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Los invasores, por Alcides Rodríguez


El 4 de octubre de 1957, rodeado de un hermético secreto, un poderoso cohete soviético con una preciosa carga a bordo despegaba de la base de Tyura Tam, una localidad ubicada en un remoto lugar de la URSS. A 227 kilómetros de la superficie terrestre el cohete liberó una extraña esfera dotada de cuatro antenas. Fue así como el PS-1, mejor conocido como Sputnik, comenzó a orbitar el planeta, convirtiéndose en el primer satélite artificial de la Historia.

Era usual en los EE.UU. de principios de los años cincuenta sostener que la URSS era incapaz de crear tecnologías de alta complejidad. Un país que producía automóviles tan anticuados y feos o vestimentas de una elegancia más que dudosa no podía tener científicos de mucho talento. Para el presidente Harry Truman la bomba atómica soviética de 1949 había sido posible sólo gracias al esfuerzo de científicos alemanes capturados tras la Segunda Guerra Mundial. Un chiste muy en boga en esos días decía que los soviéticos nunca podrían ingresar una bomba dentro de una valija a los EE. UU. porque eran incapaces de perfeccionar la valija. Cuando Pravda, en su edición del 18 de septiembre de 1957, anunció que pronto se lanzaría al espacio un satélite artificial con fines científicos, nadie en Washington dio mucha relevancia a la novedad. “Usted sabe lo complicado que es construir y lanzar un satélite. Esa gente jamás podrá hacerlo”, le decía el general Bruce Medaris, director de los proyectos misilísticos del ejército estadounidense, a Wernher Von Braun, un antiguo científico nazi que formaba parte de su equipo de trabajo.


A principios de 1956 Nikita Jruschov y otros líderes soviéticos visitaron la base secreta de Kaliningrado. Sergei Korolev, uno de los principales diseñadores de cohetes de la URSS, dirigía allí un equipo de trabajo. Calculadamente, fue mostrando a la comitiva los diseños de misiles de su oficina, reservándose para el final el más ambicioso de todos: el R-7, el lanzador más potente del mundo, capaz de trasladar armas atómicas a cualquier punto del planeta. La sorpresa fue total cuando los visitantes vieron la maqueta a escala 1:1 del gigantesco cohete. En ese sublime momento Korolev se dirigió a una mesa en donde se exhibía un extraño aparato lleno de antenas. Nadie acertó a adivinar que se trataba de un satélite. Jruschov, aún bajo los hipnóticos efectos de la visión del R-7, respaldó la idea de adaptar el cohete para que pudiese depositar al satélite en el espacio. Sólo puso la condición de que el proyecto no entorpeciera el desarrollo del cohete como arma. Los meses siguientes fueron frenéticos y plagados de dificultades. El R-7 padecía los clásicos e innumerables problemas de las invenciones revolucionarias. A veces se agotaban las soluciones tradicionales y se hacía necesario improvisar. Leonid Voskresensky, el jefe de pruebas de Korolev, había desarrollado un método muy poco convencional para resolver las persistentes pérdidas en las válvulas de oxígeno del cohete. Tapaba la válvula con su gorra y luego orinaba sobre ella. El oxígeno a 180º bajo cero se encargaba de congelar la orina, sellando así la fuga. No era inusual que muchos de estos problemas se agravaran debido a las tormentosas relaciones entre Korolev y Valentín Glushkó, el mejor experto soviético en motores cohete. Celos, viejas facturas y una feroz competencia emponzoñaban la convivencia entre estos dos grandes de la tecnología espacial soviética.

“Un Pearl Harbor tecnológico”. Así calificó la aparición del Sputnik el físico Edward Teller, padre de la bomba de hidrógeno norteamericana. La prensa estadounidense, alarmada, informaba la novedad con editoriales catastróficos. El gobierno republicano de Dwight Eisenhower hacía grandes esfuerzos por minimizar la situación. Cuando un apesadumbrando periodista le preguntó al presidente su opinión acerca del Sputnik, la respuesta fue que los rusos habían lanzado tan sólo una “pelotita” al espacio. La población, sin embargo, no compartía la despreocupación presidencial. En todo el país hubo gente que se organizó para llevar a cabo un seguimiento del satélite. Las emisoras de radio informaban durante todo el día los horarios en los que el Sputnik pasaba sobre territorio norteamericano. Prismáticos y telescopios hogareños escudriñaban cuidadosamente el firmamento en su busca. Se decía que el satélite era responsable de una serie de hechos misteriosos, como la súbita apertura de puertas de garajes o el apagado del alumbrado público. Lyndon Johnson, líder de la oposición demócrata, no demoró en aprovechar políticamente la situación. “El control del espacio - afirmó en una conferencia de prensa – significa el control del mundo (…) Desde el espacio los amos del infinito tendrán el poder de controlar el clima de la Tierra, provocar sequías e inundaciones, cambiar las mareas y aumentar los niveles del mar, desviar la corriente del golfo y cambiar la temperatura del clima para producir frío”. La URSS parecía estar dando pasos decisivos en esa alarmante dirección. El miedo se extendió a lo largo de todo el país a velocidades astronómicas. La “pelotita” de Eisenhower mostraba a los estadounidenses que su territorio había dejado de ser seguro.

Las palabras de Johnson bien podrían haber sido leídas por Orson Welles en su célebre transmisión radial de La guerra de los mundos de 1938. Cuatro años antes de que el Sputnik llegara al espacio, el director Byron Haskin llevó la novela de H.G. Wells al cine con gran éxito. Más aún, la película ganó un Oscar por sus efectos especiales. En 1967 la cadena televisiva ABC puso en el aire la serie Los invasores. Su protagonista, el arquitecto David Vincent, se había enterado en forma accidental de la existencia de un plan extraterrestre cuyo objetivo era la conquista de la Tierra y el aniquilamiento de la especie humana. Único testigo del aterrizaje de un platillo volador, su misión era convencer a “un mundo incrédulo” que “la pesadilla había comenzado”. Tarea nada sencilla dado que, a diferencia de los monstruos de La guerra de los mundos, los nuevos invasores adoptaban formas humanas y trabajaban sigilosamente en pos de sus pérfidos designios, mezclados entre los terrestres. Un estudiante, una joven bonita e irresistible, un compañero de trabajo, un amigo, una dulce anciana… cualquier persona podía ser uno de ellos. Sólo al morir revelaban su verdadera naturaleza extraterrestre, incinerándose en cuestión de segundos en una intensa llamarada de un color rojo similar al de la bandera soviética. Los desvelos de Korolev y Glushkó, la Guerra Fría y el macartismo habían producido inesperadas trasformaciones en los invasores extraterrestres de la ciencia ficción norteamericana.


Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, febrero 2013



(La mayor parte de los datos se extrajeron de Brzezinski, M., La conquista el espacio, El Ateneo, Bs. As., 2008)
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