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Palabra: “Moda”, por Dardo Scavino


i Charles Baudelaire y Thomas Hobbes hubiesen podido encontrarse, no habrían logrado ponerse de acuerdo acerca de un punto preciso: para el inglés, el “hombre artificial” era el Estado; para el francés, la Mujer. Aparte de esto, ambos percibían el “hombre natural” como una criatura abominable. Porque la naturaleza, decía el poeta, incita al hombre “a matar a su semejante, a comérselo, a secuestrarlo, a torturarlo” y nos “ordena acogotar” a nuestros parientes pobres o inválidos, en vez de asistirlos, como nos lo enseñan la religión y la filosofía. Baudelaire concluye entonces que el crimen es natural y la virtud artificial, es decir, cultural o “sobrenatural”, lo que explicaría no solamente por qué esta “humanidad animalizada” precisó siempre “dioses y profetas” que predicaran el bien, sino además por qué el poeta no identifica el “progreso” con el desarrollo de la técnica sino con “las disminución de las huellas” de este “pecado original” que es la naturaleza animal, o brutal, del hombre.

     Y lo que vale para la moral, valdría también para la estética. Baudelaire entiende que la belleza es siempre artificial y, por ende, femenina. Con su perseverancia en el uso del maquillaje, las mujeres no habrían cesado de insinuarlo: “La mujer no sólo tiene derecho sino que cumple incluso una especie de deber cuando se esfuerza por parecer mágica y sobrenatural; tiene que asombrar, encantar y como un ídolo dorarse para que la adoren.” La coquetería es un signo de su espiritualidad y la emparenta con el artista que siempre busca lo “ideal”: “Lo primero que tiene que hacer un artista –escribía en el Salón de 1846– es sustituir la naturaleza por el hombre protestando contra ella.”
     Frente a ese “error” del siglo XVIII –la veneración de la naturaleza–, Baudelaire defiende deliberadamente la moda, esa “deformación sublime de la naturaleza o más bien ese permanente y sucesivo intento de reformarla”. Porque la naturaleza, a su entender, es aquello que no cambia. Y por eso los hombres del siglo XVIII la enaltecían: el hombre natural era, para ellos, el hombre universal, el hombre de cualquier rincón del planeta y de cualquier época de la historia. Para Baudelaire, en cambio, no hay nada más inhumano que ese hombre universal. Lo verdaderamente humano del hombre se encuentra, por el contrario, en su dimensión artificial o cultural y, como consecuencia, en aquello que no cesa de transformarse en el tiempo y el espacio. Hay sólo una cosa universal o inmutable en la especie humana, y es precisamente su propensión ostensible al artificio y a la desnaturalización. El salvaje y el niño, asegura Baudelaire, “testimonian, con su fascinación ingenua por lo brillante, por los plumajes coloridos, los tejidos irisados, por la majestad superlativa de las formas artificiales, su repugnancia por lo real” y demuestran así, y sin saberlo, “la inmaterialidad de sus almas”.
    Baudelaire propone entonces una “teoría racional e histórica de la belleza, opuesta a la teoría de la belleza única y absoluta”, y este elemento transitorio lo denomina tanto “moda” como “modernidad”. Como “pintor de la vida moderna”, el artista no tenía que buscar la belleza en la naturaleza universal sino en el artificio pasajero. Los amantes de los clásicos abusan de los adjetivos “eterno”, “inmortal” o “imperecedero”, como si bastara con exclamarlos para identificar la belleza. La belleza, no obstante, es histórica y social: un fenómeno de moda. Sólo que no habría que confundir esta fugacidad de la belleza con la posición barroca. Velázquez o Quevedo pensaban que la belleza era pura vanitas, como la joven encantadora que lleva grabada en la frente su decadencia y su muerte. Memento mori: ahí están las calaveras más o menos de los cuadros de la época. Pero esto no significaba que la belleza, por sí misma, muriera: morían, sí, las cosas bellas porque la hermosura sólo las habitaba durante ese breve momento de esplendor o lozanía. Baudelaire plantea algo muy distinto: son los propios criterios de belleza los que nacen y mueren. Los poetas del Barroco oponían la naturaleza cambiante a las ideas eternas; Baudelaire hace exactamente lo contrario: para él, como para todo auténtico moderno, son las ideas –los cánones– los que mueren. Y si la belleza, a su entender, nos fascina, se debe a que percibimos en ella no solamente la novedad sino también la extinción inminente, y por eso la estética moderna es esencialmente melancólica.
    Fascinado con estas bellezas efímeras, el artista moderno es el “perfecto flâneur”, el paseante embelesado con el espectáculo tumultuoso y cambiante de las grandes capitales: los vestidos, los peinados, los maquillajes, los sombreros, los bastones, las actitudes, los gestos… La realidad pintada por el escritor es ésa: el artificio, el simulacro, el teatro, en una palabra, la moda. Porque todos esos signos componen un lenguaje estrictamente codificado, y por eso el escritor que describía una casa o una dama, no se contentaba con demorarse en un inventario de objetos o detalles: estaba descifrando, hasta en el ademán de la dama que recoge sus cabellos o el involuntario tic del caballero que se acaricia el bigote, una existencia y un destino, que ya no ha sido trazado por los dioses inmortales sino por los valores, las reglas y los criterios perecederos de una época.

Dardo Scavino,
Bordeaux, Francia, EdM, abril 2014
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

extraordinario, gracias !

Ercilia Anders dijo...

Felicitaciones por el Konex.

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