PIES DE IMAGEN

Cinta Scott, por Miguel Vitagliano


No es una cinta, pero no deja de ser una proyección adhesiva: es Francis Scott Fitzgerald disfrazado de mujer en los tiempos en que hacía teatro en la universidad. Era su tercer año en Princeton donde había ingresado en 1913 y sus estudios iban de mal en peor. Consiguió de todos modos que lo aceptaran condicionalmente como estudiante en el Departamento de Inglés, lo que más deseaba, y empezó a preparar su comedia The Evil Eye (Mal de Ojo) , en la que se reservó el papel más provocativo, el de la primera bailarina. Como en el grupo de teatro planeaban hacer una gira por distintas ciudades, enviaron una gacetilla a la prensa junto con la fotografía en la que Scott Fitzgerald posaba con peluca rubia, un hombro bastante descubierto y una sonrisa de ambiguas promesas.
     Cuando todo estaba listo para el estreno, los profesores reconsideraron su posición y prohibieron que siguiera adelante con las actividades teatrales por su malogrado rendimiento académico. Era septiembre de 1916, el primer gran fracaso en escena de Scott Fitzgerald que abandonaría Princeton un año después y que al cabo de una década se convertiría en el novelista más representativo de la nueva modernidad que agitaba a su país.
     
      En la foto posa tal como “el ojo” espera verlo. Actúa el semblante de la primera bailarina; es decir, toma como verdad la mentira para resultar verdadero, del mismo modo que cada uno de nosotros actúa distintos roles sociales en un solo día sabiendo en qué momento “el ojo” quiere vernos hijo, padre, madre preocupada, empleado sumiso, o amante. Las escenas exigen el cumplimiento de un papel ya establecido para que la ficción que vivimos resulte única y verdadera. Ser fotogénico consiste en eso: adecuarse a lo que espera “el ojo” en el que queremos ser mirados. Scott Fitzgerald no sólo mostró su capacidad fotogénica en ese retrato, a lo largo de su vida -y fue breve, murió en 1940-, trató de atravesar el ojo por donde miraba esa nueva modernidad, una época entregada al poder de la imagen, por eso su deseseperado interés por trabajar en la industria de Hollywood, la mayor proyeccción adhesiva de masas del XX.
     Scott Fitzgerald fue un tester de la modernidad en el norte como Roberto Arlt lo fue en el sur. La década del 20 encontró en las narraciones de ambos el despertar de una nueva sensibilidad, tan urbana como altisonante, desmedida y estridente para los ojos confortables. Diferentes entre sí, aunque igualadas en la misma tensión. En un relato que Fiztgerald escribió para un diario, un hombre visita el pueblo de su infancia y le cuenta a otro cómo su vida cambió veinte años atrás a causa de una moneda que encontró en el suelo, porque le permitió completar la suma para comprar su boleto a la gran ciudad; ignora que el otro hombre es quien perdió esa moneda que lo ancló allí para siempre. Y en una aguafuerte, Arlt cuenta de un hombre que ve perder una mujer en un tranvía porteño que acaba de retomar su marcha; sabe que ella podría ser la mujer de su vida, lo ha entrevisto en su mirada y, sin embargo, la ha dejado ir para siempre porque le faltaba una moneda para pagar el boleto.
    La fragilidad ante las cosas, la sensación de que todo puede cambiar radicalmente por un destello de la suerte o por un golpe de ojo: ese es el punto que los reúne, no la moneda. Arlt y Fitzgerald murieron a sus cuarenta años y en la misma década, convencidos de que vivían en un tiempo de la imagen. No hay retrato de Arlt que eluda su capacidad fotogénica: en todos es el escritor que escapa del cuadro de lo que se espera que debía ser un escritor. Pero el sentido que daba Arlt a la fotogenia contradecía el significado marcado por el diccionario, y aun así acertaba en primer plano. En “¿Soy fotogénico?”, una aguafuerte de 1928, lo expone a las claras: ser fotogénico es parecerse a las estrellas de Hollywood, todos se desviven por parecerse a ellas, todos quieren ser ese gran ojo que los mira para escapar del “mal de ojo” en el que viven.
    Arlt estaba tan convencido como Scott Fitzgerald de que la pantalla era un vórtice de poder y no dejó de escribir sobre sus efectos en la prensa. Es más, en los años 30 se inclinó por el teatro postergando la narrativa, consciente de que era al menos una manera de participar de la imagen en presente. Tanteando más de cerca la industria de Hollywood, Fitzgerald escribía en el manuscrito de su novela Suave es la noche (1934): “Ya en 1930 tuve la corazonada de que las películas sonoras convertirían al novelista de mayor venta en algo tan anticuado como las películas mudas. Quería hacer películas por encima de cualquier cosa.”
   La experiencia de Fiztgerald en la industria del cine fue una espantosa resaca en continuado que terminó con la redacción de unos cuentos protagonizados por Pat Hobby, un guionista fracasado. Al principio exigía 50 centavos por palabra y le resultaba difícil conseguir editor, así que fue bajando las exigencias hasta dejarlas libradas al “ojo del mal”, ese que ya conocía de sobra.
    La última de aquellas historias se publicó cinco meses después de la muerte de Scott Fitzgerald quien en sus últimos telegramas agregaba Pat a su firma, como si ladeara la cabeza hacia el hombro desnudo.

Miguel Vitagliano
Buenos Aires, EdM, abril 2013
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1 comentario:

Anónimo dijo...

Es curioso: también Hemingway experimentaba con roles de sexo en algunos cuentos y más extensamente en El Jardín del Eden, obra postuma. Sera una reacción al voto de las mujeres en el 1919 y las nuevas relaciones de género en los EE. UU?
Gracias por el hallazgo,
Wolfgang Karrer

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