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Animales, por Ana Ojeda


El 28 de marzo de 2013, 500 ciclistas autoconvocados en torno de la agrupación Masa Crítica circulaban por Figueroa Alcorta. A la altura de Sarmiento, Diego López, 55 años, atropelló con su taxi a 3 de ellos.


Automovilista
(Del ant. moeble y este del lat. mobĭlis: dicho de todo aquello que puede moverse por sí mismo)

1. com. Mamífero omnívoro de la familia de los brutos. En perpetuo desplazamiento, para él la inmovilidad (su mera perspectiva) es panic attack. Nace adulto y, aunque algo torpe en sus movimientos al principio, sabe ya que cualquier cosa es mejor que la humillación del freno. Preferirá cien veces desgarrarse la garganta a bocinazos (ululares, algunos, bastante ridículos) que frenar, como si su supervivencia dependiera de no aminorar la marcha, no ceder un centímetro de la posibilidad de avance continuo hacia el horizonte.

     Poco importa el contexto: sea ruta, avenida, sea calle, callecita, callejuela, pasaje, pasajito, cortada o doble mano. El imperativo es siempre continuar, adelante, se pueda o no, se quepa o no. En estos menesteres, el automovilista es un poco lelo. Puede que advierta, junto a él, la vaporosa fragilidad de un ciclista (como las mariposas tropicales, su despacioso discurrir abunda en las húmedas arterias ciudadanas riplatenses). Nada importa: el automovilista pegará siniestro volantazo a diestra para obturar el avance del delicado animalito, aunque su maciza corporalidad quede atorada apenas centímetros más adelante. El automovilista es siempre macho Alfa, sin importar su género (a veces femenino). Su única preocupación es establecer hegemonía e imperio allí donde se encuentre.
     Dentro de la gran familia de los automovilistas, existen tres especies con rasgos propios: particulares, colectiveros, taxistas. El automovilista particular es aquel que, viendo –un ejemplo– una multitud de extraños seres peludos acordonados en piquete a la salida de una institución escolar, pugna bocina y aceleradorcito (célebre estrategia “brum-brum”, muy vista en cualquier picada de barrio o en sagas maestras del cine occidental del tipo Rápido y furioso). Claro: la del particular es la única especie digna de cordón, dueña y señora de él, mal que les pese a los Sapiens que, munidos de su fragilidad ridícula, sus camperitas color flúo y sus patéticas estrategias de grupo, nada pueden contra la furia en solitario de un espécimen cualquiera de particular.
    Colectiveros hay de diversas subespecies, a cual más colorida y ruidosa. Las hay que motorizan su avance a renegridos chorros de CO2 y las que prefieren el violento cruce de carril como estrategia. De todas las especies de automovilistas, el colectivero es en efecto el monarca, dueño del espacio, depredador por excelencia. Puede llegar a pesar varias toneladas y desarrollarse hasta alcanzar los dos cuerpos, articulados por una zona móvil en su centro, o cintura. A su lado, cualquier especie es libélula, hecho que explica los habituales problemas de autoestima del taxista, minado en la percepción que tiene de su importancia relativa. Poco importa que ciclistas y peatones le cedan el paso (sobre todo en calles sin semáforo) de manera sistemática para autopreservarse; el enfrentamiento que el taxista busca, que ansía ganar, es con el colectivero, versión actualizada de la gresca entre David y Goliat, federales y unitarios, Marroc y Bon o bon.

Por Ana Ojeda
Buenos Aires, EdM, Agosto 2013
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