APUNTES

Lo que nace de la muerte: sobre Gordon Matta Clark, por Sebastián Kohan Ezquenazi


Gordon Matta-Clark fue un activista que nació en el estado de Nueva York. Estudió arquitectura y, moviéndose siempre en los delgados y difusos márgenes que unen o dividen la arquitectura con el arte, le otorgó a dicha disciplina la dimensión radicalmente crítica y social que toda institución deja siempre fuera de sus márgenes. Instituir es, siempre, sinónimo de normativizar. Matta-Clark era un anfibio sin terreno definido, situado siempre afuera de lo que el sentido común de la disciplina contempla como correcto. Gordon Matta-Clark fue un interventor del espacio público que, desde la arquitectura y el arte, hizo el intento de apropiarse de la ciudad que le tocaba habitar, cuestionando la intocable validez de la propiedad privada en un mundo que consagraba la economía y el dinero como el patrón de todas las cosas.


Gordon Matta-Clark nació en 1943, y a partir de 1970, comenzó a crear lo que llamó la anarquitectura, deconstruyendo lo que había sido construido y abandonado por un sistema capitalista sin reciclaje ni distribución. Cortó casas al medio, hizo agujeros enormes en grandes edificios, rompió vidrios de importantes galerías, cavó profundos pozos en los sótanos de museos de arte moderno. Modificó los edificios para que éstos dejaran de ser únicamente aquello para lo que habían sido construidos. Hizo lo que pudo para desmontar, de forma callejera y a la vista de todos, los usos cotidianos y normalizados que las ciudades otorgan a sus habitantes. Se trataba de darle a los objetos toda la vida que ellos le robaban a los sujetos. Una praxis irreverente para desarticular el fetichismo de la mercancía. Las cosas son lo que queramos que sean.

Matta-Clark se propuso cuestionar y derrumbar los conceptos burgueses, de mercado y académicos que determinaban los usos y costumbres en cuanto al uso del espacio. Las ciudades están construidas para ser utilizadas de ciertas formas. Los usos están determinados y limitados, cuando la vida es, siempre, indeterminada. Lo inacabado del sujeto le da sentido de existencia. Desde el pensamiento sistémico los inmuebles tienen usos asignados, predeterminados. Desde la anarquitectura es el ciudadano el que inventa y determina los usos.

Cuestionó el concepto de calidad de vida, generando la discusión a partir de las herramientas que la arquitectura misma otorgaba, a partir del uso de los espacios, las luces, los materiales, las energías, los residuos, el aislamiento, la comunicación. Planteó el hecho fundamental de que la ciudad debía ser construida pensando en su carácter de tejido urbano, en donde todo tejido debe generar interacciones y ser regenerado a partir de éstas. Visión de donde se desprende la existencia de las ciudades como territorios democráticos, proactivos, con espacios públicos, sistemas autogestionados y colectivización de energías; frente a la visión dominante y autoritaria basada en un sistema funcionalista, de consumo, enfocado a los intereses del cliente que vive de espalda a la realidad y el conflicto social. Dicho sistema urbanístico burgués niega la necesidad de considerar la ciudad como un hogar, como un espacio habitable y constituye nichos seguros y apacibles donde vivan las familias nucleares, es decir, el modelo de unidad de la sociedad de consumo.

Desde la anarquitectura se comenzaron a cuestionar los sites-specific, es decir, los lugares específicos para realizar tal o cual actividad, y para eso, Matta-Clark se encargó de sacar el arte a la calle y eliminar la posibilidad de cualquier tipo de acto puramente contemplativo. Imposibilitó el simple hecho de mirar sin participar puesto que siempre, después de cada intervención, los primeros en llegar era la policía a desmontar lo deconstruido. De forma que, incluso las fuerzas del orden pasaban a formar parte de la instalación, dándole sentido a la obra en cuanto intervención prohibida, al hacerla desaparecer a causa de su no-funcionalidad. Una obra de arte que cobra sentido cuando deja de ser obra y se torna solo arte, que comienza su eterna existencia cuando la matan, la prohíben y le otorgan, por tanto, esa necesaria inmaterialidad que impide a cualquiera la posibilidad de exponerla dentro de un museo. Perdiendo el mercader la manera de convertir su intervención en un producto de consumo pequeñoburgués.

Gordon Matta-Clark comenzó a intervenir la ciudad en 1970, comenzó a alimentar el deconstructivismo y el conceptualismo desde la calle misma, redistribuyendo el conocimiento secuestrado por las instituciones. Incluso compró una enorme casa en el SoHo (por South of Houston Street) reconvertida en centro cultural, donde se cocinaba en grandes ollas populares para alimentar a los artistas del barrio. De esta forma se intentaba desfragmentar las disciplinas y el conocimiento, ligando unas con otras y dándole el valor necesario a la vida cotidiana. La anarquitectura eliminaba las dicotomías ocio/trabajo y productivo/improductivo, tan propias del sistema capitalista. Se encargó también, visionariamente, de fotografiar y grabar en video cada una de las instalaciones que iban desapareciendo. Hasta que, siete años después de haber iniciado esta permanente aventura urbana, a los 35 años, desapareció del mundo cual si fuera una instalación más, prohibida y desmontada. Inmaterial. La vida no le dio tiempo de rendirse, de venderse, ni de ver su barrio proletario e industrial convertido en epicentro de artistas kitsch, modernos, yuppies, contemplativos y repleto de very expensive site-specific.

En 1976, dos años antes de su muerte, Gordon decidió presentar una exposición en un museo, en el Instituto de arquitectura y estudios urbanos de Nueva York. Consistía en exponer una serie de fotografías de los barrios marginales del Bronx en las cuales se representaban imágenes de edificios abandonados, con los vidrios rotos en todas las ventanas. Una muestra de la marginalidad y de la desigualdad en la distribución de los espacios y sus posibilidades de aprovechamiento. Una muestra del cruce excluyente entre los urbanistas y el vandalismo.

La exposición consistía en lo siguiente: Matta-Clark colocaría las fotografías dentro de los marcos de las ventanas de la galería, simulando la rotura de las mismas. Pero, no conforme con dicha exposición o representación de lo que sucedía afuera, en los barrios marginales, optó, horas antes de la inauguración por disparar con una pistola contra todas las ventanas de la galería, destrozando absolutamente todos los vidrios. La exposición dejaba de ser figurativa. La simulación de la realidad exterior daba paso al viento frió proveniente de la calle, el mismo frío que los habitantes del Bronx padecían una noche y otra también. La exposición fue suspendida inmediatamente, los vidrios repuestos y Matta-Clark prohibido y temido por el resto de los curadores del mundo.

El gran triunfo de Matta-Clark fue no poder entrar más a los museos. Después de su muerte las galerías aprovechan su ausencia y dejan entrar sus fotos en sus salones. La obra pierde sentido, a no ser que alguien, sea quien sea, se encargue nuevamente, ventana por ventana, de que lo prohíban otra vez.


Sebastián Kohan Ezquenazi
Buenos Aires, EdM, abril 2013
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