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Parques de diversiones II, Germán Maggiori


Mientras escribía la primera parte del texto sobre los parques de diversiones y su impronta en la generación de aquellos que pasamos la infancia durante los años de la dictadura, encontré una página esclarecedora: www.italparkbuenosaires.com.ar. El sitio tiene un diseño de estética ochentosa sin mayores pretensiones, cuenta con anuncios de primeras marcas (Grabarino, Telefónica, Cablevisión, etc) y ahora también con banners del Pro y de Massa que llaman a votar por sus candidatos (las jóvenes esperanzas blancas del desierto de nuestra realidad), que aprovechan esa especie de retorno de los 80’ tan en boga que tuvo un pico el año pasado con la serie “Graduados” de Telefé, la vieja y rendidora estrategia comercial cuyo objetivo es el ordeñe de grupos de mediana edad de target ABC 1, o a su interpelación política, mediante la exaltación patética de las épocas de gloria infantojuvenil de sus miembros.

       Al cliquear el botón “Atracciones”, se accede a una página donde se describe y se muestra en fotos los diferentes juegos del parque, su encabezado reza:

“Querido ITALPARK:
    Gracias por hacerme sentir que mi infancia fue la más maravillosa que tuve, donde… ABSOLUTAMENTE TODO era más sano y más sencillo, sos una huella divina (gracias a Dios de varias que tengo) en el transcurso de mi vida.”
       
La frase no está firmada por nadie, así que podría inferirse que fue pensada como una especie de declaración de principio de los creadores y seguidores del sitio. De su análisis se desprenden algunas conclusiones inquietantes: primero el infantilismo que recorre el texto, el encabezado ya marca el tono: “Querido ITALPARK”, en esa personificación del predio desaparecido ya se evidencia un rasgo de profunda inmadurez, que es un rasgo generacional también. Querido Italpark equivale a querido Papa Noel, o queridos Reyes Magos, o querido Ratón Perez, se equipara el parque a una serie mítica de deidades infantiles. Al raro encabezado sigue una hipérbole propia del fanatismo del que hablaba en la nota anterior, de una pasión rayana con lo enfermizo. De la afirmación además se desprende la noción ilusoria de la misma: el Italpark le hizo “sentir” que su infancia fue la cosa más maravillosa que le pasó, es una sensación no un hecho real la que provoca el malentendido, una farsa a la que abrazó de niño y que luego fue incorporada al imaginario y transformada en, como dice el texto, “una huella divina”, una cicatriz en el inconsciente. Qué decir de la línea que sigue a la primera, la mayúscula de “ABSOLUTAMENTE TODO”, lo que equivale a un grito según las reglas del chat, seguida de: “era más sano y sencillo”; lo de sano puede tomarse como una alusión a los años tóxicos que sucedieron, a los noventa, como dije en la primera parte, y lo de sencillo se explicaría en la ignorancia del contexto en que transcurre la infancia, era todo más sencillo porque no teníamos que saber que mientras nos mareábamos en las tazas o en el pulpo había grupos de tareas chupando gente.
      No obstante este elocuente encabezado, lo más notable de la sección aparece después, es un microrrelato que bajo el ítem “Gruta de los fantasmas” y junto a las fotos de la atracción, se nos ofrece como una anécdota real de un tal Christian. La historia trata sobre dos chicos de unos diez años que se largan a hacer el tren fantasma a pie. Antes de embarcarse en la travesura sus amigos tratan de reconvenirlos, el narrador cuenta:
       
 “Nos podía atropellar algún carrito, podíamos electrocutarnos (Dios sabe el cablerío que se escondía en la oscuridad del juego), golpearnos... En fin... Para mí que secretamente tenían miedo de los "fantasmas" de la atracción, y lo pienso porque ninguno nombró el peligro de ser atacados por un monstruo agazapado y ya sabemos que lo que no se nombra... es lo que se teme.”
       
¿Qué es lo que no se nombra, o lo que Christian no nombra? Los fantasmas, las almas en pena, podría pensarse inocentemente aunque, si reponemos el contexto en el que se produce la anécdota, los fantasmas sólo pueden ser los desaparecidos. Pero no sólo se los evita nombrar, también se les teme, o se teme a la idea de que los desaparecidos existan.
      La anécdota un poco más adelante sigue así:

“Saltamos fuera del carro aprovechando la luz del primer "fantasma" que se iluminó para aterrarnos, creo que era una chica semidesnuda emergiendo de una ostra marina”.
      
La imagen funciona como un refuerzo del contexto, una chica semidesnuda saliendo de una ostra remite inmediatamente a “El nacimiento de Venus” de Bottichelli (Venus es la diosa del amor) darle un significado de escandalosa, o tenebrosa, a esa imagen, era únicamente posible en el marco de fuerte represión y censura que se vivía entonces.
      Cerca del final del recorrido el tipo descubre el mecanismo interno del juego, encuentra unos pasadizos que comunican distintos tramos de vías, para facilitar a los empleados la circulación. El juego entonces pierde el misterio, el narrador está más tranquilo ahora que conoce la maquinaria en la que está inmerso, que es como un escenario microscópico de lo que pasaba en el mundo real de los adultos. El cuento cierra con un mensaje poderoso:
      “Para mí, este episodio fue una prueba de fuego que quizás sin saberlo me hice a mí mismo. Fue una aventura que por empezar quedó indeleble en mi memoria, sobre todo porque de más chico el tren fantasma me había asustado mucho y el animármele de esa manera me hizo tomar conciencia de que estaba creciendo... ".
      Tanto Interama como Italpark, más este que aquel, aparecen en las voces de los protagonistas como una mancha temática, diría Drucaroff, que persiste en el imaginario de la generación de postdictadura como el refugio de una felicidad de simulacro. Su historia parece reproducir la de aquellos cuyo final de la infancia coincide con la vuelta de la democracia. El Matter Horn es emblemático en este sentido, fue un juego que la familia Zanon, los dueños del parque, habían hecho traer de Italia en el año 82´. El país le había declarado la guerra a una potencia mundial pero no importaba, los niños y adolescentes necesitaban seguir mareándose en los jueguitos mecánicos, no pensar. En el año 90´ dos chicas subieron al Matter Horn, el carrito se desprendió y una de las dos murió automáticamente. El hecho selló la suerte del parque, clausurado por Grosso ese mismo año. Se acababa de inaugurar una segunda década infame, estábamos grandes para los parques, pero ya estábamos enganchados y lo aprovecharon, nos llenaron de droga hasta las narices y nos dejaron subir el volumen hasta que nos sangraron los oídos. Así y todo, algunos sobrevivimos.

Germán Maggiori
Buenos Aires, EdM, Agosto 2013
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