RELATOS

A media voz, por Mariana Travacio


Mariana Travacio (1967) nació en Rosario, vivió en São Paulo y actualmente reside en Buenos Aires. “A media voz” fue finalista en el Premio Juan Rulfo (París, 2012) y en el Premio Ángel Ganivet (Helsinki, 2012). Sus libros de cuentos Hendijas, Ausencias y Perpetua disolución fueron finalistas, respectivamente, en los concursos Adolfo Bioy Casares (Argentina, 2012), Caza de letras (México, 2013) y Eugenio Cambaceres de la Biblioteca Nacional (Argentina, 2013).

Pero si con la edad nos da por repetir ciertas historias
no es por demencia senil, sino porque algunas historias
no paran de ocurrir en nosotros hasta el final de la vida.
Chico Buarque

Esta historia me persigue sin descanso. Me acecha de noche, cuando apoyo mi cabeza en la almohada. Basta que apague la luz para que se me aparezca: Angelita sentada en el patio y Teresa ofreciéndole un té; o Angelita en su mecedora y Teresa cortando las verduras para la sopa. Y si llego tarde y me quedo dormida apenas apoyo la cabeza en la almohada, es peor. Porque las imágenes que se me aparecen en sueño son mucho más vívidas que los recuerdos que me invaden en la duermevela: veo a mi padre de pie frente a una puerta rota, o a las vecinas haciendo collares en la terraza, o hamacándose en el zoológico; siempre quiero alcanzarlos, pero una bruma los envuelve, y desaparecen. Y me quedo sola, un poco huérfana. Yo no sabía cuánto esta historia iba a molestarme, pero voy entendiendo que tengo que hacer algo con ella. Acaso alcance con describir las imágenes que me persiguen. Después de todo, sólo quiero agotarles la persistencia.


      Empiezo por donde me acuerdo: Estoy en el patio de la casa de la abuela. Tengo siete años y juego a las cartas con la tía Angelita: a la escoba del quince. La tía Angelita me quiere: pasa tiempo conmigo: eso me basta como prueba de amor. Mientras Angelita está conmigo, estoy a salvo de la abuela, que me odia. No puedo probarlo, pero estoy segura de que la abuela la quiere a mi hermana. A ella le sonríe. A mí no. Es verano, hace calor y faltan dos horas para que preparemos el flit. La abuela vive cerca del parque: a la hora de los mosquitos vemos una nube que se acerca, hambrienta. Esa nube sólo se combate con flit. Y con espirales. El olor a espiral me devuelve a ese patio, a los lazos de amor, a los malvones, a las lenguas de vieja, a los cuadros de Cristo, al desamparo, y un poco a la tristeza: el olor a espiral es el olor de estos viajes, siempre en verano: el sol alucina la historia, la enceguece, la vuelve blanca, plana, y uno ya no la recuerda, porque queda velada, entre tanta luz. El calor calcina el recuerdo, procrea mosquitos y los mete en la noche. La noche viene con el manto de lo que no logro descifrar: acaso porque tengo siete años, y no son suficientes. Lo cierto es que me toca dormir con la abuela. Ella cede su dormitorio matrimonial a mis padres, que lo comparten con mi hermana. La tía Angelita duerme en su cuarto, dónde sólo hay espacio para su cama y su guardarropas inmenso, de cedro oscuro, casi negro. Teresa duerme en la habitación de servicio, a medio camino, en la escalera que conduce a la terraza. A mí me toca compartir el living con la abuela. Me hago la dormida pero me cuesta conciliar el sueño: una lamparita mezquina alarga los muebles sobre la pintura descascarada, una sombra rectangular me cubre el rostro y todo me espanta: ese comedor, esa sala de estar, esos muebles de roble, ese reloj de péndulo, esos cuadros oscuros, ese olor a encierro, ese espacio deshabitado que sólo se puebla en estos viajes, cuando la abuela y yo compartimos la noche: ella, sobre los vahos de la orina que guarda bajo la cama; yo, entre los múltiples fantasmas que me asedian hasta la madrugada. Ya llega la hora: estoy acostada en mi catre, no hace frío, igual tiemblo; ella se acerca, con su camisón blanco, y se sienta al borde de su catre, cree que duermo, pero la espío desde la sombra que cubre mis ojos: se saca la ropa interior que todavía lleva bajo esa camisola, la dobla y la guarda bajo la almohada, después se levanta el camisón, se acuclilla y escucho el chorro de orina que cae dentro del recipiente de loza cachada, guarda su orín bajo la cama; tiene un prendedor en el pecho, le cuelgan medallas, de santos y de vírgenes, lo desprende y reza; escucho el murmullo, los convoca, ya los siento a mi alrededor, martirizándome porque no me bautizaron, ella siempre me lo reprocha, con cara de amargura, o de asco, y que la culpa es de mi madre, me lo dice en voz baja, cada vez que puede, y yo me lo guardo, no se lo digo a nadie, porque creo que así exorcizo sus palabras, las inhibo, o me redimo de sus maldiciones, que seguro me las dirige; después el murmullo cesa y ella apaga la luz. Ya estoy sola, en la noche que ahora sólo será de los fantasmas que me asedien en este recinto espantoso hasta que mis ojos ya no aguanten, y se cierren, hasta el otro día, cuando el tintineo de los cubiertos me avise que el desayuno está servido, que la familia está ahí, resucitada, y yo sienta, otra vez, que la noche fue una pesadilla que ya pasó.
     Me he preguntado largamente por qué me sentía protegida por la tía Angelita, si ella dormía en su cuarto, sola, sin ceder su cama a nadie, sin preocuparse por mí cuando llegaba la noche.
    Sirven el desayuno y todo se vuelve irreal: la orina bajo el catre, los murmullos de los rezos, los santos y las vírgenes, las sombras de la noche y ese barco frágil en la inmensidad del océano, bajo esa tempestad tan grande y tan gris, colgando de la pared descascarada y húmeda, al lado de mi catre.
     Nunca hablé de esto con mi hermana: no le pregunté si ella tiene recuerdos de esa casa, de ese patio, de las noches de insomnio, del tintineo del desayuno y del olor a espiral. Debiera preguntarle, nunca supe si ella siente el mismo espanto.
    Sueño con la tía Angelita: está sentada en el patio, Teresa se acerca y le pregunta: ¿Desea algo la señorita?, y Angelita se desvanece y aparezco yo, muda, al lado de Teresa: me mira con sus ojos traslúcidos de mar, y me abraza. Teresa y yo somos huérfanas. Las dos lo sabemos, pero no decimos nada. Sólo nos abrazamos mientras yo tomo el lugar de Angelita.
     Los pocos relatos de la tía Angelita me llegan tardíos, cuando me animo a preguntar: La tía enterró los cubiertos para salvarlos de la guerra; por eso tenemos estos cubiertos de plata, dice mi padre, son los cubiertos que usaba tu abuela en ocasiones y en los desayunos de cuando la visitábamos. El resto del año comía con los cubiertos de alpaca; todavía los tenemos, fueron su regalo de bodas.
      Invito a mi madre y a mi hermana a cenar. Vienen todos: mi madre y mi padre, mi hermana con su segundo marido, y estoy yo, con el mío, el de toda la vida. Nos sentamos a comer y uso unos cubiertos de acero, pero cuando pongo la mesa me acuerdo de la tía Angelita y de sus cubiertos enterrados en la guerra. El tema se instala por mi culpa, pero no me doy cuenta, y pienso que sale natural: La tía se vino de Italia con Teresa, ¿no es cierto? ¿Quién era Teresa? ¿La ama de llaves? ¿Se la trajo como pertenencia? ¿Teresa vino mansa? ¿No dudó? Es que me acuerdo de Teresa, de su sopa de verduras, de sus labios finos, de sus ravioles sólo suyos, de sus várices contenidas entre vendas del color de su piel, de sus tobillos hinchados, de su media lengua y, a pesar del desarraigo, de su estoica sonrisa, honesta y visible, a labio despintado, a rostro desnudo, a pura arruga de piel blanca, a exceso de peso, envainado en la túnica de arabescos gris plata, tan sola, en estas tierras, y tan inexplicable, porque se vino de allá, cargando el baúl de los cubiertos y de las ropas de seda, del otro mundo que dejaba para acompañar a Angelita, y me pregunto con qué fin, y escucho a papá, que me saca del sopor, y dice: La tía Angelita fue criada por otra familia, una familia muy rica, del norte de Italia, nunca supe por qué se la llevaron, pero fue así, y la criaron allá, en grandes residencias, entre cristales y platas, y le enseñaron piano, y francés, y siempre tuvo criados a su servicio, muchos criados, hasta que vino la guerra, y no sabemos bien qué pasó, pero parece que perdieron cosas, porque ella aparece acá, sola, con los cubiertos y algo de ropa y unas vainas de balas. Y con Teresa. No sabemos más. Se hace un silencio en la mesa. Aprovecho para llenar las copas. Sonrío, y saco otro tema; comemos juntos, sin rencores. A la medianoche se van; quedamos en vernos pronto. Levanto la mesa y me quedo pensando en Angelita. Me pregunto por qué su familia la habrá entregado para que la críen otros y qué tiene esa tía para mí, que me perturba tanto, o que me redime: a veces tanto da.
      La tía Angelita tiene el pelo blanco, y se hace una trenza larga, y la enrosca alrededor de su cabeza pequeña, y queda peinada como diosa romana, y me sonríe sus arrugas incontables mientras me invita a jugar a las cartas. La tía Angelita parece disfrutar de nuestros encuentros, cuando yo tengo siete años, o nueve, o diez, porque después la tía Angelita muere, nos enteramos por carta, y papá llora: se tapa el rostro con las dos manos y llora un rato, bastante rato. Después se seca las lágrimas y nos mira: Murió Angelita, dice, y yo me quedo perpleja, pero callada, y no lloro. Sólo corro a mi cuarto y busco la caja de música que también vino en el baúl de las ropas de seda. Escucho a Beethoven y entonces sí, lloro: no mucho, apenas lo que dura la música que la bailarina baila. Después viene el silencio, y salgo de mi cuarto, y abrazo a papá.
    Teresa nunca llora, ella es fuerte: sirve la sopa más rica del mundo apoyada en sus várices envainadas y en la sonrisa de sus labios finos y arrugados. Yo tomo la sopa y todavía no sé que ese sabor nunca volverá. Se irá con la tía Angelita, y con Teresa, pero tengo siete años, o diez, y eso todavía no lo sé.
      Es Navidad: invito a mi madre y a mi hermana a casa. Compro un arbolito; nunca tuve uno. Pero si invito a casa, tengo que tener uno. Lo adorno con guirnaldas, y con luces blancas. No sé bien por qué lo hago: nunca me importaron los arbolitos, ni la Navidad. Considero que esta vez hace falta: podrán poner los regalos bajo el árbol; me agrada la idea. Cocino un pavo, compro pan dulce, compro nueces y champagne. Compro un mantel rojo y lo adorno con velas verdes. Me baño, me visto, enciendo las luces del jardín, y las del árbol, y los espero. Son las diez, nadie llega aún. Los llamo. Nadie atiende. Me siento a la mesa con mi esposo: comemos unas nueces y bebemos una copa de vino, mientras esperamos. Las diez y media, casi once: suena el timbre. Corro a la puerta y abro: llegan todos juntos, parecen contentos, traen regalos, y unos vinos; saludan, un poco ebrios. Pienso en hacerles mención al atraso, o a nuestro desconcierto, pero entran cantando y no digo nada. Llevo el pavo a la mesa, y las ensaladas, y empiezo a servir. No tienen hambre, sólo mi esposo y yo comemos bastante. Ellos apenas prueban lo que les sirvo, pero beben, y cantan: parecen animados y un poco me reprocho que mi esposo y yo no seamos tan alegres. Dan las doce: brindamos y nos acercamos al arbolito. Es pequeño, pero está lleno de adornos y se ve muy bien. Lo pusimos sobre una mesa baja y parece más alto de lo que es. Nos repartimos los regalos. Mi madre se acerca, tiene dos paquetes en sus manos. Le entrega el más grande a mi hermana. El otro es para mí. Lo abro: es un delantal de cocina, amarillo, a rayas. Entrego mis regalos: perfumes para mi madre y mi hermana, una corbata para mi padre, una camisa para mi cuñado. A mi esposo le regalan un portarretratos de acrílico. Mi hermana se excusa: olvidó nuestros regalos en su casa. Brindamos de nuevo y volvemos a la mesa: corto el pan dulce. A las doce y media me dicen que es tarde, y se van.
      No lo hubiese querido, pero mis pesadillas me preceden: anoche soñé que la tía Angelita estaba en su mecedora, en el patio, mientras Teresa se acercaba con sus piernas estoicas y le ofrecía un té. Al rato la tía Angelita era mi hermana, que se mecía con una sonrisa de sorna y yo me acercaba con un vaso apoyado en una bandeja de plata, y se lo daba. Me faltaban las piernas, iba en una silla de ruedas, con la bandeja apoyada en la falda y mis manos haciendo rodar la silla, temblando para que el agua no se volcara, y no manchara la bandeja, primero gris plata, después verde, opaca de óxido.
      Teresa se acerca a la mesa, apoya la gran fuente de ravioles y la abuela los sirve. Tengo ocho años y esta tarde nos llevarán al zoológico. Iremos con Mónica y Lucía, las vecinas de enfrente, las únicas amigas de estos veranos. Jugamos a las escondidas en la terraza interminable, tan interminable que podríamos jugar eternamente sin encontrarnos jamás; o enhebramos collares con las flores que nos tira el árbol de la puerta, violetas, a veces lilas, con ese canutillo por el que pasamos la aguja, y el hilo, y los hacemos tan largos que nos cubren el cuello, dan vuelta, nos sirven de corona, y de esclavas que nos atamos a los brazos porque somos princesas y la siesta nunca termina.
      Al día siguiente no me despierta el tintineo de los cubiertos, ni las voces del desayuno: me despierta el llanto de Teresa y las muchas voces que susurran. Salgo de la cama: todos miran para afuera, señalan, hablan entre murmullos. Le pregunto a la tía Angelita, porque la tengo a mi lado, pero no me contesta. Sólo escucho de sus labios mustios, cansados: Se los llevaron. Miro la casa de enfrente: la puerta está toda rota, ya no cierra del todo, tiene dos agujeros. Yo tengo ocho años y tiro de las enaguas que me rodean y pregunto quién se los llevó, adónde se los llevaron. Pero ya nadie contesta. Ese día ocurre en silencio, o a media voz, apenas se come, mamá sólo llora y la tía Angelita no me juega a las cartas. Ya nunca volví a verlas: Teresa me dijo que las nenas se tenían que mudar, que iban a vivir con su tía; lejos. Ya no tuvimos amigas de verano para jugar a las escondidas, o hamacarnos en la plaza, o convertirnos en princesas en la siesta interminable. Sólo nos quedó esta foto: las cuatro en el zoológico, con la jirafa de fondo, las mejillas sucias de trepar al árbol, los labios rojos de calor y los ojos mirando al objetivo, claros, llanos, convencidos de que la felicidad tiene forma de zoológico y fondo de jirafa.

Decido llamar a mi hermana: la cito en casa, a tomar el té. Es domingo; se sorprende. Me dice que tiene otros planes: desde que se separó sale mucho, va al cine, o al teatro. Pero le digo que es importante y finalmente lo logro: me confirma que viene a las cinco. Corto y no sé si me alivia o me aterra, pero ya estoy grande y es hora de hablar con ella. No tendría con quién más. Sólo ella me queda y tengo demasiadas preguntas atragantadas. Pongo la mesa con los cubiertos de la tía Angelita, porque me los dejó a mí, y me siento a esperarla. Cuando llegue, quiero preguntarle qué recuerdos tiene de aquellos veranos, y si la pasaba tan mal como yo, durmiendo abrazada a sus padres mientras yo respiraba los orines de la abuela; o si ha percibido cuánto esa vieja me odiaba y si conoce el motivo, porque acaso lo sepa; o si alguna vez se detuvo a mirar esta fotografía que hoy tengo en mis manos, la del paseo al zoológico con las vecinas de enfrente, porque estamos las cuatro, tan felices, y cuesta creer que alguien no notara cuánto me parezco a Mónica y cuánto cuesta distinguirnos como no sea porque todos sabemos que Mónica era un año mayor que yo; me pregunto si esto se le ha pasado por alto todas las veces que miramos esta fotografía, la única que tenemos con ellas. Sin esta foto, todos creerían que estoy loca. A veces yo misma lo pienso, hasta que llega la tía Angelita, con sus ojos opacos de historia, y me recuerda que volvió de Italia para jugar a las cartas conmigo, pero también para acariciarme el pelo, y serenarme, y abrazarme como quien se abraza al espejismo de su propia historia adivinada, o mal contada. Se lo llevan a mi padre todas las noches cuando apoyo mi cabeza en la almohada, hasta que llega la tía Angelita, con su trenza larga, y Teresa, con su sopa de madre, y yo a veces las miro y me calmo, y otras veces, como hoy, sólo quiero que venga mi hermana y me cuente cuándo lo supo. Y si acaso ella fuera honesta conmigo, quizás también me animara a preguntarle si el olor a espiral la transporta a ella, como a mí, a aquellos veranos de insectos quemados por ese sol que calcina la historia, la vuelve blanca, plana, y uno ya no la reconoce, porque queda velada, como esta foto, entre tanta luz.

Mariana Travacio
Buenos Aires, EdM, agosto 2013
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3 comentarios:

Anónimo dijo...

En este cuento, se puede encontrar la delicada y compleja armonía entre la riqueza de lo escrito y la trama poderosa de la historia.
Las palabras se combinan creando una musicalización que impulsa a continuar, que seduce..
En su trama, la historia nos invita a lugares tenebrosos, contradictorios y arbitrarios.
Donde los secretos y las palabras no dichas, no sólo velan fragmentos de historias, sino que velan y desmoronan identidades.
La autora -de manera impecable- nos advierte que en este mundo de infinitas realidades, las palabras silenciadas, los susurros, los olvidos forzados, son una tarea imposible.
Considero que es un cuento conmovedor, íntimo y talentoso.
María José

Anónimo dijo...

¿Son los mosquitos del parque independencia?
Tremendos.
Volví a Rosario.
Es la memoria.
Siempre vuelve.
De a pedazos.

Anónimo dijo...

Brillante!
Un cuento redondo.
Gracias, EDM, por publicarlo.
Roberto Volpe.

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