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Palabras: “Papa”, por Dardo Scavino




lgunos aseguran que lo dijo en 1935, cuando el ministro de relaciones exteriores de Francia, el socialista Pierre Laval, se desplazó hasta Moscú para intentar sellar una alianza contra la Alemania de Hitler. Otros sostienen que se lo habría dicho en Yalta a Winston Churchill, unas semanas antes de que los franceses fusilaran, por traición a la patria, al mencionado Laval. Personalmente tengo mis serias dudas, sobre todo porque la anécdota tiene un indefinible tufillo a apólogo fraguado por algún jesuita. Pero finalmente importa poco porque se non è vero è bene trovato. La leyenda cuenta que cuando alguien interrogó a Stalin a propósito del Vaticano, éste le replicó sonriendo: “¿El Papa? ¿Cuántas divisiones?”
       Y digo que me suena a cuento jesuítico porque los católicos suelen desenvainar esta anécdota cada vez que recuerdan con satisfacción que, a pesar de todas sus divisiones blindadas y sus arsenales atómicos, la Unión Soviética desapareció mientras que la Iglesia está ahí desde hace dos mil años. Y esto, por no hablar de la propia Iglesia ortodoxa rusa, que sobrevivió durante setenta y cinco años a la censura y la contra-propaganda comunista, y renació con un vigor inesperado tras la Caída del Muro. La moraleja, según ellos, sería que la cruz es más fuerte que la espada, que la fe es más poderosa que las armas, que Dios vence siempre a sus enemigos, y otras inepcias semejantes.

       Y lo peor es que tienen razón. Porque Dios no necesita existir para vencer al demonio. A los creyentes les basta con hacer como si existiera, del mismo modo que no hace falta que alguien sea efectivamente rey para reinar: basta con que los súbditos crean que lo es. O no hace falta que un billete represente realmente una cantidad de riqueza para que su detentor pague con él: basta con que supongamos que es así. O no hace falta que el Papa represente a Dios en la tierra… Hablamos de ficciones simbólicas: de nombres, emblemas o signos que representan cosas inexistentes.
       Los antropólogos hablaban en otros tiempos de “mentalidad primitiva” porque no podían creer que los miembros de una tribu le atribuyeran un valor sagrado a una piedra o a una pluma, como si ésta estuviera dotada de un poder sobrenatural, o que llegaran incluso a cambiar estos fetiches por cosas realmente útiles, como una flecha o un hacha. Y no se daban cuenta de que sus conciudadanos, y ellos mismos, les atribuían el mismo valor sagrado a un pedazo de papel impreso y se mostraban igualmente incapaces de destruirlos como si una potencia superior los retuviera (hasta el más comunista tiene dificultades para quemar estos símbolos del capitalismo del mismo modo que hasta el más ateo siente cierto pudor a la hora de profanar una cruz).
       Subestimar entonces el poder de estas ficciones frente a la contundencia de las armas es un gravísimo error. Es el error que cometió Stalin (por lo menos el Stalin de la anécdota). Como era su costumbre, Lacan resumió el problema con un ingenioso calambur: les non-dupes errent. Être dupe significa en francés ser engañado o estafado. Y los non-dupes son quienes no se dejan embaucar. “Los piolas la pifian”, sería, a mi entender, una traducción acertada, si no fuera porque Lacan está haciendo un juego de palabras intraducible en español: les non-dupes errent suena en francés exactamente igual que la expresión les noms du père, los nombres del padre. Porque la paternidad, ¿no?, también es una cuestión de creencia. Un padre, finalmente, es quien supuestamente es el padre. Dizque es el padre, como diría un mexicano. Y por mucho que los médicos prueben científicamente que no se trata del progenitor, la paternidad no va a verse desmentida.
        La filosofía moderna, digamos, es un pensamiento piola. Porque nos desembarazó de todos esos idola fori que se llamaban substancia, alma, Dios, e tutti quanti, para confirmarnos que sólo una cosa existe: lo sensible, lo material, los cuerpos, las fuerzas, la energía, aquello que tiene una existencia empírica, aquello que podemos ver y tocar, aunque a veces precisemos ciertos instrumentos para hacerlo. Pero esta filosofía la pifia, porque no entiende que, a pesar de su inexistencia, estas ficciones siguen teniendo efectos sobre la convivencia humana, porque los hombres no se pelean solamente por el oro o el petróleo sino también por los dioses, los valores, las tierras sagradas y hasta por la camiseta, sin que estos enfrentamientos “irracionales” enmascaren “en última instancia” un conflicto de intereses materiales. Y a eso se refería Lacan con les noms du père: se trata de los significantes en nombre de los cuales hablamos o actuamos, los significantes del compromiso o, precisamente, de la afiliación, que suelen escribirse con mayúsculas: Patria, Democracia, Perón, Comunismo, Alá, Boca Juniors, o cualquier otro que venga a ocupar el lugar. Y aunque por lo general los miembros de estas fraternidades, o hermandades, no lleguen a ponerse nunca de acuerdo acerca de la significación precisa de lo que decía papá, están dispuestos a matar o morir en su nombre, como si pusieran ese nombre por encima de cualquier vida (porque si luchamos en nombre de la Vida, ¿no?...).

Dardo Scavino
Bordaux, Francia, EdM, junio 2013
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