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¡Atención! Desbordó la letrina: otra imagen de las inundaciones, por Pablo Luzuriaga




Susana de Verón sufría de artritis, con la humedad le dolían las articulaciones y le era imposible salir de la casa. La recuerdo sentada, con los párpados caídos por el cansancio de los años, tocándose la rodilla a la que apenas llegaba con sus brazos cortos. Las manos, pequeñas pero inflamadas, eran las de una mujer sin lavarropa. Llevaba el pelo atado atrás y en los cachetes diminutas manchas negras. Era de sonrisa fácil. El mate lo tomaba con una de azúcar y una de café. La recuerdo en su mesa grande del living-comedor-cocina seleccionando palitos de helado, el trabajo que su hija mayor llevaba de la fábrica a la casa para compartir con ella. Separaba con paciencia los sanos de los rotos. Bolsas de consorcio repletas con maderitas esperaban su turno.

    Murió en la calle de un ataque cardíaco, volvían en caravana del bautismo de una nieta, la familia completa vestida para la ocasión. Me perdí el velorio y al otro día fui a visitar a Verón, su marido, que se llama Antonio pero nadie le dice así. Estaba con los suyos afuera, sentado. Me vio llegar, se paró para abrirme y, en un llanto incontenible, se derrumbó sobre mí. Era difícil sostenerlo, Verón es muy alto, si bien tiene un andar encorvado, es alto y de espaldas anchas, manos enormes y ojos muy pequeños que ese día estaban rojos, mojados. Lleva los rulos largos y negros manchados de canas, siempre que puede lleva el pelo mojado, como la mona Giménez.
     Juntos, los Verón, tuvieron dos hijos, Noelia y Nahuel. Susana era madre de dos mujeres cuando se enamoró de Antonio. Fue una tarde fatídica en la que su ex marido, como era costumbre, la estaba golpeando hasta que el de las espaldas anchas entró cuchillo en mano como buen correntino y le dio para que tuviera. Se mudaron juntos y nada más la muerte los separó.
     Verón sigue viviendo en la misma casa, sobre la calle Humboldt, en el barrio de Las Tunas, partido de Tigre. Tras la muerte de su mujer, lo que más temía era que Nahuel, de apenas diez años y con un leve retraso, en las horas que quedaba solo entre la escuela y su vuelta del trabajo, se metiera con la droga y su casa se volviera el aguantadero de los chorros. A Verón se lo respeta en el barrio, pero trabaja muchas horas para una compañía que distribuye cableado de alta tensión, anda subido a los postes, el trabajo aéreo, o haciendo pozos en las veredas, el terrestre. Una de las hijas de Susana vive en la casa del fondo, pero cumple horario en la fábrica.

Entre el 3 y el 4 de abril pasado, se inundaron la ciudad Autónoma de Buenos Aires y, como nunca antes, la ciudad de La Plata dejando un saldo de más de cincuenta muertos y miles de evacuados. El barrio de Las Tunas, en Tigre, también se inundó. Se trata de una de las peores catástrofes de toda nuestra historia, la imagen que deja el agua cuando se retira es desoladora. Por lo menos desde Florentino Ameghino en adelante (su estudio es de 1884) que la alternancia entre sequías e inundaciones en la provincia de Buenos Aires no puede ser considerada como una catástrofe sorprendente. Las muertes se hubieran podido evitar.

El barrio de Las Tunas, donde a Susana de Verón le dolían las articulaciones cuando había humedad, en verdad, se inunda casi todos los años y cada vez más seguido. Cuarenta mil personas viven en los terrenos más distantes de la ruta 9, en las trece manzanas de la zona conocida como “las quintitas”. Trece manzanas donde las casas de material son las menos, imperan las chapas y las casillas de madera. En los años 30, en ese lugar había patos, cazadores avezados viajaban desde Martínez o San Isidro para ir a cazar con sus perros. Era un bañado, una zona baja a la que los primeros ocupantes le fueron agregando tierra. Camiones de tierra, escombros de obras que salen de la ciudad en volquete, y se venden en el corralón. El que puede, sabe que antes de levantar ninguna pared hay que conseguir camionadas para el relleno. Con cualquier lluvia el agua aparece y los charcos parecen no terminar nunca.
     Desde 2000 a esta parte la cosa empeoró. Tras las vías del tren, después de la última calle, levantaron un muro y atrás el mega emprendimiento del barrio privado Nordelta. Con los años los barrios privados fueron avanzando sobre las zonas descampadas donde los vecinos de Las Tunas solían armar los campeonatos de fútbol: al norte levantaron un nuevo muro y fundaron el barrio privado “El encuentro”, al sur otros barrios más como “El Talar del lago I y II”. Así, las trece manzanas precarias del barrio Las Tunas, como se puede ver en esta imagen satelital, quedaron entremuros, detrás de los cuales hay calles con nombres sin historia, lagunas artificiales, casas con pileta, jardinería, agua potable y red de gas natural.


     Los barrios se construyen con más relleno y con sistemas para que el agua de las lluvias se aleje de las casas. Durante una de las últimas lluvias, Nordelta cerró las compuertas que administran el ingreso del arroyo (filtra los desechos más vistosos) y desbordó por completo. El colapso ambiental tanto de las napas y la cuenca del arroyo por contaminación urbana e industrial es total. Un estudio hídrico en el barrio Las Tunas mostró que el agua contiene 100 microgramos de arsénico por litro lo que produce distintas enfermedades entre las que se destacan las afecciones dérmicas.
     En 2007, sobre la cuenca del arroyo del lado del barrio de los pobres fue denunciado el vuelco clandestino de materia fecal desde camiones atmosféricos.
     De esta manera, la zona más densamente poblada de este territorio, se vuelve la letrina inmunda de los barrios náuticos. Así es como afectó la inundación del 3 y 4 de abril pasado, en este otro lugar de la provincia de Buenos Aires y del mismo modo una y otra vez desde hace años. Lo que vuelve todo aún más dramático en la vida de estas trece manzanas superpobladas es que en Nordelta hay una fundación, y que al igual que millones de argentinos también durante estos primeros días de abril llamaron a juntar de forma urgente donaciones de frazadas, sábanas, ropa de niños, lavandina y agua mineral, pero no para La Plata o para el barrio Mitre de la ciudad de Buenos Aires, sino para “nuestros vecinos afectados del barrio Las Tunas”. La colecta se hizo en las oficinas del centro comercial de Nordelta, de lunes a viernes de 9 a 13 y de 14 a 17:30hs.

Pablo Luzuriaga
Buenos Aires, EdM, abril 2013
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3 comentarios:

Anónimo dijo...

esta nota debería tener lugar en un medio masivo: yo la agradezco, me preocupa, interesa e inquieta el tema, y hubiera querido tener más información sobre ésto en diarios, noticieros, envialo a donde pueda ser más visible, Pablo, y el final, un cross a lo Arlt.

Anónimo dijo...

Muy buen relato Pablo! Soy de los que cree que es el Estado el que debería exigir que se hagan bien las cosas.
Saludos

Pablo Luzuriaga dijo...

Lamento que sus comentarios hayan quedado como anónimos, me hubiera gustado responderles con menos en la neblina, de cualquier modo les agradezco y comparto la preocupación por estos casos que quedan fuera de la cuenta. Un saludo grande a amb@s.

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