ESCRITORES EN SITUACIÓN

Papelitos nucleares, por Pablo Luzuriaga


Robert Dalton Harris y Diane DeBlois viven juntos en una inmensa casa-museo ubicada en West Sand Lake, un pueblo pequeño a las afueras de Albany, New York. Se trata de una entrañable pareja de libreros que pasa sus días configurando colecciones de archivos para venderle a museos y a particulares. Reúnen libros, documentos, ephemeral –impresos confeccionados para ser desechados, como panfletos, anotaciones y estampas–; importantes instituciones de Norteamérica y del mundo les consultan sobre documentos más y menos antiguos.


Cada rincón de la casa-museo resguarda un ítem de su enorme archivo, desde las antigüedades con las que Robert construyó el baño, hasta los herrajes de las puertas y las barandas de las escaleras. Se especializan en la confección de colecciones, en particular del transporte y las comunicaciones, tienen cientos de volúmenes sobre el ferrocarril y el telégrafo, pero también se han vuelto autoridad en materia de datación de ephemeral, papeles “efímeros”, anotaciones perdidas. Los jueves a media mañana se reúnen a desayunar junto a sus amigos del pueblo, buenas charlas sobre el humo de infusiones calientes sostenidas por newyorkinos progresistas que parecen guardados en conserva entre versos de Walt Whitman, rara avis de la clase media en los Estados Unidos.
Diane atesora, desde el tiempo de su infancia canadiense, una casa de muñecas repleta de objetos mínimos. Es como una suerte de versión reducida de su propio hogar, como si la casa-museo de esta pareja de bibliófilos, su archivo, contuviera, en uno de los ítems, un mise en abyme traído desde el pasado, alrededor del cual fueron acumulando los demás volúmenes de su inmenso catálogo. Los desayunos en lo de Robert y Diane, las risas del grupo de amigos, los campeonatos de ping pong que disputan en el sótano, están rodeados de una atmósfera enrarecida, como si el tiempo y el espacio hubieran sido levemente trastocados al ingresar en tan amigable residencia. La casa de muñecas de Diane colabora con esa sensación, pero es una obsesión de su pareja barbuda la que hace que esa casa-museo se vuelva más inquietante.
Robert Dalton Harris es doctor en física teórica y se dedicó buena parte de su vida como anticuario y coleccionista a reunir uno de los más importantes archivos sobre la bomba atómica. Además de una profusa bibliografía al respecto, la colección contiene los papeles personales de Bryan F. Laplante un burócrata poco conocido de la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos, el organismo que tras los logros del Proyecto Manhattan (asesinar a cientos de miles de japoneses tras la detonación de las bombas en Hiroshima y Nagasaki) se ocuparía de administrar el éxito nuclear. Laplante guardó muchos “doodles”, papelitos en los que dibujaban para distraerse los asistentes a las reuniones de la Comisión, en los que quedaron grabados los garabatos de Oppenheimer, Isidor Isaac Rabi (premio Nobel de física en 1944), el general James McCormack, y Summer Pike (quien presidiría la comisión años después), entre otros. En esas reuniones definieron el futuro de la política nuclear norteamericana, del negocio atómico, como lo definen Robert y Diane en un trabajo sobre estos garabatos. La comisión nació al calor de la campaña mediante la cual el gobierno de Estados Unidos propuso a la bomba atómica como la garantía de su poderío mundial. Propaganda de todo tipo impuso a la imagen aérea del hongo (la que registraron los bombarderos norteamericanos) como virtual amenaza ante cualquier ataque posible a los Estados Unidos. Los films del departamento de guerra The Atom Strikes! (1945) y A Tale of Two Cities (1946) son emblemáticos en este sentido, pero también lo son algunos ephemerals que conservan Robert y Diane como el panfleto "I´m A Frightened Man" elaborado por el National Committee on Atomic Information. 
     Entre los garabatos del archivo Laplante, hay una imagen por demás escalofriante. Se trata de un pequeño dibujo realizado por el general McCormack en una de las reuniones de la Comisión de Energía Atómica. En este doodle nos encontramos con un paisaje apacible que tiene como protagonista a una casa de campo –lejos del caos urbano– dibujada distante de la entrada al inmenso terreno, ingreso representado por un muro de piedras, y acompañada por una cancha de tenis provista de un banco para ocasionales espectadores. Detrás de la casa, sobre el horizonte donde McCormack incrustó un árbol y algunas figuras más –no se distingue si se trata de una antena o de un molino de viento–, una enorme nube que ilumina el panorama. 
Es posible que sea esta una imagen acabada del ideal del general McCormarck, en el sentido de aquello que se figura como el espacio de retiro, el refugio del trabajo. Podríamos conjeturar incluso que se trata del lugar donde McCormarck hubiera querido estar en los momentos más aburridos de las reuniones de la comisión. Lo escalofriante del hecho es que a nadie sorprende que una casa de campo con cancha de tenis sea la imagen posible del ideal de cualquier funcionario norteamericano. Esa misma casa rodeada por un muro de piedras sobre la orilla de un lago o en medio de bosques la hemos visto en infinidad de películas. Pero lo que no hemos hecho es vincular esa imagen con los cientos de miles de muertos en Japón. Cómo si la banalidad del mal la restringiéramos al culto gusto de los jerarcas nazis, pero no al de los burócratas del limpio hongo atómico.
     En Albuquerque, nuevo México, se encuentra el Museo Nacional de Historia de la Ciencia Nuclear. Por internet este museo vende corchos para el vino con Little Boy (la bomba de Hiroshima) o Fat Man (la bomba de Nagasaki) como detalles decorativos. Al día de hoy no compró a Robert y Diane la colección sobre la bomba que guardan en su sótano. Vende también pósters con la imagen de las bombas más conocidas que el gobierno norteamericano hizo detonar.
La ciudad donde está el Museo de la Ciencia Nuclear es el escenario de la serie Breacking Bad. Walter White, el químico frustrado vuelto simple profesor, decide, tras enterarse que padece un cáncer terminal, producir de modo industrial meta-anfetamina y volverse así el más temible de los narcotraficantes. White quiso vivir el sueño del general McCormack, el de la casa de varias plantas al interior de un gran terreno con cancha de tenis, pero no lo logró y terminó como un criminal del tipo del que la sociedad norteamericana no concibe como propio (el narcotráfico es un problema latino). La serie trata el problema de la ética científica, de lo que el poder del conocimiento puede provocar. En ningún momento siquiera toca el de la bomba atómica. Lo fue en la serie 24 hs., donde el terrorismo internacional podía adquirir ese tipo de arma, pero hasta ahora en Homeland, la serie que hoy trata los asuntos de la seguridad norteamericana, el problema nuclear no apareció. Según parece, la bomba atómica, la rusticidad de Fat Man y Little Boy, la estética de los cincuenta del Proyecto Manhattan (llevado al paroxismo en el cómic Watchmen), la quintaesencia de la megalomanía de la guerra fría, hoy ya es parte de un pasado remoto. Cuando los científicos en Los Álamos confeccionaron las primeras bombas todavía no existían las computadoras, de hecho los cálculos no se hicieron siquiera con calculadoras, ellas arribaron poco después. Oppenheimer calculó a mano, escribió en papeles, del tipo de los que hoy atesoran Robert y Diane.
    AGatherin´ es el nombre del proyecto que esta pareja de newyorkinos lleva adelante. Tienen una dirección de correo electrónico pero no tienen una página web. Su catálogo no está on line, los cientos de miles de ítems de su colección no se pueden consultar por medios electrónicos. Según ellos, los coleccionistas que se manejan de ese modo pierden la capacidad de haber leído el contenido de aquello que atesoran. Robert y Diane practican una suerte de anacronismo vital analógico mediante el cual atesoran los archivos de un pasado que está mucho más cerca de lo que parece, nuestra prehistoria del terror nuclear que hoy está tan viva en los terrores del puro presente ilimitado.
    Es posible que ni Robert ni Diane hayan visto esta obra multimedial del artista japonés Isao Hashimoto que circula por las redes sociales.
Pablo Luzuriaga,
Buenos Aires, EdM, Mayo 2013
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1 comentario:

Fanzine Episódio Cultural dijo...

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