ESCRITORES EN SITUACIÓN

El corazón delator. Jean Luc Nancy y The Americans, por Miguel Vitagliano


Cuando en 1999 la revista Dédale invitó a Jean Luc Nancy a participar de un número titulado “La llegada del extranjero” nadie imaginó que el filósofo eligiría referirse a un extraño que tenía tan cerca: su propio corazón. Nada de migrantes poniendo los pies en el plato de Europa; lo que Nancy expuso en su ensayo fue una reflexión en torno al trasplante de corazón al que había sido sometido cinco años antes, la comprensión de la propia extrañeza al decir “yo” porque aquello que en ningún instante había dejado de ser tan propio era de otro o había sido de otro, ya no se trataba de la rimbaudiana frase “yo es otro” sino que el otro es yo mismo, sin la distancia siquiera de las comillas. “Mi corazón tiene veinte años menos que yo, y el resto de mi cuerpo tiene una docena (al menos) más que yo. De este modo, rejuvenecido y envejecido a la vez, ya no tengo edad propia y no tengo propiamente edad”, dice Jean Luc Nancy en El intruso (editorial Amorrortu, 2007): “Lo que me cura es lo que me afecta o me infecta, lo que me hace vivir es lo que me envejece prematuramente.”
      La civilización occidental se ha empeñado en distribuir “la reputación simbólica” de la subjetividad en cada órgano. Al cerebro le otorgó el pensamiento, al corazón el mundo de los sentimientos. Por eso hay quienes eligen la ostentación cuando cantan el himno nacional de su país llevándose la mano al corazón. Pretenden señalar la comunión de su propia vida con lo que llaman patria, la promesa de ser uno. Otros mantienen un puño en alto mientras entonan esas estrofas; el puño cerrado tiene la medida de un corazón. El afiche The Americans, la serie de Fox que acaba de terminar su primera temporada, es un alarde de síntesis: los dos espías soviéticos que en los 80 viven en Washington simulando ser estadounidenses, se llevan la mano al corazón cuando cantan Home of the Brave pero empuñan una pistola. El guionista Joe Weisberg, ex agente de la CIA, escribió la serie inspirándose en una investigación del FBI llamada Operation Ghost Stories que culminó en 2010, luego de largos años de espionaje, con la captura de diez rusos que vivían como “sleeper agents”. ¿Cómo no imaginar entonces la realidad en los tiempos de la Guerra Fría en los días de Roland Reagan? ¿Cómo no recorrer la vida del presente a través de los dos agentes de la KGB llegados a EE.UU. en los 60 y que en los 80 tienen dos hijos y viven como una familia americana?

      Si todos pueden ser imitados, si todo puede ser simulado, cada uno se convierte en sospechoso. Esa es una de las marcas del siglo XX que la Guerra Fría llevó al paroxismo, y de la que The Americans no deja de valerse. Vivimos en un tiempo que celebra el historicismo. Sin embargo, habría otro modo de leer la serie si trasplantamos El intruso. Podríamos ver que el asunto no reside en reconocer cómo son esos otros que están entre nosotros sino quién soy en ese otro que asegura ser yo. La vida “propia”, dice Nancy, ya no está en ningún órgano: “No se sitúa en ninguna parte, ni en ese órgano cuya reputación simbólica ya no hay que construir.” Y ninguna parte es una invitación a la invención. Uno de los primeros capítulos de The Americans da vueltas en torno al atentado a Reagan de 1981, y presenta a la paranoia como invención y a la realidad como el síntoma y su cura: un loco fascinado con Taxi Driver atenta contra la vida del presidente estadounidense; el FBI piensa que detrás de todo está la KGB y la KGB cree que es una celada del FBI; el público se convence de que todo es mentira, que se ha alterado una vez más el sentido.
      Pero la invención puede ser también una intervención crítica. Un trasplante donde la irrupción del intruso, el extraño, ponga en evidencia, como dice Nancy, “la ajenidad de mi propia identidad.” De eso se trata la crítica, como Nancy y Lacoue-Labarthe hicieron notar en El absoluto literario (1978), traducido y publicado en 2012 por Eterna Cadencia, en Buenos Aires; una reflexión sobre el Romanticismo de Jena en la que se reconoce al movimiento alemán de fines del XVIII y principios del XIX como fundador de las teorías de la literatura del XX. No es un trasplante de tiempos, es un trasplante de conceptos provenientes de cuerpos distantes. Los románticos alemanes decían que una novela era a su vez la mejor teoría de la novela y que debía ser incompleta para ser íntegramente plena. En la paradoja reside la ironía inconformista, y en el inconformismo la invención. Al fin de cuentas de eso se trata pensar, o lo que experimentamos al decir que tenemos una idea: el momento en que algo deja de tenernos (como objeto), el momento en que ese algo ya no nos conforma (no somos su parte) y entonces todo queda por hacer. Romper con el control que no quiere dejar de tenernos.
      Difícil olvidar –y The Americans no lo pasa por alto- el efecto ambiguo de la frase del Secretario de Estado, Alexander Haig, el mismo día del atentado a Reagan: “Yo tengo el control aquí”.

Miguel Vitagliano
Buenos Aires, EdM, mayo 2013
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