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Crónica en la otra orilla, por Bruno Petroni


"No queremos que nos persigan, que nos prendan, ni que nos discriminen, ni que nos maten, ni que nos curen, ni que nos analicen, ni que nos expliquen, ni que nos toleren, ni que nos comprendan: lo que queremos es que nos deseen."
(Néstor Perlongher)

-izcocho, hoy no pescás nada, Bizcocho, eh-, gritó el hermano mayor a su hermano menor, que sentado en la orilla estaba. Yo (yo que, en ese momento, leía, fascinado, un inentendible, pero hilarante libro de cuentos de Perlongher) pensé: “Qué facilidad de palabra, qué talento en el arte de denigrar al prójimo. Ese muchacho es puro significante”. Bizcocho, apenas el grito de su hermano mayor, salió de su embelesamiento en el paisaje (un horizonte abierto, la otra orilla de la laguna, no tan lejana, donde dos chicas, apenas más grandes que Bizcocho, jugaban con una pelota), sacó su caña de pescar del agua y su primer pescado del día (un surubí, supongamos) quedó girando en el aire, encantador, goteando sobre la arenita modesta, de playa de laguna modesta, de viaje modesto: dos días nos vamos y no tan lejos.


Así había dicho mi suegra (que es peronista, como mi novia, y como lo era Perlongher): -Lobos es encantador. Muy tranquilo. Y barato. Nosotros comprábamos fiambre y el hombre de la despensa se olvidaba de cobrarnos, le pedíamos agua para el mate y no nos cobraba, y nos quedamos un día más porque el hombre nos lo regaló porque sí-. Y se rio mi suegra. Entonces teníamos dos días y nos fuimos a Lobos con mi pareja.

Pero Lobos no fue lo que había dicho mi suegra (aunque ella había sido un tanto abstracta, porque ¿cómo saber dónde radica la esencia de lo encantador?). Lobos fue un terruño con unas carpas, un centro comercial fantasma, una laguna al fondo, un asado que nos salió medio pelo, unas partidas de dados, calores de mosca y mosquito, dos peleas de pareja (pleitos corteses para disimular el tedio), un almacén barato (el señor no regalaba, sino que sumaba mal), el paseo de ella por el pueblo (así lo dijo, -Voy a pasear por el pueblo-, como si yo fuera tonto, y no pudiera adivinar que se iba en búsqueda de la primera casa de Perón). Entonces, mi soledad: la compra de mi caña de pescar, la escapada a la laguna, el paseo claroscuro por la asociación libre de Perlongher, y finalmente, mi encuentro con Bizcocho y su familia: Padre-Madre-Tres hermanas mayores-Un hermano mayor que las hermanas mayores(el del principio, el talentoso del agravio)- y él, Bizcocho.

Cuántas veces me habían dicho, siendo yo un niño, que era un bizcocho, que cuántos dedos veía, que para dónde estaba mirando. Cómo se reían los familiares de Bizcocho con las ocurrencias de su hermano mayor (-Bizcocho, se te cruzan los peces-, -Bizcocho, si no pescás, no comés-, -Bizcocho, no te enojes, es un chiste-). Mi acercamiento a Bizcocho era, en esas condiciones, algo que debía suceder, inevitablemente.

Además de la familia de Bizcocho y yo, no había nadie en la laguna. El padre (porque sí, porque así debía ser) se me acercó y me preguntó qué andaba haciendo solo, una hermana me ofreció un mate, otra me preguntó qué leía (le dije que leía Perlongher, que era algo único, que era un hombre que escribía siguiendo los caprichos de su pulso sanguíneo, pero ella ya no me escuchaba). Mientras todo esto acontecía, Bizcocho, a la orilla de la laguna, alejado de nosotros sostenía su caña en el agua casi sin moverse. Su perfecta quietud, una postal de cine triste: el agua de fondo, el hilo de la caña de pescar, su espalda curva, la remera blanca gastada (con dos agujeros), el pelo negro cortito (casi carré), y, borrosas, las chicas en la otra orilla con su pelota.

Situación: mi pareja no está, me compré una caña, hay gente familiarizada con el sitio (gente peronista), un niño denostado (con gracia, pero denostado) que pesca solitario, y en mis manos un libro lleno de vitalidad, de actos espontáneos e irracionales. De tal modo, actué: –Quiero aprender a pescar. Me compré esta caña (no sé si es buena o no), pero no sé pescar. ¿Usted me podrá dar una mano?-, le dije al padre de Bizcocho (que no sé cómo se llamaba, pero supongamos, a fines narrativos, que se llamaba Raúl). Raúl me contestó –Vaya con el chico que él le enseña-, y enseguida gritó –Bizcochín, ayúdalo al señor-.

Me acerqué al niño lentamente, con cierta timidez. No me gustaba ignorar su verdadero nombre, ni que él estuviera tan cerca del agua (tan lejano a su familia), pero sobre todo no me gustaba que él supiera que yo sabía su sobrenombre pero no su nombre. Por eso, cuando estuve próximo a él, no me hice el desentendido, decidí naturalizar la situación, no ser un pobre eufemista delator de crueldades no conscientes, le dije -¿Qué hacés, Bizcocho? ¿Me ayudás con esto?-, y le mostré mi caña de pescar. Bizcocho me miró a la cara. Era un niño demasiado bizco. Sin dudas, necesitaba con urgencia gafas, sin dudas, esa familia hacía caso omiso de su salud (o prefería divertirse con los yerros de su salud). Lo cierto es que Bizcocho no me devolvió el saludo, entonces cambié la estrategia: -¿Cómo te llamás?-, le dije. –Sebastián-, me dijo, y le di la mano como si fuera un hombre grande.

Después me enseñó a poner el anzuelo (clavar la lombriz en la punta del gancho de la caña, y que la lombriz se revuelva, como en las películas berretas se revuelven los pecadores en el infierno); me enseñó a tirar la caña lejos (el movimiento era, en realidad, muy sencillo, y lo podría haber hecho sin su ayuda, pero esto es contrafáctico); me enseñó a esperar el pique. En eso estábamos (en la quietud de la caña sin pique, el agua estancada, y las chicas enfrente jugando con una pelota) cuando una de las hermanas se acercó con un mate y me preguntó - ¿Y? ¿Te enseñó bien, Bizcocho?-.

Bizcocho no miró a su hermana, ni me miró a mí. Clavó sus ojos torcidos en el agua, en las chicas de la otra orilla. Y yo tomé una decisión. Una decisión insignificante (a nivel macro, digamos), pero inesperada para mi mismo, nueva, llena de vitalidad, como si toda esa escena farsesca hubiera estado montada, únicamente, para que yo conociera una faceta más humana de mi interior, una faceta desprejuiciada, en violento contacto con lo real, con el éxtasis propio de cada cosa, de cada acto: miré a la hermana de Bizcocho y le dije –Me enseñó perfecto a pescar, pero se llama Sebastián, quizá deberían tratarlo mejor, ¿no te parece?-.

Dije eso y no pasó nada. No hubo escándalo, ni siquiera hubo discusión. Alguien alguna vez había tomado la misma decisión que yo (es decir, alguien alguna vez ya le había planteado esto a la familia), y ellos (todos, Bizcocho incluido) a partir de ese momento eran conscientes del trato que tenían para con el niño, y les era indiferente lo que opinaran los demás. Tan indiferente que la hermana no respondió a mi pregunta, fue a buscar el mate, se sentó con nosotros y, en silencio, los tres nos quedamos mirando a las chicas, en la otra orilla, jugando con la pelota (una pelota gigante a rayas).

A las dos horas, mi novia volvió de su paseo. Traía fiambre para hacer sánguches. –Qué peronista sos-, le dije. Estaba contenta. Tomamos mate, le conté todo lo acontecido con Bizcocho. Nos reímos, dijo que todo eso yo lo había inventado para que ella pensara que soy buen tipo, que tengo un corazón sensible. –De chico yo era bizco-, argumenté y ella se conmovió (de manera exagerada, claro está). Al rato comimos, tuvimos sexo en nuestra carpa y ella quedó embarazada de lo que fue nuestro primer hijo. A la hora de escoger nombre, yo dije que, en honor de Bizcocho, el niño debía llamarse Sebastián, pero se llamó de otra manera.

Bruno Petroni
Buenos Aires, EdM, mayo 2013
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1 comentario:

rubias19 dijo...

perfecto muy buen post esta bien ilustrado

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