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Entrada Triunfal, por Alcides Rodríguez.


La religión de los indígenas caribeños planteó a los europeos de finales del siglo XV un problema nada sencillo de resolver. ¿Cómo clasificar prácticas tan poco elaboradas, ídolos tan rudimentarios y sacerdotes que en realidad parecían hechiceros y brujos? ¿Qué significaban esos relatos delirantes que parecían sostener creencias tan extrañas? No se terminaban de ajustar las primeras descripciones cuando, al desembarcar en Tierra Firme, se encontraban nuevas religiones diferentes a las de las islas. Ante tanta variedad religiosa los conquistadores debieron recurrir a nuevas estrategias para entender lo que estaban viendo y oyendo. Los que eran analfabetos o muy poco cultos comenzaron a utilizar el vocabulario que tenían más a mano. Aquellas edificaciones que parecían ser templos fueron pronto catalogadas como “mezquitas”. Al fin y al cabo eran soldados que venían de expulsar a los musulmanes de España: todo templo que no fuera cristiano tenía que ser necesariamente una mezquita. Los extraños relatos que contaban los sacerdotes indígenas fueron clasificados como “fábulas”, porque parecían ficciones que combinaban, de manera muy desordenada, aventuras de hombres y animales. Los más cultos comenzaron a buscar herramientas en los conceptos del cristianismo renacentista y recurrieron al concepto de idolatría, ideal porque echaba sobre las espaldas del Demonio la responsabilidad de la existencia de estas creencias. Con el aporte intelectual del humanismo europeo las religiones de las grandes civilizaciones de México y el Perú fueron ubicadas dentro del modelo religioso grecorromano. Conceptos tales como “dios pagano” o “panteón” funcionaban a las mil maravillas para clasificar los sistemas de creencias de aztecas e incas. Fue así como los “dioses” indígenas se juntaron codo a codo con los dioses del paganismo antiguo y fueron ubicados en “panteones”. Sus estatuas e imágenes poblaban “templos” que estaban al cuidado de “sacerdotes”, organizados a su vez en jerarquías y encargados de dirigir el culto en elaboradas ceremonias basadas en aquellas “fábulas”, ahora más comprensibles gracias a lo que se sabía de los mitos del mundo clásico. Incluso en la iconografía los sacerdotes americanos comenzaron a vestir prendas similares a las togas grecorromanas.

     Cuando el dominico fray Bartolomé de las Casas se propuso comprender la realidad de las religiones americanas lo hizo a partir de una serie de premisas y certidumbres que delimitaron su campo de pensamiento. Aristóteles, Santo Tomás, San Agustín y tantos otros filósofos le brindaron el marco conceptual que necesitaba para catalogar y explicar ese mundo espiritual tan extraño. La “ley natural”, un conjunto de ideas claras y concretas que todos los hombres tenían necesariamente que compartir por el sólo hecho de ser hombres, era la base sobre la que se sostenía ese edificio intelectual. Uno de los presupuestos fundamentales de la ley natural era que todo ser humano, guiado tan sólo por su “entendimiento”, tendía a buscar a Dios y a adorarlo. La religión era entonces algo inevitable, y buena prueba de ello era la existencia de tantas religiones en todo el mundo conocido. Que en tierras americanas hubiera tanta diversidad de mitos, dioses, templos, sacerdotes, brujos, hechiceros e idólatras eran para fray Bartolomé pruebas irrefutables de la profunda predisposición hacia la religión de sus habitantes. Incluso los sacrificios humanos eran interpretados por el dominico como un impresionante acto de piedad, dado que los indígenas no dudaban en sacrificar lo más valioso que posee un ser humano para homenajear a sus dioses. Lejos de despreciar las religiones americanas, fray Bartolomé las consideraba el humus espiritual desde el cual podía crecer el árbol de la fe cristiana. Bastaba la palabra amistosa y fraternal para ayudar a los indígenas a despojarse de los errores y convencerlos de iniciar el camino hacia la verdadera religión.
     Pero las religiones americanas… ¿eran religiones? Uno de los momentos claves del encuentro de Cajamarca entre el conquistador Francisco Pizarro y el Inca Atahualpa fue cuando éste último se acercó el breviario del cura Valverde a su oído para constatar, con sumo desprecio, que el pequeño libro no hablaba. Y es que para Atahualpa lo normal era que un antepasado poderoso hablara a viva voz, tanto para comunicar sus exigencias y necesidades como para responder a ruegos y pedidos. Cuando el clérigo Cristóbal de Molina describía las fiestas incaicas que se celebraban en el Cusco destacaba la presencia de una larga hilera de estatuas y momias incas que, rodeadas de riqueza y sirvientes, dialogaban con importantes jefes vivos mientras bebían chicha con ellos. Era muy claro para los incas que sus más poderosos antepasados no se hallaban en remotos e inaccesibles cielos, sino que, ya sea en forma de momias, piedras o montañas, estaban presentes en este mundo, aquí y ahora. ¿Qué clase de poder podía tener entonces esa especie de pequeño sordomudo cuyo cuerpo era tan sólo un puñado de frágiles hojas de papel impresas atadas a un lomo y dos tapas de cuero? No tuvo que pasar mucho tiempo para que la fuerza de los hechos obligara a los indígenas peruanos a reconsiderar la aparente fragilidad del “antepasado” español. La propia conquista era prueba de ello y, de creer en el testimonio de algunos religiosos, también lo era la contundente victoria del Dios de los cristianos sobre una confederación de importantes antepasados andinos que en el siglo XVI se reunió bajo el nombre de Taqui Oncoy. Parecía conveniente encontrar formas de convivir con tan poderoso personaje si no se querían sufrir las consecuencias. Y quizá fuera la mejor elección, dada la probada incapacidad de las derrotadas deidades incaicas para brindar prosperidad a los pueblos andinos. Junto a quienes estaban dispuestos a seguir combatiendo al Dios cristiano aparecieron aquellos que trataban de agradarle para obtener sus favores. Aunque no emitiera palabra alguna.
     Apenas iniciada la visita al Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco de Buenos Aires la mirada se detiene ante un cartel que hace referencia a la organización política y jerárquica del imperio español en América. Debajo de este cartel aparece un mueble contador o cabinet, que tiene pintada en el interior de su tapa superior la imagen de un monarca a bordo de un carro tirado por dos unicornios. La asociación propuesta por el guion museológico es sugestiva. La imagen representa una Entrada Triunfal, ceremonia que en la Europa renacentista y barroca se llevaba a cabo cuando un príncipe visitaba una ciudad entre grandes procesiones, elaboradas ceremonias y portentosos banquetes. Acontecimiento muy oneroso para los que tenían el honor de ser visitados, la Entrada Triunfal era sin embargo un deseado acto de sumisión y fidelidad a la máxima autoridad del reino. El modelo estaba inspirado en el mundo grecorromano y fue ampliamente difundido por los humanistas. El estándar iconográfico se fijó en buena medida con Los Triunfos de César, una serie de nueve lienzos que Mantegna pintó para los marqueses de Mantua en el siglo XV. No todas las Entradas Triunfales siguieron fielmente los detalles de este modelo. Los caballos que en el noveno lienzo de Mantegna tiraban de la carroza del César fueron transformados en unicornios por Piero della Francesca cuando pintó el Triunfo de los duques de Montefeltro en el reverso de sus retratos. Y era propio de la mentalidad renacentista el hecho de que un príncipe fuera transportado por criaturas ligadas a lo divino, la pureza y el rayo solar. En el Triunfo del mueble contador del Fernández Blanco, seguramente obra de un artista indígena, el rey tiene la particularidad de aparecer vestido a la manera de un gobernante americano. Muy apreciados por las élites hispanoamericanas, estos muebles se utilizaban para guardar los más variados elementos, en especial aquellos que eran de valor. Su manufactura incluía madera tallada, cuero repujado, pinturas e incrustaciones de nácar o marfil, y su diseño solía incorporar rasgos arquitectónicos tales como columnas y arcos de medio punto. “La multiplicidad de cajones - se lee en la sala del museo dedicada a estos muebles - permitía, además, hacer de ellos un ordenador, ya fuera alfabético, numérico, temporal o nemotécnico”. De manera similar a los célebres teatros de la memoria renacentistas, se podría pensar que los europeos llegaron a América con una especie de “mueble contador” en el que traían guardadas buena parte de sus concepciones intelectuales. Así, en la medida que iban descubriendo nuevas y extrañas realidades, abrían los cajones que ofrecieran las mejores posibilidades de encontrarles un sentido. El cajón que estaba bajo el rótulo de “religión” era sin lugar a dudas de excepcional importancia, porque abría las puertas para comprender aquello que, luego de comprendido, tenía de ser eliminado a través de la evangelización. Durante la dominación hispánica la resistencia de los indígenas logró que algunas de sus concepciones religiosas sobrevivieran a todos los intentos que se hicieron por destruirlas. Con lo que no pudieron fue con el rótulo del cajón: a partir del siglo XV, cualquier estudio sobre el tema fue (y sigue siendo) un análisis sobre las religiones indígenas. Con la llegada de los europeos el cajón del concepto “religión” hizo su Entrada Triunfal en América. Cómodamente sentado en el asiento principal de la carroza, traía bien guardada la idea de la búsqueda de Dios (el cristiano, obviamente) como elemento fundamental de la naturaleza humana.

Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, abril 2014
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1 comentario:

Anónimo dijo...

Taky Ongoy es un movimiento milenarista de resistencia armada,religiosa y cultural contra el invasor español

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