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Palabra: “Peregrino”, por Dardo Scavino


n un artículo de los años noventa consagrado a la importancia del viaje en los poemas de Wordsworth, Byron y Osip Mandelstam, el filósofo francés Jacques Rancière aseguraba que esos desplazamientos eran metáforas de la metáfora, o de la translatio latina, y, a su vez, de la revolución política y poética: cambiar de vida significaba, para estos escritores, cambiar la manera de ver las cosas, y cambiar la manera de ver las cosas significa cambiar las imágenes sobre ellas, es decir, renovar las metáforas. Pero no había que esperar a esos acontecimientos que conmovieron al mundo –la Revolución francesa y la rusa– para que este vínculo entre la renovación de las metáforas y de la vida se estableciera.
   Esta concepción del viaje contaba ya con una tradición acreditada en el pensamiento occidental y con un nombre muy preciso en el monaquismo griego de la Antigüedad y de la Alta Edad Media: xeniteía. Los autores romanos solían traducir este vocablo por peregrinatio, sólo que no entendían esta acción como una mera excursión a un lugar santo sino como un viaje a un país extranjero (xénos) o alejado de la tierra nativa. La peregrinatio era una verdadera iniciación, un abandono deliberado de la patria y la familia, una travesía que transforma por completo la vida del peregrino, de modo que estaba asociado con la conversión o metanoia. Un filósofo judío contemporáneo de San Juan, el platónico Filón de Alejandría, consideraba que la “emigración” era una manera de abandonar las costumbres y las formas de vida arraigadas en nosotros, “porque resulta difícil resistirse a los hábitos, y es de temer que alguien, si se queda en su lugar, se vea atrapado por estos, subyugado por sus seductores encantos”. Lo mejor, a su entender, era “emigrar, huyendo sin retorno de la casa y de la patria, de los prójimos y de los amigos”. Y por eso los autores judíos y cristianos solían invocar por ese entonces el versículo del Génesis en el que Jehová le dice a Abraham: “Abandona tu país, tu familia, la casa de tu padre, y márchate hacia el país que te mostraré” (Gen 12: 1). Podemos empezar de nuevo, sí, pero en otro lado.

    El monaquismo medieval, es cierto, iría moderando así los impulsos aventureros de los primeros monjes errantes para proponer una concepción más bien espiritual e interiorizada de la xeniteía, que se llamó, por este motivo, peregrinatio animae o in stabilitate, viaje íntimo e inmóvil que quedaría asociado, en adelante, con la conversión de los sujetos. Pero lo importante es el papel que esta peregrinatio empezó a desempeñar en la concepción de la poesía. En torno al año 1200, en efecto, un monje inglés que habitaba el norte de Francia, Godofredo de Vinosalvo, trasladó aquella peregrinatio espiritual al terreno de la poesía. En su arte poética, Godofredo les aconsejaba a los poetas proceder a la manera de un “médico” y aplicarle a las palabras una suerte de cura de rejuvenecimiento. Porque a las cosas valiosas, explicaba, hay que cubrirlas con vestidos dignos de su condición, y las palabras, justamente, son los vestidos de las cosas. “Si la palabra es vieja”, proseguía Godofredo, entonces “hazte médico y renueva lo viejo”. Y esta cura de rejuvenecimiento pasaba por una peregrinación: el poeta tiene que obligar a la palabra a “abandonar su lugar de residencia” para buscarle otro en donde se sienta a gusto. “No autorices nunca a un vocablo a quedarse en su propio lugar”, escribía, porque “se avergüenza” de esto. Gracias a esta terapia traslaticia, el poeta lograría rejuvenecer la palabra.
    Cuando el propio Godofredo pone la palabra “médico” en el lugar que ocupa, por lo general, el vocablo “poeta”, le está aplicando esa terapia. Pero también era importante, a su entender, que el peregrino no se sintiese mal en su nueva residencia aunque no le resultara familiar, y que se viera incluso rejuvenecido, como sucede con el propio vocablo “médico” cuando viene a ocupar un lugar inusitado para él. Gracias a esta peregrinación, la palabra se convierte en el nuevo y bello vestido del asunto, en este caso: del escritor de poemas.
    Ahora bien, esta cura de rejuvenecimiento era igualmente, para Godofredo, una cura de embellecimiento, ya que gracias a las diferentes peregrinaciones (las figuras o los tropos) el lector experimentaría una nova delectatio, es decir, un nuevo goce. Este embellecimiento de la palabra no se reducía sin embargo a un sencillo goce estético del lector: la palabra se rejuvenecía cuando, gracias a su peregrinaje hacia una tierra extranjera, le permitía al lector percibir las cosas de otro modo, es decir, y como dirían algunos teóricos de la literatura contemporáneos la Revolución rusa: extrañamente. Porque al fin de cuentas, ¿ésta no había sido la operación llevada a cabo por Jesús y sus seguidores? ¿Ellos no habrían renovado las figuras, las metáforas, las parábolas, las alegorías? ¿No habría ocurrido así ese episodio fundamental que es el pasaje del Antiguo al Nuevo Testamento?
     No había que esperar a la disputa entre los Antiguos y los Modernos para que la revolución del lenguaje poético se viera valorizada. El arte poético, el arte de la renovación y el embellecimiento del lenguaje, no podía separarse de la renovación del pensamiento y, como consecuencia, de la conversión de los sujetos. Canticum est vita, decía el místico escocés Ricardo de San Víctor, canticum novum vita nova, canticum vetus vita vetus. Y a esto se referiría poco después Dante con su Vita nuova: el florentino concebía el dolce stil nuovo como una conversión de los sujetos a través de la poesía, una conversión, digamos, a través de la regeneración poética.
     Esta visión de la escritura va a hacer un largo camino en la historia occidental, hasta llegar a la idea romántica de una humanidad regenerada por la literatura, y explicaría en buena medida por qué, desplazando el problema del terreno de la conversión a la revolución, o de la teología a la política, Wordsworth y Byron restablecieron ese vínculo estrecho entre la renovación poética, la regeneración de la vida y la peregrinación, pero también por qué, imitando el Childe Harold’s Pilgrimage, Echeverría esbozó su inconcluso Peregrinaje de Gualpo y Mármol, muy poco tiempo después, sus Cantos del peregrino. Las vanguardias poéticas del siglo XX seguirían pensando que la renovación de la vida pasaba por la renovación del canto y los poetas, a la manera de Mandelstam, seguirían practicando diversas formas de la peregrinatio, a tal punto que algunos creyeron encontrar –aunque sin resultados convincentes– la auténtica peregrinatio animae en el trip alucinógeno.

Dardo Scavino
Bordeaux, EdM, junio 2014
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