RELATOS

El hermano mayor, por Ximena Espeche


Ximena Espeche nació en Montevideo en 1974 y vive en Buenos Aires desde 1982. Publicó el libro de poemas Cosa y sombra (Montevideo, Estuario, 2003). Fue parte del colectivo No Quiero Ser Tu Beto, una hoja de pura literatura y crítica que, a lo largo de los 90, se repartía gratuitamente en los lugares más disímiles, incluso en las universidades. En 2005 el grupo hizo una edición de esos escritos que publicó la editorial Santiago Arcos. También formó parte de Zapatos Rojos, que entre fines de los 90 y los primeros años de la década siguiente organizaba lecturas públicas de narradores y poetas de distintas generaciones y tendencias estéticas. Es difícil encontrar a algún escritor, de ambas márgenes del Río de la Plata, que no haya participado en Zapatos Rojos o que no fuese leído en No Quiero Ser Tu Beto.
   Estudio dramaturgia y es egresada de la carrera de letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente se desempeña como docente en la UBA y es investigadora del CONICET.


a Federico Scigliano

Un hermano mayor que se muere a los dos años, y que es un medio hermano ¿cómo sigue siendo un hermano mayor? ¿es un medio-hermano mayor? No importa: para mi viejo es mi hermano mayor y así se murió, antes de que yo naciera.

Mi viejo no se acuerda de los cumpleaños. Ni el de él. No sabe porqué. Nosotros tampoco hasta que se nos ocurre después de ver las fotos. Mi viejo no se acuerda de los cumpleaños porque, aunque después los festeja, aunque después viene y feliz te da un regalo (hasta lo piensa y lo va a comprar), no quiere acordarse de que cada cumpleaños no estamos todos. Y el que siempre falta es su primer hijo, Juan Eduardo, “Juane”; el primero que tuvo con su ex-mujer. Hablo de mi hermano mayor como si eso hubiera sido posible.


Pero ocurre algo: todos nosotros, sus cuatro hijos, los hermanos del muerto, nos acordamos de que en ese día, hace muchos años, nació un nene que se murió a los dos años. Y, entonces, aunque mi viejo no se acuerde, todo el resto sí. Y no le decimos nada; aunque andamos medio tristes porque pensamos en cómo debe haber sufrido él, lo que debe ser que un hijo nazca y se muera, no le decimos nada. En Navidad o Año nuevo aunque sea sonríe medio de costado, por obligación, pero sabemos que le duele. Pero en los cumpleaños no, y eso es mucho peor, es como que se olvida sin olvidarse. Yo me imagino muchas cosas alrededor de esa muerte. Pero una es la que a veces me molesta tanto como una basurita en el ojo: sabés que te la podés sacar, pero igual después de un tiempo te queda la sensación de que está ahí, de que nunca se fue; de que nunca se va a ir. Me imagino a mi viejo en nuestros nacimientos, feliz pero a la vez con una tristeza tremenda.

En la casa de nuestro viejo hay algunas fotos de Juane. Y están como escondidas en una mesa que tiene otras; muchísimas de nosotros: en año nuevo, en la escuela, en un viaje y así. De algunas mamá hizo copias para todos. Y se dio la casualidad de que varias de esas copias empezaron a tener manchas; en realidad primero eran manchas y después como una luz que salía de alguna parte, un brillo; y después una silueta. Dentro de las fotos algo se movía. Y lo reconocimos. Se hizo un lugar. Nos aparecieron al mismo tiempo y nos costó mucho contarnos de qué se trata. Y lo hacemos cuando el viejo empieza a no recordar muchas cosas más que los cumpleaños; confunde los nombres, y a veces nos llama con los de sus hermanos. Una vez me dijo “Juane”, llamándolo a él. Con mamá pensamos qué podemos hacer, todos juntos. Y llevamos un mes de estudios, y mamá que dice que ya no más, que cada vez está peor, que a veces el viejo no sabe quién es ella.

Este domingo nos juntamos; mamá se va al cine aprovechando que estamos en la casa, y que el viejo se pone a dormir la siesta. Cada uno de nosotros lleva sus copias de las fotos. Y las ponemos todas juntas, y las comparamos con las que hay en la mesa del living. Y en las nuestras, sólo en las nuestras está él: sonriente en todas; y creció como crecimos nosotros. En la última Juane tendrá 40. Es de la fiesta de mi cumpleaños. Tiene una copa en la mano; los ojos se le cierran por el flash. Al resto nos salen las pupilas rojas. No sabemos qué hacer: ¿se las mostramos a mamá?; ¿al viejo?; ¿las guardamos todas juntas y nos olvidamos? A mí se me ocurre que es mejor que lo dejemos envejecer.

Ximena Espeche
Buenos Aires, EdM, febrero 2014
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