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El Réquiem de Guerra de Benjamin Britten, por Alcides Rodríguez


La noche del 14 al 15 de noviembre de 1940 unos quinientos bombarderos alemanes atacaron la ciudad británica de Coventry. Fueron diez horas de bombardeo ininterrumpido que terminaron con la vida de casi seiscientas personas, además de dejar más de ochocientos heridos e importantes destrozos materiales. Si bien hacía ya algún tiempo que el país venía siendo sistemáticamente bombardeado por la Luftwaffe hitleriana, sorprendió la devastadora precisión del ataque a una ciudad que estaba bastante alejada del epicentro de los ataques. La clave de la mortífera eficacia de los pilotos nazis estuvo en la ultrasecreta tecnología de navegación electrónica que utilizaron para llegar hasta su blanco bajo el manto protector del cielo nocturno. Cuatro mil casas y edificios quedaron en ruinas, entre ellos la antigua catedral gótica de San Miguel. “Ni la Casa de Dios está a salvo de estos hunos” clamaba el poeta John J. Rattigan en los versos que le dedicó a la ciudad herida. Bien lejos de la poesía Joseph Goebbels acuñó el verbo “coventrizar” para referirse a una ciudad aniquilada por un bombardeo aéreo. Un aporte que, llevando el característico sello de su autor, enriquecía un vocabulario destinado a expresar todo el horror y el espanto que el nazismo estaba dispuesto a sembrar en Europa y en el mundo.

    En 1915 el poeta Wilfred Owen se enroló voluntariamente en el ejército británico para ir a combatir en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial. El ideal patriótico que lo impulsaba no tardó en chocar brutalmente con la atroz atmósfera de las trincheras.


“¡Gas! ¡Gas! ¡Rápido todos!
Tanteando
torpemente
nos pusimos las máscaras a tiempo. 
Pero hubo uno que gritaba todavía
y se agitaba como un hombre en llamas.
A través del visor y de la niebla verde
como hundido en el mar,
vi que se ahogaba”.


Afectado por la entonces llamada “neurosis de guerra”, en 1917 Owen fue internado en un hospital. Allí conoció a Siegfried Sassoon, otro poeta-soldado aquejado por el mismo mal. No sorprende entonces que naciera entre ellos una profunda amistad: tenían intereses estéticos comunes y venían de vivir las mismas experiencias en las trincheras. Sassoon fue una influencia decisiva para la evolución de su estilo poético; lo vinculó, además, con toda una pléyade de intelectuales que incluía a escritores de la talla de Robert Graves y Herbert G. Wells. Dado de alta, Owen volvió al frente y produjo lo mejor de su poesía hasta que una bala alemana lo mató faltando una semana para la firma del armisticio.
    En los años cincuenta las autoridades de la ciudad de Coventry tomaron la decisión de conservar las ruinas de la catedral como monumento conmemorativo del bombardeo. Un nuevo templo fue levantado a su lado. Consagrado en 1962, sus puertas se abrieron con un festival de arte para el que fueron convocados artistas de la talla de Michael Tippett y Benjamin Britten. Pacifista militante, Britten compuso un réquiem para el festival. Le puso música a la letra de la misa de réquiem latina y se tomó la libertad de intercalarle nueve poemas de Owen. El efecto que logró con ello fue contundente: los versos del poeta crean inquietantes tensiones en el interior de un texto tan establecido como la misa de muertos. En el cuarto movimiento, Sanctus, tras la exaltada evocación a coro y orquesta completa de la grandeza de Dios en las alturas, aparece la solitaria voz de un soldado que, cantando un fragmento del poema The End, duda del destino final de los muertos en combate.


“¿Podrá la vida retornar a estos cuerpos? 
¿En verdad anulará Él la muerte, 
aliviará las lágrimas vertidas? 
¿Llenará de vida las vacías venas 
con nueva juventud y lavará, 
en algún líquido inmortal, 
el tiempo pasado?”.


En el último movimiento, Liberame, tenor y barítono ceden sus voces a dos soldados para que canten el poema Strange Meeting. Un soldado británico huye del espanto de las trincheras a través de un oscuro y abovedado túnel atestado de gimientes soldados dormidos. Apenas ingresado, despierta a uno de ellos para sostener un diálogo triste y desesperanzador. En un clima de profunda amargura las palabras finalmente se extinguen cuando el extraño interlocutor, un soldado alemán que el recién llegado había matado la jornada anterior, lo invita a recostarse para ir al encuentro de su destino.


“Soy el enemigo que tú mataste, amigo mío.
Te reconocí en esta oscuridad; 
ayer me fruncías el ceño
mientras golpeabas y matabas.
Te esquivé, pero mis manos estaban renuentes y frías. 
Ahora durmamos…”


¿Salvará Dios las almas de estos soldados que duermen el sueño de la muerte? La duda persiste, aun cuando hacia el final del réquiem los muertos, a través de la soprano y el coro, ruegan al Señor que los libere de la muerte eterna.


Cantadas por primera vez el mismo año en que la humanidad estuvo al borde de la catástrofe atómica, estas palabras, acompañadas del potente clima musical creado por Britten, se transformaron en una poderosa andanada antibelicista. La obra aspiraba también a reconciliar a los enemigos del pasado: Britten había previsto que los solistas vocales fueran una soprano soviética, un barítono alemán y un tenor británico. Las tensiones de la época impidieron que la primera estuviera presente en el festival. Aun así, desde las ruinas de la catedral bombardeada los muertos de todas las guerras tuvieron la fuerza de elevar su poética voz para pedir a los vivos que detuvieran la frenética marcha hacia el cataclismo final. Hace un mes el Teatro Colón de Buenos Aires ofreció una nueva oportunidad de oír el Réquiem de Guerra. Si bien los fantasmas de la debacle atómica parecen estar hoy alejados, desde el oscuro y abovedado túnel de Owen los muertos no se cansan de seguir cantando su mensaje a los incansables gestores de las guerras del presente. Gente que, dicho sea de paso, raramente empuña el fusil para ir a compartir el horror de las trincheras junto a soldados y poetas.

Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, octubre 2013
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