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Sobre fe de erratas y notas al pie, por Alcides Rodríguez


El Salterio de Maguncia es, por varias razones, un incunable de gran importancia para la historia del libro. Salido de la imprenta de Johann Fust, un antiguo socio de Gutenberg, el Salterio fue la primera obra en indicar la marca del impresor, el lugar y la fecha de impresión, el 14 de agosto de 1457. Fue el primero en incluir imágenes con la utilización de iniciales grabadas, el primero en ser impreso en dos colores y el primero en llevar un colofón. Por si todo esto fuera poco, tuvo el honor de ser el primero en tener una errata: en ese mismo colofón, en donde se debía leer Psalmor(um) se leía Spalmor(um). Además de aumentar notablemente la circulación de libros entre un público lector cada vez más amplio, la imprenta trajo una consecuencia no deseada: la multiplicación de erratas y su difusión. La solución al problema apareció en 1478 cuando el impresor Gabriel Pierre incluyó la primera fe de erratas de la historia, de dos páginas de extensión, en su edición de las Sátiras de Juvenal. Más de un impresor recibió con alivio esta posibilidad de subsanar errores de cajistas algo descuidados, sobre todo en aquellas ediciones que llegaban a acumular una notable cantidad de erratas, como fue el caso de una edición de 1578 de la Summa de santo Tomás de Aquino, que apareció con una fe de erratas de 111 páginas. Tanto cuidado y recelo parecían estar por lo tanto justificados, al menos en aquellas obras en las que se aspiraba a tener cierto control sobre su interpretación. En la Biblia publicada en 1631 por los impresores londinenses Robert Barker y Lucas Martin apareció una errata destinada a hacerse célebre. En el séptimo mandamiento el cajista pasó por alto la palabra “no”, de modo tal que el piadoso lector recibía un inusual mandato: “cometerás adulterio”. Es probable que más de un feligrés haya aliviado su conciencia leyendo esta novedad, y otros seguramente la habrán leído estregándose las manos. Sea por un acto fallido del anónimo cajista o por una sutil acción diabólica en los talleres de la imprenta de Barker y Martin, la Biblia en cuestión pasó a la historia con el nombre de “Biblia Perversa”.

      Además de la fe de erratas, los impresos modernos trajeron otra novedad: las notas al pie de página. Si bien la práctica de glosar los textos era de muy antigua data, recién hacia fines del siglo XVI algunos historiadores comenzaron a utilizar notas bibliográficas para incluir fuentes y comentarios críticos en sus escritos. Estas primeras notas fueron los antepasados directos de las modernas notas al pie, aunque no todos los autores optaran por incorporarlas al texto definitivo. Un ejemplo de esto último fue la obra del abogado y latinista francés Jacques-Auguste de Thou. Preocupado por las guerras de religión y la inestabilidad política europea, de Thou tenía la firme convicción que mostrando al público culto la verdad histórica con imparcialidad se hacía un aporte fundamental para establecer los cimientos de la paz política y social de todo el continente. Puso manos a la obra y escribió una historia de Europa Contemporánea entre 1543 y 1607. Solicitó la ayuda de eruditos de varios países para que le facilitaran documentos y corrigieran todo error que encontraran en su libro. En su correspondencia se encuentran todas las fuentes, referencias y comentarios que utilizó en su trabajo, con tal nivel de meticulosidad que puede ser leída como apéndice bibliográfico de su monumental Histoire Universelle. Quizás por una cuestión de estilo decidió no incluir todo ello en un cuerpo de notas. Otros no tuvieron tales reservas. El historiador Richard White de Basingstoke publicó entre 1597 y 1607 su Historiarum Britanniae libri XI, cum notis antiquitatum Britannicum, incluyendo, como lo señala el título, notas en las que citaba y comentaba las fuentes que había utilizado, con la explícita finalidad de ilustrar a sus lectores y refutar a sus críticos.
     El Dictionnaire critique de Pierre Bayle fue quizás la primera gran obra moderna en la que el uso de las notas al pie adquirió proporciones inusitadas. Con la intención de publicar en Holanda una nueva edición del Grand Dictionnaire historique, ou la mélange curieux de l´histoire sacrée et profane del historiador Louis Moréri, los impresores Arnout y Reiner Leers le propusieron en 1689 a Bayle la tarea de corregirlo. Tras un intenso trabajo, Bayle encontró en el Grand Dictionnaire tantos errores, ideas mal fundadas, omisiones, repeticiones y datos sin verificar que planteó a los hermanos Leers la alternativa de un proyecto diferente: el de un Dictionnaire critique que reuniera en sus páginas todos los errores que se hallaran en los diccionarios más importantes de Europa. Salido de la pluma de numerosos eruditos, el nuevo Dictionnaire sería una obra colectiva, ella misma abierta a toda crítica y corrección que cualquier autor creyese necesario hacerle. Debía ser, en palabras de Bayle, la “piedra de toque de los demás libros”, la “central de seguros” de la República de las Letras. El proyecto fue recibido con reservas. Leibniz, por ejemplo, consideró que un diccionario de errores y controversias era de escasa utilidad. Recomendó un diccionario que se ocupara de corregir dichos errores y tuviera un sistema que facilitara a los lectores la consulta de fuentes, comentarios y referencias. Sin abandonar del todo su intención inicial, Bayle tomó nota de estos consejos planteando un nuevo plan para su Dictionnaire. El trabajo estaría organizado en dos partes bien diferenciadas: un texto principal para dar cuenta de los aspectos básicos del tema indicado por la entrada, seguido de un gran comentario redactado en forma de varias notas al pie para incluir fuentes, datos eruditos, especulaciones filosóficas, discusiones y errores. El diseño de la página debía reflejar esta división con mucha claridad: el texto principal, en letra más grande, ocuparía un tercio aproximado del espacio, y las notas al pie, en letra más pequeña, los dos tercios restantes. Los márgenes izquierdo y derecho estarían destinados a las citas en griego, latín y a diversas referencias textuales e intertextuales. La primera edición del Dictionnaire critique salió en 1696 en dos volúmenes, y su éxito de ventas fue inmediato. Se reeditó varias veces y llegó a ser libro de cabecera de toda biblioteca francesa que se preciara de tal durante el siglo XVIII.



Las notas al pie del Dictionnaire solían incluir anécdotas picantes e irreverentes sobre la vida de los filósofos, como el caso de Caspar Scioppius que, luego de ver cómo un gorrión lograba tener veinte actos sexuales seguidos antes de morir, reflexionaba sobre la injusta suerte de los hombres por no poder disfrutar del sexo de una manera comparable. Otras notas al pie planteaban problemas más espinosos. Cuando discutía cuestiones relativas a Pirrón y al escepticismo antiguo, Bayle llegaba a la conclusión de que un filósofo escéptico siempre sabría cómo derribar cualquier argumentación que defendiese los principios de la religión cristiana. Conclusión más que incómoda que el propio Bayle se encargaba de confrontar citando a Calvino, cuando el reformador sostenía que en cuestiones de Fe no había que dejarse guiar por la Razón, sino que debíamos someter nuestro entendimiento a la “Luz de Dios”. Así, incluyendo diversas perspectivas, las eruditas notas al pie de Bayle ofrecían al lector la posibilidad de leer posturas contrapuestas frente a una multitud de problemas filosóficos, históricos y religiosos. Más aún, si ese mismo lector tenía la paciencia de leerlas minuciosamente podía llegar a asociar, comparar y discutir perspectivas que aparecían en notas al pie de diferentes entradas. Quizá por ello hubo quienes creyeron que estas frondosas notas camuflaban más de una crítica dirigida hacia ciertos dogmatismos, expresadas con filosa y demoledora ironía. ¿Puede sorprender entonces que el Dictionnaire tuviera frecuentes problemas con la censura en varios países? La influencia de esta obra sobre los filósofos de la Ilustración fue considerable. Edward Gibbon supo frecuentar sus páginas, y quizás su influjo fue el que lo llevó a hacer un extensivo uso de las notas al pie en su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano. Sus notas gozaron de una reconocida celebridad en buena medida por el estilo chispeante e ingenioso que las caracterizaba. No se limitaba a citar sus fuentes; también expresaba allí dudas, sospechas y críticas sobre diversas obras y autores. Al amparo de la letra más pequeña de sus notas al pie Gibbon tampoco se privaba de lanzar, para deleite de amigos y fastidio de enemigos, comentarios jocosos e irreverentes, como aquella nota que aparecía cuando estaba describiendo la apurada situación de la ciudad de Pavía bajo el sitio de las tropas bárbaras. Refiriéndose a los dichos de Procopio, afirmaba que parecía “algo dudoso que el diablo inventase el sitio de Pavía para afligir al obispo y su grey”. En otro pasaje en el que hablaba sobre el alto costo de los libros en la época romana aparecía una nueva nota al pie en la que contaba cómo, en el París del siglo XV, el impresor Fust vendía Biblias impresas que hacía pasar por manuscritas, haciendo un pingüe negocio gracias a la diferencia de precios que había entre manuscritos e impresos. Gibbon cerraba la nota invitando al lector a imaginar la suerte de Fust en el momento en que los felices compradores se percataron que habían sido engañados.
     Con la fe de erratas y las notas al pie de página autores, eruditos, editores y censores tuvieron en sus manos instrumentos con los que aspiraban a intervenir activamente en el mundo del lector. Con la primera se trataba de evitar que éste repitiera errores de lectura que pudieran tener, como en el caso de la “Biblia Perversa”, las más funestas (o liberadoras) consecuencias. Las segundas, utilizadas en principio para citar fuentes y autoridades, abrían también un amplio abanico posibilidades de uso, desde el intento de encorsetar la lectura dentro de rígidos dogmatismos y terminantes testimonios hasta brindar elementos que permitieran liberarla de dichas sujeciones. Claro que, en última instancia, nadie pudo nunca estar muy seguro del uso que cada lector haría de todo ello.

Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, septiembre 2013
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1 comentario:

Anónimo dijo...
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