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Bruno dibuja, por Marcelo Figueras


ara el Día del Padre, mi hijo Bruno, de cinco años, me regaló un dibujo del diablo. Un Satán de tridente, cuernos rojos, cara negra y sonrisa de absoluta satisfacción. Como estoy escribiendo una novela que tiene por personaje a un padre-diablo, me sorprendió. No soy de hablar en casa respecto de mi escritura; a lo sumo puedo haber dicho que estaba en medio de una novela de terror, o en el caso más específico, mencionar que tenía algo que ver con el Infierno. Pero la formación de Bruno en materia religiosa es nula. Ni siquiera estoy seguro de que esté en condiciones de vincular diablo con infierno. Y hace años que no veo pelis como Legend, Angel Heart y Hellreiser, que podrían haberle prestado su imaginería. Lo más parecido al diablo que Bru conoce es Saurón, pero el dibujo es demasiado específico. (Remito nuevamente al detalle del tridente.) Tal vez haya visto algo semejante en ese cartoon que se llama Hora de aventura, porque todo puede aparecer en Hora de aventura; en ese caso, se trataría de un episodio que me perdí.

     El dibujo se habría convertido en una anécdota, si días más tarde no hubiese ocurrido un episodio que me conminó a rescatarlo. Había pasado parte de la mañana escribiendo sobre cierto transtorno delirante; con abundantes paradas en Wikipedia y sitios por el estilo, en busca de precisiones. Por esa razón, que a mediodía Bruno me hablase de alguien como de un paranoico, me hizo parar las antenas. Primero, porque no es habitual que un niño de cinco domine esas categorías. (Ni siquiera uno que, como Bruno, es hijo de madre psicóloga.) Pero ante todo, porque yo había dedicado tiempo y concentración al asunto de la paranoia, tan sólo un rato antes. No suelo hablar en voz alta mientras escribo, así que no podía haberme oído. Y juro que no había estado mirando la pantalla de la compu, por encima de mi hombro. (¡Todavía no lee de corrido!)
     El tema del dibujo podía ser casualidad. Pero cuando le sumó lo de la paranoia, me hizo pensar. En mi experiencia, resulta inevitable que, durante la escritura de una novela, el universo entero se reordene en clave de la ficción que me consume a diario. Metido en el proceso, vivo encontrando signos que me alientan a seguir o proporcionan data con la que no contaba. Sin embargo, nunca me había preguntado si la intensidad que supone esa inmersión podía transmitirse sin palabras; si era factible contagiar una obsesión, del mismo, silente modo en que se contagia una gripe. (Enfrascado como estoy en un relato a lo Stephen King, lo veo todo a través de un prisma de gótico moderno, pero aun así la pregunta cabe: ¿percibió Bruno señales que yo no era consciente de emitir, una versión burda de la comunicación Dick Hallorann / Danny Torrance en The Shining?)
     No pidan que modere mis especulaciones: soy escritor. Siempre he creído que el proceso de creación empuja a un estado del alma que nos aliena, indefectiblemente, de los otros. Eso de convivir la mayor parte del día con persona(je)s que nadie conoce sino nosotros —amigos / enemigos imaginarios— debe de tener alguna consecuencia insospechada. Buena parte de la vida se nos va en diálogo con gente que sólo existe dentro de nuestra cabeza. ¿Qué tendría de extraño que, alguna vez, aquello que ha sido dicho en el interior de mi cráneo sea oído, o recogido, por alguien que estaba cerca pero afuera?
     Conozco mil historias sobre tortuosos procesos de escritura, y escritores que enloquecieron a la gente de su entorno. No sé de ninguna, sin embargo, sobre escritores que modifiquen la realidad con su ficción... antes de que sea editada. Como tengo claro que el diablito dibujado no soy yo (si tuve que leer sobre paranoia, fue porque no la frecuento), ni tampoco mi hijo —que es un pan de Dios—, déjenme alentar la siguiente esperanza: que este solipsismo al que obliga la escritura, mientras ocurre, no sea absoluto; y que, aun inmersos en las profundidades de un mundo imaginario, exista forma de mantener algún contacto con la superficie. Aunque de momento sea tan frágil y efímero como una burbuja.



Marcelo Figueras
Buenos Aires, EdM, junio 2014
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