PIES DE IMAGEN

Todos estos años, por José María Brindisi


Hay una escena, a fines de los ´60 o comienzos de los ´70, en la que Lou Reed y David Bowie conversan tranquilamente –si hay algo de tranquilidad en aquellos tiempos- , hasta que aparece una suerte de renacuajo oscilante, una criatura de otro tiempo, que apenas puede sostenerse en pie y que sin embargo transmite una fortaleza irrebatible. Reed le pregunta a Bowie quién es ese tipo, con algo de asco, y el otro se lo dice. Poco después Iggy Pop –de él se trata- se acerca hasta ellos, y los tres se sacan minutos más tarde una foto que atestigua el encuentro. La foto los pinta de cuerpo entero: Bowie en control de la situación, con una sonrisa tenue de así es la vida, y no podría ser mejor; Iggy flotando en el espacio; Reed queriendo irse a casa, a hacer alguna otra cosa más interesante.

   El núcleo duro de lo que después derivaría en el glam rock –a cuyas bases habría que sumar, como mínimo, la figura indisoluble e irremplazable de Marc Bolan-, en particular Bowie y Reed, era quizá la herencia menos obvio pero más rica de la estela que empezaban a dejar Los Beatles, ausente –o presente como reacción- en muchos de los íconos de entonces como Led Zeppelin o el rock sinfónico, y apenas reconocible en la singularidad de Pink Floyd (mucho más en el genio fugaz de Syd Barrett).
Acaso influido por Dylan, Reed no tardaría en abandonar –al menos por un tiempo- ciertas sutilezas y volcarse al rock más puro como una suerte de testimonio generacional, casi ético, aplanando la voz y las cadencias de su música. Pero antes de eso, luego del brillo incandescente de la Velvet, dejaría en apenas dos años tres discos memorables, a los que habría que agregar dando un pequeño salto esa obra maestra que es Coney Island Baby, en los que la voz de Reed surfea como nadie –hagan el favor de escucharlo todos aquellos que afirmaban que no sabía cantar- por sobre la línea melódica, interpretando con inimitable sutileza algunas de las canciones más hermosas que jamás se hayan escrito. Lou Reed, para quien la amistad y la influencia de Warhol fueron un medio y no un fin, logró que la idea de una oscuridad bella y melancólica fuese mucho más que un oxímoron efectista. Lou Reed, Transformer, Berlín: ¿cómo imaginar la trilogía berlinesa de Bowie –que a su vez había producido Transformer- sino como el eco de sus palabras y de su sombría sensibilidad? ¿Cómo imaginar la existencia del Iggy más pop, y casi toda la carrera de Bryan Ferry, sin la decisión consciente de ambos –Reed y Bowie- de cambiar el mundo?
   Pero se sabe que con el tiempo, acaso sin buscarlo y con algo de culpa, todo pasa en mayor o menor medida por nuestra experiencia. Podemos permitirnos ese egoísmo inofensivo, por qué no. Si hay algo de misterio en mi vida, un misterio que es oxígeno y que no necesita ser revelado siquiera para mí mismo, eso se lo debo a cuatro o cinco tipos. Lou Reed, que acaba de morirse, fue uno de ellos. Pienso en la cantidad de veces que lo dieron por muerto. Yo mismo, cuando fui a verlo allá por los ´90, con la intuición de no esperar nada; y el modo en que su sola presencia destruyó todos mis prejuicios. Ahora se murió de verdad. Y yo sólo puedo pensar en mí mismo, en nuestra relación. En el comienzo del fin de una época.

José María Brindisi
Buenos Aires, EdM, noviembre 2013
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