PIES DE IMAGEN

Abuelo, por Bruno Petroni


Mi abuelo paterno no fue un abuelo estilo Little miss sunshine. Un viejo de modales rudos, que se picara el brazo, que me recomendara pornografía, y que esté todo bien. Si mi abuelo paterno hubiese sido así, narrar sobre él habría sido fácil. Todas mis narraciones habrían comenzado con un poco de clima de época (una Buenos Aires, supongamos, con vicios londinenses y peligros políticos), y habrían terminado en la exageración de sus desmanes, de sus características grotescas, y la muerte como premio heroico a la vida bien vivida. Eso estaría bien. Yo hablaría sobre ese abuelo cualquier noche, llamaría la atención con mi relato engañoso, heroico. Pero no es el caso.

Sobre mi abuelo materno, en cambio, sí es fácil narrar. Mi abuelo materno: un leñador de la selva misionera, con dotes de macho cabrío, y dos familias paralelas. Una en el monte, una en el medio de un pueblito. Hijos que, con el paso del tiempo, se le fueron desperdigando por ahí, sus mujeres que envejecieron y murieron, y una última conquista a sus setenta años: una paraguayita veinteañera. Con ella, mi abuelo materno tuvo su último hijo, a sus setenta y dos años. De eso hablo a veces. -Un semental-, termino diciendo, como si yo tuviera algo que ver. De mi abuelo materno también, a veces, habla mi vieja o mi tío. (Mi abuelo materno vive, tiene ochenta años, un kiosco con mesitas en un pueblo misionero. Si cualquiera de sus nietos va y pide una cerveza, el viejo te cobra, te destapa y hasta te sirve, pero no te dice nada. Vos le decís -¿Así nomás le servís a tu nieto?-, el viejo entrecierra los ojos, y te dice –Eh, nieto, ¿cómo está?, ¿qué anda haciendo?-, -Nada, acá de paseo, ¿y usted, abuelo?-, -Muy bien, muy bien-, dice él, te palmea y se va, sin decir más nada, sin tener idea cuál de los nietos (hijos de paraguayos de paraguayos de paraguayos) podés llegar a ser). A mi abuelo materno lo narramos todos, es fácil. Lo acabo de narrar yo, inevitablemente.

En cambio, mi abuelo paterno es esta foto. Mi abuelo paterno es la única foto de un viejo normal que aparece en las imágenes del Google si uno tipea: “Viejo”. Un agujero en blanco y negro. Un hombre que murió de diabetes a no sé qué edad, como muere cualquier hombre, que trabajó toda su vida en negocios urbanos sin riesgo y con ganancia modesta. Un hombre que se murió unos meses antes de que yo naciera. -Mi mamá quedó embarazada y a los dos días se murió mi abuelo-, eso diría si me obligaran a narrar algo sobre él. Inventaría una filiación mística, dejaría entrever una transmutación, algo así. Pero nunca narré nada sobre mi abuelo, porque mi otro abuelo siempre fue más fácil, porque no me sale inventar mentiras tan berretas (ni siquiera sé cuándo, realmente, murió mi abuelo paterno). En mi casa (que era la única casa en la que yo pasaba el tiempo, porque no había casa de la tía ni casa del tío, y mucho menos casas de abuelas) nunca nadie dijo nada sobre él. Siempre fue un silencio. Pero no un silencio de secretos, traiciones o virilidades prohibidas, en realidad, mi abuelo siempre fue un olvido más que un silencio. Porque un silencio es una cuerda en tensión, un conflicto declarado, aunque estático, un narrador de Faulkner preparando su relato. En cambio, mi abuelo es un olvido puro. El hombre que nunca hizo nada, un agujero en blanco y negro. El fracaso de una narración: una foto falsa sobre la que no hay nada que decir.

Bruno Petroni
Buenos Aires, EdM, marzo 2013

Bruno Petroni publicó, en 2012, Los chicos y las guerras en la Colección Brindis.
Imprimir

2 comentarios:

Anónimo dijo...

me gustó muchísimo este texto, inteligente, interesante, sardónico y con la virtud, siempre apreciable, de mostrar cómo es construir algo sin materiales visibles o tangibles: hace evidente el procedimiento, pero el tema duplica el recurso, eso !

Romina Rivero dijo...

Petroni, el genio de siempre, inevitable sonreír cuando uno termina de leerte.

Publicar un comentario