APUNTES

Mil versos chilenos. Presentación, por Facundo Ruiz


El 15 de noviembre se presentó en el Instituto de Literatura Hispanoamericana, en Buenos Aires, el libro Mil versos chilenos de Marcela Labraña y Felipe Cussen (un friso chileno de poesía de bolsillo o un poema de 1000 versos chilenos). El siguiente texto fue leído en esa oportunidad y precedió el diálogo que los autores mantuvieron con Pablo Vergara y Facundo Ruiz.

Es menos un gesto moderno que una rara certeza de la modernidad, el que todo comenzó en otro momento. De ahí –estimo– que la inquietud por los principios sea más acuciante que la preocupación por el origen. Por eso muchas veces la imitación suele parecer un gran asunto y, muchas más, presentarse como un problema, pues introduce la variable temporal más evidente pero no más simple: un antes y un después. Y lo que no es nada simple, al menos en la modernidad, es hacer líneas de tiempo, líneas rectas, rectas continuas, continuidades homogéneas, homogeneidades verosímiles. Otro asunto: el verosímil, que –a diferencia de la imitación pero en relación con ella– no introduce el problema de un “antes y después” sino el del modelo y sus copias, reproducciones y representaciones. En este sentido, que Duchamp haya colocado unos bigotitos y una barbilla a la Mona Lisa (1919) es menos relevante que cuando se los quitó (1965) y tituló la obra “Mona Lisa rasé”, pues desde entonces sí que es difícil mirar la Mona Lisa y distinguir si se trata de la que pintó Leonardo o de la que afeitó Duchamp.

   Y cuando pienso en estas cosas, recuerdo siempre esa anécdota tan metódica y cartesiana, la de la noche del 10 de noviembre de 1619 cuando, en un pequeño poblado alemán cercano a Ulm o tal vez a Eichstätt, René Descartes se fue a dormir sintiéndose algo afiebrado. Pues esa noche Descartes soñó tres veces, o tuvo tres sueños. En el tercero, intervenía un extraño personaje que aparecía y desaparecía; y había también dos objetos a simple vista idénticos: dos libros. Pero uno era un diccionario y el otro, una colección de poemas. El soñador hojeaba el libro de poemas cuando un verso lo distrajo, o más bien lo desvió: “Quod vitae sectabor iter?”, decía el verso de Ausonio: “¿qué camino tomaré en la vida?” Lo curioso, pero nada casual, es que el verso –cuenta Descartes– lo llevó inmediatamente al diccionario donde, meditó el soñador, de una u otra manera estaban contenidos todos los poemas de la colección, e incluso, todos los poemas y libros posibles. El problema, a todas luces, era estrictamente moderno: cómo ordenar una multitud, en este caso de palabras, es decir, cuál era el método (de ahí camino) que debía escoger. El final es conocido: René Descartes despertó, más metódico que soñador, y continuó pensando en la forma que un hipotético diccionario le había sugerido. Y si suelo recordar la anécdota no es sólo porque no he encontrado ningún exégeta cartesiano que fijara su atención en ese extraño personaje que aparecía y desaparecía en el sueño y que luego –aparentemente– no ha hecho historia (o filosofía); sino que la recuerdo porque pienso que si el soñador hubiera sido Leibniz, la cosa quizá se hubiera resuelto a favor de la poesía, pues en un libro de poemas, en esa mónada, Leibniz hubiera reconocido y encontrado un orden, y un diccionario, es decir, una multitud –otra vez: de palabras– increíblemente ordenada aunque lidiando con el desorden, o con otros órdenes posibles. Si la colección de poemas encerraba ya una imagen de los infinitos órdenes posibles, más relevante aún era que ya fuera un orden concreto, real, existente. No había que buscar métodos ni darle beneficios a la duda (siempre dudosos), sino que el problema radicaba en hacer algo con lo hallado, con lo ya hecho. Pero he aquí que, a punto de decir: “el ready-made y sus precursores”, vuelvo a encontrarme con esa rara certeza moderna de que todo comenzó en otro momento. Y esto no es tan sencillo como decir que siempre hubo algo antes, puesto que eso sólo se sabe después, es decir, sólo tiene sentido en otro momento. En cualquier caso, en el centro del sueño cartesiano había libros y como su método –dirá Goya– el sueño de la razón produce monstruos (y la Enciclopedia o La Comedia Humana continuarán su curso, Internet le dará nuevo cauce, y así siguiendo).
   Y decir que Google es tan cartesiano en sus búsquedas como Facebook leibniciano en sus hallazgos, realmente poco aportaría a la presentación de Mil versos chilenos, un libro si bien hecho de hallazgos versales, logrado tras una búsqueda poética rigurosa; o tan precisa como lo es un knock out al primer asalto, que es como sus autores definen el principio de búsqueda o la razón del hallazgo: “Versos que ganan por knock out al primer asalto, fragmentos de poemas que no conseguimos olvidar (…) Versos clásicos o desconocidos (…) Eso es Mil versos chilenos, un parloteo virtuoso”. Un libro que, pudiendo ser digital (dado el link poético que lo constituye y el parloteo que habilita), prefiere las analogías de clásicos y desconocidos y los parloteos de tapa y contratapa. Y decir que el libro es de Marcela Labraña y Felipe Cussen aunque compuesto por (más de) 1000 versos de muchos (315) poetas chilenos es –nuevamente– dar con aquella rara certeza de que todo comenzó en otro momento, de que no es tan sencillo decir que antes hubo otra cosa y que si esto otro aparece después… post hoc, ergo propter hoc. Sin embargo, no estoy tan seguro de que, como dicen Marcela y Felipe, se trate de un poema de 1000 versos: que se puede leerse así, creo que es asunto que no presenta dificultades. Pero, Duchamp dixit, para que fuera un poema de 1000 versos, sus autores deberían haber afeitado a los versos sus primeros autores, cosa que Mil versos chilenos no hace y que, por tanto, lo coloca más en la senda de la Mona Lisa con bigotito y barbilla que en la de la rasurada. No obstante, como señaló Felipe de cierta poesía de Nicanor Parra, la cuestión aquí no pasa por el humor, cierta parodia o una provocación más o menos definida, sino por hacer y mostrar lo que hay (estos son 1000 versos chilenos, así escribieron 315 poetas de Chile, he aquí un catálogo incompleto de toda la poesía); aunque no sólo, o no tan modestamente, pues se trata de hacer que “lo que hay” haga algo y –como señala Marcela en el “Prólogo”– se trata de ver y pensar cómo la poesía hace cosas con sus lectores (los persigue hasta en los sueños, los convence de verdades tan radicales como improbables, los autoriza poetas de versos ajenos), de cómo la poesía se transforma en el ritornello de un forma de vida y hace de los poemas vidas anónimas de autores conocidos, y entonces de cómo los lectores de poesía se encuentran como eslabones perdidos de una cadena tan memoriosa como extraviada, pues siempre es tan largo el lector y tan corto el libro.
   En fin, si la poesía debe ser hecha por todos, Mil versos chilenos es una manera de que eso tenga algún sentido. Y no se trata sólo de sumar la experiencia del lector al libro que se va escribiendo o de tejer las escrituras ajenas en la experiencia inapropiable de la lectura, sino sobre todo –o para mí– si algo hace Mil versos chilenos con la poesía y por ella es darle esa habilidad, esa flexibilidad y esa aventura de lo portátil. Literatura ya de por sí mudable, la poesía se vuelve en Mil versos chilenos nítidamente portátil: no sólo cabe en un libro apenas más pesado que un pasaporte el arca rusa de la poesía chilena, sino que todos los destinos poéticos parecen posibles desde ese aeropuerto que hace del lector, naturalmente, un pasajero en tránsito. Sin duda y a raíz de esto, de los mil pasajes posibles, mi verso preferido quizá sea: “El equipaje del destierro es mi maleta de humo” de Patricio Manns. Pero no puedo dejar de pensar en Nicanor Parra, y no tanto por sus versos de knock out (pues el arte de su pugilato poético no está en el peso del golpe o la punch line sino en la danza imprevisible de sus pies, en su cintura rítmica inagotable), en fin no pienso en Parra por eso sino porque es, en el ring de Mil versos chilenos, el que más rounds pelea: 36 asaltos y –dicen Marcela y Felipe– todos por knock out. Neruda queda afuera al decimonoveno.-

Facundo Ruiz
Buenos Aires, EdM, diciembre de 2013
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1 comentario:

Imagenes Chidas dijo...

¿Donde compro ese libro?

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