PIES DE IMAGEN

Un balde, un cuerpo, un mundo, por Natalia Zito


Uso mi cuerpo como si fuera mío. Lo es. Mientras funciona, estoy convencida de que tengo total soberanía sobre él, que puedo llevarlo adónde quiera. Cuando empieza a andar mal, revela lo que era grato ignorar: el usufructo no es garantía de nada. Las garantías no existen.
    Esta foto fue publicada en Clarín.com HD, en la sección “El día en fotos”, el 30 de diciembre de 2013, junto con un breve pie que decía que es un niño jugando mientras espera a su mamá, en Chennai, la capital de Tamil Nadu, al sur de la India. En mi mundo, el rosa es para las nenas. En la India los colores tienen, entre otras, connotaciones religiosas. El rosa no necesariamente significa femenino, puede significar suerte. Cuando pienso en otro mundo tal vez imagino la India. Otro mundo es que nada sea como naturalmente pienso que es. El mundo es donde suceden las cosas, es el cuerpo y el idioma. Si voy a otro mundo y entiendo rápido, es probable que esté llevando para mi terreno, haciendo equivalencia de signos, traducción, cualquier cosa que me evite el vacío de no entender. Conocer un mundo o dos, incluso tres, no es garantía de nada. La India es un lugar donde las vacas comen de la basura y luego duermen en la calle. Es el lugar donde las vacas son sagradas. Yo pienso que duermen como perros vagabundos. En mi mundo, sagrado es distante privilegio. En la India es común ver hombres que caminan de la mano por amistad, mucha gente vive en pequeños ambientes que son trabajo, casa y baño, todo junto; y nadie se sorprende si alguien come arroz con la mano.  

    En esta foto, en la India, el cuerpo es el balde y es todo lo que hay. Pobrecito, podrían decir las tías solteronas, las que saben cómo ser madres, las que hablan un solo idioma. Tiene el pelo mojado, imagino su cuerpo sumergido en el agua. No puedo darme cuenta si está parado o arrodillado. Tiene una expresión que podría ser un cuento: no tiene comienzo, ni final. Los cuentos tienen ambas cosas, pero sus historias no; como la mirada de él. No sé si está triste o contento. Dice algo, de eso estoy segura, pero habla un idioma que no entiendo, aunque hablo más de uno. No leer es imposible, entonces veo curiosidad, deseo y también tristeza. Hay un brillo que es tristeza. No sé cuándo lo aprendí, pero lo sé. Donde yo vivo la tristeza es frecuente y está ahí: en ese brillo de más que tienen los ojos. Me pregunto si es eso lo que brilla en sus ojos. Lo observo y me repito la pregunta. Al cabo de un rato me doy cuenta de que no puedo pasar de ahí: no puedo pasar de la pregunta. No sé si existe la tristeza en ese balde.

Natalia Zito
Buenos Aires, EdM, Febrero 2014
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