ADELANTOS

Un adelanto de la novela: el primer capítulo de 98 segundos sin sombra de Giovanna Rivero


En estos días la editorial Caballo de Troya ha comenzado a distribuir en librerías la última -y esperadísima- novela de Giovanna Rivero (Bolivia, 1972). 98 segundos sin sombra cuenta la historia de Genoveva, una adolescente boliviana de los años ochenta que sueña con volar hacia otro mundo, lejos, casi tan lejos como pueda animarse. Y Genoveva es capaz de animarse a todo.
   Giovanna Rivero ha publicado las novelas Las camaleones (2001) y Tukzon, historias colaterales (2008) y, entre otros, los volúmenes de cuentos Las Bestias (1997) y Niñas y detectives (2009).
   Ver un comentario de Edmundo Paz Soldán (Bolivia, 1967) aquí.

(Capítulo 1)

La mejor parte de mi vida son las mañanitas, cuando camino sola las dos cuadras que separan mi casa de la parada del autobús escolar. Siempre pienso en cuánto odio a mi padre y en cómo nuestras vidas, la de mamá y la mía, y claro, la de Nacho, podrían convertirse en algo fantástico, una fábula, tan solo si él tuviera la decencia de morirse. Si alguien me pregunta por qué odio tanto a papá, no puedo explicar las razones. No es malo, no exactamente… Lo odio por intruso. Es un extraño. Y sí, es cierto que él estaba antes de que yo naciera, por una cuestión de secuencia, pero tengo la súper certeza de que es un intruso. Inés entiende cuando digo estas cosas. Ella misma se siente una intrusa y dice que un día va a regresar al lugar donde realmente pertenece aunque descubrirlo, saber cuál es ese sitio, le tome la vida entera. Sin embargo, Inés dice también que todo pasará al ser jóvenes en serio, no «capullos», como nos llaman las monjas; por lo menos hace tres años que científicamente hablando ya no somos púberes, dice, y esa palabra me estruja el estómago. Púberes. Una esdrújula patética que comienza con «pu». Inés sospecha de todo lo que comienza con «pu»: pus, puerta, puerca, puñado, puta. Igual, me encanta cuando entrecierra los ojos y se pone a hablar como una poseída: Esta edad, dice Inés, es difícil, es dura, es patética, es un infierno. Todo cambiará cuando salgamos bachilleres y entonces tengamos que largarnos juntas a estudiar en alguna universidad del interior. Para eso falta un año y cuatro meses. Estoy de acuerdo, las cosas cambiarán, no sé cómo, no sé si algo verdaderamente importante le pasará a la mente, al espíritu, cuando se termina la esclavitud escolar.


Papá no es como los otros padres, cancheros, orgullosos de sus niñas, casi enamorados. Padre es un señor que está aquí por accidente. Una vez, cuando yo era chica, Padre quiso suicidarse con la soga de la hamaca, pero la soga estaba podrida y terminó soltándose. Fue un desastre total. Se le dañaron las cuerdas vocales (desde entonces Padre habla con esa ronquera enfermiza que Inés considera sexy) y se le brotó mejor, como un huevito recién cagado, el bulto de la nuca. Pocas veces he puesto mi índice en ese bulto, me estruja el estómago, y no puedo decir que es asco. Siempre tengo problemas para saber con exactitud lo que siento. Uno puede decir asco cuando se trata de curiosidad. Una curiosidad horrible, el deseo de que ese bultito funcione como una humilde bola de cristal opaco y me cuente algo de Padre que yo no sé, algo que podría reconciliarnos. Algo mío a través suyo. What planet is this?
    Al principio yo le tenía pena, me sentía culpable, aunque no sabía exactamente por qué. Desde hace un tiempo creo que Padre es simplemente un cobarde. Mamá le ha dicho infinidad de veces que tenemos el chance de irnos a Italia, tenemos derecho a pasaportes italianos aunque solo sepamos decir «espaguetti». Allá trabajarían de lo que sea para darnos una mejor calidad de vida. Pero a papá el mundo le hace orinarse en los calzoncillos. Irse es de «vendepatria», se excusa. «Irse es de yanquis».
    Siempre he sabido que yo no soy la hija que Padre anhelaba, él quería un chico, y para lo que me importa. Hay que verlo cuando me acerco a poner la mesa o a ayudar con las cosas de Nacho, ¡podría calcinarme con la mirada! No le deseo una muerte dolorosa, lenta, no es eso, bastaría con una soga en perfectas condiciones, estoy harta de que vivamos fingiendo. Madre no me conoce bien, no puedo mostrarle mi verdadero ser. Nadie me conoce. Y a decir verdad, yo tampoco entiendo mucho a Madre. No terminó la escuela porque se empreñó, justo un año antes de graduarse, de mí, de mi existencia; tuvo que asistir a una secundaria nocturna para adultos y desde entonces, según yo, asocia el estudio con la luna y el ocultismo. Sin embargo, eso debe ser lo que nos ha mantenido unidas, a pesar de que no siempre me gusta lo que en verdad hay debajo de sus vestidos, de su carne. A las dos nos encanta el cielo. El cielo de noche. A eso yo le llamo una «paradoja».
     Desde que Nacho nació, Padre y Madre casi no hablan en el almuerzo. Nadie habla. Metemos nuestras narices en el fideo y solo las levantamos para tomar agua. De a ratos alguna tos endemoniada de Clara Luz o las canciones collas que la niñera le canta a Nacho, pese a que Padre detesta lo colla. La palabra que más odia es «guagua», y también «imilla», las dos cosas que la niñera repite novecientas veces al día, lo cual demuestra que no es difícil domar a mi padre, solo hay que tener voluntad y ovarios y no estoy segura de que Madre tenga lo primero. Y lo segundo sin lo primero solo sirve para darle descendencia a un hombre. «Descendencia» es la palabra que las monjas utilizan para referirse al acto sexual. Todos venimos de ese acto, ¿pueden creerlo? Solo los extraterrestres se reproducen de otra manera. Entre nosotros ya hay ese tipo de seres, criaturas depositadas por arcas celestiales en lugares remotos y que se han mezclado con esta civilización sin hacer mucho escándalo. No van a venir a decirte con toda la frescura del mundo: «hola, me llamo Beta u Omega y soy extraterrestre». Eso sí sería un gran estupidez. Los extraterrestres se portan igual que los comunistas: melancólicos, silenciosos, nostálgicos, contradictorios, como Padre.
    Le he pedido a mamá infinidad de veces que se divorcie, no es tan malo, no te va a salir un salpullido ni nada que realmente te marque. Si caminás por la calle es imposible que alguien diga: «esa mujer es divorciada». La propia tía Lu es una mujer divorciada y todo el mundo le sigue diciendo «señora». Son otras las maldades que se notan en una cara. Robar, por ejemplo. Tenés la R de ratera, de rata, de roñosa tatuada en la frente. Además, no soy tan injusta como podría pensarse. Yo no dejaría a mamá parada en medio del desierto. Le aseguro que mi amor le bastará para enfrentar los problemas, le juro de corazón que no estará sola.
    ¿Y qué dice ella? Cuando no se queda callada elige su famosa explicación de la «etapa». Todo es una etapa, crecer, estar triste, asfixiarte. «Etapa» o «estación» son sus disculpas favoritas, probablemente porque cuando era una muchacha su padre, mi abuelo italiano parecido a Papá Noel, la hacía responsable de los cultivos. Y luego dice futuro, futuro, habla de mi vida, cree que es suya, y no puedo evitar pensar en pájaros estallando en el cielo. Yo quiero este momento.Yo sé que mis deseos matutinos son engendros, anhelos deformes que ningún Dios habrá de cumplir. Una hija ama, una hija respeta, una hija no echa tierra en la cara, pienso, mientras pateo piedritas.
    Es lindo ver cómo rebotan, las piedritas, pretendiendo por unos milisegundos que no tienen peso, que son inmunes a la ley de la gravedad. Una piedrita chica batalla contra la ley de Newton por casi un segundo.
    Cuando tengo suerte consigo que la misma piedrita llegue hasta la esquina. La acomodo junto a las piedritas de otras mañanas en el poste del cartel que dice: «Bus Escolar Escuela Salesiana María Auxiliadora». Así, amontonadas, parecen sepulcros en miniatura. Y es que, seamos sinceros, Marzziano, el de Físika, en eso tiene toda la razón del mundo: el universo podría condensarse en un punto… si supiéramos cómo. Quizás el tamaño de los sepulcros que yo construyo con las piedritas sea el que se necesite, por ejemplo, para las hormigas, los alacranes, las cucarachas y todos esos invertebrados por los que no podemos sentir compasión.
   Cuando estoy yeta, ninguna piedrita quiere acompañarme. Los tenis se me empolvan a la huevada y pienso que así mismo se debe sentir Padre los días que pierde en el cacho. Él dice que no juega «en serio», solo monedas. Dados inútiles atropellándose. El juego es un acto subversivo, dice, no hay inversión, no hay ganancia, solo apuesta. Perder es un acto subversivo, ha llegado a decir con su voz monstruosa, rascándose el bultito, porque eso lo tranquiliza. Madre se sulfura y grita y se calma y dice que con diez monedas puede comprar un tarro de leche en polvo para Nacho.
   Padre detesta la vida. No lo dice, pero suda desprecio. Nada salió como él quería; aunque, exceptuando a la soga fallida, nadie en casa tiene claro qué es lo que él quería y qué es lo que ha salido tan mal.
    Papá es una lata.
    Lo peor es que, según Clara Luz, me parezco «a él en la médula y a ella en las costuras».
   No sé si estoy de acuerdo. El espejo es la cosa menos confiable de este mundo. «Ella» es mamá.      Clara Luz nunca la llama por su nombre.
    Por supuesto, Madre se refiere a Clara Luz como «la vieja». Cuestión de reciprocidad.
    Somos una familia extraña.
    Quizás por eso a mí la rabia se me acumula como un vómito, primero en la boca del estómago, y luego en la garganta, igual que si estuviera empachada de algo. Debería hacer como Inés que si tiene que vomitar, vomita, sin culpa. Uno no debería tragarse las peores cosas de este mundo, dice Inés, la boca ácida, y yo estoy de acuerdo.

Giovanna Rivero 
Santa Cruz, Bolivia/Florida, EE.UU, EdM, marzo 2014


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2 comentarios:

María Eugenia Villalonga dijo...

Giovanna. Me gustaría conectarme con vos para hacerte una entrevista para El país de Montevideo. Soy crítica literaria y de paso te pregunto si esta novela saldrá publicada en Argentina.
Saludos.

giovanna rivero dijo...

Hola María Eugenia,

Te respondí a través del círculo de Google. Ojalá funcione esa vía.

Abrazos!

Gio

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