el viaje. Porque algo que todavía nos quedaba era el mito, las ciudades míticas que habían poblado siempre nuestra fantasía, hasta desbordarnos.

Con todo, algunos encuentros o episodios breves regresaban a mi mente con cierta asiduidad, pero eran casi todas anécdotas irrelevantes; reflejos caprichosos de la memoria, en todo caso, sin otro efecto sobre mi ánimo más que el de establecer determinados lazos entre cosas que de ningún modo estaban relacionadas. Dos viejos llorando frente a lo que quedaba de un antiguo edificio en el Kreuzberg, el barrio turco de Berlín. Un alemán sacado de una película de John Waters, que hablaba todos los idiomas pero parecía no entender ninguno. Un hombre que casi me derriba de un golpe, en el subte parisino, sólo por subir las escaleras del lado equivocado. La inglesa de aquél bar de Praga, de la que cualquier otro, en cualquier otro momento, podría haberse enamorado con facilidad. Las baldosas específicas para que los perros hagan lo suyo, en Bruselas. Otra vez Praga: los españoles que nos invitaron una noche a su departamento, y una vez que Lucía se había dormido me detallaron cómo les gustaría torturar y matar a sus padres, y el plan que tenían para hacerlo (aunque esto último no lo creí). La salamandra gigante, casi fantasmal, instalada en medio de un restaurante clandestino en alguna parte de Ámsterdam.
   Ninguna cosa significaba nada. Y sin embargo estaban ahí, haciendo ruido.
Cuando volví a despertarme, en el tren, el viejo ya no estaba y Lucía hojeaba la contratapa del libro de Melville como si se tratara de una de las siete maravillas del mundo (y lo era, pero todavía no podíamos saberlo).
   Yo volvía de un sueño con la inglesa en el que compartíamos, una vez más, nuestro desprecio por Kafka. En mi caso no tenía ningún fundamento, pero pensé que una opinión tan independiente podría deslumbrarla, y lo más extraño es que ella estaba absolutamente de acuerdo conmigo. Todo era tan estúpido que tuve que hacer un esfuerzo, mientras me despabilaba, para comprender que había ocurrido, días atrás, tal cual lo había soñado. Pero parecía que habían pasado doscientos años: una interminable y dolorosa era del vacío.

¿Recordábamos sus últimas palabras?
¿Las habían dicho?
¿La gente común tiene el valor o el tiempo de hacer ese tipo de cosas?
De todos modos: ¿hubiésemos estado ahí para escucharlas?
¿Estuvimos?

Lucía no sabía nada del viejo. Ni siquiera lo había visto. Revisamos nuestras cosas y luego, al comprobar que no faltaba nada, me sentí culpable.
Pronto la culpa se disipó: amanecía, pero la imagen era tan poderosa, tan soberbia, que provocaba en uno la sensación de que semejante fenómeno debía estarse produciendo por primera vez. No soy poeta, ni trato de serlo. Simplemente, describir esa intensidad era un gesto tan absurdo que a toda costa debía ser única, y lo era. O al menos yo no la conocía.
Fui a desayunar al vagón comedor. Me sentía sereno, con un tipo de bondad y de placidez respecto de los otros que quizá jamás había experimentado. O era otra cosa: habíamos hecho un viaje que hasta ese momento, para mí, no representaba nada, y ahora, sin pretender darle ningún significado, sin buscarlo, notaba que las cosas comenzaban a interesarme de nuevo. A través de la ventanilla del tren, del vidrio que yo suponía había distorsionado asombrosamente mi ánimo, Venecia se asemejaba a un recuerdo perfecto – un oxímoron, en verdad-, una especie de conjuro en el que todos los sueños se reunían para cifrar una esperanza maravillosamente falsa.
Llegamos a la estación. Faltaban quince minutos para enlazar con el tren a Roma. No fue algo premeditado, pero ambos fuimos con cierta naturalidad hasta donde estaban los lockers. Dejamos nuestro equipaje, quedándonos únicamente con las mochilas y una riñonera. A continuación, comprobamos que el siguiente tren partía en cinco horas. Era el tiempo que teníamos.
No recuerdo haber observado el reloj, aunque tengo muy presente la proximidad del calor del mediodía. Salimos a caminar. Lucía dijo que tenía hambre. Pero a ninguno de los dos se nos ocurría qué comer en una ciudad como ésa.

Una tarde en que Lucía estaba en el hospital, decidí aceptar la invitación de mi hermano y acompañarlo a dar un paseo. Aparecimos en Recoleta, y recién ahí recordé que hacía mucho tiempo que no andaba por la zona. De hecho, creo, la última vez también había sido con él. Recuerdo que aquél día tomamos una cerveza en el Café de las Artes, observando durante largo rato a dos mujeres viejísimas que discutían y se esforzaban – por momentos en vano- por no elevar demasiado el tono de voz. Pese a su edad avanzada, y a que algo así era inimaginable, llegamos a temer que se agredieran físicamente. Los gestos y sobre todo las miradas que se dirigían eran increíblemente violentos, aunque no llegasen a explotar en ningún momento. Noté que los demás no les prestaban mucha atención, incluso hasta les era indiferente. Pensé que quizá las viejas repitieran la misma comedia todas las tardes. Pero de todos modos parecía que se odiaban. O más aun: que habían tenido una relación íntima, quizá entrañable, y algo la había quebrado brutalmente. Entramos a Bellas Artes, quedándonos allí apenas unos minutos, y después dimos algunas vueltas por Plaza Francia y sus alrededores. Había cientos de chicas hermosas por todas partes, pero mi hermano, que siempre era el primero en notarlo y jamás podía abstenerse de hacer algún comentario, se mantenía esta vez inmune, en silencio. Volvimos a la Plaza y nos sentamos a escuchar a un grupo. No soy un experto, pero podría decirse que se movían en distintos géneros a partir de un sonido o idea jazzística. Al menos tocaban con ese tipo de autonomía. En una pausa, los músicos se mezclaron con la gente; intercambiaban saludos, tomaban cerveza o vino, con alguno se abrazaban o reían efusivamente. El guitarrista, sin embargo, se mantuvo aparte. Permaneció en el fondo, junto a un árbol, recostado, cubriendo todo el tiempo su rostro con los brazos en cruz. De pronto apartó los brazos y giró levemente la cabeza. Me miraba. No supe bien qué hacer. No estaba atemorizado, pero era algo extraño, como si quisiera decirme algo pero no estuviese del todo convencido, o como si le recordara a alguien. Hasta que me di cuenta que en realidad estaba observando a mi hermano. Entonces: él también estaba mirándolo. No se dijeron nada. Pero recuerdo que pensé: parece un fantasma viendo a otro fantasma.
   Esta vez, en cambio, dimos una vuelta rápida y tomamos un taxi hasta el centro. Hicimos unas cuadras por Córdoba, alejándonos del río. Después, caminamos por Reconquista y por 25 de Mayo, recorriendo la zona de los bares irlandeses. Se me ocurrió preguntarle si era feliz en Chile. Contestó que no, pero que el lugar en el que estuviese viviendo no hacía la diferencia. Aunque su respuesta me entristeció, me sentí más cerca de él. Apoyó una mano en mi hombro y lo apretó con suavidad, como si no fuese capaz, pese a su voluntad, de darme un abrazo verdadero.
   Llegamos a Retiro. No puedo decir por qué –quizá se trate sólo de mi imaginación-, pero ahí, en medio de la plaza, en ese espacio abierto, tuve la sensación de que se sentía más seguro. Pero yo sentía otras cosas: que la ciudad envejecía a nuestro alrededor, hasta pudrirse, y que en el fondo habíamos estado siempre enormemente solos.

La iglesia de San Marco estaba protegida por cordones en su interior, prohibiendo el tránsito por determinadas sectores – la mayoría- que sufrían el peligro latente de hundirse, a causa del exceso de visitantes. Vimos lo que pudimos, y cuando nos cansamos de no poder ver volvimos a adentrarnos en la ciudad. Nos sentamos en un café, al lado de un pequeño puente, a observar a los transeúntes: había muchos turistas, desde ya, pero algunos parecían correr a sus trabajos. Es inútil señalar lo extraña que resulta una ciudad como Venecia, en la que las calles están hechas de agua; pero me sobresaltó la idea de que era imposible que alguien viviera allí de modo permanente, durante todo el año, convirtiendo la improbabilidad casi morbosa de ese paisaje en un simple escenario de rutina. Era un pensamiento absurdo, por supuesto, y lo comprobaría poco después cuando, en una juguetería, no pude contenerme y se lo pregunté a la dueña. La mujer, una anciana que debía rozar la centena, me dijo que no sólo había vivido siempre en Venecia, sino que incluso en la misma cuadra.
   Recordé aquella postal de Absolut, en la que las palomas formaban la silueta del vodka en Plaza San Marco, y recordé también, vivamente, la sensación de fragilidad que me producía esa imagen. Ahora era un recuerdo bello y melancólico, y era casi un recuerdo del presente.
   Entonces Lucía dijo algo que me sorprendió. Quería llamar a Chile. Buscamos un teléfono y daba ocupado, pero al segundo o tercer intento logró comunicarse. No sé los detalles de la charla, pero Lucía le prometió a nuestro hermano, sin consultarme, que iríamos a visitarlo en cuanto pudiéramos al regresar de Europa.
   Colgó y me dio un beso, y me gustó que lo hiciera.
Caminamos otra vez hacia el Gran Canal. La vi tan hermosa que no pude evitar preguntarle si era feliz, si creía poder serlo, de cualquier manera en que eso tuviese ahora algún tipo de sentido. Debía haber algún modo. Enseguida noté que tenía puesto el walkman. Pareció no escucharme, pero yo no estaba seguro de eso. Como toda respuesta, en cambio, recibí una sonrisa. Supongo que era lo máximo que podía pedirle.
   De todos modos, era un mediodía fantástico: el agua despedía una ligera brisa, una especie de caricia que apaciguaba el ánimo y desterraba cualquier ansiedad. Disponíamos todavía de un par de horas, así que nos sentamos a beber un último café bajo el sol. Recordé lo que papá me había contado alguna vez: a los gondoleros hay que pagarles para que canten, pero luego cobran también por callarse. Me pareció un ritual fabuloso, como si fuese imposible acceder a su mundo, sin importar lo que uno hiciera. Pero los que ahora pasaban frente a nosotros se mantenían en silencio. Me pregunté si sus pasajeros conocerían las reglas.
   El sol bajaba con fuerza, ahora, y Lucía dejó sus hombros al descubierto para broncearse. Yo terminé de un sorbo mi café. Después tomé la mochila, saqué el libro de Melville y lo abrí en la primera página. Llamadme Ismael, leí. Sabía que esta vez iría hasta el final, pero sentí el impulso de levantar la vista y mirar otra vez a mi hermana. La observé con atención, cuidadosamente; sentí que ese impulso sostenido era a la vez un reencuentro y una despedida. Y recordé, como un susurro que crece y se proyecta hasta lo infinito, que todavía era increíblemente joven.
   Que ambos estábamos a tiempo de volver a serlo.
Jose María Brindisi
Buenos Aires, EdM, diciembre 2012



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