APUNTES

Vidas de bolsillo: el profesor Kraepelig, por Guillermo Korn


Alto, canoso, de andar cansino a causa del sobrepeso y los años. Suele vestir, entre el otoño y la primavera, un pullóver verdegrisado y raído. Con manchas de un café de otros tiempos que se ocultan bajo un saco medio corto de sisa. Así solía decir la tía Maruca, la que había trabajado con Paquito Jamandreu.
     El edificio del microcentro de la Facultad de Filosofía y Letras tiene un par de carteleras por piso. Avisos de subalquiler de piezas para estudiantes extranjeros, lectura del tarot y de gente que busca gente se entremezclan con notas académicas sobre mesas redondas, congresos y becas. Así supimos que el profesor Kraepelig dirigía el Centro de Estudios Comparatísticos en Filosofía clásica y Fisiología en la Facultad de Humanidades de Buenos Aires. Eso dice el encabezado de esas curiosas notas redactadas a mano, en los que la letra se inclina progresivamente a la derecha. A poco de empezar a leer la grafía se torna casi inentendible. Entre letra y letra no media espacio alguno, y el trazo del escrito denota un ligero temblequeo. Con el paso del tiempo nos dimos cuenta que se anuncian charlas distintas, pero siempre con un mismo expositor.

      Dicen que la dirección del centro le fue otorgada hace años, bajo otra gestión. No se sabe bien si por compasión o desidia. Ese Instituto no tiene un espacio físico concreto. Menos aún biblioteca. Suele verse a Kraepelig leyendo en el aula que usan para dictar Japonés II en el contra turno. A veces revisa una pila de papeles de dispar tamaño que lleva en su gastado valijín.
     Cuando el profesor Kraepelig se dirige a sus colegas lo hace de un modo respetuoso, un tanto tímido, bajo una formalidad algo anticuada. A modo de ejemplo: en una esquela dirigida al director del Instituto de Literatura Vasca: “Muy Excelente Señor Director del Instituto de Literatura Vasca ‘Doctor Ricardo Berrinchea’ Profesor Doctor D. Genaro Castro.”
    –Ah, el uso de las mayúsculas –protestó la secretaria de Castro cuando la leyó. La profesora Espinosa se preocupa más por la gramática que por el reparto indiscriminado de títulos. El caso es que Berrinchea no era doctor. Ni siquiera con minúscula. En su tiempo no era usual.
     Quien remitía aquella nota nació en Alemania. Al menos eso dicen. Cuentan que lo escucharon entablar un breve diálogo, en alemán con un investigador, en la biblioteca central. Parecían entenderse perfectamente. Fue en el rápido paso del doctor Schördt por Buenos Aires, mientras buscaba materiales para su tesis sobre Las metáforas del reino animal en la obra de Günter Grass.
    Los comentarios alrededor de la figura de Kraepelig son variados. Dicen que fue profesor de sociolingüística. Que se licenció en Bonn con una tesina sobre la inconclusa obra de Nikolái Trubetzkoy. Y que un desengaño amoroso dejó secuelas que se acentúan con el paso del tiempo. Desde entonces los temas sobre los que trabaja derivaron a la fisiología. Su particular voz, su buen porte, aunque algo corvo, y su conocimiento de la música gregoriana hicieron que una docente le ofreciera, tiempo atrás, un lugar como tenor en una iglesia anglicana que está a metros de este edificio. Kraepelig, con saco prestado, parece que estuvo a la altura de las circunstancias. No es raro escuchar aún hoy, de tanto en tanto, su límpido registro en el Auditorio.
     Parece deambular desde siempre por los fríos pasillos de Esta Alta Casa de Estudios, como la define. En otros institutos no le permiten el ingreso. Es que, dicen, Kraepelig no está categorizado ni se presentó a los proyectos Ubacyt. En honor a la verdad, no sabe de la existencia de tales lides burocráticas. En este instituto, y probablemente en el de Literatura Argentina, se acerca a leer de tanto en tanto.
     Su entrada es un ritual:
     –Buenas. Para leer un ratito… -Y después se inmiscuye en el cuarto donde se guardan incompletas colecciones de revistas. Escoge sus lecturas al azar y apila no menos de media docena de ejemplares, elegidas vaya a saberse bajo qué raro designio. De formato desigual y, para desdicha del bibliotecario, de desconocida procedencia. Cuando Kraepelig se retira, la desorientación es grande. No se sabe en qué rincón las encontró. Con diversas estratagemas, todas inútiles, busqué entender la lógica de su elección.
    Cuando Kraepelig todavía pedía las revistas por el título, escuchaba esta pregunta:
    –¿Qué número necesita consultar?
    La lógica de su respuesta era impecable:
    –Cualquiera, siempre hay algo que no leí.
     Alguien, de esos que nunca faltan para proponer conjeturas, insistía en el paralelo con el autodidacta de La Náusea. Sin embargo, el personaje sartreano seguía una lógica alfabética de lectura.
     Al cabo de hora, hora y media, tras su pedido de una hojita para tomar apuntes de algún artículo, se retira. Y deja sus saludos para el Profesor. Debe referir al director del Instituto, el doctor Castro, especializado en la obra del conde de Peñaflorida. Varias veces le escuché decir que fue quien creó –en 1765– la Sociedad Vascongada de Amigos del País. Si cumpliera el encargo de Kraepelig, no me sería fácil hacerle entender quién es el que le deja saludos. Tampoco quién es el firmante de esas hojas escritas a mano donde se comentan lecturas. Kraepelig parece inspirarse en aquellas revistas para los diversos temas de sus conferencias. El día que estuvo leyendo un ejemplar de La Revista de Filosofía, de la época del tándem Ingenieros-Ponce, dejó un papel que hablaba sobre “La orientación de la paloma mensajera”, de un tal Rabaud. Otra vez, en sus apuntes olvidados, había referencias de un artículo de la revista Nordeste. Era sobre “La comunicación en las novelas de Sábato”, de un tal Rubén R. Dri.
     En algún cruce de pasillos, Kraepelig aprovechó para pedirle a Castro el uso de una de las salas del lugar para dar una conferencia.
    -Bueno… pero no ahora –fue la respuesta de Castro, más preocupado por su atraso en entregar el prólogo a la edición futura de Los aldeanos críticos que a la solicitud.
     -No, tengo que prepararla. Sería para dentro de seis meses.
     -Ah, sí, sí, cómo no. Hable con la secretaria, para que lo organice.
     Meses después, una tarde, se presenta el profesor Kraepelig. Lo primero que llamó mi atención es el cambio de su ritual saludo. Venía a avisar que en media hora regresaba para dictar su conferencia.
     La respuesta salió del Manual del no docente:
     -A mí nadie me dijo.
     -Pregúntele a la Señorita Doctora Espinosa –replicó con disgusto.
     -Ella no está ahora. Pero entiendo en que no habrá problemas.... Solo que a las siete hay una reunión en esa sala.
     -Está previsto que termine antes – fue todo lo que dijo.
     A los veinte minutos, ingresó a la sala. Durante dos horas nadie vino a la biblioteca. Ni por error. Eso hacia más llamativa la escucha de aquella voz pausada, pero constante, en la sala contigua.
    Una mezcla de curiosidad con cierto temor. ¿Cómo reaccionaría cuando le reclamara la sala? El ruido me desorientó. Como de muebles arrastrados.
     La voz monocorde se calló cuando abrí la puerta de la sala.
     -Disculpe, pero hay gente que usará este espacio en unos minutos. Había prevista una reunión.
     -Sí, claro. Sólo estaba ensayando.
     Nadie preguntó nunca cómo salió la conferencia. Tampoco si Kraepelig vino aquella tarde a dar una charla, o si alguno asistió. Nadie parecía acordarse de aquella promesa atípica.
Pocos días después Kraepelig volvió.
     -Con aclaración de firma, fecha y sello, por favor -me dijo mientras me mostraba un papel.



Muy Excelente Señor Director del Instituto de Literatura Vasca Doctor Ricardo Berrinchea Profesor Doctor D Genaro Castro. 
     Muy estimado y muy honorable señor doctor Castro 

Me complace mucho mencionar que el 4 de agosto pronuncié en el muy destacado Instituto de Literatura Vasca Doctor R Berrinchea bajo su Muy Digna Dirección, mi Segunda conferencia sobre los Aspectos histórico-sociales de la obra de Jacobo Moleschott. Lectura comparada de su Crítica de las teorías de Liebig y la Historia de la Creación de Germán Burmeister. La misma contó con su Patrocinio – consta por escrito y firma del Muy Honorable Señor Decano de esta Muy Alta Casa de Estudios Profesor Doctor D Feliciano Carnevale. Con humildad quisiera solicitarle una Constancia o        Certificado sobre esta Actividad Académica. 
    Vuelvo a saludarle, como siempre.

Profesor Dr N Kraepelig
Muy Cordial y muy Respetuosamente!
Miembro titular Emérito L.L.Fellow)
Society Asotiation for Social Philosophy S.A.S.P.



Guillermo Korn
Buenos Aires, EdM, junio de 2013
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1 comentario:

Anónimo dijo...

una genialidad.
tan anacrónica como el protagonista, la idea trama, toma prestado, gasta el paño de un saco ya usado, pero inagotable.
me gustaría seguir las aventuras del profesor por los pasillos del absurdo institucional.
Seriamente, saluda a usted,

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