MAPAS COMPARTIDOS

POSTALES: Montevideo (o Buenos Aires), por Natalia Ginzburg


a noche del martes, húmeda y otoñal, tomé un ómnibus para ir desde Ciudad vieja, lugar en el que había pasado la tarde y me despedía, una vez más, de Montevideo y de su rambla, hasta la manzana que reúne la Biblioteca Nacional y la Universidad de la República. Iba a la presentación del libro del hasta entonces desconocido para mí profesor Rubén Tani, invitada por mi amigo, el también profesor y uruguayo Gustavo Verdesio. Feliz de mi incipiente aprendizaje urbano –no me servían los buses que iban por Constituyentes, si no los que seguían derecho por 18 de julio, en dirección al túnel–, me confié, solté el mapa, recordé que ya había pasado cerca de la Biblioteca alguna vez yendo a la Feria de Tristán Narvaja: la reconocería fácil, un edificio de proporciones –pensé–, pero me perdí. Como llegaba justo sobre la hora, tuve que desandar el camino. Subí a un bus en dirección opuesta, mientras me preguntaba si en Uruguay, tan prolijos en tantas cosas, serían también puntillosos con el horario y cerrarían las puertas una vez comenzado el evento. Así fue que corrí las últimas cuadras, trepé las escalinatas y llegué, fatigada, a mi destino. Pero el evento no había comenzado: y en el Hall de entradas, iluminado pálidamente, me topé con mi amigo. Se lo veía algo nervioso, o ansioso quizá. Yo sabía que esa presentación, y haber escrito el texto de la contratapa del libro de Tani, su antiguo profesor y a la postre mentor, le hacía mucha ilusión. Por la tarde habíamos recorrido cafés y librerías y en cada una, pese a los años que Verdesio lleva viviendo afuera del Uruguay, era reconocido, gesto que mi amigo retribuía con una consulta, un comentario, una compra. Entendí cuán importante era para él saberse presente, a la distancia. En el mismo Hall me presentó al segundo orador de la noche: oculto tras un gorro de lana estaba Sandino Núñez, docente, filósofo, escritor y conductor televisivo, “de los muy buenos”, según me había explicado con admiración explícita María José Olivera Mazzini, colega que me habían presentado en un viaje anterior y con quien había sentido una inmediata afinidad, pero que esa noche sucumbía a la gripe.

     Los “ex alumnos” y amigos Verdesio y Núñez ultimaban detalles, aunque era claro que no necesitaban papeles –¡no ellos!– a quienes la palabra se les da como el aire y la saliva: lo que dirían lo sabían de memoria, y nada más verdadero que lo que acontece en el gesto improvisado. Aun así, se dieron unos piques: “¿Vamos con el personaje?” –propuso Verdesio–; “¡Por supuesto!... No olvidemos el lirismo” –agregó Sandino–; “Sí, claro” –remataron en conjunto–. Fue eso y déjalo ser. Unos metros más allá, confundido entre los asistentes que esperaban el comienzo de la charla, un señor muy flaco, piernas cruzadas, All Star negras, edad incierta, gesto alegre, daba una entrevista o conversaba despreocupado con alguien, pero ya era hora de comenzar y todos los que estábamos en el Hall ingresamos a una sala lateral de la Biblioteca, de iluminación catódica, y mobiliario colorido. En las paredes de vidrio de la sala llamaba la atención el dibujo de varias pilas de libros ilustrados: “simulacro” de los libros reales que detrás de esos vidrios pueblan la Biblioteca –diría alguien más tarde–.
        Tal como lo habían planeado, Sandino y Gustavo se hicieron cargo del asunto, de a turnos, uno y otro: invocando a la memoria, recorriendo la experiencia y confiando en una vía personal y rizomática del relato, contaron cómo habían llegado a las clases de Tani, quiénes eran antes de conocerlo, qué había ocurrido después. Se preguntaron en dónde se reconoce el discípulo, y acordaron acerca de aquello que nunca podrían encriptar del maestro, porque algo de Tani siempre se escapa, resiste o provoca a la sospecha. Mientras los alumnos buscaban presentar al maestro –ahora estaba más claro, en el sentido de “traer el presente”, o el que le da la palabra en tanto acontecimiento: ese lenguaje que hace cosas con palabras–, en una performance magistral, Tani escuchaba, se reía, se tapaba el rostro, o abría exageradamente los ojos con cara de “¡¿cuándo sucedió todo eso?!” ¿Desafiaba el maestro los dichos de sus alumnos? Si era así, no atinaba a interrumpirlos: solo esporádicamente mechaba un bocadillo. Pero, aunque Tani no tomaba la palabra, era imposible dejar de mirarlo. Sobre todo a sus All Stars movedizas, una metáfora de su juventud. Pensé que si un historietista hubiera registrado esa presentación en una tira gráfica, lo hubiera hecho hablar a través de ellas.
       Desde que Verdesio me había comentado del libro* y del personaje, algo me había llevado a asociar, no sabía por qué, la figura de Tani con la de Nicolás Rosa, profesor de Teoría Literaria en mi cursada de Letras, en Puán, promediando los noventa. Aunque hacía tiempo que no pensaba o leía nada suyo, recordaba que Rosa era rosarino, tremendo lector, y él mismo un personaje en el aula, donde desarrollaba verdaderas performances y era dueño de un provocadora visión de la Academia y la didáctica, echando mano de igual manera a las Máximas de Grice, la doxa, los seminarios de Lacan y un conocimiento cabal del ridículo y sus efectos. Ahora también comprobaba –y esto sí era azar– que ambos, Tani y Rosa, eran flacos, altos y de pelo lacio y canoso. Habían pasado quince años de esas clases, que pensaba archivadas, y de pronto, escuchando de estas clases (las de Tani) a la que no había asistido y estos próceres a deconstruir (Roxlo, Frugoni, Rodó) que no eran los míos, sentí que algo del orden de la evocación, algo espectral, me convocaba. Y como cuando, muy tarde, las noches de los viernes, escuchaba a Rosa, esa noche también me sucedió una emoción solitaria y contenida. Para cuando le llegó el turno al autor, la gente de la Biblioteca señaló que se había acabado el tiempo. Era extraño: casi no se había hablado del libro, ni hablado él, pero Tani alzó los hombros, sonrió y sin resistirse ni enojarse dio por terminado el asunto. Si alguien se quedaba con ganas de saber algo sobre el libro (o sobre el pensamiento de Tani), podría leerlo.
      Era el fin de la presentación y ahora que salíamos a luz artificial de la calle, recordaba, también mi última noche en Montevideo. Agradecí una vez más a mi amigo Verdesio, que partía con el resto de los parroquianos en busca del mejor whisky de Montevideo para festejar el libro y el tan mentado reencuentro. Nos invitaron a acompañarlos, pero entendimos que se trataba de una celebración íntima, masculina, de ex alumnos, como lo habrían hecho en la Antigüedad, maestros y discípulos. Todavía nos llevó un buen tiempo despedirnos, unos y otros, próximos, demorados en la esquina, saludándonos y convidándonos hasta el próximo cruce, en Montevideo o en Buenos Aires. Entonces partieron.
      –¿Y ahora?– le pregunté a mi anfitriona.
      Era tarde, martes, y al día siguiente las dos madrugábamos.
      –Conozco un lugar –me dijo–; tiene que estar abierto.
     Fue lo último que pregunté antes de dejarme llevar, una vez más, por la ciudad que ahora me era menos extraña, pero en la que todavía disfrutaba de perderme y ser guiada. Caminábamos por el barrio Cordón y en las veredas se escuchaban músicas, diferentes, próximas, como invitándonos a entrar a las casas.

Natalia Ginzburg
Buenos Aires, EdM, julio 2013

* Etapas del pensamiento en Uruguay 1910-1960, de Ruben Tani (Hum Editores).
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